PANQUE TE CUENTO…


No es un error en el título. Es que esta historia trata de panqueques, de pancakes, o pankekes …

El hecho se remonta a muchísimos años atrás y es parte de mis “aventuras” como “modelo” de comerciales (esos que se filmaban en película de 16mm en blanco y negro, para difundirse en una televisión… ¡en blanco y negro!) …

Cierta vez fui llamado para participar en un spot de tv para unos panqueques pre-hechos, de la marca “Mamy´s”, bastante populares por entonces. Lo único que tenía que hacer era comer los dichosos panqueques, poner cara de satisfacción y no decir nada.

Parecía una tarea sencilla y hasta rica, pero la realidad siempre supera a la imaginación y la cantidad de veces que se repitió la toma donde yo comía satisfecho el “Mamy’s” bendito, se repitió una y otra vez…; en cada ocasión era un panqueque nuevo y demás está decir que estos estaban fríos y parecían de cartón. Sin embargo, todos los que miraban, ubicados detrás de la cámara, alentaban y esperaban mi cara de satisfacción…

No sé cuántos panqueques mordí, cuanto tragué de lo que ya me parecía una masa incomible, infecta, indeseable … Lo que recuerdo es que las tomas se repetían y yo tenía ganas de vomitar. No lo hice, por supuesto, porque además de no estar bien, no “ser propio”, como diría mi gran amigo Julio Romero, era “mi trabajo” y yo traté de soportar estoicamente la situación, porque me pagarían si “salía bien” y yo necesitaba esa plata, como siempre…

Por eso, cuando pasaba por lo que es o era “Pancake House” en Miraflores, el estómago me daba una voltereta; muchos años después, ya en publicidad, trabajando para Kunacc, en los bajos de la oficina, en San Isidro, me reconcilié del todo con los panqueques, porque en el “Lucky Bell”, un pequeño restaurante donde solía desayunar, servían los mejores panqueques que he comido en mi vida, y me perdonarán, pero nada que ver con los famosos “Mamy’s”, sin que esto signifique nada, en realidad.

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TODO TIENE SU FINAL


Es totalmente cierto y lo creo así, que absolutamente todo tiene un tiempo de vida, que este termina en algún momento y personalmente me parece no solo importante sino honesto, con los demás y con uno mismo, el aceptar que el tiempo de “hacer”, se ha cumplido con creces …

Esto no debe resentir a nadie, porque es lógico que suceda; hay que dar la bienvenida a los “recambios” y no verlos como si fueran una competencia que logra correr más y dejarlo a uno como poste, en mitad de la pista de carreras …

En mi caso, hace bastante que sé que llegó el término de lo que fue mi carrera como publicitario, en una actividad tan divertida como la creatividad. Empecé en 1969 y hace rato que cumplí los 50 años de entretenerme creativamente, con relativo éxito, éxito que –debo reconocer- es en inmensa parte, mérito de quienes tuvieron la paciencia de enseñarme y tolerar los errores que han salpicado mi tránsito por la profesión …

Es verdad también que, a las enseñanzas, sumé mis ganas de aprender, un espíritu medio aventurero que me permitió arriesgarme –a veces sin medir bien las consecuencias- y curiosidad, mucha curiosidad, que resumo siempre completando la frase “La curiosidad mató al gato”, con la pregunta “¿Y qué es lo que quería saber el gato…?”

Tuve la fortuna de poder enseñar creatividad publicitaria, a la vez que trabajaba en ello en diferentes agencias de publicidad; es decir, la práctica me fue dictando la teoría y las uní, tratando de que cada vez fuera menor lo que para mí empezó como un experimento, en un ya lejano 1985. Idear “de la nada” el curso de creatividad publicitaria, ha sido una de las mejores aventuras de mi vida, de esas, en las que, al calor de una hoguera, el narrador mantiene en vilo a los que se reúnen, al abrigo de un fuego amistoso. Confieso que, a lo largo de esos años, aprendí más de lo que pude enseñar …

Como digo, todo tiene su final y ya no “hago” publicidad, sino que, como creo que ya dije en un post anterior, estoy “en la barrera”, mirando y sí, comentando, porque esto que escribo son comentarios. Digamos que ya no “creo comerciales”, sino que miro los que hay y escribo, porque eso sí, escribir es algo que hace tanto tiempo que hago, que parece que me sale tan natural como hablar.

Supongo que son cosas de un viejo publicista, que siente que todavía tiene algo que decir …

Manolo Echegaray.

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LA SILLA VOLADORA


En los parques de atracciones, hay una que se llama “la silla voladora”, y hace muchísimos años, antes aún de empezar yo a trabajar en publicidad, en la época en que a veces aparecía una oportunidad de ganar algún dinerito (bien necesario para un “teen”), tuve lo que llamaremos una “aventura”, relacionada con este artefacto giratorio …

Hacía de “extra” en un comercial para algún producto, que pueden haber sido galletitas, cuyo nombre no recuerdo y la parte donde yo intervenía, tenía lugar precisamente, en una “silla voladora”.

