LA CAJITA.


CAJITA DE TETÉ

Pequeña, antigua, indudablemente fina, con quién sabe cuántos años, hecha de madera delgada, forrada por fuera con lo que parecía cuero de color guinda que mostraba arañazos de uso, y las iniciales “A. S”  grabadas en la tapa; le di vueltas y curioso, imaginé…

 

 

Las iniciales “A.S”  grabadas en la parte de afuera podrían corresponder a las de mi abuela paterna, Antonia del Solar, porque no sé si ella exactamente, pero sí su familia, había vivido en París, donde se fuera a radicar dejando el Cuzco y la hacienda inmensa cuya “capital” era lo que hoy es el pueblo de Lucre; estas son cavilaciones mías, hechas uniendo lo que mi padre me contaba, porque ciertamente la cajita no tenía más señas ni conozco su historia pasada; solo sé que la tenía mi hermana mayor, Teresa o Teté como le decíamos todos – sus hijos incluidos (con ese arequipeñísimo “la” antecediendo al nombre)- que falleció a los ochenta y cinco años, unos días antes de cumplir uno más hace solo unos meses.

 

 

Teté ya casi no salía, comía casi nada, era divertida, amable, aguda y caprichosa; mi hermana era de esas personas que uno encuentra una sola vez en la vida…

 

 

La cajita –porque de eso se trata esta historia- llegó a mis manos porque mi sobrina, que se encargó dolorosamente de ordenar todo lo que Teté tenía en casa, para repartir entre sus dos hermanos y ella misma los recuerdos de toda una vida, donar libros, muebles, electrodomésticos y menaje; la casa, por decisión de los tres hijos se cerraría para después venderse.

 

 

Teresa María, mi sobrina, me trajo de recuerdo la cajita y al abrirla,  encontré que tenía dentro una fotografía tamaño “carnet” en blanco y negro  de Teté…; luego de la sorpresa que me llenó de recuerdos que se agolpaban rápidos, vi  que la tapa estaba forrada por una especie de seda guinda con las palabras  “Ch. FONTANA  & Cie.   PALAIS ROYAL  96 a 98   PARIS” impresas en dorado y en la parte inferior con terciopelo, ligeramente levantado que tenía cuatro ranuras, para exhibir el contenido que habría sido un juego de tres joyas: anillo, aro y un par de aretes…

 

Guardo celosamente la cajita que en alguna época contuvo un juego de joyas que mi hermana heredó de nuestra abuela Antonia y que ahora guarda para siempre una joya mayor: el retrato de Teté.

 

 

 

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LAS TÍAS DE ADENTRO Y LAS TÍAS DE AFUERA.


CON MANTÓN DE MANILA CIRCA 1929 TONY PRIMERA IZQ

La antigua casa de mis abuelos Gómez de la Torre en Arequipa, quedaba en la calle Santo Domingo y cuando la conocí, el cine “Real” era su vecino inmediato; muy grande con un portón de madera que a mí de chico me parecía impenetrable, guardaba todos los secretos imaginables que pudiera tejer la imaginación de un niño.

 

Un corto zaguán desembocaba en el patio principal que  estaba rodeado de habitaciones, un baño, la entrada al gran salón y al comedor y a la parte de adentro, donde mis tías, las primas de mi madre, vivían; Julita, Luisa, Alicia, Georgina y la Carmen Zegarra –“la Yayita”- que cosía maravillosamente y tenía un gorrión que la seguía como un perro donde ella fuera por la casa y estaba entrenado para cuando ella cogiera un hijo para ensartar la aguja, cogiera con su pico la hebra y la hiciera pasar por el ojo de la aguja, asombrándonos; esas eran “las tías de adentro” porque “las tías de afuera”, Graciela Y Carmela –hermanas de mi madre- tenían su feudo en la zona del patio, que incluía un cuartito debajo de la escalera que iba a la azotea y a la casita de madera donde estaba la biblioteca del abuelo Francisco a la que nunca me permitieron subir; en ese cuartito mis tías Carmela y Graciela preparaban dulces que me resultan memorables ahora y entonces tenían la magia final de una tarde repleta de hallazgos, historias y juegos de “whist”.

 

Los territorios –que así veíamos mis primos y yo- estaban divididos por el comedor con su gran mesa; allí, cuando mis abuelos vivían se reunía para las comidas una familia tan numerosa que lo hacían en dos tandas: primero los chicos y luego, por separado, los adultos; el mismo mecanismo repartidor se repetía en desayuno, almuerzo, lonche y cena.

