TONELADAS Y MILLONES


DINOSAURIO DE 12,000 KILOS

Cuando uno se enfrenta a cifras gigantescas, lo primero que hace es asombrarse: por lo menos a mí me sucede.

 

La noticia del descubrimiento de lo que fue un dinosaurio  emociona no solo a los paleontólogos, sino a los curiosos, que como yo, ven esta noticia alimento para su “querer saber” que en mi caso específico (perdón porque estoy hablando aquí casi siempre de “yo”) empezó conscientemente cuando hojeaba la enciclopedia de mi hermano mayor, que se llamaba “El Tesoro de la Juventud” y entre sus muchos tomos y sus variadas secciones y artículos, leía con asombro “El Libro de los  Por Qué”, explorando un mundo desconocido que iba mucho más allá de las terrazas de la casa o del reducido circuito que puede tener un niño a los cinco o seis años.

 

Ahora, en Sudáfrica han descubierto un Dinosauriosaurópodo que vivió allí hace la friolera de 200 millones de años (200000000) y al parecer pesaba 12,000 kilos (12 toneladas); muchísimos ceros de esos que están a la derecha y cuentan: una cantidad inimaginable por el lector de a pie que nos pone en nuestro diminuto lugar de recién llegados, peso mosca o pluma…

 

Cuando uno lee algo así, de pronto no realiza mucho las magnitudes de las que se está hablando, la distancia en años (cientos de millones de ellos,  sobre todo pensando que cada uno tiene actualmente 365 días) y la cantidad de carne, huesos y cartílago que forman esa montaña ambulante;  le seguiría el Brontosaurio y esta mole caminaría en cuatro patas…

 

Imaginemos un tren inmenso, realmente inmenso, ramoneando con la tranquilidad de saberse el habitante más grande de la Tierra, ese planeta al que llamamos ahora “azul” porque de lejos, desde el espacio, presenta ese color que se debería a la enorme existencia de agua que hoy tiene, pero que en tiempos del “Trueno Gigante al Amanecer” (“Ledumahadi Mafube”, poético nombre que en lengua lesotho le han dado a la bestia grandiosa) tal vez sería visto por algunos ojos estelares de otro color…

 

¿Cómo no impresionarse con algo así? ¿Cómo no volver a ser niño y como mi nieta de seis años ser un “fan” de los dinosaurios, saberse los nombres señalándolos en el libro y hablar de ellos como quien lo haría del perro o del gato de la casa?

 

Este bicho anduvo millones de años antes que los populares Velociraptor y Tiranosauro Rex aunque no tenga su fama y haya salido en películas; y hoy que es lunes y viene Miranda a visitarnos, le contaré del “Trueno Gigante al Amanecer”, le enseñaré la imagen que ilustra este post y nos maravillaremos juntos porque como un cuentacuentos le narraré la historia que inventaré sobre el “nuevo” dinosaurio…

CON MIRANDA

 

Lo que no sé es si retendrá su nombre o simplemente será “el dinosaurio ése” pero tal vez si le repito muchas veces el nombre en lengua lesotho (que tendré que aprender) lo llame, propiamente, “Ledumahadi Mafube” o “Ledumafu” para abreviar…

 

 

Anuncios

MI MAMÁ ME MIMA


PINTEREST

El pequeño era engreidísimo y a veces resultaba francamente insoportable; sus rabietas, que producía el no obtener lo deseado, fueron célebres y en la familia todos trataban de darle gusto para no tener que sufrir una.

 

Así creció, engreído y estrellándose contra una realidad que no resultaba tan dulce como hubiera querido; ya viejo, quienes tenían contacto con él lo consideraban un amargado y tejían mil teorías.

 

No se imaginaban que todo había empezado cuando la chica le dijo que no.

 

Imagen: PINTEREST.

INVENCIONES.


www.freepik.es

La solución siempre fue inventarse las cosas si el asunto se presentaba difícil; cuando era muy chico inventaba los resultados de las divisiones que hacía como deberes en la casa: pulcras y ordenadas, a simple vista, estéticamente lógicas, eran producto de su imaginación.

