SONRÍO RECORDANDO.


ESTRELLA

Es de noche, miro al cielo y sé que me sonríes desde lejos porque sabes que pienso en ti y en cómo nos reíamos tanto estando juntos.

 

Sé que va a volver el gris, pero detrás está tu risa y sonrío confortado porque tu recuerdo me abriga.

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FUMIGAR


FUMIGACIÓN

Parece que empezó la fumigación. La desratización ha comenzado y así poco a poco espero que nos libremos de la peste. Esa peste que amenaza con infestarlo todo.

Hay buenas señales y parece que se estuvieran haciendo las cosas como se debe. Por supuesto que la peste es resistente y su erradicación tomará tiempo y traerá sorpresas. Veremos desfilar los cadáveres de roedores que no esperamos ver y también los de viejos conocidos cuyas habilidades de mimetización los salvaron hasta ahora.

El tema ha sido comenzar. Que se asuma con valentía una tarea que nadie parecía atreverse a emprender. Se inició algo que debe terminarse. Alguna vez dije que esto sería una tarea hercúlea, como la de limpiar los establos del rey Augías.

¡Bravo por lo que están haciendo para que la Ley impere y caigan los canallas! Pero no hay que cejar ni tener dudas. ¡Retroceder nunca, rendirse jamás!

LAS BUENAS MANERAS


CARREÑO

De pronto, los principales nombres de la política peruana están demostrando unas buenas maneras…

Se conversa, enmudecieron invectivas que cruzaban el espacio como avioncitos de papel (menos algunos exabruptos del presidente y las respuestas correspondientes) y se conversa, se dialoga, se saluda,  y se echan lo que podrían ser flores (sin maceta esta vez).

Parece haber una esperanza y empieza el amanecer de un buen entendimiento.

Parece que en algún lugar se dieron cuenta que el país no aguantaba más y que si no se intentaba conversar por lo menos todo empeoraría.

Bueno, en esas estamos. Conversaciones van, conversaciones vienen y parece que se sientan a la mesa, el perro, el gato, también el pericote y demás especímenes. Hay que desear que esto no sea flor de un día y que los entusiasmos tibios que produce, no se enfríen y mueran bajo 0.

Se está actuando civilizadamente y detrás queda la caterva gritona; detrás las maldiciones e insultos y también los agravios. Espero que tratemos de actuar como ese Estado que nunca pudo ser y los peruanos, todos, nos sintamos por fin orgullosos de serlo.

MALOS


zapatos

Se me acercó un hombre ya mayor, que lustraba zapatos, en el camino a la farmacia. Me dijo e insistió varias veces y de diferente forma, para limpiarme los zapatos a los que el día anterior había limpiado yo, echándoles ese betún líquido (auto brillante) que ofrece cubrir raspaduras y dejar los zapatos como nuevos. No es tarea muy fácil hacerlo porque entre que no veo muy bien y todavía tengo alguna limitación de movimiento; me toma tiempo, cuidado y concentración. Pero es un buen ejercicio, me mantiene ocupado por un rato y me deja la sensación de haber hecho algo (pequeño, cotidiano pero útil) por mí mismo.

Los zapatos estaban limpios y como camino poco…

Le dije al hombre que íbamos a la farmacia y me pidió “para un pan”; yo no tenía sino un billete grande para pagar las medicinas y me excusé. A los pocos pasos Alicia me dijo: “Creo que nos dijo malos”. Y yo no respondí pero pensé que tal vez hubiera debido explicarle, no lo hice y he seguido rumiando el epíteto, considerando que no somos malos o por lo menos tratamos de no serlo. Esto no quiere decir que seamos pazguatos o nos consideremos perfectos.

Sin embargo el hombre que nos dijo malos, usó la palabra como un arma, como un recurso último para obtener lo que necesitaba. No sé si lo hará siempre o sería producto de las frustraciones y desesperación ante tantas negativas acumuladas. Me pongo en su lugar: veo venir una esperanza que es desbaratada y mi reacción no es un insulto, sino la calificación de una actitud. Una actitud que se repite.

De pronto, resulta que me preocupo mucho por el pequeño suceso, pero no puedo dejar de pensar en él. O es que no me gusta que piensen que soy malo y que Alicia lo es.

No me gusta por una razón: creo que los malos son los grandes causantes de las desgracias del mundo y yo no soy tan importante para hacerlo.

 

COMPÁS DE ESPERA… ¿PARA ESPERAR QUÉ?


