” NADIES” LLORA POR IR AL COLEGIO.


NO IR AL COLEGIO

Hace un par de días, temprano en la mañana, escuché a una madre decirle a su hijo pequeño que lloraba inconsolable, después de casi una semana de no ir a la escuela por los desastres naturales que azotan al Perú y que aquí en Lima (por supuesto en este condominio) trajo el racionamiento de agua.

 

Venía reconviniéndole para que no llorara, pero aparentemente no lo conseguía. El niño no quería ir al colegio (es raro el niño que quiera, pensé) y ella argumentaba a la vez que lo remolcaba cogido de una mano.

 

Era evidente que sus razonamientos no hacían mella en la criatura, porque simplemente no entendía, como habiendo parques donde correr con libertad y jugar, tenía que ir a encerrarse en un cuarto, de nombre aula, con otros niños que tampoco estaban a gusto allí.

 

Me pareció que ella no entendía al niño y se había olvidado de cuando fue pequeña. Me pareció que jalonearlo no era la mejor manera de que fuera y le gustara el colegio. No soy nadie para decir qué debería hacer, pero en realidad, a veces el colegio es una excusa que se encuentra para mantener al niño lejos de la casa y evitar su presencia incómoda, alborotadora y demandante.

 

Además, decirle eso de “nadies” a su hijo, no es muy educativo en cuestión de lenguaje; de pronto el niño, en el colegio, aprenderá como se dice.  Es que la verdadera educación empieza en casa y saber hablar correctamente es mucho más que simple instrucción.

CASI.


CASI

Nunca llegaba a nada; siempre era un “casi” lo que se lo impedía o evitaba, según el caso.

 

Lo atribuía a su buena  mala suerte de acuerdo a que lo que le podría haber sucedido fuera positivo o negativo.

 

Así, “casi” terminó el colegio, no se casó por tres veces distintas, se salvó de ser arrollado por distraído y no llegó a viajar en el avión que se cayó porque llegó tarde al aeropuerto y no pudo abordar.

 

Un día “casi” se toma la pastilla equivocada y en vez de la del dolor de cabeza iba a ser la que combatía sus flatulencias.

 

Su “casi” vida se extendió en un pudo ser y no fue hasta que la suerte, buena o mala, le falló y murió de una descarga eléctrica cuando entró descalzo a la cocina para enchufar la cafetera y el piso estaba mojado.

 

La cafetera estaba “casi” bien, pero parece que no era así.

 

A ESCURANAS.


 

 

A ESCURANAS

Alejandrina decía “a escuranas” en vez de a oscuras, le “dolían los zapatos” y –ya no recuerdo su nombre- llamaba “ornejas” a las hormigas y “fidedos” a los fideos.

 

Yendo más allá yo le llamaba “borracho” al borrador y “pinineo” al prendedor que usaba mi madre (que siempre usó).

 

Las maneras de llamar, digamos que equivocadamente, a lo que son objetos, animales o cosas varias son infinitas. Se inventan palabras inverosímiles o frases que revisadas, luego de escucharlas, resultan sumamente raras y en el fondo no son sino adaptaciones de lo que es, para poderlas pronunciar por quien a veces está impedido de hacerlo correctamente a causa de no poder hablar bien (los niños chicos por ejemplo) o por otras razones diversas.

 

Los que “saben” corrigen y se suelen perder palabras y frases encantadoras en aras de la corrección del lenguaje.

 

Tal vez no sea correcto esto que escribo, pero pienso que estamos perdiéndonos de algo que finalmente sobrevive en anécdotas.

SI SE CALLA EL CANTOR…


 

 

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Cantaba para ganarse la vida.

 

Al principio le dio un poco de vergüenza y dudaba en hacerlo, pero el hambre apretaba más y la plaza fue su primer escenario.

Cantaba, sin acompañamiento ninguno, sin mirar mucho, mientras la gente se iba congregando a su alrededor, escuchándolo.

 

Le dejaban monedas en la gorra que él ponía sobre un banquito; esperaba un rato y entonaba otra canción. Algunos de sus oyentes se iban, pero apenas volvía a cantar, llegaban otros; las monedas volvían a caer y así, cantaba hasta quince canciones: en total, cada “función” duraba como una hora y media.

 

Alguien se le acercó un día y le dijo que mejor viniera tardecito, cuando la gente salía de las oficinas y regresaba a casa: tendría más público, le dijeron.

 

Cambió su rutina, que ya llevaba cinco días y llegó a la plaza, esa tarde, a las seis y media: era cierto, había más gente y en una “función” recolectó más que en los tres días anteriores juntos.

 

Decidió mudar de horario, pero no contaba con que los municipales, al día siguiente, vendrían para botarlo; alertados por la gente que se reunía en cantidad para oírlo, esperaron que terminara el grupo de canciones y se acercaron para decirle que se fuera, que estaba prohibido, que alteraba el orden.

