NACÍ EN EL 47 Y TENGO 74


Ocurre una vez en la vida.

Es lógico mi edad sea mayor que las dos últimas cifras del año en que nací, pero aun así me resulta curioso, porque si las volteamos, 47 es 74 y 74 es 47…

No sé si es que le importará a alguien, pero este año, es una curiosidad “matemática”, para mí, al que las matemáticas siempre fueron “esquivas”, no porque ellas se corrieran de mí, sino porque yo hui de las matemáticas, como lo hice y sigo haciendo, de las verduras…

Es tan curiosidad, como que comparto con un grande, la fecha de nacimiento, porque Leonardo Da Vinci y yo, somos del 15 de abril. Seguramente hay muchas más coincidencias, algunas no tan agradables o importantes, pero desde que tengo memoria, celebrar aniversario el mismo día que Leonardo, fijó para mí una especie de meta (que nunca alcanzaré) y me ha servido para tener un “modelo” que tampoco podré nunca igualar, pero me sirve siempre como una especie de “luz-guía” en muchas situaciones, al preguntarme qué es lo que él hubiese hecho en un caso determinado….

Sé que hay siglos de distancia en tiempo y un verdadero espacio sideral nos separa en conocimientos y habilidades, pero es en quien pienso, al extremo de que cuando me entrevistaron hace muchos años en Colombia, para cubrir la plaza de director creativo en la agencia de publicidad McCann Erickson, me preguntaron que a quién admiraba más y yo, sin dudarlo, dije que a Leonardo Da Vinci y cuando me pidieron “razones”,  respondí que porque era un hombre múltiple, al que no le importaba fracasar en algo, porque sus logros eran siempre mayores…

El modelo es inmenso y vuelvo a decirlo, va a ser imposible que lo alcance, pero creo que el truco es correr y no darse por vencido. Por lo menos eso es lo que intento hacer desde hace 74 años.

Imagen: depositphotos.com

LA NOCHE QUEDÓ ATRÁS


Abrí los ojos y no veía nada.

Es decir, sí “veía”, pero era un color amarillento cremoso, infinito, uniforme y que no variaba así moviera los ojos, que era lo que conscientemente estaba haciendo.

Me di cuenta que estaba en una cama con barandas y comencé a incorporarme, cuando una voz me dijo: “Está en una clínica, soy médico, no puede ver y lo que le ha dado es un infarto cerebral. Pronto, todo irá volviendo a la normalidad… No se asuste”.

No estaba asustado, sino aterrado…  Al desconcierto siguió el miedo y eso que a veces se siente en situaciones extremas y se llama pánico: ¡ESTABA CIEGO!

Es muy difícil tratar de explicar lo que se siente y de qué manera los pensamientos se atropellan en un instante así. Difícil y doloroso, porque después se racionaliza y poco a poco se acepta, ocupando la mente en “estrategias” para hacer las cosas, aún las más sencillas, con la ausencia total de la vista. Pero eso viene después y al desconcierto, el miedo, el terror y el pánico, de inmediato sucede un estado de anonadamiento que lleva a pensar que todo esto no es cierto, que debe ser una pesadilla…

Lo último que recuerdo antes de abrir los ojos al amarillo cremoso, es unas náuseas tremendas y el “¡Yu-yu-yu-yu…!” de la sirena de una ambulancia; después, el color uniforme y el desconcierto.

No se trata aquí de “hacerme el pobrecito”, sino de contarles que estoy muy agradecido porque “la noche quedó atrás” y si bien “la noche” duró cuatro meses aproximadamente, poco a poco la luz se fue haciendo y primero muy mal, desenfocado e inestable, empecé a ver. No bien, o “20/20” como dicen, porque desde los siete años soy miope, pero fui viendo un poco más claramente, aunque me quedó la miopía, por supuesto, y se produjo lo que llaman “visión de túnel”, que me impide –si miro de frente- ver arriba, abajo o a los costados. No tengo “visión periférica” y si muevo los ojos, se me “descompone el cuadro” y todo es un desastre, que tarda algo en acomodarse nuevamente.

