PEDIDO


Juntó sus manos para pedir que lloviera. Miró al cielo, que estaba azul y sin ninguna nube y volvió a pedir para que vinieran nubes negras y descargaran su llanto sobre la tierra…

Todos los días repetía el pedido y tenía el azul durante el día y el brillo de las estrellas en la noche por respuesta…

Hasta que un mediodía oscureció, sonaron truenos y las luces blancas rasgaron el cielo; se descargó la lluvia y llovió tanto que los ríos enfurecieron desbordándose y los mares se sorprendieron con las aguas que llegaban rápidas, crecientes e imparables; se sorprendieron porque el mar de arriba, el de las nubes negras, se vaciaba sobre ellos.

Y los mares crecieron e inundaron la tierra, hasta que esta se volvió una esfera líquida, q se esparció por el Universo y mojó a las estrellas, que chisporrotearon…

Comprendió que todo había sido un sueño, pero por precaución dejó de juntar sus manos y pedir.

Imagen: sp.depositphotos.com

LOS INTERESES CREADOS


A don Jacinto Benavente (Madrid 1866-1954), prolífico dramaturgo español, de quien se recuerda especialmente su gran éxito teatral “LOS INTERESES CREADOS” (1907), le pido disculpas por utilizar el título de su importante pieza teatral, en este humilde pequeño artículo.

Empezaré reproduciendo el Prólogo, acto I:

He aquí el tinglado de la antigua farsa, la que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes, la que embobó en las plazas de humildes lugares a los simples villanos, la que juntó en ciudades populosas a los más variados concursos, como en París sobre el Puente Nuevo, cuando Tabarín desde su tablado de feria solicitaba la atención de todo transeúnte, desde el espetado doctor que detiene un momento su docta cabalgadura para desarrugar por un instante la frente, siempre cargada de graves pensamientos, al escuchar algún donaire de la alegre farsa, hasta el pícaro hampón, que allí divierte sus ocios horas y horas, engañando al hambre con la risa; y el prelado y la dama de calidad, y el gran señor desde sus carrozas, como la moza alegre y el soldado, y el mercader y el estudiante. Gente de toda condición, que en ningún otro lugar se hubiera reunido, comunicábase allí su regocijo, que muchas veces, más que de la farsa, reía el grave de ver reír al risueño, y el sabio al bobo, y los pobretes de ver reír a los grandes señores, ceñudos de ordinario, y los grandes de ver reír a los pobretes, tranquilizada su conciencia con pensar: ¡también los pobres ríen! Que nada prende tan pronto de unas almas en otras como esta simpatía de la risa. Alguna vez, también subió la farsa a palacios de príncipes, altísimos señores, por humorada de sus dueños, y no fue allí menos libre y despreocupada. Fue de todos y para todos. Del pueblo recogió burlas y malicias y dichos sentenciosos, de esa filosofía del pueblo, que siempre sufre, dulcificada por aquella resignación de los humildes de entonces, que no lo esperaban todo de este mundo, y por eso sabían reírse del mundo sin odio y sin amargura. Ilustró después su plebeyo origen con noble ejecutoria: Lope de Rueda, Shakespeare, Molière, como enamorados príncipes de cuento de hadas, elevaron a Cenicienta al más alto trono de la Poesía y el Arte. No presume de tan gloriosa estirpe esta farsa, que por curiosidad de su espíritu inquieto os presenta un poeta de ahora. Es una farsa guiñolesca, de asunto disparatado, sin realidad alguna. Pronto veréis cómo cuanto en ella sucede no pudo suceder nunca, que sus personajes no son ni semejan hombres y mujeres, sino muñecos o fantoches de cartón y trapo, con groseros hilos, visibles a poca luz y al más corto de vista. Son las mismas grotescas máscaras de aquella comedia de Arte italiano, no tan regocijadas como solían, porque han meditado mucho en tanto tiempo. Bien conoce el autor que tan primitivo espectáculo no es el más digno de un culto auditorio de estos tiempos; así, de vuestra cultura tanto como de vuestra bondad se ampara. El autor sólo pide que aniñéis cuanto sea posible vuestro espíritu. El mundo está ya viejo y chochea; el Arte no se resigna a envejecer, y por parecer niño finge balbuceos. . . Y he aquí cómo estos viejos polichinelas pretenden hoy divertiros con sus niñerías.”

Hasta aquí, don Jacinto y al leerlo de nuevo, me parece que estuviera hablando de la situación del Perú, mi país, que en estos momentos se debate víctima precisamente de los intereses creados de un grupo político, que pulsa los botones del miedo público, para que sus intereses se mantengan y acrecienten.

A los gritos sostenidos de “¡fraude!” buscan desconocer unas elecciones presidenciales que perdieron y despliegan un rosario de acciones en busca de demostrarlo. Tratan de demostrar lo indemostrable, porque sus argumentos se van cayendo uno por uno, ante una realidad que les es adversa.

Convocan a un coro de gritantes y a una multitud asustada que repite consignas y libretos, entregados por esos que buscan perpetuar prebendas y privilegios. Tratan de usar todas las armas posibles, incluso las reales, en un llamamiento descocado al no reconocimiento de la elección, dirigido a las fuerzas armadas.

Cuentan con el apoyo de los grandes medios de comunicación, de los grupos de poder que han manejado al Perú a su antojo y que viven en una burbuja impenetrable, de quienes intentan dar un barniz y tono de legalidad democrática a sus intentos.

Democracia, palabra griega que significa gobierno del pueblo, con la que se llenan la boca, para después escupirla lo más lejos posible.

Estamos otra vez ante el tinglado de la antigua farsa, y sus personajes no non otra cosa que “muñecos o fantoches de cartón y trapo, con groseros hilos, visibles a poca luz y al más corto de vista”.

El Perú, mi país, no se merece esto.

Imagen: titiriterosperuanos.wordpress.com