DESPIDIENDO AL VERANO


PLAYA

Era aburrido.

Algunas moscas después de volar un poco delataban su presencia dándose encontronazos con los vidrios.

La mente de los veinticinco alumnos volaba lejos, hacia el verano que acababa de terminar, las vacaciones y la playa.

El run-run de la voz del profesor adormecía la tarde, porque una clase a las tres p.m. era invitación a soñar y dormir.

Sabían que no pasaba nada y que ninguna emoción los sacaría de esa modorra en cierto modo cómoda, salvo que la clase no era el mejor lugar, porque aunque alguno se pusiera con los brazos cruzados y la cabeza entre ellos sobre la superficie para escribir de la carpeta, no era como estar indolentemente echado en la cama…

Era aburrido y faltaba mucho para la salida, sin ninguna esperanza de cambio. Era injusto estar en el colegio cuando el verano recién se despedía y algún calor quedaba para cocinar en la memoria la diversión vivida.

Injusto y aburrido: dos condiciones que siempre se asociaban al colegio y ninguno imaginaba lo que sucedería.

Tocaría vivir.

EL APU


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La montaña estaba ahí.

Era una presencia amenazante por las noches, sombra fresca en las mañanas en las que el sol quemaba y se las luces del atardecer la volvían montaña, real, y más cercana.

Había visto como a sus pies se asentaron los hombres y era testigo de sus afanes por conseguir que la tierra diera fruto; sabía que en el fondo le temían, hablaban de ella en secreto y miraban hacia arriba buscando señales en su cima.

La montaña, orgullosa, nunca había sido hollada por nadie, hasta que unos hombres llegaron para hacer huecos buscando en sus entrañas hasta dar con las venas, que ellos llamaban vetas y extraer las piedras amarillo brillante.

Un día no pudo aguantar más y tembló. Los derrumbes cegaron huecos y arrasaron vidas.

Desde entonces se habló entre los hombres de la profanación del dios y por siempre la dejaron tranquila.

 

CENTRO COMERCIAL


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En el centro comercial, él se quedó mirándola fijamente.

Ella, que estaba con su hija de unos veinticuatro años, no se fijó hasta que Elena le dijo: “¿Qué tanto te mira ese señor…?”.

Ella le respondió, “Le llamará la atención que nos parezcamos tanto…”.

Eran como dos gotas de agua.

Él recordó que se había enamorado perdidamente y que fueron un par de años maravillosos. No se atrevió a hablar, aunque se dio cuenta que la chica había advertido su mirada y cuchicheaba con su madre.

Él saludó con la cabeza y nunca supo si ella no lo reconoció o no quiso hacerlo. La enfermera empujó la silla de ruedas hasta que entraron al supermercado.

EL INCRÉDULO


INCRÉDULO

No creía en nada de lo que le decían si no lo comprobaba.

Le decían Tomás o “El mellizo”, como llamaban a de uno de los doce apóstoles.

Ver para creer” era su frase preferida, su consigna casi.

Nunca creyó lo que le trataron de enseñarle en las clases de religión en el colegio y con el tiempo se hizo ateo.

No creyó cuando le dijeron que tuviese cuidado antes de que bajara al fondo del pozo donde al parecer había un atoro, porque posiblemente había gases tóxicos peligrosos.

Se secó el sudor de la cara porque hacía calor, hizo un gesto de desdén y bajó.

Al rato lo subieron, pero era tarde, porque cuando llegó al hospital estaba muerto.

 

PAISETE


DESPRECIO

 No somos un país de sainete.

Pero a veces parece que hiciéramos los méritos para ser motejados despectivamente. Como cuando un Procurador presenta como prueba una carta y no ha verificado, vía examen pericial, si es auténtica. Como cuando a la candidata que perdió las elecciones presidenciales le da una pataleta y no acude a saludar al ganador. Como cuando una jueza libera, a pesar de las pruebas, a unos delincuentes y les da “comparecencia”, sabiendo que nunca asistirán a las citaciones. Como cuando un congresista jura “por Dios y por la plata” durante su investidura pública. Como cuando el alcalde de Lima borra con pintura amarilla (color de su partido político), murales que existían en las paredes de la ciudad. Como cuando un candidato a la presidencia es acusado de plagio por el autor de un libro, que efectivamente escribió. Como cuando hay congresistas electos están investigados por lavado de activos que, evidentemente, buscan la protección de la inmunidad que da el congreso. Como…

La lista de la vergüenza es interminable y parece que los peruanos hubiéramos comprado todos los boletos para la rifa del mote más despectivo. ¿Por qué?

