LIMA.


Lima plaza de armas. WIKIPEDIAjpg

Si alguien me preguntara como es Lima, le diría es una hermosa ciudad, grande, que tiene al mar como vecino y aunque por muchas partes está descuidada, posee tesoros que vale la pena ver; es Lima tierra de santos, tradiciones e historias.

 
Lima, en la que casi nunca llueve (solo garúa o llovizna)  según decía don Héctor Velarde, escritor y arquitecto limeño  por supuesto, no tiene invierno sino “inviernito”, ni verano, sino “veranito”; en ella casi no se conocen los extremos y el diminutivo resulta una constante: “un ratito”, “ahorita”, “caramelito”, “una estampita”…

 

 

Podemos encontrar una calle llamada “Pericotes”, otra “Pelota” o la “Siete Jeringas”; irnos al barrio de “Mirones” o ver ponerse al sol, que parece bañarse, desde “La Punta”.

 

 

Debe ser porque soy limeño, pero me gusta mucho Lima,  esta ciudad repleta de pasados, con un hoy gastronómico y su cielo, el de siempre, color “panza de burro”.

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www.elcomercio.es

 

Imágenes: www.elcomercio.es / Wikipedia/perupassion/yainis.com/geo4

 

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TÓXICO.


FRASCO DE VENENO

El aire que respiramos en las ciudades es tóxico; tóxica es la “comida chatarra”, tóxicas son algunas “amistades”;  tóxico es el pez que nada en aguas contaminadas, que después se convierte en pescado y comemos alegremente.

 

Tóxico es todo aquello que hace daño pero admitimos cada día como símbolo de “la modernidad”: ¡y se dice que avanzamos a pasos agigantados!

EL OJO DE LA CERRADURA


OJO CERRADURA

Antes, cuando existía el ojo de la cerradura y este era el lugar donde se ponía la llave para abrir la puerta, era una especie de ventana mágica, por la que se atisbaba para ver lo que había y sucedía del otro lado. Hoy las chapas de las cerraduras son tan solo una ranura ciega. Se ha perdido la frase “ver por el ojo de la cerradura”.

Sin embargo hay una especie de sustituto que da acceso a un universo inmenso y permite mirar, sin ser mirados; Internet, en sus múltiples rutas, nos permite con un computador o un teléfono celular “con conexión”, ser algo así como el “voyeur soñado”; el mirón impune que extiende su vista a donde quiera.

Además, usamos Internet y en especial las redes sociales para enterarnos de un modo, antes impensable, de lo que sucede tras las puertas cerradas; detrás de las cortinas corridas y en lo íntimo de mucha gente. Es verdad que si accedemos, es por lo general porque nos lo permiten, a no ser que uno sea un “hacker” que hurga en lugares recónditos y a veces innombrables.

Vivimos en una época donde la popularidad de ver por ese ojo electrónico de cerradura, se ha convertido no solo en un deporte, sino en ocupación muchas veces y en verdadera manía. Nos escandalizamos a veces de lo que vemos, pero es que lo buscamos, porque hay una oferta siempre renovada y las personas airean allí su intimidad. Detrás de todo esto está el morbo evidente y el exhibicionismo enfermo. Detrás está el mostrar y el querer saber lo que –se piensa- otros no saben. Por eso se busca y se comparte, para que esos otros puedan participar de esta especie de juego mortal, ruleta rusa, que al final termina manchando de sangre y porquería lo que toca.

El hombre convirtió lo que pudo ser una maravilla, en una cloaca. Defeca en la comida y empantana las aguas. Lo que pudo estar hecho para el conocimiento y la facilidad de comunicación se ha convertido en chisme, habladuría; en puñal electrónico, en publicación de la peor calaña.

La exploración de las cloacas en un símil: si es que se busca, se encontrarán las heces. Lo malo es que no solo parece que se exploran sino que hacerlo puede convertirse en algo cotidiano y popular.

Con el olfato y la sensibilidad embotados; el gusto destrozado, le ponemos un “like” y compartimos. Mientras tanto, desde la oscuridad alguien se ríe porque sabe que bastardea lo que toca y esto, contamina.