SOÑANDO


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La vaca estaba rumiando y soñaba con prados donde caminaba pastando al aire libre, haciendo sonar el cencerro que llevaba al cuello; grande y parsimoniosa se sabía dadora de esa leche que siempre ordeñaba el pastor antes de salir con la oveja muy temprano por las mañanas.

 

El ruido extraño, el llanto del Niño chiquitito que nacía, la trajo de regreso a la dehesa compartida con la oveja y el burro; pestañeó un momento y volvió a cerrar sus ojos para continuar rumiando y seguir con su ensueño de prados verdes, pasto fresco mojado por el rocío y libertad.

 

Movió la cabeza, se acomodó y el cencerro sonó como una campana.

 

Imagen: commons.wikimedia.org

 

Nota: No podía dejar de lado a la vaca, figura del nacimiento; lo que pasa es que ella estaba soñando y no quise interrumpir sus sueños.… Tal vez por eso participa tarde en esta pequeña historia, pero no hay nacimiento navideño sin vaca y al moverse un poquito, su cencerro puso la nota musical que faltaba.

 

Ya sé que, como la vaca, llego tarde, pero no quería dejar que el paciente animal quedara excluido y por eso, pensando que la Navidad debería ser –por lo menos en nuestros corazones- todos los días, es que esta pequeña historia y su nota (no la del cencerro) sino la escrita, aunque “fuera de fecha”, llegan.

 

LANA


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La oveja estaba en una esquina, abrigadita y pasando bastante desapercibida porque el burro y la vaca que eran más grandes, el uno andaba atento a los movimientos de los extraños y la otra dormitaba rumiando y quién sabe en qué ensueños se perdía.

 

El sonido despertó a la vaca de su plácido estado, al burro le hizo estirar el cuello para tratar de ver algo sobre el murito de piedras y ella, la oveja, vio como el Niño nacía y  quedó admirada porque recordaba que también había sido madre.

 

Había helada ese  amanecer, pero ella con su cubierta de lana se sentía bien y solamente la cara estaba fría; el recién nacido lloraba y la oveja pensó que la madrugada no tenía un clima adecuado para el que acababa de nacer.

 

Decidió entonces hacerle un regalo y caminó acercándose despacito hasta donde el Niño lloraba y tiritaba, miró al hombre y a la mujer y mansamente se echó bien pegada a Él, para calentarlo con su cuerpo y su lana…

 

Al rato el Niño calló, sonrió y metió su pequeña mano en la espesura blanca que estaba tibiecita.

Imagen: ww.freepik.es

 

 

Nota: esta pequeña historia aparece porque mi amiga Roma me comentó que leería con gusto algo sobre la oveja, que es tradicional en los nacimientos y se me ocurrió que el oro, el incienso y la mirra que obsequiaron los Reyes Magos, estaban bien, pero eran mundanos, les faltaba calidez y que no sería una mala idea que la oveja hiciera la primera ofrenda: su calor, su lana, ella misma.

¡FELIZ NAVIDAD!

EL TESTIGO


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Soy burro pero no bruto y tengo…, veamos…. más de 2,019 años, lo que me hace histórico; eso es: soy un burro nada bruto e histórico.

 

Mi buena memoria recuerda que tenía pocos años cuando una noche se metieron en el lugar donde estaba acompañado de una vaca, una mujer y un hombre, bien tapados con sus mantos; ella caminaba con cierta dificultad, mientras el hombre llevaba lo que supuse era un atado de ropa.

 

La vaca rumiaba con los ojos cerrados, abstraída en sus pensamientos, mientras yo, con las orejas tiesas, estaba atento porque el hombre amontonaba paja y sobre ella ponía su propio manto; llevó suavemente a la mujer y la ayudó a echarse. No vi más porque me lo impedía un murito de piedras, pero al rato escuché un sonido extraño, que ahora, con la edad que tengo, sé que era el llanto de un niño…

 

La vaca mugió, dejando sus ensueños, mientras afuera empezó a clarear la mañana y no se me ocurrió en aquel momento que era el primer día de lo que los humanos llaman una Nueva Era”…

 

Imagen: laura-asensi.blogspot.com

LA MARIPOSA DORADA


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Era una mariposa, pero no se sabía mariposa; movía las alas de un dorado traslúcido, volando y cuando había viento aprovechaba este para descansar su batir, dejándose llevar plácidamente.

