CAMINO HACIA EL VERANO.


 

VENTANA EMPAÑADA

El ómnibus lo recogía temprano y le divertía ver como desde dentro las lunas estaban empañadas, porque fuera hacía frío y dentro (esto no lo sabía) el aliento de los chicos formaba esa película que daba un aspecto irreal a lo que se podía ver de la ciudad que despertaba.

 

Primero pasó un dedo por el vidrio y una huella mojada y descendente apareció; entonces probó con su pañuelo y limpió el vaho descubriendo un invierno que pasaba veloz conforme avanzaban por la avenida.

 

Ensimismado, observaba los árboles, los autos, los postes y la gente abrigada. Pensó que así como había descubierto el invierno a través de la ventana, tal vez luego vendría el verano y él estaba sentado en el ómnibus del colegio; sin embargo la ventana, lentamente, se volvía a empañar.

AMANECER.


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Amanecía; el sol iba desperezándose detrás de los cerros, que oscuros, iban tornándose verdes desde arriba hasta mostrar el valle y el río que empezaba a brillar; aves madrugadoras al cruzarse hacían figuras contra el cielo.

 

Colores, olores y sonidos: el despertar del día vería aparecer     a los que con el tiempo harían el silencio

BARQUITO DE ESPERANZAS.


 

En el barquito de papel estaban todas sus esperanzas de niño, que eran bien sencillas: jugar esa tarde, que fuera siempre verano, que no lo castigaran por haberse comido el chocolate, que su tía Ana lo llevara al zoológico y le comprara algodón dulce, que lo dejaran quedarse hasta tarde por las noches, que regresara su abuelito para terminar ese cuento….

 

El barquito de papel flotó llevado por la corriente de la acequia y él lo siguió, corriendo por el borde hasta que se volcó desapareciendo en el agua.

 

Pesaba mucho”, pensó.

MOSCAS.


 

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Moscas por todas partes: moscas grandes iridiscentes, pequeñas moscas tenaces, moscas-moscas grises y sencillotas.

Volaban zumbando, se detenían un instante, comían, volaban en círculos, por nada no chocaban en el aire, comían.

 

Las aves llegarían luego y bajarían a comer sin importarles las moscas que se alborotarían compartiendo el lugar, hasta que pronto las aves empezarían a comérselas.

 

Las aves volarían cuando los perros famélicos ladraran llegando para arrancar la carne a tirones y peleársela, aunque hubiera mucha.

 

Pronto, las moscas habrían regresado y las aves también se atreverían a bajar para unirse al banquete.

 

Luego caería el silencio sobre metales asoleados, tela hecha jirones y derrota.

HISTORIA E MICRO.


 

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Caminó siempre solo porque la gente se apartaba; en el micro el asiento de su lado siempre estaba vacío y si por casualidad se sentaba al lado de alguien, este se levantaba al poquísimo rato.

 

Él estaba seguro que su gran tamaño, corpulencia y aspecto imponente y descuidado eran la causa de que le tuvieran temor y lo evitaran, hasta que un día, en el microbús se sentó a su lado una señora muy mayor que le sonrió y a los pocos momentos le entregó un folleto, que él miró desconcertado.

 

Estaba con el impreso en la mano e iba a devolver la sonrisa a la mujer que –pensó él- no le temía a pesar de su imponencia, cuando esta le dijo claramente: “joven, ¿por qué mejor no se baña?”.

 

 

SIEMPRE HAY UN ROTO PARA UN DESCOSIDO.


ROTO PARA DESCOSIDO

Era un tipo con suerte: si tenía flojera, era día de fiesta; si llegaba tarde, su cola de espera era la más corta y si se olvidaba de una cita importante, quien lo había citado estuvo enfermo.

 

No le gustaban las lentejas y le prohibieron comerlas porque le producían gases. Detestaba a los perros y a su novia tenía gato; como era bajito y un poco miope, siempre fue el primero de la fila y veía bien.

 

Era un tipo con suerte: eso sí, medio desastrado, pero decía ser poeta.