EN EL MALL.


EN EL MALL.

 

discovery-shopping-mall. www.tripadvisorde

Dos chicas se encuentran en el mall y una, excitadísima,  le dice a la otra: “Amiga, ¿a que no sabes a quién vi el otro día…?… ¡A  Georgina y no te imaginas dónde…!… ¡¡¡En el Burger King!!!

 

La amiga abre los ojos como platos y asombrada pregunta: ¿Pero no es que ella es vegana…?  La otra chica responde riendo hasta las lágrimas: “parece que es vegana… ¡pero con B de Burger…!”

 

 

Fotografía de: http://www.tripadvisor.de

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CARENCIA.


FOTO 3.

Tenía de todo, pero había algo que le faltaba y era notoria, especialmente para los demás, su ausencia; si quería irse a las Bahamas, era cuestión de que su secretaria hiciera los arreglos para el viaje, reservase el hotel y el chofer lo llevaría al aeropuerto porque hasta la maleta se la hacía el mayordomo, que por supuesto se llamaba Jaime, como en las novelas.

 

Si se trataba de tener un auto nuevo, su secretaria le alcanzaba folletos de diferentes marcas y la transacción se realizaba sin que su intervención fuera otra que la de elegir la marca, el modelo y el color; cualquier trámite relacionado se solucionaba de inmediato y él siempre decía que la plata lo compraba todo.

 

El dinero le venía de familia y todo siempre había caminado de manera perfecta, suavemente, sin que tuviera mayores preocupaciones; sus disyuntivas estaban relacionadas con el tipo de comida que preferiría y la elección de la ropa que iba a usar el día siguiente.

 

Nada alteraba su tranquila rutina, salvo que alguna cosa, por azar, no funcionara como se esperaba que lo hiciera; ahí era cuando aquello de lo que carecía (fruto tal vez de tener lo que quisiera cuando lo quisiera y donde lo quisiera) hacia su aparición y provocaba un terremoto del cual, los que sabían de la carencia y por casualidad estaban cerca, huían aceleradamente.

 

Carecía de algo muy sencillo y que como no necesitaba, desconocía: se trataba de paciencia.

 

Su apelativo entre los más cercanos, amigos y empleados, era el título de una antigua obra de teatro: “El Divino Impaciente”; “divino” porque decían que todo lo podía e “impaciente” por obvias razones, aunque en realidad como no conocía la paciencia (era una palabra que le hacía acordar a un tal Job, del curso colegial de historia sagrada) hubiera resultado más justo llamarlo “El azote de dios”.

 

Total, decían, era cosa de aguantarlo, porque tenía plata.

TRUMP COMENTA SOBRE LOS HAITIANOS.


No puedo creer que sea 2018 y este es el país en el que vivimos, estoy furioso. Quería hacer una breve declaración yo mismo después de que el presidente Trump comentara sobre los inmigrantes. Todos, tómense un momento y piensen cuántas veces estrecharon la mano de alguien de una cultura diferente, un humano que tiene sentimientos, que tiene sueños, que tiene una familia, que es un inmigrante, que habla otro idioma. Ahora piense en lo difícil que fue para ellos comenzar una nueva vida en algún lugar extraño para ellos. Simplemente no entiendo cómo nuestro presidente puede carecer de empatía, ser racista y carecer de sentido común. Sr. Presidente, esos pisos, aceras y calles por las que camina y viaja todos los días. Fueron construidos no solo por ciudadanos, sino principalmente por inmigrantes. Somos una nación de inmigrantes, por lo tanto, debería avergonzarse de hablarles así a nuestros hermanos y hermanas.Realmente no sé si lo sabes, pero cuando solicitas un trabajo, la solicitud de empleo requiere que tú y la empresa firmen documentos que indiquen que la empresa y usted no discriminan de ninguna manera, forma o forma. ¿Cómo entraste en la casa blanca? Hay muchas cosas de las que no entiendes y, con una mente tan corta como esa, no llegaremos a ningún lado. Te sugiero que busques en ese corazón frío y veas cómo llegaste a ese punto, donde nos ves como enemigos. También creo que tienes que volver a la escuela y aprender los conceptos básicos como Historia, Economía y muchos otros cursos que te beneficiarán. Debido a que como presidente se ha convertido en una vergüenza, necesitamos un presidente que sea inspirador, que demuestre motivación, que haga lo correcto para la GENTE sin importar su origen, un presidente que ofrezca una oportunidad para todos. La gente toma notas mentales y esas notas no se ven bien cuando el racista sigue apareciendo. Mejora tu plato

 

Por cierto para nuestros hermanos y hermanas, eso es lo que él piensa, pero de eso no se trata Estados Unidos, y les damos la bienvenida porque también vengo de padres inmigrantes y he visto las luchas y los triunfos que todos tenemos. Te digo, mantén vivo ese sueño.