Foto: "El Comercio"
Foto: “El Comercio”

El discurso de veintiocho era esperado por todos. Con muchas, algunas y ninguna esperanza, pero en el fondo se quería escuchar algo. Ha pasado la fecha, el Presidente leyó sin mayores inflexiones un texto largo que trataba de cubrir todas las áreas. En algunos casos como la minería, se esperaba que dijera más. En otros, como salud, dijo tanto que al hacer un balance posterior parece que será imposible de cumplir, por lo menos ahora y con los recursos existentes. Habló del magisterio y dijo que teníamos derecho al agua. De inmediato se comentó y criticó la forma y el fondo. De pronto hay un compás de espera. La sensación de “¡ya dije!” que abre una especie de silencio (es un decir porque ahora hasta el movimiento en pro de los senderistas agita pancartas en Argentina). Lo que me vuelvo a preguntar es qué esperamos. ¿Van a mejorar las cosas? ¿La cordura se abrirá camino dejando de lado los intereses personales? ¿Estamos en un vacío donde se retoman fuerzas para seguir protestando? ¿Qué nos espera?

El discurso como un “punto de quiebre” ritual, ha pasado. Se ha planteado temas, se empieza a discutir posibilidades.

A lo largo y ancho del país los sin trabajo y los con hambre continúan en su desgrane silencioso de los días. Muchas de las protestas callaron momentáneamente, pero los problemas siguen ahí y si no se enfrentan efectivamente y llegan las soluciones esperadas, no habrá cambiado nada y el discurso de veintiocho será solo un montón de palabras. A todos nos toca, de una vez por todas, hacer que los cambios empiecen desde dentro de uno mismo. El compás de espera ya pasó y hay que pasar a la acción. Se lo debemos al Perú y a nosotros mismos.

MÁQUINAS


 

Siempre me pareció poco estimulante tener una máquina de contraria. Seguramente por eso no me atraen los casinos y me parece aburrido estar apretando botones para ganar o perder dinero. Alguien me dijo una vez que si jugaba y ganaba me iba a gustar, pero siento que puedo hacer cosas más entretenidas y productivas que mantenerme “en vilo” esperando que una máquina me de o quite monedas, unas cuantas o muchas. Sé que en todo el mundo las personas lo hacen y que hay negocios, inclusive ciudades que viven de ello. Los casinos no van conmigo, no me entretengo y prefiero leer, conversar o solo mirar a pararme o sentarme delante de una de esas máquinas tragamonedas (cuyo nombre lo dice todo).

Sé que pueden ser un tema de conversación entre aficionados que hablan de “máquinas duras o blandas” según sean estas dadivosas o no y de las aventuras vividas en las horas que les dedican. A mi me aburre el tema y no llego a entender bien la fascinación que a veces ejercen. En realidad todo aquello donde predomine el azar no me es muy afín, porque creo que la suerte no es tal, sino que se llama éxito y este no se aparece de la nada. El éxito se busca, se trabaja, se camina hacia él hasta que se llega, se lo obtiene. Un premio de sorteo no es despreciable ni tampoco el obtenido en una máquina de casino, sucede simplemente que los veo como un regalo y carentes de todo esfuerzo. Hay mucha gente que cambia su vida con los premios, pero me parece que lo que fácilmente llega suele irse de la misma manera.

Lo digo porque a veces escucho historias de personas que se suicidan porque jugaron hasta sus últimos centavos en una máquina y perdieron. ¿Tremendista? No.

¿Qué puede llevar a un hombre a gastar todo el dinero que posee en aras de la ilusión de tener más? De pronto la ambición, de pronto una falsa esperanza. Tal vez la desesperación de ver como se va acabando esa esperanza.

No lo sé. Estoy seguro que miles tendrán muy distintas respuestas, pero no siento que ninguna me convenza.

El jugador ha sido y es estudiado, sus pulsiones y motivos analizados. Su conducta observada. Sin embargo el azar ejerce su fascinación y nada de lo que se diga hace que de verdad se modifique una manera de actuar que puede llevar a la ruina total, una manera que muchas veces termina con la vida. No lo entiendo. Confieso que no entiendo el juego así, el derroche de adrenalina que implica y lo que generalmente acarrea. Y cuando digo que no entiendo, lo hago con los jugadores que definen su vida en un apretar de botones confiando en el azar.

Como dice el dicho: “Cada loco con su tema”.