Demás está decirlo, pero me dieron dos infartos cerebrales más: el segundo me produjo parálisis lateral derecha (toda la mitad del cuerpo sin movimiento) y me dejó “insensible” el labio superior derecho, además de dificultades para tragar y con la lengua “enredada”, como para que no me entendieran. Era, pienso, que tal vez así de encerrada se sentiría la mariposa cuando crisálida, pero con la diferencia de que ella no habría tenido un “antes” de volar libremente por el aire…

Fueron otros cuatro meses (un número que parece me persigue, porque nací en el 47 y cumplo 74, más 4 infartos al corazón…) de ir recuperando habla y movimiento, gracias a terapias intensivas y algo de tozudez y fuerza de voluntad de mi parte.

El tercero, lo único que hizo fue bajar un poco más mi capacidad visual…

La noche (por ahora y en mi caso particular) quedó atrás, porque veo: Mal, pero veo; y me muevo, mal, pero me muevo. Me dicen que parece que no me hubiera pasado nada, o “¡Qué bien que te veo!” y trato de hacer todo lo que pueda, lo más normalmente posible…

Perdonen que hable hoy otra vez de mí, pero como mañana cumplo 74, he estado revisando un poco el tiempo pasado y vuelvo a decir que doy gracias a Dios, a mi esposa, a mis hijas y a los amigos buenos, porque sin esa ayuda hubiera estado muy, pero muy solo, y sin poder hacer nada.

Gracias por leer.

Imagen: http://www.architonic.com

PULSO, PULSACIÓN, PUNZADA


El pulso, las pulsaciones, son la voz del corazón.

A veces, una punzada en el pecho es un aviso, que como la voz no es muy fuerte y estás acostumbrado a su acompasado murmullo, el corazón “te toca el hombro” para llamar la atención… TU atención.

Lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a que “todo nos funcione” y son tan poco advertidos los “ruidos” internos, que solamente los dolores (como la punzada en el pecho), son esa especie de clarinada de alerta, que nos avisa que “algo” extraño sucede en algún lugar de nuestro cuerpo…

Esto que digo es bien sabido, pero por serlo, no nos detenemos a pensar en ello cuando todo “anda bien”. Nos preocupamos cuando el “aviso” se repite…

Bueno, mi corazón me avisó de que algo andaba mal, cuando yo tenía 37 años, en una reunión de gobierno, en un ministerio, a la que fui en representación de un amigo. Eso y sentir calor (no sé hasta ahora muy bien por qué), más cierto malestar, hicieron que, terminada la reunión, en mi auto, fuese a la clínica donde tenía un seguro y buscase aun médico general, que me examinó y dijo que no salía de la clínica si no me examinaba un cardiólogo. Acto seguido, me acompañó, e hizo que me atendiera un médico de esa especialidad…

Después de contarle el por qué estaba allí, me examinó y citó para el día siguiente (eran casi las 10 de la noche), con el fin de hacer un electrocardiograma. “Si siente alguna molestia, póngase de inmediato esta pastilla debajo de la lengua y trate de no hacer ningún movimiento… Venga mañana y me cuenta” Le agradecí, con la que debe ser una perfecta cara de susto, guardé las dos pastillitas blancas que me dio y fui a mi casa…

Al día siguiente y sin mayor novedad, llegué para mi examen cardiológico; me pusieron los electrodos y echado en una camilla, comenzó el asunto. De pronto el médico le dijo a la enfermera que estaba a mi lado: ¡Señorita, pare, que le está dando un infarto…!”. Me pareció algo tan irreal que –por esas cosas que suceden- no se me ocurrió que se estaba refiriendo a mí. Hoy pienso que, o fui un tonto momentáneo, o estaba pensando en las musarañas…

Me “desenchufaron”, no recuerdo bien qué hicieron (de pronto me inyectaron algo) y un corto tiempo después, en la misma camilla me llevaron a una habitación, y cuidadosamente me pasaron a una cama, después de colocarme una bata blanca abierta por detrás y quitarme pantalón, medias y zapatos; me conectaron a un aparato que monitoreaba los latidos de mi corazón, me parece que me pusieron suero, estuvieron un rato, me indicaron un timbre para emergencias y se despidieron.

