VOLAR O RODAR.


 

AVIÓN DE JUGUETE El carrito tenía ruedas, como todo carrito de juguete que se respete, pero el niño, cogiéndolo con la mano, lo movía en el aire, simulando que volaba.

 

El avión de juguete tenía alas, pero el niño lo desplazaba solamente por el suelo.

 

Cuando creció, únicamente viajaba en automóvil porque volar le producía temor.

 

Desde siempre le gustó tener el control de las cosas.

AUTO DE JUGUETE.

 

 

OTRA VEZ, LA MÚSICA.


 

AMANECER.

A veces pienso que es una manía que me ha venido con la edad, pero es que todos los días empiezo mis mañanas con el mismo canal de YouTube (Classical Venice Music Vol. 01 by Caffè Concerto Strauss | Venezia | Venedig | Venetian |

dancingcitytv), tanto que le dije a Alicia que me disculpe por poner siempre la misma música; es que, confieso, no me canso de escucharla. He intentado con muchas otras alternativas, con Chopin, con Beethoven, con algo de jazz o música pop. Vuelvo siempre a lo mismo. Escucho mientras trabajo en la computadora escribiendo los artículos diarios con los que colaboro. Mientras sigo revisando correos, Facebook, noticias y respondiendo a lo que haya que responder. Escucho lo mismo de lunes a viernes; el sábado y el domingo son otras mis escogencias musicales. Después de escribir, la música que escucho va variando y trato de que siempre sea orquestada.

Sé que hay múltiples alternativas para elegir, en YouTube, mis CDs, a veces radio en una emisora de música clásica, Spotify, una aplicación que me permite elegir artistas de la música (Music Songs Player) o tanto más que el ciberespacio ofrece.

Diría que tengo toda la música a mi disposición, pero es precisamente esta selección con la que mi día empieza y es casi una hora y media de música placentera continuada.

Repito que de pronto es una manía y el maniático no se da cuenta de ello pero me gusta, me siento bien y agradezco que mis mañanas, de lunes a viernes, empiecen de esta manera.

Tal vez parezca tonto que escriba sobre algo así, que resulta tan personal y seguramente insignificante, pero es que como dice la canción del grupo ABBA, “¡Gracias por la música!”.

 

 

EL RELOJ


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En la casa de Barranco había un reloj cucú.

Era todo de madera, las pesas que balanceaban su maquinaria eran dos de metal fundido en forma de piñas de pino, alargadas y pintadas de dorado viejo

A las seis, a las doce, a las seis de la tarde y a las doce de la noche, sonaba un carrillón y se abría una puertecita por donde salía el pajarito cucú pintado de celeste, con el pico naranja, que cantaba mecánico: “Cucú-cucú-cucú…” No recuerdo bien si en cada salida cantaba seis y doce veces, según la hora.

Era un reloj suizo, tenía forma de casita (lo que ahora imagino que sería un chalet suizo), con una pequeña barandita.

 

Me fascinaba el reloj y esperaba siempre las horas en que salía maravillosamente, el cucú suizo a cantar.

Mi padre, creo, le daba cuerda con una llave y ajustaba las pesas, lo que a mí me parecía algo mágico y sería porque era inocente (casi digo tonto) porque nunca se me ocurrió asociar al simpático pajarito cucú (tan parecido, pienso ahora, al que personifica Twitter) con el terrible cuco, cuando son lo mismo.

Me hubiera parecido muy extraño que en el comedor de la casa, viviera algo a lo que había que tenerle miedo, que era puntual en su tarea de cantar cada seis horas y resultara simpático y divertido.

 

EL COCODRILO EN LA BAÑERA


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El niño tenía cuatro años y no quería bañarse en tina, porque pensaba que en el agua podía haber un cocodrilo. No lo decía a nadie y cuando tocaba bañarse lo hacía en la ducha, porque por los huequecitos de ella no podría pasar ningún cocodrilo: se atoraría.

Esa tarde, terminó de jugar y su abuela, recién llegada de viaje y que quería engreírlo,  había preparado la tina llenándola con agua tibia. El niño no quiso por nada bañarse y puso mil pretextos, convencido de que un cocodrilo lo mataría ni bien entrase al agua. La abuela le rogó y él se negaba, aterrado; finalmente se rindió y contó su terrible secreto.