 

Así conoció tierras diferentes, incluso cruzó un mar y vio las aguas, que por debajo de ella espejeaban al sol; flores desconocidas le dieron su alimento y así, llegó agotada a reposar sobre lo que resultó ser un lugar donde había una mujer, un hombre, un niño chiquitito, un burro, una vaca y eso que los humanos llaman paja y que es la hierba seca.

 

Se quedó descansando las alas y de pronto decidió desplegarlas y un pastor que pasaba vio el brillo que producían al reflejar la luz, pensó que era una estrella y entre curioso y admirado entró al lugar y vio a la mujer, al hombre, al niño sonriente, a la vaca paciendo, al burro dormitando y se maravilló.

 

Imagen: http://www.vinda.es

EL ESPEJO


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La Navidad equivale a regalos, por lo menos para lo que un niño chico suele entender. Yo no he sido diferente a los otros niños y diciembre era una fiesta que iba in crescendo, primero con adornos que colgaban desde el gran espejo con perchas que estaba en la entrada de la casa, hasta en el alféizar de la ventana semicircular con vidrios de colores que daba a la terraza de abajo, también en la mesa de la sala y sobre la radio que estaba en la salita ; seguía con postales de felicitación que el cartero traía y que se reconocían porque los sobres siempre eran más grandes que los típicos usados para el correo “normal” y eran siempre blancos.

 

Era niño, pero sabía  que Papá Noel no era quien traía los regalos, sino que mis papás y hermanos me los hacían, sin que por eso mi entusiasmo se empañara un poquito; era una tradición familiar y en los cumpleaños, además de recibir obsequios de sus hermanos (y padres, por supuesto), el  celebrado les entregaba a ellos sendos regalos (pero no a los papás), lo que era un intercambio regalístico-fraterno que dejaba contentos a los tres hijos, satisfechos a los padres y felices a todos.

 

Claro, cuando uno es un niño, no tiene cómo comprar regalos y me las ingeniaba para escribir algo, con letra más bien  desmañada, poner un dibujito alusivo o pegar un pequeño motivo de Navidad recortado de alguna revista, en una cartulina que simulara una tarjeta. Hacer esto era parte del crescendo navideño, que por supuesto incluía adivinar y fisgonear para ver dónde estaban escondidos los regalos que me tocaban a mí…

 

Un año, en diciembre, operaron a mi padre y no hubo mucho ánimo decorativo ni pinístico, aunque mi madre armó el nacimiento como cada mes de diciembre. No sabía si iba a recibir regalos, pero me guardaba callado la esperanza de que sí y que la alteración evidente no tenía mucho que ver con ellos.

 

No preparé ninguna tarjeta y recuerdo claramente que a mi padre lo operaron el 23 y mi madre se “mudó” a la clínica para acompañarlo: dormiría allí, incluso. Estuvo un ratito en casa el 24 y sobre un sillón de la sala dejó unos paquetes; curioso yo, vi que tenían tarjetitas con mi nombre y los de Teté y Panchín.

 

Mi hermano no estaba en casa y mi hermana trajinaba arriba, en su cuarto. Yo, en mi curioseo, me di cuenta que había un paquete de regalo para cada uno de nosotros tres y me sentí un poco triste porque solamente tenía un regalo, mis papás no estarían para pasar la Navidad; claro, estaban Panchín y Teté, pero yo no tenía tarjetas-regalo para ellos, no había árbol, ni adornos en la casa y solamente estaba el encargo de mi madre de encender las velitas del nacimiento y “hacer nacer al Niño”, no muy tarde, para que yo no trasnochara…

 

Mi hermano regresó y como a las 10 de la noche nos juntamos los tres en el comedor para “cenar” algo (en ese tiempo el “panetón” no se conocía, o por lo menos no en casa) y un poco silenciosos fuimos luego frente al nacimiento, prendimos las velitas y rezamos, sobre todo por Manuel Enrique.

 

Nos abrazamos, me dieron cada uno un paquete envuelto en papel de colores y el de mis papás que estaba en el sillón; yo no tenía nada para ellos y creo que alguna lagrimita se me salió, pero ahora no sé si era de felicidad porque tenía tres regalos y no uno solo, o de tristeza porque mis papás no estaban  y yo no tenía tarjetas-regalo para darles a mis hermanos.

