BLANCO


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De muy niña tuvo un sueño en el que estaba vestida de blanco y se veía sonriente, feliz…

 

Hizo su primera comunión con un vestido blanco y decían que parecía una novia chiquita; ella sonreía…

 

A su fiesta de promoción del colegio fue con un vestidito blanco, corto, que le sentaba bien y mostraba sus torneadas piernas; en las fotos, ella sonreía…

 

Se casó por la Iglesia, porque seguía siendo católica y su traje de novia, todo gasas y velos, era blanco como la nieve recién caída y ella en las fotografías, sonreía…

 

Los años pasaron y la vida daba sus últimos pasos sigilosos, cuando una noche en esa duermevela que los ancianos tienen, se vio otra vez de blanco y como en una película aparecieron las imágenes de ella en su primera comunión, en su fiesta de promoción del colegio y en su matrimonio…

 

La última imagen se hizo borrosa y escuchó bien clarito una voz que decía:   “Toma y ponte este vestido blanco, porque es el color de los que yo elegí y sé que es tu color favorito…” Entonces ella se durmió definitivamente y sonriendo, tapada por su vieja colcha blanca.

 

Imagen: http://www.youtube.com

 

 

 

 

SALAMANDRA


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Era bonita y todavía pequeña; su madre la cuidaba, no fuera cosa de que corriera peligros innecesarios y todas las tardes la instruía sobre la vida de las salamandras y cómo comportarse: la educaba, pues, para que cuando llegara a la edad adulta fuera una señora salamandra y no una de esas que andaban tomando sol sobre las piedras, ociosas, burlándose de todos y riéndose por lo bajo de la decencia.

 

Saly, que después sería Sally, escuchaba atenta porque sabía que un día sería toda una Salamandra, una señora salamandra, que tendría hijitos para educar y quería aprender bien todo para no defraudar a su mamá, hacerla una abuelita feliz y que viejita como sería, pasara sus últimos días en paz y rodeada de salamandritas que correteaban por el pasto.

 

Estaba muy orgullosa de sus manchas amarillas, que con el fondo negro, le daban una apariencia bien pop y aunque era inquieta, como todo pequeño, se estaba tranquilita porque no quería perderse nada importante de lo que su mamá decía y quería preguntarle sobre lo del fuego, que había escuchado a una salamandra vieja, que casi ni se movía, acomodada a la sombra de una piedra grande y que siempre tenía un auditorio de salamandritas atentísimas, que seguían sus historias con la boca abierta.

 

Lo del fuego, al parecer,  se perdía en la memoria de los tiempos y lo ponía como el hogar de las salamandras; curiosa, trató pues de indagar, pero su madre le dijo “No juegues con fuego”, sin agregar nada más.

 

Creció con la obsesión de un hogar ardiente, de bonitas llamas amarillas y rojas que crepitaban arrulladoramente, pero siempre la cortante frase materna aparecía en su mente como un baldazo de agua fría para apagar su sueño.

 

Una noche, que se aventuró a caminar porque había luna y el bosque alargaba sus sombras por el suelo, le llamó la atención cerca de la laguna donde había nacido,  un brillo que dejaba chiquita a la luz de la luna; se fue acercando sigilosa y vio lo que era una fogata que los campistas habían encendido. Se aproximó hasta sentir calor y olvidándose de la advertencia maternal, decidió que por fin podría saber lo que era calor de hogar y se deslizó entre las llamas –que como en sus sueños- eran amarillas, rojas y crepitaban.

 

Al día siguiente, temprano, Pedro revolvió los rescoldos y le dijo a Jorge, que todavía estaba en la carpa: “Lo que olía raro anoche, era este bicho quemándose… ¡Pobre!”

 

 

Imagen: sv.wikipedia.org

LA MÚSICA


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Resultaba curioso, pero uno tras otro los habitantes del pueblo, sin importar que fueran mujeres, hombres, niños que podían hablar y ancianos tenían a flor de labios la canción; era la misma, una que nadie recordaba haber cantado o tarareado antes, pero que de pronto, esa mañana despertaron de su sueño a la hora que acostumbraban, con la canción idéntica para todos, en la cabeza, revoloteando como un pájaro.

 

Les pareció curioso y lo comentaron entre esposos, amigos, hijos, padres, tenderos, la florista, campesinos, vendedores de mercado, profesores y hasta los policías.

