¿LO DIGITAL TE VUELVE VEGETAL?


 

DURA UN POCO MÁS DE 41 MINUTOS, PERO ESTE DOCUMENTAL ME PARECE ALTAMENTE RECOMENDABLE E INTERESANTE. EL TÍTULO DE ESTA ENTRADA AL BLOG NO ES EL DEL DOCUMENTAL, PRECISAMENTE, PERO HACE UNA PREGUNTA QUE ES CLAVE RESPONDER. 

Gracias Youtube.

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MÁGICA MAGIA


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He vivido toda mi vida profesional, que ya tiene medio siglo, sumergido en la magia.

Al principio aprendí los rudimentos de cómo hacerla y aunque me costó, me fue gustando cada vez más, hasta que me fascinó y enganchó para siempre.

Es que la magia de la publicidad es realmente mágica y puedes ver de qué manera empiezas a producirla y te encuentras sacando conejos de un sombrero, convirtiendo hojas de papel en palomas y haciendo hablar a una rana que ¡zas! se convierte en príncipe.

Claro que la magia tiene su “truco” y debes aprender reglas que la han hecho ser lo que es desde hace tantísimo tiempo, porque hay botoncitos que hay que apretar, llaves que usadas correctamente abren puertas a mundos insospechados y te permiten el acceso a una galería de maravillas que van a estar a tu servicio.

Garantizo, eso sí, que te vas a divertir mucho además de asombrar a los demás, logrando cosas que parecerán increíbles y que sabes, salen de tu cerebro y se materializan con la complicidad y el trabajo de tus pares.
Si se le puede llamar “trabajo” a algo que te da tantas satisfacciones, llámalo así si quieres, pero en realidad creo que es pura diversión y te vas a dar cuenta cuando cada asunto que trates se convierte en un reto que será a su vez convertido en pompas de jabón, esas que flotan ingrávidas, irisadas por la luz del sol.

Es que en realidad lo que te pudiera decir se quedaría corto porque las palabras y las comparaciones faltan para expresar lo que la publicidad es, por lo menos para mí que aprendí los pases mágicos, las palabras encantadas y escuché las músicas que producen las nubes, cuando chocan entre ellas en su viaje por el azul.

¿Qué quieres que diga si la sonrisa no se me borra del rostro desde hace 50 años, el asombro se renueva cada día y la alegría salta en cada esquina porque el sol refleja en los vidrios de las ventanas?

Ya, te digo una cosa: fui, soy y seré creativo publicitario.

Publicado por codigo.pe 22.10.2019.

LA QUEBRADA


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Me estoy refiriendo,  como cualquier barranquino entenderá, a la Quebrada de Armendáriz, esa cicatriz  dejada por un río o avenida que buscó llegar al océano Pacífico, hace no me puedo imaginar cuánto tiempo.

 

Lo que en mi infancia casi pueblerina y tranquila en ese balneario Limeño un poco adormecido fue una vía por la que “bajábamos a la playa” cuando no nos alcanzaba para pagar el pasaje en el funicular (que no bajaba por la misma quebrada sino que se descolgaba por un acantilado hacia el Establecimiento Municipal de Baños de Barranco) y era una ruta que empezaba arriba y corría entre las paredes terrosas y pegados a ellas, unos restos secos de arbustos y algo de lo que en el pasado fueron seguramente –pienso hoy- buganvilias y que entonces escondían arañas, seguramente ratas y estaban decoradas, a trechos, por basura.

 

Por el medio, una pistita para vehículos de excitante, muy fácil bajada y sofocante, empinada, difícil subida, llegaba hasta una especie de terraza natural y doblaba a la izquierda para bajar un poquito más a encontrarse con el mar; con esas o esa playa que no tenía otra cosa que piedras y el agua que iba y venía haciéndolas sonar.

 

“La Quebrada” como la conocíamos, tenía en su historia el aura tenebrosa de “El Monstruo de Armendáriz”, uno de tantos hombres que hacían de ella en covachas de cartones, periódicos y latas oxidadas, su casa y su cobijo, Jorge Villanueva Torres, fue acusado de violar a un niño y asesinarlo, hecho por el que fue enjuiciado, sentenciado y fusilado el 12 de diciembre de 1957, siendo la última pena de muerte que se impuso en el Perú. Villanueva negó hasta el final haber perpetrado el hecho. Fue un caso tremendo, muy mediático donde radios, periódicos y revistas dieron alas a la histeria popular y donde el racismo (porque Villanueva era negro) y las fabulaciones, condenaron a muerte a un hombre sin pruebas concluyentes y que mucho tiempo después resultó inocente.