 

La madre cayó en ello porque la profesora, intrigada y ante el silencio del niño, le preguntó si sabía cómo llegaba él a esos resultados…

 

Es una historia que conozco bien, porque yo era el niño y me pregunto ahora ¿qué será de esa profesora…?

 

 

Ilustración: http://www.freepik.es

EL RATÓN


Super Raton

Era su primer diente.

El primer diente que se le caía. Le habían dicho que si lo escondía, el RATÓN (así con mayúsculas) se lo cambiaría por una moneda nueva y brillante.

Ese mediodía buscó lo que le pareció un buen lugar para poner el diente, que envolvió en un papel. Lo dejó detrás de la maceta que tenía el helecho y al que nadie parecía darle bola. Pensó que allí estaría seguro de miradas extrañas y de escobas. Lo único que le preocupaba era cómo el RATÓN encontraría el diente, a no ser que estuviera observándolo.

Su otro interrogante era cómo el RATÓN sabría que se le había caído un diente y si tendría la moneda nueva para efectuar el cambio. Nunca había visto un ratón vivo y cavilaba si sería como el Super Ratón de los chistes, que volaba, tenía un uniforme y una capa.

Pasó lenta la tarde, pasó lenta la noche, preñadas de zozobra. El nuevo día hizo su entrada luminosa y sigilosamente fue hasta la maceta del helecho, pero no había ocurrido ningún cambio; el papelito doblado seguía allí, seguro que con el diente adentro. Por si acaso lo cogió para ver si notaba una moneda, pero lo que palpó no era sino el diente que se cayó. Triste y un poco desconcertado, volvió a poner el papel detrás de la maceta y fue a su cuarto para empezar un día más, sin diente y sin moneda nueva.

Tal vez había que esperar, porque el RATÓN había ido de viaje (tenía unos primos en el campo, según decía un cuento) y no sabía del asunto.

Esperó un día, dos, una semana… Cada mañana y tarde por la noche iba hasta la maceta del helecho a comprobar si algo había sucedido. Nada pasó. Su tristeza aumentaba, porque al final el diente no le serviría de nada y se quedaría sin la moneda nueva.

Hasta que una mañana oyó que en la cocina decían que en la trampa que habían puesto anoche, había muerto un ratón. Se aterró y fue despacio hasta donde dejó el diente, envuelto en papel. Tanteó detrás de la maceta y allí estaba: en vez del diente, había una moneda nuevecita y reluciente.

Sonrió con la felicidad que da a los niños el poseer lo que tanto esperaban. De la cocina echaron al ratón con trampa y todo, a la  basura y al limpiar el lugar donde estuvo, encontraron un diente.

Lloró en su cuarto. Seguro había muerto SUPER RATÓN.

LA CARTUCHERA


 CARTUCHERA

En Argentina, Costa Rica, Perú, Uruguay, Venezuela y el sur de Andalucía, caja o estuche utilizado para guardar los útiles escolares.

De pronto me viene a la memoria la palabra y lo que asocio de inmediato es el estuche flexible, donde llevaba mis lápices, lapiceros, borrador, compás, una regla de chiquita, tajador y restos de tajaduras de lápiz; a veces uno o dos soles y alguna que otra chuchería.

Largo, como un sobre de “tamaño oficio” más o menos, e indispensable compañero de libros y cuadernos; mudo testigo de las horas de clase, que pasaba encima de la carpeta o guardado dentro de ella; que viajaba de la casa al colegio y viceversa en la maleta.

Cartuchera, sin embargo viene de cartuchos, que son las municiones para un arma de fuego. Curiosa coincidencia, porque de pronto lo que iba en la cartuchera escolar eran las municiones que nos servían y usábamos para el aprendizaje.

Tal vez sean disquisiciones bobas en torno a una palabra, pero a veces sucede que un timbre suena y se gatilla algo en el cerebro. Entonces es mejor hacer caso a esa llamada de atención y buscar (“investigar” suena pomposo) hasta encontrar respuesta a la pregunta que hizo sonar la alarma. Es una forma de aprender. No sé, “curiosidad” le dicen.