 

Nadie sabía el nombre de la canción, aunque era evidente que la conocían; la curiosidad dio paso a la preocupación porque por más que trataran de concentrarse en otra cosa, resultaba imposible.

 

Casi al medio día, el fenómeno comenzó a esfumarse y poco a poco no se acordaron y el olvido dejó un vacío chiquito en el recuerdo, como si faltara una pieza del rompecabezas.

 

Como no recordaban, los grandes se prepararon para ir esa noche al teatro, a ver la presentación de un mago que, en su propaganda, aseguraba maravillas.

 

El mago, vestido elegantemente de negro, salió al escenario y de pronto comenzó a sonar una música que a todos les pareció haber escuchado antes, pero no podían identificar cuándo ni dónde; era pegadiza y sonreían, mirándose y asintiendo con la cabeza.

 

El mago los miró, abrió los brazos y poco a poco se elevó hasta desaparecer de su vista…; el silencio dio paso a un murmullo de sorpresa, mientras el mago entraba, pasando por un costado y llevando discos para vender.

 

Discos que tenían la música del mago, que era la música que todos en el pueblo tuvieron en la cabeza hasta la mitad del día, que era la música que nadie recordaba y ahora recordaron, que era la música que llenaba el huequito del olvido y completaba el rompecabezas.

 

Vendió todos los discos: era música mágica.

 

Imagen: musingwithmarlyss.blogspot.com

 

 

LA PUERTA


 

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La puerta era inmensa y estaba cerrada.

Cerrada y con cuatro sellos que la protegían de curiosos, ladrones y aventureros.

 

Quién sabe cuándo la habrían cerrado, sellado y qué tesoros escondería detrás de lo que, por lo que se veía, era metal; los dos hombres se miraron a través del visor transparente de las escafandras; estaban enfundados en overoles que les ceñían las muñecas, guantes firmemente pegados y en los pies el traje terminaba en botas impermeables, de suela muy gruesa; llevaban cinturones con herramientas y una botella con oxígeno que estaba colocada en la espalda, sujeta por tiras de nylon trenzado y de la que salía un tubo que llegaba hasta la escafandra, la que los hacía parecer muñecos cabezones.

 

Uno de ellos abrió la escalera metálica de tijera y subió lentamente, con el soplete portátil en la mano libre. Al llegar al sello más alto, encendió el aparato y un chorro amarillo que fue variando a rojo y terminó en azul, aplicado al cierre que tenía complejos dibujos, lo calentó hasta que gruesas gotas metálicas cayeron al suelo, volatilizando el sello por completo.

 

El hombre de la escalera sonrió dentro de su escafandra y miró a su compañero, que le hacía una seña levantando el pulgar.

 

Bajó  hasta llegar al siguiente sello y repitió la operación, con el mismo resultado; luego siguió bajando hasta llegar al suelo e hizo una cómica reverencia indicándole a su compañero que le cedía el sitio, que era su turno y le pasó el soplete.

 

El segundo, subió y hasta llegar al tercer sello y con el chorro que variaba del amarillo, al rojo y al azul hizo que nuevamente el sello se deshiciera en gotas ardientes.

 

Bajó los escalones para alcanzar el cuarto sello que estaba fuera del alcance de un hombre, aunque este fuera alto; “¿Serían gigantes…?” pensó y se dio cuenta que el sello era distinto al otro que había desaparecido y que tenía un dibujo cuyos ojos eran como de vidrio rojo; encogió los hombros mentalmente y encendió el soplete que derritió el sello y no se dio cuenta que los ojos no se habían derretido y cayeron al suelo con las gotas de metal fundido

 

 

 

Los sellos habían desaparecido transformándose en una masa metálica que el pie de la puerta, tenía dos puntos rojos que parecían mirar al que mirara.

 

La puerta seguía cerrada y los dos, al unísono empujaron, pero no parecía moverse; hicieron fuerza y la puerta se abrió un poquito dejando ver una línea de delgada oscuridad. Empujaron más fuerte y tuvieron que vencer una como fuerza invisible que impedía que lograran su cometido.

 

Finalmente la puerta se abrió y desde dentro comenzó a soplar un viento que primero era leve para aumentar hasta transformarse en un verdadero ciclón. Fue disminuyendo en intensidad hasta que nada sopló más.