En la silla vecina, la de delante, se ubicaba la “modelo” principal, que comía las galletitas “estrella” del comercial y mi “acción” iba a ser, una vez puesto en movimiento el artefacto –que con los giros cada vez más rápidos- ponía tensos los cables que sostenían las sillas, haciendo que estas “volaran”, dando vueltas horizontales con respecto al piso – jalar “divertidamente” y entre risas, el cable de la silla donde estaba la “modelo” …

Hubo que repetir la escena varias veces; una, porque una de las chicas “extra”, se mareó, terminó vomitando luego de bajar y las otras para “hacer otras tomas” …

Tampoco me acuerdo nada más, salvo que no me mareé a pesar de las vueltas y vueltas, así como que el “parque de atracciones” era bien pobretón y quedaba en una plaza en Chaclacayo, un distrito que está fuera de Lima y era (no sé si sigue siendo) el lugar preferido de los limeños para ir en el invierno, en busca del sol …

Definitivamente, lo que parecía un juego, era algo bastante peligroso, pero creo que no nos dábamos cuenta y si así sucedía, a nadie le importaba mucho, y menos a nosotros, porque era nuestro “trabajo” (bien esporádico, pero divertido); “trabajo” que, por supuesto, no contaba con un seguro contra todo riesgo, con el cual se protege actualmente –según creo-  a las producciones y a sus integrantes …

Uno no es consciente, pero, lo que me hizo pensar en el peligro que corrimos esa vez, es que varios años después, apareció en un diario la noticia del accidente de una “silla voladora”, que “voló”, porque se rompió el cable de sujeción, aunque felizmente y por buena suerte, la “silla” estaba vacía. No sé si era el mismo “parque de atracciones” del comercial, pero el tema resulta igual de terrible …

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UN DÍA CUALQUIERA NUNCA ES CUALQUIER DÍA


Pongamos un lunes. Tiene una pinta de lunes increíble, porque después de un domingo descansado y casi ocioso, se despereza y trata de sacudirse la flojera para enfrentar el trabajo nuevamente y este lunes cualquiera, que comienza despacio, como a regañadientes y con un “boost” de café (“a la vena”, como decía un amigo), empieza a traer novedades que van amontonándose: Un aviso para periódico de aceite comestible, sin nada más que una descripción del producto, que “aclara” que es aceite comestible y 100% de origen vegetal y una foto del nuevo envase. Junto con esa “orden de trabajo” llegan otras tres, que son para un comercial de radio para el dentífrico cuya cuenta publicitaria llevamos y el texto para un folleto explicativo de lo que es una especie de roldana para izar las redes de pesca, para un público bien específico. Dentro del sobre de esta “orden” hay una descripción del producto y varias fotos del mismo “en acción”, bolicheras y redes llenas de pescado.

Llaman a “reunión de los lunes” donde nos juntaremos ejecutivos de cuenta, redactores, directores de arte, el gerente y por supuesto, el encargado de coordinación, para hacer una revisión de lo hecho la semana que pasó, revisar si es que hubo algún problema y planificar la semana que empieza, alertando si hay alguna urgencia o algo especial.

Más café, casi todo el mundo fuma y yo preparo mi primera pipa del día. Charla insustancial al principio, para después ir “calentando” el ambiente, que es bastante perezoso. Felizmente todo ha ido bien y no hay reclamos ni demoras. Increíblemente, el coordinador no se queja de nada y cada uno habla brevemente, si es que dice algo. Hay que prepararse, porque el cliente más grande, que nos confía una línea completa de cosméticos, quiere una reunión para plantear sus necesidades. El ejecutivo de la cuenta dice que es algo institucional “pero vendedor”. Yo lo miro con cara rara, porque no es común que las dos cosas vayan juntas…

Las tazas están vacías, los ceniceros llenos y la reunión termina. Cada uno va a su escritorio o a su tablero y Rodrigo va a limpiar la sala de reuniones (no sé qué haríamos sin Rodrigo “El Múltiple”, que es conserje, ayudante de ocasión, mensajero de tarde y campeón de la limpieza).

Este lunes que prometía ser un día cualquiera, no ha hecho sino empezar y va a ir tomando velocidad –esa velocidad tan propia de la publicidad, donde todo es “para ayer”- convirtiéndose en una especie de torbellino que en mi caso va a ser escribir, escribir, escribir, imaginar cosas, aprender cómo funcionan las roldanas famosas, café, una pipa más, una pausita para un sandwich del restaurante que hay en el primer piso y nos hace “delivery” en cualquier momento, comido en el escritorio, más café y a seguir escribiendo.

Cada uno está en lo suyo, hay un par de reuniones de los ejecutivos con sus clientes y los directores de arte dibujan (no hay computadoras todavía), los redactores escriben o miran al techo y el coordinador se pasea entregando órdenes de trabajo”, chequeando que se estén cumpliendo las fechas.

