EL CENSOR


Es un personaje que se cree omnipotente y con el derecho que han delegado en él, para que decida a discreción propia, de acuerdo a unas ciertas “reglas establecidas” lo que el ciudadano puede o no puede ver, leer u oír.

Si este personaje evoca inmediatamente a la “santa” Inquisición (que incluso tenía o tiene un museo en Lima, dedicado en gran medida a su “accionar sancionador” que incluía diversas formas de tortura), también nos recuerda que en todo gobierno autoritario existe la “tarea” que busca evitar cualquier manifestación disidente, ya sea escrita, visual o auditiva e incluso electrónica con la censura de las “redes sociales” e Internet.

El censor y la censura campean por el mundo, vestidos con diferentes ropajes, desde el intolerante hasta el “sonriente”, pero todos buscan una sola cosa: Que no se conozca ni se emita ninguna otra voz y “verdad” que no sea la “oficial”.

En nuestro país, poco a poco se está volviendo a la censura, que va desde despedir periodistas “poco gratos” y no complacientes con el poder de ciertos medios que responden a ciertas “ideas”, hasta pretextar “fallas” de Internet y aducir “seguridad en riesgo” para los suscriptores de un semanario nacional, que dice cosas que no gustan a “álguienes”, y que no pueden pagar sus suscripciones a través de un determinado medio virtual de pago…

Caminamos al borde y el abismo es profundo. Abajo, esperan, hambrientos, los monstruos que solo han estado dormitando. Uno de ellos se llama Censura y esperan, alertas ahora, que alguien nos empuje, y que les sirvamos de comida.

Imagen: original de quino / marceloauler.com.br

OJO CON EL CLIENTE SI ES TU PARIENTE


Una regla básica para todo creativo publicitario, es “no involucrarse”, es decir, no ser parcial, porque a veces se piensa que uno tiene que “estar del lado del cliente”, para poder hacer mejor las cosas, conocerlo a fondo a él y al producto….

Es verdad que uno debe saberlo todo sobre el producto, pero también ha de saberlo sobre el mercado de este y el público al cual se dirige, además del mercado en general y sus diversos públicos…

Cuando digo “no involucrarse”, me refiero a que el creativo publicitario debe tener cuidado para que sus gustos personales o a veces sus también lazos personales no interfieran en su trabajo, porque he visto, por desgracia, a personajes que por cercanía familiar y un equivocado “tomar partido”, no tienen la rigurosidad que deberían y se convierten en un parcial más, que no discierne correctamente…

La creatividad publicitaria necesita del involucramiento y la distancia. Resulta curioso, pero estas dos condiciones han de darse, si se quiere conseguir un producto creativo equilibrado y efectivo.

A veces es preferible, si se llegara a dar el caso de una relación familiar, encargar el trabajo creativo a quien esté “alejado” del producto y su entorno, aunque sin dejar por eso la supervisión, porque como dice el refrán “El ojo del amo engorda al caballo”.

Publicado en el blog “MENTE MOCHILERA”, 4.5,2021.

EL ORDEN DE LAS COSAS


Le gustaba el orden.

Era un verdadero fanático de ordenarlo todo: Por tamaño, por fecha, por letra inicial, por número, por color, por sonido, por textura, hasta por sabor en la comida y olor en los perfumes y colonias.

Tenía ordenados sus papeles y seguía un orden estricto: acostarse, dormir, despertar, levantarse, tomar un café, lavarse los dientes, darse una ducha y así, ordenadamente, seguir con cada actividad en el día. Hasta tenía entrenados su estómago y la vejiga, para ir al baño siempre a la misma hora.

Ordenadamente, pagó todo lo que tenía que pagar, hizo su testamento dejando todo lo que tenía a su gato, escribió un correo electrónico a sus cinco amigos y para seguir el orden, se pegó un tiro y se mató, no sin días antes haber separado nicho en el cementerio y ordenado su entierro.

Solo le faltó que hubiera café para los que fueran a su velorio.

