MILHOJAS.


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De inmediato viene a la mente un rico pastel hecho de capas y capas de masa hojaldre, con relleno de crema pastelera o variantes de manjarblanco o crema de chocolate, espolvoreado todo con azúcar impalpable golosamente generosa…

 

La realidad es que son mil hojas de papel bond, tamaño A4 las que pide un colegio, por alumno, para el año, entre una lista de útiles que haría salivar a un vendedor de Tay Loy (gran cadena de tiendas que vende papelería, útiles de escritorio y escolares, entre muchas otras cosas).

 

Mil hojas para un niño de segundo grado primario, con un promedio de 18 alumnos por aula; eso hace 18,000 hojas en total. Seguramente entre los muchos usos que se puede dar a una página de papel bond tamaño A4, está la de hacer figuras de origami, ese ancestral arte del papel doblado, que sin nada más que el insumo ya mencionado y la habilidad del “origamero” logra desde simples gallitos hasta complicadísimas figuras de animales y objetos varios. Tal vez van a hacer una exposición de origami que pueda ganar un premio Guinness, porque para eso los peruanos somos muy buenos, con el mayor baile de marinera del mundo o la mayor cantidad de abrazos dados durante ocho horas, por ejemplo. ¿Se imaginan tremendo orgullo nacional proveído por niños peruanos de poca edad?

 

Y esa es solo una muestra (bueno, 18.000 muestras) de lo que la dichosa lista trae entre plumones, lápices, borradores, sobres, tijeras, papel lustre de surtidos colores, cuadernos triple raya y un etcétera que es tan largo como una chalina de culebra.

 

Digo yo ¿un niño o niña necesita de todo eso para aprender a sumar, restar, dividir y multiplicar; practicar caligrafía, ortografía y tener nociones de los héroes nacionales y de las reglas de urbanidad?

 

No lo creo.

 

Por lo menos no era así cuando yo iba al colegio. De pronto no sé de lo que nos perdimos, como estoy seguro que lo ignoran mis compañeros de clase; creo que perdimos un curso acelerado de consumismo y los cuadernos doble raya, cuadriculados y de dibujo “Raphael” son en realidad una ridiculez al lado de las famosas hojas, fólderes y otros con que hay que equipar escolarmente a los chicos de hoy.

 

Sí, llevábamos cartuchera con lápices de colores, el “Mongol N° 2”, el borrador, el tajador y tal vez una regla chiquita, que cupiera: eso nos bastaba, creo.

 

Pero ahora viene lo bueno: la lista tiene un complemento… ¡faltan los libros!

RETACO.


 

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En clase el profesor pedía que levantara la mano quien no hubiera entendido y la suya se alzaba solitaria en el aula; esto se repetía cada vez que la pregunta seguía a una explicación y el profesor insistía en lo dicho, tratando –en lo posible- de hacerlo más sencillo.

 

Al principio pensó que el niño era valiente y que era el único que admitía no haber entendido; luego se dio cuenta que era el único que no lo hacía, hasta que un día, harto, soltó un exabrupto exasperado: “¡Taco, eres un taco…!”.

 

Y el niño, que era bajito, se quedó con el apodo que le pusieron sus compañeros desde ese día: “Retaco”.

YUTÚBER.


 

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Antes (no lo sé bien ahora, con certeza) los niños querían ser bomberos, detectives o también militares. Los atraía el movimiento, el descubrir, la aventura, el color rojo y la parafernalia bomberil y militar entre otras cosas. A algunos los uniformes vistosos les gustaban y soñaban con lucirlos, claro.

 

Mi nieto tiene siete años y me dice muy serio, varias veces, que quiere ser youtuber cuando crezca. Es decir, uno de esos personajes que mantienen, sobre los temas más inverosímiles, una cuenta muy activa en la red social YouTube.

 

He visto (porque no soy ajeno a la navegación por redes) desde lugares donde se dedican a propalar videos de recetas de cocina, hasta como prepara una bomba. Desde explicaciones muy bien hechas y sencillas, como para que todos entiendan, sobre temas difíciles hasta conferencias acerca de asuntos que uno ni se imagina y que los hace entendibles y atractivos.