Quedé echado de espaldas, mirando al techo, que no ofrecía sino su superficie blanca y con la mano que tenía libre (sin aguja que me uniera con la tripita que llegaba al suero intravenoso), marqué el número de teléfono de mi cuñada y le dije que me había dado un infarto, que estaba en tal clínica y que por favor viniera para que se llevase mi carro, que estaba estacionado en la calle. Después llamé a mi esposa, le conté brevemente el asunto, le dije que estaba bien cuidado, y si quería, me podía venir a ver por la tarde, pero que no trajera a las dos hijas, porque no dejaban entrar niños.

Al rato llegó mi cuñada y con cara entre asombrada e incrédula, oyó el cuento completo, recogió las llaves y se llevó el carro, no sin decirme que llamaría a mi esposa (por supuesto, para entonces, los teléfonos celulares eran un muy lejano futuro). Le dije que ya había hablado y ella, no sé cómo hizo con dos carros (el suyo y el mío), pero llevó mi Ford Mustang rojo, a la casa…

No voy a extenderme más, porque después que te da el infarto, no sientes nada. El asunto ya sucedió y lo que te queda es desconcierto y miedo, sobre todo a dormir, “no vaya a ser que…” piensas. El dormir, lo soluciona media pastilla y cierras los ojos para soñar con los angelitos (no para morirte) durante ocho ociosas horas. Como a la semana me enviaron a la casa, diciéndome que estuviera por lo menos un mes en cama, levantándome solamente para ir al baño. Me entregaron pastillas con indicación de su distribución diaria y chau.

En cama, por lo menos podía leer, conversar, me vinieron a visitar (restringido a pocas visitas y poco tiempo) y no hacer prácticamente nada. Un día, de los primeros de vuelta en casa, a la entrada del cuarto aparece mi segunda hija, Paloma, que tendría dos años a lo mucho y desde la puerta, que estaba abierta, me dice: “Papi… ¿Me cargas?”. Yo ensayé una explicación, diciéndole que el médico me había dicho que no me levantara, que no podía hacer fuerza y… Me miró fijo, inclinó la cabecita, escupió al suelo, “pisó la babita”, desafiante, como diciendo “¡A ver qué haces ahora!” dio media vuelta y se fue. Me entró un acceso de risa tremendo que traté de contener y no materializar, “no fuera a ser que…”.

Así fue mi primer infarto y hay otros tres más. El cuarto, me dio en Arequipa, varios años después, caminando por la calle Mercaderes y supongo nada más la locación, porque esa noche me ingresaron al hospital, después que un cardiólogo, amigo de mi sobrino, que también es médico, me hiciese un electro y determinase que me había dado un infarto.

¡Bingo!

Imagen: http://www.my-ekg.com

EL ÚLTIMO DE LA FILA


Fila corta, porque están, en orden: Manuel Enrique, María Antonieta, Teté, Panchín, Lucho y Manolo.

Manolo, soy yo, el último de la fila de los Echegaray-Gómez de la Torre. El único que sigue por aquí, no sé por cuánto tiempo más…

Ser el último tiene ventajas y desventajas, como todo en la vida… Dependiendo de un “como sea”, la fila empieza por los más bajitos y los de mayor tamaño están al final. En mi caso, casi siempre fui de los primeros y ahora, bajito y todo, resulto ser el último…

Sí, como decían de mí hace muchos años, soy el “conchito” de la familia, lo que queda al fondo del vaso; de esa familia que “Tony” y Enrique formaron al casarse el último día del ya lejano año de 1931…

Esto de ser el último, conlleva responsabilidades, como ser la “memoria”, de nuestra familia corta –siempre aclaro lo de “corta”, porque el término “familia” es muy grande y en mi caso, extensísimo, sobre todo por parte de madre- y el depositario, tal vez involuntario, de pequeños secretos, álbumes de fotografía, cuadernos de poemas, papelitos con máximas primorosamente escritas a mano, libros, revistas, vajilla prosapiosa y dispareja, y sobre todo, recuerdos, de esos que son inmateriales, quedan almacenados en nuestra memoria, y brotan inopinadamente…

Esto de ser la “memoria”, lo aprendí de mi madre, en el caso de los álbumes de fotografía, que aún guardan muchas veces el pie descriptivo de cada foto, pero hay otras que no lo tienen y “Tony” era la memoria que veía y sabía sobre caras de personas y el aspecto de lugares que no tenían ninguna identificación.

