EL RATÓN


Super Raton

Era su primer diente.

El primer diente que se le caía. Le habían dicho que si lo escondía, el RATÓN (así con mayúsculas) se lo cambiaría por una moneda nueva y brillante.

Ese mediodía buscó lo que le pareció un buen lugar para poner el diente, que envolvió en un papel. Lo dejó detrás de la maceta que tenía el helecho y al que nadie parecía darle bola. Pensó que allí estaría seguro de miradas extrañas y de escobas. Lo único que le preocupaba era cómo el RATÓN encontraría el diente, a no ser que estuviera observándolo.

Su otro interrogante era cómo el RATÓN sabría que se le había caído un diente y si tendría la moneda nueva para efectuar el cambio. Nunca había visto un ratón vivo y cavilaba si sería como el Super Ratón de los chistes, que volaba, tenía un uniforme y una capa.

Pasó lenta la tarde, pasó lenta la noche, preñadas de zozobra. El nuevo día hizo su entrada luminosa y sigilosamente fue hasta la maceta del helecho, pero no había ocurrido ningún cambio; el papelito doblado seguía allí, seguro que con el diente adentro. Por si acaso lo cogió para ver si notaba una moneda, pero lo que palpó no era sino el diente que se cayó. Triste y un poco desconcertado, volvió a poner el papel detrás de la maceta y fue a su cuarto para empezar un día más, sin diente y sin moneda nueva.

Tal vez había que esperar, porque el RATÓN había ido de viaje (tenía unos primos en el campo, según decía un cuento) y no sabía del asunto.

Esperó un día, dos, una semana… Cada mañana y tarde por la noche iba hasta la maceta del helecho a comprobar si algo había sucedido. Nada pasó. Su tristeza aumentaba, porque al final el diente no le serviría de nada y se quedaría sin la moneda nueva.

Hasta que una mañana oyó que en la cocina decían que en la trampa que habían puesto anoche, había muerto un ratón. Se aterró y fue despacio hasta donde dejó el diente, envuelto en papel. Tanteó detrás de la maceta y allí estaba: en vez del diente, había una moneda nuevecita y reluciente.

Sonrió con la felicidad que da a los niños el poseer lo que tanto esperaban. De la cocina echaron al ratón con trampa y todo, a la  basura y al limpiar el lugar donde estuvo, encontraron un diente.

Lloró en su cuarto. Seguro había muerto SUPER RATÓN.

LA CARTUCHERA


 CARTUCHERA

En Argentina, Costa Rica, Perú, Uruguay, Venezuela y el sur de Andalucía, caja o estuche utilizado para guardar los útiles escolares.

De pronto me viene a la memoria la palabra y lo que asocio de inmediato es el estuche flexible, donde llevaba mis lápices, lapiceros, borrador, compás, una regla de chiquita, tajador y restos de tajaduras de lápiz; a veces uno o dos soles y alguna que otra chuchería.

Largo, como un sobre de “tamaño oficio” más o menos, e indispensable compañero de libros y cuadernos; mudo testigo de las horas de clase, que pasaba encima de la carpeta o guardado dentro de ella; que viajaba de la casa al colegio y viceversa en la maleta.

Cartuchera, sin embargo viene de cartuchos, que son las municiones para un arma de fuego. Curiosa coincidencia, porque de pronto lo que iba en la cartuchera escolar eran las municiones que nos servían y usábamos para el aprendizaje.

Tal vez sean disquisiciones bobas en torno a una palabra, pero a veces sucede que un timbre suena y se gatilla algo en el cerebro. Entonces es mejor hacer caso a esa llamada de atención y buscar (“investigar” suena pomposo) hasta encontrar respuesta a la pregunta que hizo sonar la alarma. Es una forma de aprender. No sé, “curiosidad” le dicen.

¡BRON, BRON, BRON!


MARCOS DE ORO 14K

Era casado con una prima hermana de mi padre, mi tía Enriqueta que era baja, gordita, tenía vitiligo y sonreía siempre, con sus ojitos chispeando tras los lentes.

Benjamín Rojas también era bajito, caminaba muy erguido y enérgico, vestía atildadamente y llevaba el pelo perfectamente peinado. Digamos que era un elegante tamaño mini, consciente de que su pequeña estatura tenía que compensarla con una personalidad amable pero decidida.