Es un día cualquiera, pero no es cualquier día, porque como a las seis de la tarde, el gerente entra al departamento creativo y nos dice que ganamos la cuenta. Esa, para la que hicimos la presentación hace dos semanas. Todos sonreímos y hay aplausos. En realidad, lo que nos espera es más trabajo. Cliente nuevo. Pero eso es lo que nos gusta. Por eso estamos en publicidad …

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¿CREAR DE LA NADA?


Para el creativo publicitario, la “nada” en su trabajo, no existe. La palabra “nada”, lo dice todo: inexistencia de algo.

El creativo o creativa cuenta, muchas veces sin notarlo, con un nutrido equipaje de recursos, que van apareciendo conforme avanza en su tarea y los aplica casi de manera automática, más, si lleva tiempo en el oficio …

Lo que digo puede parecer una tontería, pero es que la pregunta “¿De dónde sale lo que quien crea para publicidad, hace …?” me la han hecho mucho, sobre todo diciendo “¿Cómo se te ocurren esas cosas?” y entonces creo que es una buena oportunidad para decirlo: La nada, no produce nada. Está vacía …

Por eso, nunca he creído que un redactor o artista gráfico, sea mujer u hombre, que se dedica a la publicidad, no puede ser un “recién llegado”, alguien que no tenga conocimiento de nada y triunfar instantáneamente. Se requiere de un bagaje personal, de un “contenido” variado, que permita abordar, con solvencia, los múltiples temas sobre los que tendrá que aplicar su creatividad …

No hallo otra palabra mejor, para definir ese “contenido”, que CULTURA, que viene de cultivar y, lo siento mucho, pero no se cultiva lo que no existe … La cultura no es algo que se tome en una pastilla, ni tampoco se produce un jueves al despertarse y uno, de “un día para otro”, se vuelve “culto”; la cultura necesita del tiempo y por supuesto, de materia prima.

No estoy diciendo, por favor, que solamente puedan ser cultos los viejos (porque la ignorancia no conoce edad), pero mientras más tiempo se vive, hay oportunidad de saber más, de seguir haciendo crecer el equipaje personal …

Escuché una frase, que me parece decisiva y que querría citar, utilizándola para el final:

“QUIEN MÁS SABE, MÁS DISFRUTA”

Y es que crear, es disfrutar … Por lo menos, lo puedo atestiguar, aunque francamente, no es que sepa mucho, pero como dicen, “estoy en eso” …

Imagen: https://www.freeimages.com/es

Manolo Echegaray.

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LA INCERTIDUMBRE


Vivimos en un mundo que necesita de certezas para poder avanzar, porque si se ignora totalmente lo que viene, es necesario buscar los indicadores que nos brinden la dirección correcta. La seguridad que solo da la certeza.

Esto que pueden parecer simples palabras es lo que sucede desde siempre y de muy antiguo, el ser humano ha recurrido a diversas maneras y métodos para tratar de obtener respuestas que le permitan tomar decisiones y no equivocarse al hacerlo…

Desde los arúspices que “leían” el futuro en el vuelo de las aves o buscaban encontrar indicaciones sobre determinados temas en las entrañas de los animales, desde los “oráculos” que “interpretaban” la voz del dios y la transmitían hasta lo que hoy conocemos como “encuestas” y son la recopilación de respuestas a ciertos asuntos, ofrecidas por grupos determinados de población, el tiempo ha corrido y hoy nos fiamos en esto último para obtener certezas, descartar la incertidumbre y guiarnos por el camino correcto.

Esta generalización viene a cuento porque, cuando prácticamente todos se orienta con estos instrumentos, que si son bien aplicados son muy fiables, hay quienes –cuando les conviene- no creen en su validez y dicen que son un elemento de mentira y arma de ataque de los opositores. Pasa –lo vemos- con muchos políticos de diversas tendencias que proclaman “no creer en las encuestas”, sobre todo cuando estas les son adversas. Eso es francamente estúpido, porque si una encuesta está bien hecha y sus resultados coinciden –puntos más o menos- de modo ajustado con otras diferentes, lo que se está haciendo, es negar la realidad y no tomar en cuenta las señales.

Sucede lo mismo en publicidad, donde la investigación de mercado es fundamental para tomar decisiones y orientar lo que se haga en materia de comunicación. He escrito ya sobre esto y no quisiera abundar más, pero cuando veo a la publicidad que en algunos casos está absolutamente errada o desorientada, me doy cuenta que detrás falta la investigación y se está confiando en la “suerte” o en una percepción personal que no tiene que ver con la opinión del segmento de mercado al que se dirige…

Es verdad que la investigación tiene un costo que se traduce en dinero, tiempo y trabajo, pero ese costo es la inversión que se hace para tener certezas.

Confiar en el propio “olfato”, en la “suerte” y “en lo que percibo” es, lo repito, francamente estúpido…

Imagen: https://www.antoniopulido.es

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