 

Antes de acostarme, después de haber abierto mis tres regalos, me dio un “no sé qué” y pensé que mi madre tampoco tendría mi tarjeta-regalo y me deslicé hasta su dormitorio, sin prender la luz  para no delatarme, fui hacia el ropero que estaba siempre sin llave y rebusqué hasta encontrar una cartera que tenía, en un bolsillo con cierre, lo que había ido a buscar: un espejito.

 

Me lo llevé en el bolsillo y en mi cuarto, con algo del papel de los regalos lo envolví y escribí en un papelito “FELIZ NAVIDAD, PARA MAMY DE MANOLO”. Lo escondí para entregárselo a Tony (o sea a mi mamá) cuando volviera de la clínica y sorprenderla.

 

L único posterior que recuerdo es habérselo dado y que ella me besó, abrió el paquetito mal hecho, sacó el espejito, se miró los ojos en él diciéndome: “¡Gracias hijo…! ¡ ¡Es lo que yo siempre quise!”. Sonreí seguramente y nunca mencioné que el espejo era suyo, que lo había sacado de su cartera y ella no lo echó de menos, aunque en realidad sé que lo supo al abrir el envoltorio, pero su cariño hizo que no me dijera nada.

 

Imagen:  www.eurostyle.com

LOS VIEJOS VILLANCICOS


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Villancicos eran aquellos que sonaban cuando yo era chico (muy chico) y cerca al día de Navidad salían de discos de 78rpm, que un tocadiscos “Garrard” hacía sonar a través del parlante de una radio “Saba” a la que estaba conectado, instalados ambos en un mueblecito especial, con puertas que se mantenían cerradas, gracias a un imán.

 

Eran villancicos españoles que mi madre ponía al caer la noche y cerca estaba la mesa donde se armaba el nacimiento al que se le ponían velitas de colores (rosa, celeste, amarillo y blanco) en unos pequeños “pies” o soportes de madera que tenían forma de estrella y estaban pintados de dorado; además había floreritos de vidrio transparente, con jazmines, que perfumaban maravillosamente el ambiente.

 

El nacimiento lo formaban imágenes más o menos grandes de San José, la Virgen María, un burro y una vaca rodeando un montoncito de paja que estaba vacío hasta la noche del 24/25 en que se colocaba al niño, echado de espaldas, sonriente y con los brazos abiertos; la “casita” del nacimiento era rústica, hecha de palitos, con techo “a dos aguas” de paja, adornado con una estrella de cartón cubierta de purpurina plateada, colocada en el vértice de la “entrada”;  un mantel de hilo blanco cubría la mesa hasta el suelo.

 

“Noche de Paz” no estaba en el repertorio porque esa era una canción exclusiva para el momento del “nacimiento” y los villancicos hablaban de “los peces en el río que beben y beben y vuelven a beber” o decían que “campana sobre campana…”; eran villancicos y no canciones navideñas en inglés con “merry christmas” y otros como las que ahora suenan en radios, televisores, centros comerciales y tiendas por departamentos.

 

Claro, los villancicos estaban en castellano y la música era acompañada por alegres y rítmicas panderetas, a diferencia de esos sonidos electrónico-melódicos que simulan contento, pero resultan fríos como el hielo… No sé si es nostalgia de viejo, si es una época en que se me amontonan los recuerdos de mi familia, pequeña pero llena, especialmente en época de Navidad, de un espíritu alegre.

 

Sí, había arbolito, que antes de que mi hermana Teté se casara y se fuera a vivir a Arequipa, era un pino pequeño, natural, que ella, mi hermano Panchín y sus amigos “conseguían” alguna noche, ya muy tarde (desenterrándolo, por supuesto) de no sé dónde, más o menos cerca de casa y amanecía el pinito plantado en una lata grande y vacía de aceite de cocina, forrada con papel platina: ¡Nuestro árbol de Navidad…!  Ese que esperaba las guirnaldas y las bolitas de vidrio, brillantes  y de colores que lo adornarían dándoles navideña tarea de mis hermanos, con mi madre protestando un poco por la manera de conseguir el arbolito…

 

Es curioso, pero no he vuelto a oler el aroma a pino mezclado con jazmín nunca más y ese es el olor de la Navidad para mí, como el sonido es el de esos viejos villancicos que llenaban la casa de la calle Ayacucho, N° 263, en Barranco.

 

Imagen: http://www.wikihow.com