 

Si hubieran conocido la Historia de ese planeta, los dos astronautas hubieran sabido de la puerta que detenía los males y los vientos, encerrados allí, en esa especie de Caja de Pandora gigantesca.

 

Nunca se supo más de los dos astronautas y todavía se cree que fallaron los overoles herméticos, o que se les había terminado el oxígeno…

 

Imagen: valledededempleo.wordpress.com

 

 

EL CONDOMINIO EN LOS TIEMPOS DEL VIRUS


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Lo que escucho insistentemente, a  cada rato del día es el traqueteo metálico que producen los carritos de compra, como los del supermercado, que el condominio tiene a disposición de los inquilinos en cada etapa (los escucho en mi edificio y fuera de él, en la 4ª).

 

Estos carritos se usan cuando alguien viene con muchas bolsas o paquetes grandes, para dar facilidades de transporte entre la puerta de entrada y los edificios de la etapa…

 

Es desde hace poco que este ruido, antes muy esporádico, se ha hecho insistente y coincide con el pánico que el coronavirus ha desatado, produciendo caos, desabastecimiento, toma de medidas oficiales e intentos de las autoridades por convocar a la calma…

 

Pienso, desde aquí, que es el sonido del miedo, el de la desesperación. El sonido que dice “Yo traigo lo que he conseguido para sobrevivir…”.

 

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Es de día y hay un silencio extraño a pesar de tener frente a mi ventana, la zona de juegos infantiles de la etapa 4; miro afuera y veo que los subibajas, el tobogán y las escaleras aéreas, pintadas de colores brillantes están sin niños y hay una cinta plástica amarilla con palabras impresas en negro que rodea la zona; no llego a ver qué es lo que está impreso, pero imagino un “NO PASAR” o tal vez un inglés “NO TRESPASSING”…

 

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En el condominio hay gatos sueltos que salen por las noches y maúllan bajito mientras caminan amparados por la tranquilidad de la hora y la falta de personas que molesten su deambular explorador. Pero ahora es media tarde y un gato maúlla desesperadamente, como si tuviera miedo, le doliera mucho o aterrorizado, viera algo extraño.

 

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El “happy birthday” es cantado finalmente y lo que era rumor de voces que venía de algún edificio, amplificado un poco por el silencio, identifica que la vida sigue y hay quienes se reúnen para celebrar, a pesar de temores y recomendaciones.

 

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Todo sigue lentamente y ahora, afuera, detrás de la ventana está lloviznando.

¿ES LA HORA DE LA REIVINDICACIÓN?


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Las redes sociales que existen en Internet y que deberían servir para eso, o sea socializar, han sido desnaturalizadas, convirtiéndose en las redes “suciales”, como las he llamado más de una vez.

 

En mi caso particular, , yo, que como profesional de la publicidad y persona interesada en informarme y opinar interactuando a través de ellas, salvo una o dos, las he ido abandonando con el tiempo; esto no significa que haya disminuido mi interés en la comunicación, sino que he visto y sufrido en carne propia este proceso que me parece de descomposición por un uso banal, tonto y verdaderamente insignificante de una forma tan importante de comunicar; aquella que lo pone al alcance de quien acceda a una computadora, o lo que es aún mucho más común, a un teléfono celular.

 

Las redes sociales, perdónenme, se han convertido en una cloaca donde las aguas negras de una comunicación pésimamente entendida confluyen. Podría compararse también con un botadero de basura, donde no es que abunden las bolsas cerradas, sino que el detritus está a vista y paciencia de todos, con legiones de moscas pululando y gusanos reptando entre los deshechos.

 

Si creen que soy muy duro o injusto en mis apreciaciones, fíjense simplemente en lo que se han convertido Facebook o Twitter (por solamente nombrar dos), donde lo que campea es la desinformación, el insulto o los sarcasmos ofensivos. Las redes sociales se han transformado en un campo de lucha, en un “todos contra todos” que desnuda  lo más bajo de una gran mayoría de usuarios.

 

Probablemente usted, que me lee, no se sentirá parte de este ejército de zombis que se expande constantemente y que usa las redes sociales para ventilar diferendos, exhibirse y exhibir a sus familiares o conocidos; mostrar sus propiedades,  gustos, paseos y en general todo lo que a cualquiera se le ocurra: desde fajos de billetes hasta perros bailarines.