 

“La Quebrada” tenía sus fantasmas, pero eran inexistentes en  la luz de las mañanas de verano, ante la promesa de la playa y el mar: “bajar” era fácil, alegre y la hora más o menos temprana, impedía el agobio del sol, pero “subir”, para llegar a casa a la hora del almuerzo, era una espada de Damocles que pendía sobre nuestro disfrute playero.

 

“Subíamos”, pero tomábamos un atajo para no seguir la ruta de la pequeña pista y por algún sendero, marcado por las pisadas  en la tierra, llegábamos arriba y caminábamos para llegar cansados, sudorosos, pero con la satisfacción íntima del que vence a la naturaleza; luego venían la refrescada, el almuerzo ligerito y en la tarde, a jugar porque el verano esa esa estación del año en la que no se quiere hacer nada y se hace de todo para lograrlo.

 

Luego se “mejoró la pista” y en la época de las bicicletas bajábamos alocados por la velocidad y subíamos a pie, empujando el vehículo y mirando para que no nos fueran a atropellar…

 

Tiempo después “La Quebrada” se convirtió en una moderna pista de dos vías, para formar parte de la “Costa Verde”, que de verde tenía al comienzo la flora de la imaginación y algunas enredaderas que se descolgaban más bien mustias con uno que otro toque de color producido por flores inciertas.

 

“La Quebrada” ya no fue más el terreno de aventuras, la guarida de leyendas y vagos y “la curva de Armendáriz” perdió la emoción que tenía al comienzo, cuando la pista aseguró la velocidad de los autos que bajaban con sus luces a medias, para irse a la “playa de los enamorados” por las noches.

 

Ahora, “La Quebrada de Armendáriz” es un puro referente vial.

 

Imagen: edicadito.blogspot.com

 

NO HABLA, PERO SE FIJA


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un viejo chiste que cuenta la historia de dos amigos que comentan sobre el loro que cada uno posee y uno le dice al otro: “Mi loro habla muchísimo ¿y el tuyo?” y el otro le muestra su “loro” que es un búho: “No habla, pero se fija…”, responde.

Lo mismo pasa a veces en publicidad y el que la hace ni siquiera sabe lo que está haciendo, porque le llama “publicidad” a una especie de engendro que ni comunica, ni es atractivo y ni siquiera informa.

Es que “publicidad” se le llama a casi cualquier cosa que tenga que ver con la comunicación, ignorando que para que esta sea llamada publicidad tiene que cumplir ciertas reglas que empiezan porque debe llamar la atención, para luego atraer, informar y convencer.

Este es un tema sobre el que mucho se ha escrito, pero parece que se cree que es posible llamarle publicidad a cualquier esperpento y claro, la que paga el pato es la publicidad misma, porque cualquiera se siente con derecho a perpetrar algo y decir que lo que está haciendo es publicidad y de pronto, dice inclusive que si no entienden, es porque usa un “lenguaje especial”, cuando en realidad es como si le hablara chino a un campesino francés…

La publicidad tiene que ser ENTENDIDA porque de otra manera no sirve para nada… ¿Vieron ya cuánto no sirve para nada y dice que es “publicidad”…?

Publicado en codigo.pe 21.10.2019.

EL BARÓN DE MALAPATAENBURGO


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 Un comentario me trae a la memoria al “Barón de Malapataenburgo” personaje de mi infancia barranquina.

Su recuerdo, lo confieso, es borroso a pesar de que si trato consigo verlo entre la niebla de los años (han pasado más de sesenta): bajito, serio pero amable; con un bigotito a lo Adolfo Hitler y el pelo cortado “a cepillo”. Era profesor de inglés y apellidaba Telaya. Su nombre no lo supe nunca, pero me enteré por mi madre, que era arequipeño.

 

Era nuestro vecino, porque vivía muy cerca de “Villa Teresa”; en realidad únicamente había que bajar las escaleras que daban a la puerta de al lado en la calle y en el primer descanso estaba su departamento, donde vivía solo. Otra puerta daba al departamento de la familia Rivarola (que tenían lo que creo era un automóvil Standard-Vanguard, negro y pequeño que estacionaban fuera, en la calle Ayacucho). Tal vez había otro departamento allí, pero bajando el último tramo de escaleras se pasaba frente al de Anita Williams, costurera eximia y amiga de mi madre; el departamento de Anita se abría a una gran terraza de la que se veía el acantilado y por supuesto el mar.

