MI CASA EL PERÚ.


Hoy me llegó el link de YOUTUBE que aloja este video.

Me parece una hermosa canción (ganó premio en el Festival de Buga, Colombia) y un muy buen esfuerzo para reunir voces.

Se llama “Mi casa, El Perú”, es de Armando Massé y Daniel Ibárcena. Tiene 155,803 vistas en YOUTUBE.

El final  antipiratería, tiene como voz de locutor, si el oído no me falla, la de mi entrañable amigo lamentablemente fallecido, Oswaldo Vásquez.


MÚSICA, MAESTRO!!


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Mi amor por la música debe venir de que cuando chico, me sentaba a los pies de mi madre, que escuchaba en el tocadiscos a Chopin y Beethoven, en inolvidables LPs producidos por Angel Records. Así puedo recordar la sinfonía Pastoral y los Nocturnos; pero también “Die Moldau” de Smetana que venía en un disco Deutsche Gramophon más pequeño que los LP normales, siendo de 33 rpm también, y a Respighi, Mozart y Tchaikovsky que venían en unas cajitas con varios discos de 45 rpm. Recuerdo que los de Mozart traían los “Conciertos de Brandenburgo”  y que me regalaron el “Cascanueces” de Tchaikovsky, en versión para niños por Spike Jones  en cajita verde, naranja y amarilla con ilustración de muñecos: una delicia para escuchar y memorizar;  lleno de sonidos y efectos  cómicos.

María Antonieta, mi madre, se sentaba todas las tardes después de rezar el Rosario, a escuchar música y a leer.

Yo, callado como un ratón me acomodaba en el suelo y escuchaba.  Supongo que hacía algunas preguntas, pero no recuerdo ni aquellas ni las posibles respuestas. Lo más probable es que me dejara llevar por la música.

Esto puede sonar a un niño que hoy llamaríamos “nerd”, pero hay que tener en cuenta que corría el año 50 y yo tenía unos tres años. Mis dos hermanos eran mayores (Panchín estaba ya en segundo de media y mi hermanaTeté  acababa la secundaria) y  era una especie de hijo único de padres que tenían al nacer yo 44 y 34 años respectivamente. Los tiempos eran diferentes y la televisión no existía.

La tranquilidad y silencio de una casa tan grande donde la comida se subía en ascensor de la cocina y en la que dos terrazas superpuestas daban al mar, eran suficientes para que mi imaginación volara sola, sin más necesidad que los cuentos de  la Tembladera natal de Alejandrina y María, las hermanas que trabajaban haciendo de todo, salvo cocinar;  porque esa era la labor de la señora Victoria, que dormía “cama afuera”,  y llegaba temprano por las mañanas para preparar el carbón de la cocina situada en el sótano y hacer los aprestos necesarios para el almuerzo.

La música vespertina era entonces parte importante de mi vida. Música que se repetía, porque nuestra situación económica nunca nos permitió tener mucho de nada y menos discos, a pesar de la casa grande y las empleadas (que en realidad formaban parte de la familia). Música que se repetía hasta que la aprendí, tomándole un gusto casi vicioso.

Ciertamente mis hermanos tenían sus propios discos. Recuerdo de mi hermana una opereta cubana llamada”Cecilia Valdés”, gran LP en una caja de cartón azul con letras amarillas. El autor, si la memoria no me falla (y tengo flojera de consultar con Google en este momento) apellidaba Roig. También tenían los discos populares de 78 revoluciones, de dos caras, de  marcas  Odeón, RCA Víctor y Sono Radio que traían valses de tipo  “Cabeza de Clorofila”, o boleros como “Tres Cruces”. Por supuesto que mi madre, amante de la zarzuela, tenía sus álbumes con “Luisa Fernanda”,  “La del Soto del Parral”,  “La Gran Vía” y otras más que ahora se me pierden en la memoria. Letras cantadas que con los años llegué a aprender perfectamente.

Pero siempre fue la música clásica la que modeló mis gustos sonoros.

Ya a los cinco años, cuando empecé a ir al colegio (recuerdo clarísimo mi primer día: 15 de abril, el día de mi santo….!), una tarde regresé a casa con la novedad que me prohibían cantar el himno nacional con mis compañeros durante la formación. Era muy sencillo y descorazonador: cantaba con muy buena voz y fuerte, pero totalmente desentonado. Desorejaba al colegio entero.

Allí empezó mi calvario, porque siempre era el “desorejado”.

Es cierto que con el tiempo, la práctica y  mucho escuchar el asunto mejoró y ahora aunque no cante bien, ya no hago destrozos con la voz. Pero imagínense a un amante del chocolate que resulta ser alérgico al cacao…

Eso me pasó a mí a los 5 años. La música que yo escuchaba magnífica, resultaba en mi voz un desastre.

En fin. Escribo todo esto porque mi amiga Paula, hace rato en el chat, me contó que su mamá daría hoy un concierto tocando el clavecín con el grupo de Música Antigua de la PUCP. Y de pronto, como a Vallejo me ha sucedido como si   “La resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma…”.

Deben ser los años. Y la música.