VIVIR RECORDANDO Y RECORDAR VIVIR


Proyector-cine

 Todo tiempo pasado fue mejor” y la máquina de los recuerdos se echa a funcionar, proyectando en el ecran imágenes de la panadería y sus delicias de las doce del día olorosas a niñez; la vitrina llena de figuritas y pequeños “mementos” guardados amorosa y pacientemente para exhibir pedacitos de historia; la bicicleta azul con sus frenos gastados, presta a llevarlo a uno calle abajo; los enamorados de la Costanera, abrazados, mirando como el sol se baña en el océano; el ruidoso tranvía que con su ojo ciclópeo llevaba por las noches el cansancio al descanso; la paleta del helado de lúcuma, con su sabor opaco y sin embargo alegre; los charcos que dejaba la lluvia en el patio del colegio en los días de julio…

Recordar es vivir, pero para poder tener unos cuantos recuerdos hay que haberlos vivido.

PSICOLORES


 

PSICOLORES

Los árboles eran azules y se recortaban contra el cielo amarillo.

Las construcciones cercanas tenían colores disímiles y se movían como si se derritieran, para crecer imparables y desordenadas. Pasó un perro azul iridiscente, hablándole a una marmota tímida, rosada de sorpresa y el camino se convertía a medida que avanzaba en unas escaleras que iban hacia abajo.

Cuando se despejó, pensó que definitivamente era el efecto producido por la pastilla que tomó equivocadamente para poder dormir. Lo malo es que no durmió y tampoco sabía cuál era, porque le podía servir como distorsionador mental para pintar y por fin vendería. Solo tenía que acordarse…

TODO EL MUNDO


Multitud

 Nuestro “todo el mundo” por lo general se reduce a un número pequeño de personas; solemos generalizar y creer que muchísimos, “todos”, lo dicen o lo afirman.

Sin embargo nuestros alrededores generalmente son escasos y para reafirmarnos usamos el “todos”.

Tal vez sería mejor asumir el asunto y no apoyarnos en los demás, que lo más probable es que existan solamente en nuestra imaginación.

Lo siento, pero las multitudes no tienen razón y actúan como manada.

 

 

A VER


 

ANTIFAZ

Estuve totalmente ciego durante casi cuatro meses.

Volví a ver poco a poco; luces y sombras primero y adivinar contornos. Ni pensar en leer, pero intentarlo, para frustrarme de inmediato. Los colores, un poco desvaídos regresaron.

“Visión de túnel”, miope y sensible. Como un velo entre yo y lo que me rodea, difuminándolo.

Ahora, años después, me he acostumbrado, porque supongo que a todo se acostumbra uno. Tal vez, como pensé entonces, debería aprender el sistema Braille; por si lo necesito más tarde o más temprano.

 

CUMPLEAÑOS


 

vela-apagada 

No le gustaba su cumpleaños.

De niño apenas soportaba las fiestas con que sus padres lo celebraban. Con el tiempo, al crecer, pensó que los festejos eran para que se divirtieran los otros, usándolo como pretexto.

Trató de olvidarse del aniversario y logró borrar parcialmente de su memoria la fecha de su nacimiento, pero claro, su documento de identidad se lo recordaba.

Al cumplir cuarenta años decidió que no podía más e hizo lo único que conocía como solución: apagó su propia vela.

 

MI PRIMER TOCAYO


SEGUNDO DE MEDIA PANCHÍN.

 En realidad fue la primera persona que me dijo “tocayo”, es decir, “nos llamamos igual”; Manolo Peirano era compañero de clase de mi hermano mayor, Pancho, que me llevaba 12 años. Solía ir a la casa con Paco su hermano (que se llamaba como el mío, Francisco). Siempre ha sido una especie de hermano mayor para mí y ahora, sin motivo alguno, mucho tiempo después, quiero darle las gracias.

Manolo terminó el colegio, estudió Ciencias Económicas o Contabilidad, no lo sé bien, para después con su trabajo ayudar en la casa. Cómo no recordar de ese entonces a doña Rosaura, a los Peiranos, hombres y mujeres y por supuesto a Lucho, mi amigo y compañero desde que a los cuatro años nos conocimos.

Pero esto se trata de Manolo, mi tocayo.

A Manolo, al que todos llamaban “El Cholo”, lo escucho reír y contar chistes y parece como si fuera ayer verlo a la hora del lonche en la casa de la calle Ayacucho, con Paco, el Negro, Gino y mi hermano, sentados a la mesa, mientras mi padre preparaba los sándwiches que acompañarían, estoy seguro, al café con leche servido por mi madre. “Son de queso con huecos” fue elanuncio. De pronto se oye la voz de protesta de Manolo, diciendo algo así: “A mí me deben haber tocado solamente los huecos…”.

Tampoco puedo olvidar que en un barranco de la avenida Costanera, Lucho y yo, siguiendo su “consejo”, nos orinábamos las manos para que (siempre según él y Paco) nos desapareciera el olor a tabaco que adquiríamos al fumar. ¡Cómo debería reírse del olor a orina que seguramente despedíamos y certificaba nuestra condición de fumadores furtivos, cándidos e inocentes!

Manolo, tiempo después de trabajar, decidió seguir su verdadera vocación y se hizo jesuita. Pero estoy seguro que mi tocayo no es cualquier jesuita (sin menosprecio a nadie, por favor) porque su manera de ser, su bonhomía y esa alegría que yo le conocí desde siempre, lo hacen, estoy seguro, un Manolo especial. Uno del que alguien como yo, siente genuino orgullo al llamarlo tocayo y saber que va a responder con un “Tocayo… ¡cuánto tiempo!

 

ESPERPENTO


 

ESPERPENTO

Desde que nació, débil, pequeño y feo, le dijeron Esperpento.

Creció, aunque no mucho, con ese mote a cuestas. Era más bien flaco y se puso más feo; Esperpento solo atraía la atención, provocando rechazo. Buscó el significado de su apodo y encontró que se llamaba así a una persona o cosa que era fea o ridícula. Vivió una vida esperpéntica y murió esperpénticamente: borracho, se creyó Superman, que volaría y se tiró al vacío.