En la terraza había una sombrilla rígida,  pintada de colores rojo y amarillo tal vez y sí, muy descolorida por el sol de innumerables veranos…

La terraza era un territorio donde soñar con aventuras que tenían al mar como escenario y a los barcos piratas como protagonistas, mientras a mi madre le probaban un vestido que había llevado para que “lo arreglaran”.

 

¡Personajes y años barranquinos que pasaron!… La memoria es un reloj cucú al que hay que darle cuerda, esperar que su mecanismo no se haya estropeado con el tiempo y nos sorprenda con el pajarito que sale para anunciar las horas; esas que ya no volverán.

 

Imagen: http://www.solostocks.com

 

 

 

 

 

BARRANCO: TIEMPO DE AMAR


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  Hay muchas historias en mi infancia.

Vivíamos en una casa grande, llena de rincones oscuros y con vidrios de colores. De muchos colores.

A través de los rojos se veía porque eran transparentes, pero los otros eran “catedral” y solo dejaban pasar la luz.

En la terraza de abajo poníamos una colchoneta y nos tirábamos a leer chistes: El Pájaro Loco, El Conejo Oswaldo, El Capitán Marvel.

También leíamos “El Chico de las Dunas”, que tenía una cita se San Agustín pegada en la parte de atrás. Entonces nos sentíamos en la hacienda, durmiendo bajo los árboles y pescando en el río.

A la hora de almorzar, dejábamos abierta la ventana del comedor para que entrara el aire de mar. El comedor. Con su mesa de mantel de hule: la mesa tenía diversos crujidos.

Nosotros escondíamos las espinacas, tratando de que no nos vieran, en el borde de debajo de la mesa.

-o-o-o-o-o-

Quizá tú te acuerdes de esos días largos de vacaciones en los que bajábamos a la playa y nos poníamos las zapatillas (las de básquet nomás hermano, mi mamá no me compra de las otras) para que las piedras no nos aplastaran los pies.

¡Y los erizos! ¿Te acuerdas?

La señora gorda que se metía de a poquitos, bien agarrada de la soga y las olitas que hacía.

Las escaleras de madera y los rieles oxidados, llenos de musgo y pequeños choros…

¡Vacaciones! Tiempo de sol y playa. Tiempo de los amores nuevos que se iban cada tarde en el pico de una gaviota.

Tiempo de no ir al colegio y volver por la noche, pasadas las diez, a la casa.

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Mi infancia tenía cerros azules y bosques del color de la tarde en mis juegos y los piratas navegaban desde la baranda de la terraza.

Éramos Sandokán y Mompracem quedaba al frente, casi pasando la quebrada.

Todas las tardes arribábamos con el botín preciado de los sueños. Todas las tardes los vidrios filtraban la realidad en verde, rojo, amarillo y azul.

Jugábamos solos y al caer la noche regresábamos cansados de vagar por entre las páginas del libro que estábamos leyendo. Yo era Phileas Fogg y daba la vuelta al mundo en un juego que tenía capítulos. “¿Dónde nos quedamos ayer?”: Ese era nuestro visitar a la fantasía diaria.

La casa de Lucho tenía una perezosa grande, de metal, con cojines floreados; allí en las noches de los catorce años, cantábamos y Lucho empezaba a tocar la guitarra.

“Noches de Ipacaraí” era la mejor. Era verano, claro: las mejores canciones se cantan en verano.

Adaptábamos letras y nos asombraba ser tan poetas.

Cada noche descubríamos que era mejor sentarse conversando de las chicas, que darse una vuelta en bicicleta tirando papelitos, con una liga, a los enamorados en la costanera.

Entonces yo me iba a la casa y Lucho me acompañaba. Yo volvía, lo acompañaba y él me acompañaba al regreso…

Y así, conversando, pasaba nuestra pequeña adolescencia.

Nos asombrábamos de todo y ver a las chicas en ropa de baño era como película para mayores de 18.

Así éramos los chicos entonces.

 

1° de setiembre 1972.

 

Nota: Este es el primer cuento que un diario, “Correo”, publicó, por la intermediación de don Jorge Donayre Belaunde, “El Cumpa”, notable periodista, guionista de televisión y director creativo de “Kunacc”, la segunda agencia de publicidad donde trabajé como redactor.

Como curiosidad, diré que la ilustración que realizó el dibujante del diario, no tenía nada que ver con el texto, porque era una pareja de jóvenes besándose con el fondo del “Puente de los Suspiros”.

A la narración  agregaron, a modo de presentación: “Un joven narrador inicia la que esperamos sea larga y fecunda colaboración con este diario, cordialmente abierto siempre a los nuevos valores”.

 

Imagen: Barranco, Puente de los Suspiros.  http://www.pinterest.com