 

Además, no venimos de un shithole. Esos lugares son hermosos a su manera, algunos son exóticos, tienen diferentes lugares para explorar, diferentes tipos de comidas deliciosas, y tienen varios bailes que representan nuestra cultura, cualquiera que usted debe saber que soy Seguro que ha estado de vacaciones en muchos lugares que llama shitholes (podría haber estado en un buen hotel de 5 estrellas, pero usted estaba allí :). Sí, son áreas malas porque la economía es inestable y no tenemos más remedio que dejar a nuestras familias detrás de su corazón cuando no ves a tu familia durante años.

Traducido (por google) y reproducido del blog “doubledutymom101.com.wordpress.com.”

 

 

LA PRIMERA VEZ.


dura-lex-sed-lex

Estudiaba derecho y tenía no solo la vocación, sino las mejores notas en todos los cursos; su futuro parecía trazado y todos, en su familia, estaban orgullosos de él porque no solo seguiría la profesión de un abuelo célebre ya fallecido y al que no conoció, sino que sería un abogado titulado y no como su padre, que seguía haciendo chapuzas y trabajitos eventuales para ganase la vida y que si no hubiera sido por el dinerito ahorrado por la madre, no se hubiera podido pagar la universidad.

 

Ingresó en un estudio de campanillas como practicante, antes de graduarse, porque así lo exigían la sensatez y la universidad, ya que para ser abogado y recibir el título se necesitaba un mínimo de experiencia: “probar la cancha”, como se dice en el fútbol.

 

El estudio le pareció muy grande el primer día y tímido, fue presentado a varias gentes que le dieron la bienvenida y le desearon suerte; no le dieron un escritorio como le había augurado su madre sino que le indicaron una mesa donde “trabajaban los practicantes” según le dijeron; luego conocería a otros dos muchachos y una chica que estaban en sus mismas condiciones, pero con más tiempo en el terreno.

 

Conversó con uno de los titulares (se llamaban “socios”) del estudio y este le fue indicando, con un poco de desgano, es verdad, sus tareas: desde llevar expedientes de un escritorio a otro, hasta servir café si se lo pedían; un abogado, le dijo, debe estar dispuesto a todo.

 

Pasó el tiempo y sus labores mínimas fueron creciendo y él sintiendo que eran más importantes, de responsabilidad; un día el abogado que lo “piloteaba” le dijo que al día siguiente tendría su primera “prueba de fuego” porque acompañaría y asistiría a un abogado en una diligencia importante, a las nueve de la mañana; que una cosa era, como lo había hecho hasta ahora, mirar desde la barrera y otra, torear en serio.

 

Al día siguiente, peinado y oliendo a colonia, llegó a las ocho a la oficina y le abrió Lupe, que estaba limpiando; se extrañó, porque no esperaba a nadie hasta casi una hora después, pero él le dijo lo de la diligencia y que tenía que prepararlo todo.

 

En realidad, metió en el maletín nuevo de cuero negro, medio ciento de hojas de papel bond tamaño carta en blanco, una libreta con las hojas cuadriculadas, dos lapiceros (uno rojo) y un tomo del Código Civil; el bogado se presentó a las ocho y media y le dijo, sonriendo, si estaba listo y él dijo que sí, enseñándole el maletín; el abogado, al que no conocía mucho, lo miró curioso y asintió: “¡Vámonos entonces, porque primero tenemos que pasar por la comisaría para recoger a un par de policías, porque el fiscal va directo!”; no dijo nada y lo siguió hasta el auto, que era chiquito, pero moderno.

 

Se acomodó en el asiento de butaca al lado del chofer y enrumbaron hasta la comisaría; en un momento, el abogado dijo: “bueno, vamos a ejecutar un lanzamiento y por si acaso llevamos policía; prefiero que vengan con nosotros, así me aseguro que estén si se los necesita”.