 

Asustado, no regresó en varios días, pero cuando se terminaron las monedas y empezó nuevamente el hambre, volvió: una vez más los oyentes le mostraron su reconocimiento, pero temía la llegada de los agentes y la posibilidad de que se lo llevaran.

 

Esa noche, en el camino de regreso, decidió cantar en el micro un rato antes de bajarse cerca de su casa. Esperó un rato y por fin subió a uno; le habló al chofer y se fue al fondo del vehículo, donde, en un rato, entre las dos filas de asientos que ya raleaban de pasajeros, cantó.

 

Le fue bien y ni necesitó explicar nada. Le dio tres soles al chofer y uno al cobrador antes de bajarse. Era muy noche y tenía que caminar bastante hasta su casa, pero se sentía contento.

 

Se volvió una constante en la ruta del micro que recorría harto la ciudad polvorienta; se hizo conocido de los choferes y de los cobradores que sabían que él pagaba para que lo dejaran cantar sin hacerle problemas y para los pasajeros resultaba un entretenimiento. Llegaron a conocer la ruta como “la del cantante”; subía y bajaba de los carros para cantar y recibir monedas a cambio que le alcanzaban para comer y para pequeñas cosas. Guardaba dos soles inter diario, en una lata vacía.

 

Un mal día el micro tuvo un choque aparatoso y él, que iba de pie y cantando, pagó las consecuencias con su vida: murieron él y el cobrador sin ni siquiera llegar al hospital.

 

En esa línea de micros no hay música en los carros.

 

 

Nota: El título está tomado de la famosa canción de

Horacio     Guarany.

APROVECHAR.


 

Bandera2

Casi todo el Perú está viviendo una situación de emergencia, frente a los desastres naturales que vienen ocurriendo; vivimos una verdadera desgracia nacional.

 

Es cuando todos deberíamos estar unidos, ser verdaderamente solidarios y no tratar de sacar provecho propio del mal que otras personas sufren.

 

Sin embargo esto sucede y algunos políticos tratan de sacar rédito con declaraciones absolutamente fuera de lugar, los delincuentes roban las pocas pertenencias que pudieron salvar algunos damnificados y el “sacar tajada” se convierte en algo dolorosamente real.

 

Ya sé que en un post anterior hablé de esto, pero hoy lo reitero. Hoy viernes, que empieza un nuevo fin de semana y aunque con pequeñas mejoras, se avizora un futuro negro para los próximos días.

 

Lo único que deberíamos aprovechar todos en el país es la posibilidad que tenemos de volver a empezar y hacerlo bien; corrigiendo los errores y taras que han hecho de nuestro Perú este país invivible, este territorio donde se desata un “todos contra todos” insensato y suicida.

 

No es necesario ahondar más, ni mencionar las situaciones que nos llevaron al desastre actual; no podemos seguir siendo el país de las oportunidades perdidas, ni el campo de acción de los delincuentes de toda laya.

 

En nosotros está; en todos nosotros.

Aprovechemos ahora para ser lo que realmente queremos ser y aprendamos de lo sucedido.

Es un borrón y cuenta nueva.

 

Los peruanos no solo queremos, sino que sí podemos.

 

¡QUÉ BUEN SABOR!


Taste Buds

Saboreamos una buena comida, se nos hace “agua la boca” al recordar el delicioso postre que preparaba mamá con paciencia y cariño…

 

En todo esto de los sabores tienen un papel esencial los mamelones, y aunque su nombre suene a un aumentativo casi despectivo, más bien tontorrón, estos receptores del gusto que tenemos en la lengua, llevan a nuestro cerebro las señales del dulce, el amargo, el salado y el agrio: los mamelones gustativos, son.

 

Por supuesto que los sistemas gustativo y olfativo (que suelen trabajar en conjunto) son mucho más complejos; la maravilla que es un sommelier lo atestigua y sin embargo los seres humanos corrientes para los cuales el gusto y el olfato son tan naturales como respirar, tenemos en ellos dos poderosos receptores de señales que previenen desde un envenenamiento, hasta un incendio: proporcionan placer (rico el dulce ¿no?), sí, pero también avisan del peligro.

 

Pero siguiendo con lo gustativo, por ahí los japoneses identificaron un “quinto sabor”: el unami, que significa delicioso. La punta de la lengua capta lo dulce, el amargo se siente en la parte de atrás, lo agrio y lo salado se perciben con los lados y el centro de la lengua no tiene mamelones: es el punto ciego de este órgano móvil, curioso y que nos permite hablar.

 

Sobre el sentido del gusto (en realidad sobre cada uno de los cinco sentidos) se han escrito tratados, pero no deja de asombrarme siempre este, que como los otros cuatro, está llevando millones de señales al cerebro, que las procesa para que podamos ver, oír, oler, gustar y tocar: relacionarnos con el entorno. Ser, en realidad.

 

 

 

– Información de: “El cerebro: manual de instrucciones” por John J. Ratey. Mondadori.