TODO SE VE Y SE OYE


TODO SE VE Y SE OYE

El Gran Hermano de Orwell está por aquí hace tiempo, ubicuo, omnividente y a la escucha.

 

Nos mira, oye y sabe sobre nosotros más que nosotros mismos.

 

Colaboramos entusiasmadamente con su conocimiento.

 

Es un monstruo todo ojos y oídos con una sola boca que sonríe atractiva.

 

Pasa por invisible para la mayoría pero cuando por casualidad se le vislumbra produce miedo.

 

Tiene nombres inofensivos y hasta simpáticos.

 

Parece un buen vecino que riega su jardín.

 

Se mueve sin dejarlo, pero su rastro son las manchas de sangre.

 

Siempre viaja montado en la tecnología.

 

Si te viene a buscar… ¡no abras la puerta!

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TODOS CONTRA TODOS


LUCHA

Mordiscos, empujones, patadas voladoras, cabezazos, mentadas de madre, puñetazos, insultos, escupidas y todo lo imaginable es lo que se usa en esta “campaña electoral” mediocre, desangelada, falta de verdaderas propuestas que más parece una jaula de “vale todo”  y frente a la cual los inminentes votantes andan más despistados que Adán (el verídico) en el día de la madre.

No sé si es la furia de los dioses o es que algo se tiene que pagar (y estoy convencido que es mucho), pero si antes el asunto era muy malo, ahora está peor.

Lima parece resignarse a su suerte y ser no solo la cuna de la cultura combi, del “bujiazo” para robar los autos, de los “dateros” de un transporte caótico, del “a mí que me importa” y tantas otras lacras, sino a seguir cayendo de manera infinita cada vez más abajo.

Los nostálgicos gallinazos basureros estarían felices.

Lima ha regresado al “¡agua va!” de la colonia que significaba vaciar bacinicas desde ventanas altas; a las acequias que en medio de la calle llevaban caca y deshechos flotantes. Lima es un muladar que se llama eufemísticamente relleno sanitario. Lima ya no da más.

Los candidatos sonríen bobaliconamente desde paneles con fotos retocadas, mientras las ratas saben que harán su agosto aunque sea setiembre.

Cuando un tatarabuelo (si es que quedara alguno) cuente en un hipotético futuro a su tataranieto (si es que lo tiene), lo que era Lima, es mejor que le muestre con cuidado la piedrita que guarda de lo que fue “su Lima”, porque lo más probable es que sea una piedrita “bamba” y se esfume como lo hizo un mal día la coronada villa.

Corrijo: tres veces coronada.

EL SENTIR Y EL ESTAR


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El limeño se siente desprotegido y las noticias parecen confirmar que lo está.

La calle es vista muchas veces como un campo de batalla desigual de donde uno lucha contra todos. El exterior, de la puerta de casa, hacia fuera, se percibe como una tierra de nadie, donde la única ley que existe es la del que tiene más fuerza. Se enciende la televisión, se escucha radio, se miran los periódicos y el sentimiento se concreta en noticias e imágenes, enseñando que esta realidad no es simple “percepción

Se vive un clima de violencia que copian hasta los programas de “entretenimiento”: “Esto es guerra”, “Versus”, “Combate”… Una violencia que es exacerbada por juguetes, crónica roja (mayoría aplastante en los periódicos), programas “de preguntas” en TV y truculentas sagas familiares que exhiben sus miserias con gritos incluidos y acusaciones de “violencia psicológica”, verbal y de la otra.

Entonces el ciudadano no es que sienta o perciba: es que está inmerso en una vorágine malsana que lo va poco a poco endureciendo. La religión del “YO” es la más popular y los adeptos quieren estar siempre en primera fila; no importa si matando, insultando, poniendo zancadillas, mintiendo o simulando. El asunto es estar, destacarse y vivir un minuto de fama.

El ciudadano mira y ESTÁ desprotegido. Ya no parece haber autoridades, ya no parece haber razón ninguna. Solo importa brillar, aunque lo que destelle sea lata disfrazada de oro.

A los que están detrás de las empalizadas no les importa nada y las lunas ahumadas de sus autos blindados reflejan una cruel realidad ignorada por ellos.