 

Tal vez se me dirá que las redes sociales también tienen un lado lúdico, divertido y es verdad, pero creo que lo lúdico y divertido a costa de la desgracia, inocencia o la ignorancia de otros no es un juego gracioso sino una canallada de estupidez mayúscula.

 

Y esto sucede alrededor del mundo sin mayor distinción; pero ahora ha llegado el tema que tiene más palabras escritas y dichas e imágenes en movimiento o estáticas, comentarios, reportajes, noticias y “bromas”: Sí, se trata del coronavirus que además de infectar seres humanos y a ciertos animales, lo ha hecho con las redes sociales, abarrotándolas de lo peor…

 

La desinformación cunde y todos “saben” y  quieren saber. No es que el coronavirus sea “cualquier cosa”, como para desestimarlo de una, pero –lo he dicho ya en otras ocasiones- el pánico casi irracional que está provocando hace que en vez de pensar en prevención, se piense en contagio, muerte o desgracia personal: supermercados primero rebosantes de clientes ansiosos que se arrebatan todo lo imaginable, luego desabastecidos por la locura compradora y seguramente después cerrados por falta de existencias y pobre abastecimiento, son las imágenes que grafican lo irracional del tratamiento que se está dando a un tema sensible y delicado.

 

Es hoy, con este virus, que las redes sociales tienen la oportunidad de reivindicarse y demostrar que son un eficaz medio de comunicación socializante. Sé que no es fácil pero tienen que alzarse voces potentes, que de manera sencilla, digan esas verdades que uno tiene y quiere conocer para informarse y tomar así las acciones que sean necesarias.

 

Hay que olvidarse de exageraciones o alarmismos que lo único que consiguen es causar pánico, ese que impide pensar y hace actuar a tontas y a locas.

 

Compete, más que nunca, a las redes sociales cumplir a cabalidad un papel protagonista, serio y que les devuelva esa función para lo cual fueron creadas: la comunicación.

 

Diversión sí, pero que antes ayuden a tomar exacta conciencia del problema y sus implicancias en todo el mundo.

 

No sé si le logrará, pero espero que sí, porque de otra manera, la raza humana se irá al tacho.

 

Imagen: http://www.minutoneuquen.com

 

 

ESCRIBO


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 Escribo y conforme avanzo, las letras van formando palabras, éstas frases, se acomodan los puntos y las comas y leo y me divierto con lo escrito porque parece arte de magia como se va llenando la pantalla de la computadora de esos signos, que como moscas obedientes, se detienen y quedan quietecitos formando filas ordenadas…

 

Leo, sonrío y me admiro cada vez que escribo, porque de veras no sé de donde brotan las ideas y cómo se encadenan, formando esas guirnaldas rectas que adornan la pantalla…

 

Claro que sí sé que el cerebro trabaja, que se dan la mano las neuronas y que según informaciones todo es química y electricidad, pero a mí en el colegio me jalaron de año porque la química, la física y las matemáticas no eran buenas vecinas y creo que de mi padre, ingeniero electromecánico, no heredé la afición por lo  eléctrico (tampoco por lo mecánico, es un hecho)…

 

Por eso es que escribir me parece mágico y cada vez que empiezo o me detengo a leer lo escrito y continúo, siento que soy una especie de Merlín (con perdón del que es sinónimo de magia), pero un Merlín chiquito, provinciano, de feria, sin mayor pretensión que entretener, que no tiene otro público que el aire, porque en el fondo sabe que esos sus pocos pases mágicos, son solo para él…

 

Cuando termino de escribir o creo que lo he hecho, espero un rato, leo y tomándome un segundo café me pregunto si eso que estoy leyendo es algo que me gustaría leer… Es entonces cuando borro, corrijo, encuentro otras palabras que tengan más sentido, saco o coloco signos de puntuación, elimino algo que sobre, vuelvo a escribir una, dos, quince líneas…, releo y quedo satisfecho o todo se va al basurero electrónico de la computadora (extraño el basurero físico relleno de papeles arrugados y mi vieja máquina de escribir, porque arrugar y botar un papel no es lo mismo que desaparecerlo en el desconocido espacio cibernético, al pulsar una tecla).

 

Sí. Trato de escribir lo que me gustaría haber leído y pienso (porque de pensar solo se para al morirse) que ojalá les guste a los que tengan la paciencia de leerlo, tanto, como a mí me gustó el escribirlo…

 

Imagen: http://www.freepik.es