Los dos eran maestros, ya retirados creo, y vinieron del Cuzco, donde vivían, a pasar una temporada en casa, mientras hacían los arreglos para que Maruja, su hija, estudiara en la Normal de Monterrico para ser, supongo que siguiendo la tradición y los consejos paterno-maternales, maestra a su vez.

No es que estuvieran hospedados mucho tiempo, pero significaron un rompimiento de mi rutina infantil; eran los tíos que traían golosinas, de esas que un niño veía solo de cuando en cuando, en épocas muy especiales y contadas.

Fueron engreidores y lo pasé muy bien. Maruja, que cuando estudiara saldría los sábados para pasar el fin de semana en la casa, era una incógnita. Mi hermana Teresa ya se había casado y yo no sabía si a Maruja debería tratarla como a una hermana.

Recuerdo claramente, y me llamaban la atención, los anteojos con montura de oro de mi tío Benjamín, que le daban un aire importante y él cuidaba con el esmero y usaba con orgullo.

Tiempo después mi padre me contó que esos anteojos eran “por gusto”, porque Benjamín Rojas veía perfectamente bien y no los necesitaba, pero le daban ese toque de distinción “que debe tener un maestro”; un titulado universitario, que se sentía así más importante, con su caminar erguido y enérgico; sonriente, pero en realidad serio. Elegante, con las puntas del pañuelo blanquísimo, asomando del bolsillo superior del saco del terno de paño color azul oscuro.

¡Bron, bron, bron!…: ¡Allí voy con mis anteojos de marco de oro rumbo a alguna reunión!; ¡Bron, bron, bron…!” Y movía los brazos como si desfilara. Así decía mi padre que le había confiado Rojas, cuando me explicaba lo de los anteojos y la “prosa” especial de mi tío.

Maruja ingresó a la Normal y venía los fines de semana a dormir en la casa. Fumaba a escondidas y no duró mucho porque regresó al Cuzco en busca de un enamorado que había quedado allí. Creo que se casaron. Fue la primera mujer a la que vi fumar.

LAS CHAPITAS


TAPA CORONA

Ahora la mayoría de refrescos tienen hoy tapas de plástico.

Todavía queda alguna marca de estos por ahí y las cervezas, que usan “chapitas” (tapas “corona” de metal) como cierre hermético.

He recordado a las “chapitas”, que en mi infancia servían para fabricar “run-runes”, unos juguetes que consistían en discos de metal que se fabricaban haciendo que el tranvía aplastara a las chapas puestas encima del riel; se les agujereaba en el centro y se hacía pasar un cordel, pabilo o pita doble y luego poniendo los dos dedos índices se daba vueltas para hacer una especie de trenza que se jalaba y hacía dar vueltas velocísimas al “run-run”. El juego consistía en retar a otro y darse maña para cortar la pita contraria con el disco metálico (que a veces en una especie de preciosismo asesino, se afilaba).

Hoy que veo una promoción de gaseosa en que muestra sus tapas plásticas marcadas (como se hacía antes, en las promociones, con las chapas) me doy cuenta que un juego popular ha desaparecido. Igual que desaparecieron los tranvías en Lima y las “chapitas” que dentro tenían una pieza de corcho, como “suple”  para asegurar que taparan herméticamente (después fue de plástico delgadito). Veo ese comercial y pienso también que con esas tapas de plástico, no se pueden hacer “run-runes”.

HONORABLE PELUQUERO


MÁQUINA CORTAR PELO

Cuando era chico, para que me durara el corte de pelo, me lo cortaban “estilo alemán”; es decir, prácticamente nada de pelo salvo algo en la parte de arriba y un poquito al frente. Sé que tengo alguna foto que lo testifique, pero debe estar guardada en alguna caja…

El pelo me lo cortaban en la peluquería que quedaba frente al Parque de Barranco, que era propiedad de Jorge Kishimoto, de origen japonés, impecable, con bigote y una enorme sonrisa.

Jorge tenía una paciencia única y para que la máquina que usaba no me produjera frío en la cabeza, antes de proceder la entibiaba, exponiéndola a un mechero de alcohol que encendía ex profeso; operación que siempre me fascinó. Como el sillón de la peluquería no era adecuado para mi tamaño, sobre los brazos ponía una tabla pintada de blanco, en la que me sentaba muy ufano, con el protector inmaculado sobre la ropa, anudado en el cuello.