Falleció mi madre y con ella murió “La Memoria”, así, con mayúsculas, porque mi pequeña memoria está llena de huecos, de lugares en blanco, de innumerables fotografías sin descripción alguna, donde las sonrisas y los paisajes parecen decir “¿No me reconoces…?”

Cuando me toque irme, seguramente quienes queden, tal vez por curiosidad, mirarán las fotografías que –por precaución “moderna”- guardo en la computadora y que he ido agrupando, unas con el nombre de mi madre, otras con el de mi padre, algunas más con el de Alicia, mi esposa y otras más, finalmente,  con el mío. Mis hermanos, los tres, figuran en el grupo de mi madre… Claro que en la “nube” (otra “modernidad”) tengo almacenadas cientos de imágenes, que me he prometido, así como identifiqué cada foto en el “archivo general” que hice con esas cuatro secciones, hacerlo “apenas pueda”, frase que en realidad debería leerse “mientras me quede tiempo” …

Ser “el último de la fila” es haber visto como la pequeña familia de padres y hermanos, se iba, es saber que, en algún momento, uno se irá “con la música a otra parte” …

Imagen:  Manolo en 1948. Foto por Manuel Enrique

EL POTRO, EL CABALLETE


Potro” se le llama al caballo joven y si lo es mucho, “potrillo”, que suena a pequeñito y lo mismo sería si le decimos “caballete”

Pero hay otros “potros” y “caballetes” y acerca de esos es que escribo ahora…

En el colegio, siempre fui una nulidad en el curso de educación física (pero fue por matemáticas, además de física-química, que me “jalaron” de año), aunque mi camisa blanca, “short” celeste y zapatillas, eran mi atuendo un día a la semana, en que “había clase”, con los profesores Alponte, con sus anteojos de lunas verde oscuro, y Cano, al que le decíamos “Canito” …

Formábamos en fila vertical en el patio, “tomábamos distancia”, levantando el brazo hasta ponerlo contra el hombro del compañero que estaba delante y después la fila se “desplegaba” horizontalmente, también tomando distancia, pero esta vez con los brazos perpendiculares al cuerpo, hasta con la punta de los dedos, tocar la del compañero de al lado…

Entonces hacíamos “gimnasia rítmica” que consistía en ponerse de cuclillas, con los brazos estirados hacia el frente, levantarse y girar a izquierda y derecha el torso, con los brazos abiertos, “marchar en el sitio”, levantando enérgicamente y bien las piernas dobladas, aumentando la velocidad de la marcha progresivamente, saltar en el mismo lugar, abriendo las piernas y volver a hacerlo cerrándolas, para después sentarse en el suelo, con las piernas recogidas y los brazos abiertos (“¡Bien derecha la espalda!”), levantar los brazos, bajarlos abriéndolos lentamente , apoyar las palmas de las manos en el piso, estirar las piernas y levantar el cuerpo, echando hacia atrás la cabeza. Todo esto, varias veces, para luego hacer “planchas” boca abajo y terminar de cuclillas, con las manos en la nuca y “caminando” sobre el sitio, con una mezcla de cansancio, sudor y mugre en el fundillo del “short” celeste y si no había suerte, también en la camisa blanca…, lo que suponía una requintada en casa, porque “¡Mira la cochinada que tengo que lavar…!”

Pero había veces que íbamos a “las sogas”, al fondo, donde de una especie de viga muy alta, pendían sogas, una con nudos y otras sin, para que, a pulso, subiéramos y bajáramos… Yo, lo confieso, nunca pude más que subir un poco y bajar casi tirándome al piso y esto, usando la soga con nudos… Recuerdo claramente a un compañero que vigorosísimo, subía a pulso por la soga lisa y bajaba también a pulso: ¡Tarzán era una basurita de historieta a su lado…!

