ENTERO-VIOFORMO Y OSOS.


ENTERO VIOFORMO (2)

 

 

Una de mis primeras pruebas de resistencia fue el viaje de excursión a Jaén que realizamos cuando estaba en 1° o 2° de media, con la promoción “Gonzaga 63”.

 

Íbamos a viajar en un ómnibus hasta Chiclayo y de allí en otro hasta Jaén; me preparé, con ilusión tremenda, durante una semana y justo dos días antes de viajar, supongo que por la tensión emocional o como mi madre decía, “por comer porquerías”, se me soltó el estómago, lo que podía significar, si se enteraban en casa, la anulación del viaje de varios días de duración.

JAÉN

 

Recuerdo haber registrado el cajón de la mesa de noche de mi madre hasta encontrar el tubito de vidrio de color caramelo transparente con las pastillas salvadoras; era lo que recetaban entonces para la diarrea y se llamaba “Entero-Vioformo”, si no me equivoco, producido por CIBA.

 

Recordaba que había que tomar una pastilla cada seis horas y sin decir nada a nadie, me “robé” las necesarias, duplicando la dosis inicial: es decir, empecé con dos pastillas, para luego tomar una cada seis horas. Al poco tiempo la diarrea pareció remitir y yo seguí como si nada con mis preparativos.

 

El día señalado, subimos a un ómnibus interprovincial que nos esperaba en el patio del colegio; premunido de una mochila de tela color beige con bordes de cuerina marrón, llena de ropa de recambio interior, exterior y medias (cortesía imperiosa de mi madre); un “botiquín” con mercuro cromo, alcohol, algodón, curitas y unas pastillas para potabilizar el agua, que le saqué a mi padre, ingeniero de caminos, linterna (?), galletas, chocolates (que dejé, por temor a mi inestable estómago), una cantimplora metálica con agua, sombrero, casaca, camisa abrigadora, un blue jean con los finales de las piernas volteadas, como se usaba, botas y cámara fotográfica “Brownie” de Kodak; llevando, por supuesto, mis infaltables anteojos de miope, con marco negro, me sentía el viajero-explorador perfecto.

Viaje a Jaén (2° o 3° de media)

 

Nada más subir al ómnibus que nos llevaría a Chiclayo, viajando toda la noche, vi que lo único libre para acomodarnos mi mochila y yo, era el último asiento, el corrido del final, detrás del cual estaban, protegiendo los vidrios traseros, los fierros que formaban una rejilla, la cual, si quería sentarme, obligaba a ir encorvado y con el riesgo de, si dormía, golpearme la cabeza.

 

No sé bien qué es lo que fue peor: si la incomodidad del asiento o el miedo a que mi estómago diera inoportunas muestras de actividad expulsora; esto durante las largas horas de un viaje que empezó tarde en la tarde y duró toda la noche, para llegar por la mañana a la ciudad norteña de Chiclayo.

 

Bajamos en una plaza, donde en un restaurante entré medroso al baño, pero comprobé que el medicamento había hecho su efecto; al rato, después de desayunar (yo nada, por si acaso…) subimos a otro ómnibus que nos llevaría hasta Jaén. De este segundo viaje (o nueva etapa del mismo) lo único que recuerdo

Es que el chofer, divertido y muy suelto de huesos iba por la carretera llena de baches, a toda velocidad y cada tanto un “¡crac!” significaba que había atropellado un perro. Nos lo dijo, riendo y también que los chanchos sonaban más fuerte. Le escuchábamos entre aterrorizados y asombrados, sin pensar, seguramente, que por su tamaño, un chancho atropellado causaría un estropicio mayúsculo al vehículo.

 

En Jaén nos alojaron en un colegio y el dormitorio tenía camas camarote; Pablo quiso dormir en una de arriba y en la noche un ruido delató que se había caído al suelo. Creo que siguió durmiendo ahí.

 

Antes de acostarnos fuimos a un restaurante y mientras esperábamos la comida, Manuel pidió para ir al baño y le dijeron, señalando: “Es pasando el callejón que ve ahí, joven: cuidado con los osos”. Nos pareció extraña la advertencia y al ratito volvió nuestro amigo, pálido como un muerto pálido y con la camisa desgarrada en el frente; “¡había osos…!” fue su asustada explicación.

 

Había sucedido que, en efecto, había dos osos de anteojos tras una reja, que habían sido cazados en el monte días atrás; Manuel se acercó para mirarlos y uno de ellos sacó la pata y con las garras le rompió la camisa. Felizmente la cosa no pasó a mayores y solo fue un susto.

Esta anécdota la he contado antes ya, estoy seguro, pero su recurrencia en mi memoria sucede, creo, porque entre el “Entero-Vioformo” y lo de los osos, lo demás resulta insignificante.

OSO DE ANTEOJOS

 

 

 

SIGNIFICADOS.


manos10

 

Nació un 16 de setiembre, día del santo y como se acostumbraba le pusieron Eufemio.

 

El niño era sordomudo y cuando creció, le enseñaron el lenguaje de señas para que se pudiera comunicar.

 

Creció  muy despierto; rapidísimo, sus manos volaban al hablar, pero solo los sordomudos y ciertas personas, como sus padres, le entendían porque sabían leer y comunicar con los signos.

 

Un día encontró que su nombre significaba “gran orador”; se miró las manos y tras unos instantes sonrió suavemente.

¿POR QUÉ MUEREN?


 

lapidas (10)

En muchos de mis relatos, el protagonista muere. Alguna vez los lectores me han dicho que por qué los mato y que soy pesimista; sin embargo nada más lejos de mi ánimo el serlo.

 

Algunos de los personajes sobre los que escribo, mueren porque es el fin de un ciclo. Muere, atropellados, distraídos; son encontrados muertos por causas varias. A veces deciden terminar con su vida o son víctimas de la casualidad o de ese azar que se nos antoja maligno y que en el fondo es “lo que iba pasar”, sin que eso implique determinismo alguno.

 

Es curioso, pero me encuentro explicando muertes y de pronto alguno me considera un asesino encubierto, medroso, que solamente por escrito mata, porque no se atreve a hacerlo físicamente. Bueno, lo que creo que sucede es que pienso que todos vamos a morir (mi padre decía que “nadie se quedará para semilla de rábano”, lo que esto quisiera decir, pero que yo siempre interpreté siempre como que las semillas esas son eternas) es natural, a veces, poner a la muerte como final y no por repetida menos cierta.

 

También, lo confieso, es una manera de terminar con un relato que podría extenderse indefinidamente, convirtiéndose en una novela, género que admiro, pero no tengo la paciencia para abordar; tal vez sea porque en mi origen profesional he sido redactor publicitario y tenía imperativamente que escribir breve. Quizá por eso el cuento o el relato corto me atrae y es más “natural” para mí.

 

Finalmente, morir es lo normal para un ser vivo y es mejor quedarse en la naturaleza que desaparecer del todo (lo que creo, nunca llegará a suceder, por lo menos mientras exista el universo).