La abuela lo escuchó, pensó un momento y le dijo que tenía un polvo protector, que disuelto en el agua, impediría cualquier peligro; En un momento, de su maletín, trajo un frasco y se lo dio.

¿Un polvo protector…?” dudó el niño y la abuela le dijo: “Yo lo uso para bañarme en tina y nunca me atacó un cocodrilo… ¡Sí funciona! Úsalo y si quieres, sin mirarte, yo me quedo cerca…

La abuela echó los polvos en el agua e instantáneamente se percibió un olor fresco y agreste, un olor que él nunca había olido…

La abuela se sentó en un banquito, dándole la espalada, en un rincón del baño. El niño se desvistió con cautela y desnudo probó el agua, con miedo, metiendo en ella una mano: estaba agradablemente tibia y olía raro, pero bien. Todavía con miedo alargó una pierna y la metió en el agua, dispuesto a saltar al menor indicio de algo extraño. No pasó nada y se metió en la tina, esperando siempre lo peor. El agua seguía tibia, el olor era agradable y nada sucedía. La voz de su abuela lo hizo asustarse: “Y… ¿funciona, no…?”, dijo ella sin voltear.

 

El niño disfrutó por primera vez de un baño en la tina sin ningún sobresalto, gracias a los polvos mágicos de la abuela…

Ya vestido, la abuela se acercó y le dijo abrazándolo: “Te dejo el frasco, para que te bañes en tina cuando quieras; yo tengo más en mi casa… ¡No se lo digas a nadie: será nuestro secreto…!” y sonrió cómplice.

 

El niño todavía no sabía leer lo que decía la etiqueta, en letra cursiva: “Sales de Baño”.

 

EL REGRESO DE YODA


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Había pasado mucho tiempo y cuando casi no se acordaban de él, apareció sentado a la puerta de su casa, una tarde fría de agosto.

Parecía llevar la misma ropa extraña de siempre y tener la misma calma de cuando los chicos le daban vueltas preguntándole y él les respondía suavemente, con frases que ellos no olvidaban.

La noticia corrió por la calle y por el barrio: “¡El Yoda ha regresado!

Pronto vinieron a curiosear chicos y grandes.

En el brillo de sus ojos se adivinaba el láser de la Verdad.

 

CALZÓN CON BLONDA


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 No aceptaba haber dicho cosas como “esas”.

Sentía que su trato era muy fino y que los ordinarios y vulgares eran otros; los demás, para ser precisos.

Reía tapándose delicadamente la boca, por si alguien podía sospechar que se burlaba.

Le decía “papel toilette” al papel higiénico y le daban repeluznos la basura.

Era impensable, muy poco higiénico y desagradable confesar que iba al baño.

Nunca se permitió escuchar o contar algo subido de tono, porque se avergonzaba.

Se lavaba las manos cuando tocaba algo que consideraba como “sucio”.

 

Esa tarde, quiso el azar que una paloma que pasaba volando, la cagara en la cabeza.

 

 

EL COLOR DEL OLOR


ROSA DE COLORES.

Hay olores que tienen colores definidos, aunque tal vez varíen de persona a persona.

Para mí el olor a un queque horneándose tiene el color de la infancia y esta es del color de la esperanza. Colores, olores, sensaciones y recuerdos; toda una cadena de maravillas de la que muchas veces no nos damos ni cuenta.

Una sucesión de arco iris que despide aromas, en los que los colores emparejan su rol protagonista con eso inmaterial que llena el aire.

Es fantástico poder oler el mar y adivinarlo a veces azul verdoso, gris o casi transparente con penachos blancos que compiten por llegar a la playa.

Es hermoso oler el ambiente fresco y nuevo en el campo después de la lluvia., viendo a los árboles gotear felicidades.

 

No sé si los que triunfan y van en olor a multitudes tienen los colores abigarrados de un sueño pasajero.

Y el olor del peligro… ¿qué color tiene?; tal vez el mismo olor que el miedo y la desesperanza.

 

Olores y colores marcan nuestras vidas, como señales en una carretera neblinosa o como alegres paisajes que saltan a la vista mientras recorremos el camino.