 

Definitivamente esta es la forma moderna de usar un medio como la red y asegurarse que el mensaje audiovisual, si es bueno, se difunda y llegue a millones de personas sin importar su ubicación en el globo terrestre.

 

Canales de YouTube has por miles y, repito, sobre los más variados temas. Un youtuber puede ser un periodista, un científico, un artista y de su habilidad dependerá la popularidad que tenga y que algunos hagan de esta actividad un negocio lucrativo.

 

Mi nieto, pues, me dice que quiere ser youtuber y a mí me parece interesante. Yo a su edad, como otros niños, repito, quería ser bombero o detective. Cambian los tiempos, digo, y las cosas son diferentes.

 

Mi sorpresa vino cuando vi lo que quería decir con youtuber mi nieto: estuve oyendo lo que al parecer él miraba una y otra vez en la pantalla de su celular (que usa por lo general para ver series animadas); allí, un yutúber español, narraba interminablemente sobre un juego de computadora y jugaba él mismo, explicando lo que hacía. Su pobreza de vocabulario (repetía las mismas palabras una y otra vez) el contar al parecer con un escaso repertorio de expresiones de asombro, excitación y alegría que contrataban en cantidad y calidad con lo que seguramente mostraba, hacía casi insultante la transmisión.

 

Dicen que de todo hay en la viña del señor, y este es un ejemplo; lo que pasa es que precisamente este resulta ser el ejemplo que el chico toma como ejemplo: el juego de pronto encandila, pero el yutúber hispano resulta (por lo menos para mí) lo que los españoles llamarían “un pelmazo” o más aburrido que chupar un clavo. Pero mi nieto lo ve y quiere hacer lo que el ibérico hace.

 

Será que me estoy volviendo viejo, pero este uso banal y bobo de uno de los más grandes inventos (Internet, las redes y sus aplicaciones) de la historia humana me parece aberrante, aunque, como decía mi padre, cada uno puede hacer de su capa un sayo y de su culo un florero.

 

TERCO.


 

 galileo

 Pensaba diferente.

Se enfrentó a los poderosos porque su idea era vista como inverosímil.

 

Se enfrentó a la iglesia católica porque su teoría era vista como una herejía.

 

Se burlaron de él, lo escarnecieron y quisieron que se rectificara.

 

Él dijo “eppur si muove”: hizo historia y tenía razón.

 

 

DEJAR HACER, DEJAR PASAR.


apatico

 

Toda la vida cedió sin quejarse.

 

No protestaba si lo empujaban, si le quitaban el sitio en la cola del cine o si le decían que ya se había terminado la oferta en el supermercado.

 

No preguntaba el porqué del alza de un precio y dejó pasar oportunidades que otros aprovecharon.

 

Generalmente se lo consideraba apático, indolente o bobo; incapaz de nada.

 

Cuando se pegó repentinamente un tiro, sorprendió a todos por su decisión.

LA VIDA ES COMO UN RÍO.


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No había oído nunca la frase.

 

Para él, el río Rímac, cuando traía agua, corría entre las piedras, sonando y haciendo remolinos, pero también formaba como lagunitas, donde él se bañaba con sus amigos: era y eran felices chapoteando.

 

A veces solo había un hilito de agua y la basura se acumulaba en las orillas; otras, venía furioso el río y el agua marrón traía animales muertos, palos, árboles y arrastraba piedras grandes; sonaba fortísimo y ya sabía que la diversión se acababa, justo cuando el calor se hacía insoportable, pero caballero nomás, era cosa de mirar de lejitos.

 

Un día, en el que estaba solo, para ver mejor, se acercó un poco y el río lo jaló.

 

Trató de agarrarse de algo, pero un tronco, le golpeó en la cabeza: ni se dio cuenta de que ya era una basurita más arrastrada entre las piedras, que aparecía y desaparecía una y otra vez.