A los que viven escudados por sus indiferencias tampoco les importa. Hay inseguridad: se percibe en el aire y los que deben enfrentarla miran para otro lado.

¿Corremos? Pero… ¿adónde?

TRIQUIÑUELAS


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Es lo que son y gracias a su empleo, lo negro se hace blanco, lo fétido oloroso y lo que debería andar derecho, viene chueco.

Nos hemos acostumbrado a ver que las “legalidades”, llamadas por su nombre: leguleyadas, triunfan.

Por eso no es raro ver a prohombres (que en realidad son “protohombres”) que en lugar de historia exhiben prontuario y que desfachatadamente se muestran sin importarles nada.

Así, a la vuelta de la esquina, se tuercen voluntades y se alteran los hechos. Todo es “legal” y todo tiene el tufo que dejan los tahúres a su paso. “Hecha la ley, hecha la trampa” dicen y buscan recovecos e interpretaciones que les den “meridianamente” la razón. Invocarán letra chiquita, sostendrán argumentos y si estos fallaran, siempre queda el recurso de sicarios anónimos que solucionan todo a su favor de una “buena” vez.

Mientras tanto ellos circulan, opinan y saludan como si no estuviera sucediendo nada; los acompaña una comparsa que, como en los carnavales, usa máscaras para que el que los vea, no sepa a ciencia cierta quienes son.

Triquiñuelas: astucias que se emplean para algún fin.

PIERCE AL SOL


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El sol sale tímido y su brillo no llega a deslumbrar, el verano va caminando a su final y sin embargo hay días y momentos en los que parece recobrar bríos y quiere mostrar algo de su viejo esplendor. Es cuando Pierce, la gata, aprovecha para tenderse en la parte superior del sillón de la sala que da a la ventana y mira al jardincito, para disfrutar del calor y hacer ver ese “no sé qué” con que los gatos demuestran su placer.

Es un placer tranquilo, contemplativo, casi devoto, pío; propio de quienes, como ellos, saben sacarle el jugo a los pequeños momentos y estirarlos hasta que se terminan en un bostezo.

Pierce está al sol y entiendo por qué estos animales eran sagrados en el antiguo Egipto: ¡Adoraban al Sol, que era el dios principal!: el que brilla en lo alto y fecunda la tierra.

Curiosos, estos gatos. Son los depositarios, es seguro,  de un saber muy antiguo y lo observan todo para transmitir su memoria a otras generaciones.

Pierce está al sol y disfruta. Tal vez no hay nada como eso.

 

Foto por Malú Carrillo.

 

 

LAS COSAS CLARAS


linterna

En nuestra ciudad todo parece entremezclarse.

Los colores no dan un tono definido, las declaraciones se andan con rodeos para en el fondo no decir nada; “si te vi no me acuerdo”, “yo soy su hermano pero no sé nada”.

El gris, que no es blanco ni es negro es el color patrón; la garúa no es lluvia, siempre habrá una “rebaja”, los precios no son fijos, no hay veranos de veras, no existen los taxímetros; el kilo suele tener menos de los mil gramos, “nadie se va a dar cuenta”, “déjalo así nomás, hermanito, cholito” y con un “casi-casi” las cosas se consideran llenas. Parece no gustarnos lo exacto, aquello que se puede comprobar.

El mal de la ciudad es el mal de sus gentes, parece que contagia o engulle al que no piensa igual. “Esperar un momento” puede significar horas y así pasan los días y todo está en suspenso. En un compás de espera que convierte el mañana en pasado mañana y el pasado mañana en un débil “¡quizás!”.

No se resuelve nada, a todo se da “largas”, por eso cuando alguien cumple con su promesa solo es un bicho raro, alguien desadaptado que no ha entendido el ritmo y no sabe bailar.

No es buen ala costumbre llamar pan al pan y vino al vino.

Como pan pasa cualquier cosa y el vino que se ofrece sabe a ron de quemar. No sé si aprenderemos algún día, pero tal vez entonces será tarde y lo único claro de las cosas es que ya nada ni nadie nos va a poder salvar.