Imagen: http://www.renataroa.com

BILLETERA MATA GALÁN


Le decían “Don Juan del barrio”.

No tenía un céntimo, pero sí una “labia” de proporciones, un “floreo” consumado, que enamoraba a cuanta chica o madurita se le cruzara y “por deporte”, no desdeñaba a las mayores, que, arrobadas por su palabreo, sonreían y se sentían jóvenes nuevamente…

Aceptaba gustoso “invitaciones”, que le servían para comer, tomar algún trago y conseguir sexo, “sin tener que pagar nada”, como comentaba entre los amigos que se reunían todas las tardes en la tienda de la esquina, para recibirlo, perfumado y sonriente, de vuelta de alguna de sus “aventuras” …

Una tarde no llegó y no regresó, ocasionando que los amigos, intrigados, se pusieran a averiguar por su paradero y qué había sido de él. Los rumores de su muerte a manos de un marido engañado, crecieron y fueron tomando ese cuerpo que los rumores adquieren, con el tiempo y la repetición.

Finalmente se enteraron del matrimonio de su “don Juan del barrio”, con doña Etelvina, la vieja millonaria de la casota verde, la de frente al parque.

A “Don Juan” (que en realidad se llamaba Cirilo), lo liquidó la billetera de doña Etel, que resultó más contundente que cualquier piropo que a Cirilo se le hubiera ocurrido…

La billetera mató al galán, porque este se suicidó.

Imagen: lacasadeljabonero.blogspot.com

QUINQUENIO


Cinco años, uno de ellos bisiesto. Sesenta meses, mil ochocientos veintiséis días, cuarenta y tres mil ochocientas veinticuatro horas, dos millones seiscientos veintinueve mil cuatrocientos cuarenta minutos o ciento cincuenta y siete millones setecientos sesenta y seis mil cuatrocientos segundos…

Según se vea, suena a una eternidad, a bastante tiempo o a un período presidencial (normal) en el Perú…

El tiempo que haya transcurrido hasta que lleguemos, este 28 de julio, al Bicentenario de la Independencia, es un verdadero océano de dimensión inmensa, que el país ha navegado desafiando tormentas, calmas chichas, corrientes traicioneras y sirenas que con sus cantos trataban de atraer a los tripulantes de esta nave, para la que hoy se acerca una fecha gigantesca y un puerto que no se sabe seguro…

La nave acoderará y con suerte, si hay posibilidades de un dique seco, restañará las heridas que las rocas produjeron, se abastecerá, para seguir navegando…

Los marineros que fallezcan en la travesía, serán enterrados al llegar a algún puerto, o encontrarán el descanso eterno, en las aguas del mar…

Nota: Si hubiera algún error en los números, espero que no sea grande, porque los revisé una y otra vez, e incluso pedí a otro que los revisara… Si lo hay, se debe a mi impericia, nada más.

Imagen: Youtube

EN EL PAÍS DE LOS PEQUEÑOS GUSTOS


Allí, uno podía darse los gustos que quisiera. Lo único es que tenían que ser pequeños…

Era imposible, por ejemplo, darse el gusto de ser millonario, pero sí gustar del sabor de un helado de lúcuma…

No se podía ser presidente, por más gusto que esto produjera, sin embargo, mirar una puesta de sol, con solamente desearlo, era perfectamente factible.

Los pequeños gustos eran múltiples, innumerables y hasta el país llegó un hombre que quería darse el gusto de odiar un poquito…

Su petición se sometió al Consejo de Ancianos y el visitante argumentó que era un pequeño gusto el que pedía: odiar un poquito, una sola vez y mostró una pequeña caja…

Luego de una tarde y una noche deliberando, el Consejo emitió un veredicto: Odiar no era un gusto, sino un placer y además el odio no podía ser pequeño…

El hombre se tuvo que ir con su odio y se dio cuenta que de nada había servido meterlo a la fuerza en una caja de fósforos…

Imagen: es.dreamstime.com