 

¿Un lanzamiento?: empezó a preocuparse y le preocupó más lo de los policías y el fiscal; el abogado le dijo: “¿has asistido a otras diligencias o esta es tu primera vez…”?; replicó que sí, que era la primera “en la carrera”, pero que estaba preparado para ese su primer encuentro con la realidad jurídica; lo dijo paladeando las dos últimas palabras: “realidad jurídica”.

 

Después de pasar hasta las tres de la tarde en el lugar al que llegaron, volvieron al estudio y silencioso tomó su maletín, sacó las hojas de papel bond y junto con el tomo del Código Civil las dejó sobre la mesa; pidió permiso para retirarse y con un nudo en el estómago se fue hacia su casa: nunca podría olvidar los ojos grandes y tristes de los niños ni los gritos y el llanto de la mujer, que contrastaban con el silencio incrédulo y resignado del hombre.

 

No regresaría al estudio más, no terminaría la carrera y se buscaría otro trabajo, pero este, el de abogado, no podría aguantarlo.

 

 

SOCORRO.


PUERTA CASA

Quería ir a la casa en la que había nacido y vivido, hasta que sus padres murieron uno tras otro; rencillas de herencia, una partida de nacimiento que no existía y dejarse de hablar con la que siempre conoció como hermana, habían abierto un foso enorme que cuando necesitó dejar su departamento para ir a vivir en lo que había sido la casa familiar porque estaba sin trabajo hacía casi cuatro meses, resultó infranqueable.

 

La hermana influida por su mal hígado, su vinagrera causada por un novio frustrado (evento aciago que no superó nunca), se negó de plano a darle asilo y cuando él reclamó que la casa era suya también, ella, la mayor de los dos, le dijo que nunca lo habían reconocido legalmente como hijo porque era “fruto de un desliz” del padre y que si vivió en la casa había sido solo por compasión…; así estaban las cosas y no pintaban nada bien para él a  pesar de que trató por todos los medios a su alcance, que no eran muchos, porque un desocupado tiene primero que ingeniárselas para sobrevivir.

 

¡Sobrevivir! La palabra sonaba inmensa para quien no sabe cómo comerá en el día y sabe que le quedan pocos amigos; que el casero, cansado de promesas lo va a desalojar.

 

Socorro (y hasta el nombre resulta una ironía) no da su brazo a torcer, no cede un milímetro y no le habla, ignorándolo olímpicamente; él no puede pensar claramente y su miedo se une al odio que ha empezado a sentir por esa mujer que tiene casa, dinero asegurado y – lo que menos se explica – un desprecio total hacia el que se consideró siempre su hermano.

¿Que se muera…, matarla…?

 

Tal vez un gran susto logre que el corazón se le pare, que muera; decide jugarse el todo por el todo y apalabra a un tipo que conoce y le ofrece un televisor (que él ya no tiene, pero Socorro sí y una vez muerta lo puede dar como pago).

 

Acuerdan llevar a cabo el plan y días más tarde, en una madrugada, el tipo penetra sigiloso en la casa, con la llave de la puerta falsa que le entregó Leoncio, el “hermano” de Socorro.

 

Todo está a oscuras y tranquilo, huele a guardado y el tipo se desliza entre sillones con funda, un piano y tres mesitas; sube las escaleras en busca del dormitorio y va abriendo puertas que son de un cuarto donde hay sillas, mesa, un banquito y una máquina de coser y la de un baño grande; finalmente lo encuentra y al entrar distingue que hay alguien en la cama, tapado completamente porque hace frío.

 

Se acerca con cuidado, sin hacer ruido y cuando está por tocar y zamaquear al durmiente, se enciende la luz.

 

Pasan dos días y Leoncio no sabe nada del tipo: nervioso, cavila y se decide por fin; va hasta la casa y con precaución como si el timbre quemara, lo toca y espera; Socorro abre, lo mira y antes de cerrar de nuevo la puerta le dice: “A tu amigo, el que vino a matarme, lo maté yo; me lo dijo todo antes de morirse. Tengo su documento de identidad; ¿quieres verlo…?”; entra y cierra.

 

 

Cuando Socorro sale con el DNI azul en la mano, Leoncio ya no está y ella vuelve a entrar para encontrarse con el tipo que está sentado en un sillón -que ya no tiene funda- viendo una revista y tomando un café; se miran y ella le guiña un ojo.