 

 

DESMADRE


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 El refrán dice que “A río revuelto, ganancia de pescadores” y en este río tumultuoso y crecido que conforma la existencia de cientos de miles de números de teléfono celular en el país, lo que corresponde a cientos de miles de líneas telefónicas y que en miles de casos nadie sabe a ciencia cierta a quién pertenecen o los que las usan se esconden bajo nombres supuestos en abierta suplantación de auténticos ciudadanos que se enteran cuando el Poder Judicial les notifica de ser objeto de acusaciones por extorsión u otros delitos, que parten de la identificación y uso de números de teléfono celular que nunca tuvieron, los delincuentes medran.

Se ha llegado al caso en que, según noticias, “desde el 2013 ya había 44 personas que tenían entre 2,000 y 4,000 líneas móviles”. Fijémonos bien que dice personas y no empresas, las que podrían dotar a sus empleados de teléfonos celulares (aunque no conozco ninguna empresa que entregue a sus empleados, con cargo mensual a la empresa, cientos de aparatos, ya no miles).

¿Qué es lo que pasa? Que a las empresas de telefonía celular lo que les importa es vender, no interesándoles a quien. Total, ellos venden a quien sea, hacen negocio y los demás… ¡que arreen!

Como suele pasar, a la hora nona y ante las evidencias desastrosas, el Gobierno dispone regular la tenencia de estas líneas y los argumentos en contra es que sería muy difícil porque no hay recursos suficientes para efectuar un “apagón” regulador. Sucede lo de siempre: la voracidad de unos pocos y la indolencia de uno, ponen en real peligro a millones de personas. Porque no es otra cosa que un peligro latente, la existencia de líneas celulares en manos de la delincuencia que sirven casi impunemente para el crimen.

No otra cosa es esto del descubrimiento (fortuito, yo diría) de ciudadanos que se descubren poseedores de 4,000 líneas telefónicas celulares, porque por allí los denuncian por extorsión en algún lugar del país donde ellos nunca estuvieron.

Dicen que la lucha contra la delincuencia y el crimen es frontal; sin embargo esta es una prueba palpable de que más de uno se hace el loco sobre este asunto.

¿Ociosidad, lenidad o complicidad? ¡Qué curioso, riman!

LISURAS


 

LISURAS 

Era un niño formal, que tenía algunos tics y decía lisuras.

De pronto se desencadenaba un torrente de palabras obscenas, abría y cerraba los ojos y movía la cabeza de un lado a otro.

No tenía la edad suficiente para poseer lo que su abuela llamaba “un lenguaje de carretero” y los tics eran atribuidos a las más diversas causas. Su madre lo llevó a un médico y le contó la razón de su visita. El doctor anotó cuidadosamente y le preguntó al niño que lo miraba, cuál era su nombre. “Juan” dijo y una serie de palabrotas siguieron, junto con movimientos de cabeza repetidos y un parpadear intenso.

El galeno dijo a la madre que Juan tenía el síndrome de Tourette y que lo mejor era – apuntó en un papel de receta- que lo viera un psicólogo para que iniciara el tratamiento. Le explicó que en nada afectaba esto a la inteligencia del niño y que era cuestión de tiempo y tratamiento, que llamara al teléfono que le daba.

Cuando llegaron a la casa, la abuela preguntó cómo les había ido… La madre contestó: “Dice que tiene algo de Turet; que lo vea un psicólogo y que lo demás está bien…”.

La abuela no dijo nada, pero pensó que a su nieto no le convenía ver tanto programa de televisión donde se decían de todo y seguro que hasta lisuras.