REFLEXIONANDO…


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Reflexiones de Ana María Shua

“Me da igual que algo sea corto o largo; me importa la calidad”*
El microrrelato, según lo definen los críticos, es un texto narrativo que no tiene más de veinticinco líneas. Cuando yo empecé a trabajar el género, se lo llamaba de una forma más simple: “cuento brevísimo”. Igual que en cualquier otro género, se puede utilizar para hacer buena literatura o chaupucerías de poca monta. El ingenio es un peligro siempre latente: la frontera con el chiste es muy delgada. Encontrar la idea para un microrrelato es un trabajo de minero: se pone uno la lámpara en la frente y va por el socavón buscando algo que parezca brillar. Cuando lo encuentra, lo desprende con el pico y se lo lleva al salón de tallado. En la tarea de joyero, tallado y pulido, se sabe si se trataba de una piedra preciosa, que va a brillar como una joya, o si hay que tirarla y volver al socavón. La inspiración surge leyendo otros microrrelatos. Este género no puede considerarse un paso previo a la novela. De hecho, yo terminé mi primera novela (Soy paciente) antes que mi primer libro de microrrelatos. No todos los novelistas son capaces de escribir este tipo de obras. Y desconfío de los microrrelatistas que no escriben otros géneros y se refugian en este porque lo creen más fácil. A mi criterio, este auge es casi una fantasía. Al menos en el campo literario, al menos en la Argentina. Nunca se va a encontrar un libro de micros en la lista de best sellers. Y las editoriales no los quieren publicar. Soy una de los poquísimos autores que no se han visto obligados a pagarse su propia publicación. En cuanto a la influencia de las tecnologías, no hay nueva tecnología capaz de convertir en escritor a alguien que no lo es. Y por otra parte, la literatura ya conocía el formato breve. Los haikus, por ejemplo, tienen diecisiete sílabas y miles de anos. Son más breves que un SMS o un tweet. A mí me da exactamente igual que un film, una obra teatral o un texto literario sean cortos o largos. Lo que me interesa es la alta calidad: la capacidad de decir algo nuevo, perturbador, acerca del ser humano. La poesía siempre fue breve y no tiene que dar tantas explicaciones. La mala poesía, las malas películas, el mal teatro, las malas novelas son peores cuanto más largas.

*Por Ana María Shua.

Ana_María_Shua

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Primer día de un nuevo año.


La diferencia es mental. El 1 de enero es similar al 22 de setiembre, pero en nuestra costumbre y allí donde residen las cosas que realmente valen y nos mueven es diferente. Es el primer día de un año que tiene sus días, muchos, por estrenar.

Y es entonces que hacemos propuestas para el tiempo que vendrá. Esperamos cumplirlas todas, portarnos bien y ser los mejores.

Nuestras promesas de año nuevo duran generalmente un día. El día en que sólo una sal de frutas refresca los excesos del 31. Ese día en que prometemos, a nosotros mismos, por si acaso, bajar de peso, dejar de fumar o espaciar los whiskies o el vino.

Acaba el primero de enero y con el ocaso terminan muchas de nuestras decisiones aparentemente firmes. Terminan para ser ofrecidas con algunas variantes, a la señal de alarma de nuestros cuerpos, para cuando nos sintamos mal o en desacuerdo con el espejo.

Qué tal si viviéramos nuestras promesas de año nuevo, no digamos todo el año, pero sí una buena parte de él?

De seguro nos iría mejor. Estaríamos más contentos con nosotros mismos. Porque de eso se trata. De estar satisfechos con nosotros. De saber que sí podemos, de probarlo y seguir haciéndolo o dejándolo de hacer.

365 días no son para desperdiciar y ninguna agenda va a sustituir a nuestra fuerza de voluntad. Creo.

LEER PARA PODER ESCRIBIR



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maestrastodoterreno.blogspot.com

Acabo de leer en un artículo de César Hildebrandt* acerca del desconocimiento sobre César Vallejo, de parte de una egresada de ciencias de la comunicación de una universidad privada peruana (“cara”, dice).

Ello me lleva a una frase de Borges: “Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de los que me ha sido dado leer”.

Borges. Enorme escritor. Gigantesco lector.

Nadie puede escribir si no ha leído. Y mucho.

Eso se los digo y repito desde el año 1985 a quienes han tenido la desgracia de ser mis alumnos en algunas universidades e institutos superiores. Nadie puede comunicar lo que no sabe. Y se aprende leyendo.

Lo digo por experiencia personal. Mi padre, ingeniero con dos especialidades, era un lector voraz y me enseñó, como a mis hermanos, que el mejor regalo era un libro.

Me enseñó a leer con el ejemplo. Preguntándome acerca de mis lecturas desde chico.

Comentando lo comentable de las suyas.

Y así crecí, sin una educación universitaria formal, por terquedad propia; pero con la necesidad imperiosa de conocer y la amistad incondicional de los libros que me fueron abriendo puertas de todos los tamaños y me llevaron donde nunca hubiera podido llegar solo.

Leer ha sido mi pasión y si cité a un grande como Borges y si encuentro que Fernando Savater, en su libro “La infancia recuperada”, narra acerca de sus lecturas juveniles y encuentro que siendo de la misma edad, leímos lo mismo, con un océano de distancia entre nosotros. Si los cito, digo, es porque comprendí que hay que subirse sobre los hombros de los gigantes para ver mejor y más lejos; agradeciéndoles y reconociendo su ayuda.

No entiendo cómo, en mi profesión que es la publicidad, se cometen errores como el que vi. El aviso de un supermercado limeño, que anunciaba, en un diario, con grandes letras: “HOFERTAS”. Así, con H. Y si bien esta es muda, resulta muy visible cuando se escribe.

Es un insulto para mí, encontrar faltas de ortografía en cartas que, en muchas de las presentaciones que hacen los alumnos y en general, en artículos de diarios y revistas ¡…y a veces libros!

Eso significa que quienes escriben no leen. Escribir y no leer, es como manejar un vehículo siendo ciego.

Y por leer no sólo entiendo descifrar un texto. Esa es una función mecánica. Los scanners “leen”, es decir, registran. Pero nuestro cerebro decodifica; interpreta lo leído después de procesarlo. Compara y nos enriquece. Porque somos seres humanos y eso nos diferencia del resto de los seres.

Alguien decía que leer es conectarse con una persona que tal vez vivió hace siglos, sentir lo que sentía, ver a través de sus ojos y hacer que nuestra inteligencia sintonice con la suya.

Leer es imprescindible para escribir. Y si no se crea el hábito en las escuelas (porque leer es un hábito, como ser cortés) tendremos a individuos que deambulan con títulos que no les sirven para nada; comprados en universidades con minúscula, donde aprenden que el “copy & paste” les salva el instante y nunca llegan a comprender el valor real de la lectura, porque no la ejercen; para qué voy a decir ejercitan, si eso supone haberlo hecho alguna vez.

Sólo la educación salvará al Perú. Esa educación que requiere reflexión y no MBAs que en realidad significan “Muy Bien Amigos”. Esa educación que no se compra en cuotas ni se adquiere por ósmosis. Educación que requiere conocer a César Vallejo, leer a Basadre y poder vivir las aventuras narradas por Dumas; hundiéndose en los miles de párrafos bien escritos de éste mundo, para llenarse los pulmones de aire y los ojos de la imaginación de figuras maravillosas.

Cuando comprendamos qué sentía Vallejo cuando decía “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo…” estaremos empezando a aprender y el Perú habrá iniciado el camino a su recuperación como País. Con P mayúscula.

*”La Primera” 7.1.09

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