VOCACIÓN MARCIAL.


 

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La vocación se le fue formando.

Cuando chico lo llevaban a todos los desfiles y paradas militares; lo emocionaban los colores, la música y eso que no podía definir, pero que expresaba marchando con la escoba apoyada en el hombro por la sala de la casa ante el público complaciente y aplaudidor de sus abuelos.

 

Fue a un colegio militar y después, casi por lógica, ingresó en una institución militar.

 

Su carrera fue esforzada y recorrió el país destacado a diferentes guarniciones.

 

. Un par de ascensos fallidos fueron suficientes; había aprendido a no dudar ni a murmurar.

 

Vocación no rima con conexión: decidió retirarse.

CARA DE PERRO.


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Sus compañeros de colegio le pusieron como apodo “Cara de perro”, tal vez por la forma de su boca, o la de sus ojos o por el conjunto que hacía recordar a una cara de ese animal.

 

En clase había un “pajarito”, un “sapo”, un “burro” y un par más cuyos apodos solo se podían decir en secreto.

 

Cuando terminó el colegio, el apodo lo acompañó fielmente aunque cambiaran los ambientes; al poco tiempo, el nuevo tenía su chapa y esta era indefectiblemente “Cara de perro”.

 

Se acostumbró tanto que no solamente no le molestaba, como al principio, sino que se convirtió para él como un segundo nombre.

 

Eso sí, nunca quiso tener un perro porque en realidad detestaba la competencia.

EL PELIGRO DE LAS FLORES.


 

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Las flores lila o morado clarito que se desprendían de los árboles de jacarandá del Parque de Barranco (lo pongo con mayúsculas porque para mí siempre será el Parque) cubrían el piso de losetas rojas de una capa resbaladiza y pegajosa que si no se tenía cuidado (y los niños no lo teníamos, por supuesto) provocaba caídas y patinazos varios.

 

Recuerdo a las señoras mayores que se levantaban de su descanso en alguna de las bancas del Parque y se aventuraban lentamente sobre el espacio inseguro que para los chicos era un puro deleite; las recuerdo porque ahora entiendo que una caída más que el ridículo que se pasa, puede ser fatal.

 

Hay una edad en que el peligro no se conoce.