¡BRON, BRON, BRON!


MARCOS DE ORO 14K

Era casado con una prima hermana de mi padre, mi tía Enriqueta que era baja, gordita, tenía vitiligo y sonreía siempre, con sus ojitos chispeando tras los lentes.

Benjamín Rojas también era bajito, caminaba muy erguido y enérgico, vestía atildadamente y llevaba el pelo perfectamente peinado. Digamos que era un elegante tamaño mini, consciente de que su pequeña estatura tenía que compensarla con una personalidad amable pero decidida.

Los dos eran maestros, ya retirados creo, y vinieron del Cuzco, donde vivían, a pasar una temporada en casa, mientras hacían los arreglos para que Maruja, su hija, estudiara en la Normal de Monterrico para ser, supongo que siguiendo la tradición y los consejos paterno-maternales, maestra a su vez.

No es que estuvieran hospedados mucho tiempo, pero significaron un rompimiento de mi rutina infantil; eran los tíos que traían golosinas, de esas que un niño veía solo de cuando en cuando, en épocas muy especiales y contadas.

Fueron engreidores y lo pasé muy bien. Maruja, que cuando estudiara saldría los sábados para pasar el fin de semana en la casa, era una incógnita. Mi hermana Teresa ya se había casado y yo no sabía si a Maruja debería tratarla como a una hermana.

Recuerdo claramente, y me llamaban la atención, los anteojos con montura de oro de mi tío Benjamín, que le daban un aire importante y él cuidaba con el esmero y usaba con orgullo.

Tiempo después mi padre me contó que esos anteojos eran “por gusto”, porque Benjamín Rojas veía perfectamente bien y no los necesitaba, pero le daban ese toque de distinción “que debe tener un maestro”; un titulado universitario, que se sentía así más importante, con su caminar erguido y enérgico; sonriente, pero en realidad serio. Elegante, con las puntas del pañuelo blanquísimo, asomando del bolsillo superior del saco del terno de paño color azul oscuro.

¡Bron, bron, bron!…: ¡Allí voy con mis anteojos de marco de oro rumbo a alguna reunión!; ¡Bron, bron, bron…!” Y movía los brazos como si desfilara. Así decía mi padre que le había confiado Rojas, cuando me explicaba lo de los anteojos y la “prosa” especial de mi tío.

Maruja ingresó a la Normal y venía los fines de semana a dormir en la casa. Fumaba a escondidas y no duró mucho porque regresó al Cuzco en busca de un enamorado que había quedado allí. Creo que se casaron. Fue la primera mujer a la que vi fumar.

LAS CHAPITAS


TAPA CORONA

Ahora la mayoría de refrescos tienen hoy tapas de plástico.

Todavía queda alguna marca de estos por ahí y las cervezas, que usan “chapitas” (tapas “corona” de metal) como cierre hermético.

He recordado a las “chapitas”, que en mi infancia servían para fabricar “run-runes”, unos juguetes que consistían en discos de metal que se fabricaban haciendo que el tranvía aplastara a las chapas puestas encima del riel; se les agujereaba en el centro y se hacía pasar un cordel, pabilo o pita doble y luego poniendo los dos dedos índices se daba vueltas para hacer una especie de trenza que se jalaba y hacía dar vueltas velocísimas al “run-run”. El juego consistía en retar a otro y darse maña para cortar la pita contraria con el disco metálico (que a veces en una especie de preciosismo asesino, se afilaba).

Hoy que veo una promoción de gaseosa en que muestra sus tapas plásticas marcadas (como se hacía antes, en las promociones, con las chapas) me doy cuenta que un juego popular ha desaparecido. Igual que desaparecieron los tranvías en Lima y las “chapitas” que dentro tenían una pieza de corcho, como “suple”  para asegurar que taparan herméticamente (después fue de plástico delgadito). Veo ese comercial y pienso también que con esas tapas de plástico, no se pueden hacer “run-runes”.