Pero el título hace referencia al “Potro”, que era uno de los elementos de la “gimnasia con aparatos”, con que nos “sorprendían gratamente” más veces que las que yo, personalmente, hubiera querido…

Estaban “El Potro” y “El Caballete” cuya diferencia, es que uno, el “potro” es un artefacto fijo, que tiene una superficie dura, pero cubierta de cuero sintético, “barnizado” por el uso y dos anillas o sujetadores, empotradas (nunca mejor usado el término) y que servía para realizar impresionantes ejercicios y “figuras” “olímpicas”, con los brazos y las manos como soporte único…

El “caballete”, con una colchoneta colocada en un extremo, en el suelo, servía para que los alumnos llegaran corriendo hasta el extremo opuesto y saltaran dando un volatín sobre la superficie “acolchada” del adminículo, para caer al otro lado, con las piernas flexionadas y los brazos abiertos (mismo funámbulo o maromero), o para “saltarlo” apoyando las manos en la superficie “acolchada” y abriendo las piernas e impulsarse al otro lado en una especie de cabalgada gimnástica. La colchoneta era para proteger del contrasuelazo a los lerdos, como yo…

He titulado “El Potro, El Caballete” a este pequeño artículo memorioso, porque siempre me acordé al pensar en el aparato gimnástico, de ese otro “potro”, famoso y nefasto: el de torturas…

Imagen: mariajocorchueloef3.blogspot.com

EL MISTI


Me perdonarán los arequipeños, pero no es precisamente a su volcán tutelar al que voy a referirme, sino a algo menos monumental, tal vez más prosaico, pero de no menor fama y prosapia en Barranco, el distrito-balneario donde me crie, viví las aventuras inimaginables de la niñez, hice amigos que hasta hoy permanecen sólidos como tales (alguna vez escribiré sobre “Los Cuatro de Barranco”), recorrí sus calles en mi bicicleta o las “aplané”, junto con Lucho (uno de los cuatro), yendo y viniendo de su casa a la mía y viceversa, en un conversar sin término, de los “importantes” temas que ocupan a los adolescentes.

Ese Barranco que en mi memoria es un universo amable, pero que en realidad era como un pequeño y tranquilo pueblo, donde “el chino Perico”, la panadería de los Mangini en la avenida Grau, las boticas “Americana” y “Grec”, la ferretería de Chiappe, el sastre, también de la avenida Grau: el “maestro” Caycho, “Cucaracha”, cargador servicial del mercado, el “Negro Camote”, organizador de los desfiles de palomillas cada 28 de julio, “Platanazo”, su hermano “Gasolina” y tantos otros, formaban una comunidad variopinta y vuelvo a decir, amable, familiar, en ese lugar cálido que nos vio, a mis amigos y a mí, crecer y convertirnos en jóvenes adultos…

Allí, estaba y por lo que creo, está todavía, la “Librería e Imprenta El Misti”, de propiedad de Valdivieso, en la calle Unión, cerca al chifa más chifa que conozco y que se llama “Chung-Yion” o “Chifa Unión” …

El Misti” era ese mágico lugar donde iba con mi mamá primero, para comprar útiles escolares y las “famosas” láminas, que, de diferentes temas, usaba para hacer las tareas de colegio, recortando y pegando en mi cuaderno a San Martín en el balcón de Huaura, al oso de anteojos o a Manco Cápac y Mama Ocllo, saliendo de las aguas del lago Titicaca…

Allí había de todo y más, para un chico al que el mismo dueño, el señor Valdivieso, atendía, sugiriendo, alguna “novedad” que de seguro me iba a gustar…

Es curioso, pero asocio a la “Librería e Imprenta El Misti” con el olor (que no sabría definir bien ahora), de la tinta china, esa “Pelikan”, creo, de pomito de vidrio y etiqueta amarilla, o con la imagen del frasco de goma líquida, de vidrio grueso, con su tapa-dispensador de jebe rojo…

Librería e Imprenta El Misti”, parte de esa vida que ha quedado atrás, pero cada tanto regresa, con el paso quedo de los recuerdos, que me hacen sonreír y pensar cuán exacto es el nombre del libro de memorias de Pablo Neruda: “Confieso que he vivido”.

Imagen: http://www.aracari.com