Al frente estaba el gran espejo donde podía ver como Jorge me rapaba y también las sillas “estilo vienés” en fila, contra la pared, para la espera de los clientes. Si mal no recuerdo había un peluquero más, al que le decíamos “el borrao”, y tenía en la cara marcas de lo que ahora supongo, eran rastros de una viruela. Pero mi peluquero era Jorge Kishimoto, y lo fue siempre, hasta que un día no lo vi más. Pasaron muchos, muchos, muchos años y mi amigo Carlos, que también había sido cliente de Jorge, me contó que se lo había encontrado en el Cuzco, como guía turístico. Carlos era entonces Ministro de Justicia.

Podrán pasar los años, pero el recuerdo de Jorge Kishimoto no se me va a ir nunca. No se me va a borrar porque fue el amigo peluquero que supo hacer de algo tan sencillo como el corte de pelo un rito; un agradable rito que incluía la lectura de “chistes”, conversaciones breves y un poquito de talco en la nuca al terminar.

EL RELOJ


images

He empezado el día dando cuerda al reloj de pulsera que usó mi padre al final y que conservo. Es un LonginesAdmiral”,  de acero, redondo, con carátula azul y segundero pequeño. Sencillo, su correa de cuero negro asegura el ajuste.

Lo tenía guardado en mi mesa de noche, en el cajón.

Se echa a andar sin problemas, fijo la hora y pienso que hoy, “Día del Padre”, él no está. No está desde hace muchos años y debo haber usado el reloj infinidad de veces, pero hoy no sé por qué, siento que es especial. Mi padre tendría 110 años, cumplidos el 26 de diciembre de este año. Se fue hace tiempo con su risa, sus “malas pulgas” y con las matemáticas que fueron su pasión y mi tormento.

Hoy, que es “Día del Padre”, ponerme su reloj es casi un homenaje o así lo siento al menos. Cada vez que consulte la hora, miraré por sus ojos bondadosos y veré retroceder el tiempo: conoceré a mi madre de joven,  a mis hermanos cuando chicos, esperaré la salida del sol en algún campamento ingenieril perdido entre las sierras y sentiré cómo Manuel Enrique se sentía.

Casi nunca escribo los domingos pero hoy no es un día

corriente.  Empezó al ponerme el reloj y confirmar que mi padre no fue un hombre cualquiera.

 

“YO LLAMO A DIOS”


Cuando éramos chicos y nos peleábamos con alguien en el colegio, las amenazas verbales iban subiendo de tono y en la escala de la importancia: “¡Yo llamo a mi hermano mayor, para que te pegue!” y la respuesta solía ser: “¡Y yo llamo a mi papá para que les pegue a los dos!”. Así, hasta que a uno se le ocurría: “¡Yo llamo a Dios!”. Zanjado el asunto.

Uno de los dos manifestaba tener de su parte al más fuerte y poderoso, aquél con el que nadie podía meterse.

Esto suele suceder de alguna manera en la sociedad: siempre se tiende a buscar el apoyo del más poderoso o decir de alguna manera que se lo tiene, para ganar en algo.

Estar cerca de la presidencia, por ejemplo, ya seaDios por amistad o ubicación, es para algunos una ventaja competitiva y si no se puede “llegar” la escala ofrece cantidad de posibilidades en las que “recostarse” e invocar en caso necesario. Como un conjuro mágico, se cree que mencionar cargos o personas con algún poder, puede ayudar a resolver las cosas. La costumbre hace que no se busque en uno mismo las fortalezas, sino que estas sean “prestadas” por alguien que “puede” y cuya sola mención tendría que hacer dudar a alguien.

La costumbre implica confiar no en lo propio sino en lo hipotéticamente prestado para demostrar una capacidad que realmente no se tiene.

Como los chicos de primaria de hace muchos años, decimos confiar en el “más” y creemos (porque a veces la experiencia lo dice) que el asunto funciona. Existen los “cucos” de uso personal, para “emergencias” y no nos damos cuenta que son eso y que, salvo excepciones, no son realidad.

El problema se genera cuando la verdad no deja lugar a dudas.