 

Las muchas veces que fui a la casa de Santo Domingo, quienes nos recibían eran mis tías Carmela y Graciela, pero abría “la puerta chica” del portón principal, Agustina, una mujer mayor, bajita, sonriente, peinada con moño, que era la empleada para “todo servicio” de las “tías de afuera”; con muchísimos años viviendo en la casa (creo que desde que era joven), habitaba en la parte de adentro, donde había otro patio, una pequeña huerta, una poza (que llamábamos “piscina”  –pero nunca usamos como tal-) y más habitaciones, unas donde estaban “las tías de adentro” y al otro lado la cocina y las habitaciones de servicio (que en ése momento se reducía a “la” Agustina y a otra señora, “la” Alberta (que tenía bigote y usaba trenza) que venía ciertos días a lavar la ropa; más que seguramente habría otra empleada, pero no la recuerdo…

 

Al contrario de lo que sucedía mientras vivieron mis abuelos, en el comedor “las tías de afuera” comían a diferentes horas que “las tías de adentro” para no cruzarse, a pesar de que usaban el mismo (único) portón para salir a la calle y verse a veces en la misa del domingo de la iglesia de Santo Domingo o en alguna visita protocolar y esporádica de las unas a las otras o viceversa; eran dos terrenos marcados por una costumbre extraña que nunca pude averiguar por más que pregunté a mi madre. Supongo que sería algo derivado de que unas eran hijas de Francisco y las otras, sobrinas.

 

 

Tiempo después vino a vivir en una de las habitaciones que rodeaban el patio de afuera, René; pero esa es una historia diferente y que guardo para contar más tarde…

 

 

Fotografía: Circa 1929 “Con mantón de Manila”.  La primera por la izquierda es Antonieta mi madre, con sus hermanas Graciela y Carmela y sus primas Luisa, Julita y Georgina.

TRISTE RIMA: ¿PARA PROTESTAR HAY QUE MATAR?


CHARCO DE SANGRE

Las protestas en el Perú están tomando un cariz sanguinario que se traduce en los gritos de “¡Mátenlo, mátenlo…!” de la turba vociferante que estaba destrozando el cráneo de un policía acorralado, pateado, golpeado con piedras y que finalmente falleció.

Hay un manifestante muerto y dos pasajeros, que, sitiados por los que protestaban, no pudieron recibir el auxilio médico que sus enfermedades requerían y dejaron de existir. Los asesinos fueron todos y no fue nadie el asesino…

Protestar y matar. De pronto, las palabras que riman se convierten en una macabra realidad sinónima.

Entonces se busca a los culpables de las muertes y no hay ni un solo responsable.

Se dirá que fueron delincuentes, que hay agitadores, que las huaracas son para la defensa y que el derecho a protestar es constitucional. Se dirán muchas cosas, pero a los que están muertos nada de eso les devuelve la vida. Muertos por protestar, por restaurar el orden, por no ser atendidos.

Están muertos y junto con los heridos son las “casualidades”. Son número, estadística. Antes eran personas y ahora solo son resultados.

Sí, hay derecho a protesta pero no hay derecho a matar.

No se entiende; no se quiere entender que el agua y la tierra no valen lo que un hombre. No sirven sin el hombre. Y cuando el hombre mata a otros hombres, la sangre envenena la tierra.

LA AGONÍA DEL DIFUNTO


 

Fuente TV Perú

Hay un nuevo miembro en el Gabinete Ministerial.

Una mujer, abogada, reemplaza al renunciante Ministro de Trabajo.

Mucho tiempo pasó desde los desafortunados sucesos de Arequipa, en los que el saliente Ministro cumplió un triste papel. Su negativa a dejar el puesto, las “explicaciones” que dio, las falsedades en las que parece haber incurrido y la “aceptación de sus disculpas” por parte de un Gobierno a todas luces equivocado, prolongaron en demasía lo que debió ser inmediato. La cobertura mediática y la de las redes de un incidente que no debió ocurrir y al que además de negarle las consecuencias al principio se quiso minimizar, aduciendo múltiples razones, dio cuenta de cómo el ojo ciudadano está atento, mucho más atento que antes y que las reacciones son también inmediatas.

Este, que es un tema palpable de velocidad de la comunicación, parece no ser bien entendido.

Lejos están los tiempos en que uno se enteraba “por los periódicos” de algún suceso importante. Ya la radio empezó a acelerar las cosas; ciertos diarios publicaron una edición vespertina para ganar lectores e informarles. Vino la televisión y luego la Internet. Ahora las redes sociales pueden mantener al segundo la información e INTERCAMBIARLA. Sin embargo se reacciona con pereza o con dudas, cuando lo que cabe es responder de inmediato. Y responder con lo que es cierto y creíble, porque de nada sirve exponer a la luz una verdad a medias que supone una mentira. Es una buena lección y ojalá sea aprendida. Resulta penoso que suceda un incidente así, pero es un nuevo ejemplo que hace más urgente un cambio en la velocidad de los reflejos comunicacionales. Es triste saber que nadie está inmune al “virus” del poder que deforma las conductas, pero es bueno saberlo. La mayor enseñanza es que nadie puede ser más que los demás, así tenga el título que tenga, ocupe el cargo que sea o ejerza una función cualquiera.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, HERMANA!


Mi hermana Teté cumple años hoy. Este es mi modo de felicitarla y agradecer a ella por ser como es. El tiempo pasa pero el amor crece y saber que ella está allí me llena de orgullo y felicidad.

El texto a continuación encabeza mi librito “El pasado se avecina” y pido disculpas a quien ya lo haya leído, pero Teté seguirá siendo la niña rosada de la casa azul siempre.

 

LA NIÑA ROSADA DE LA CASA AZUL

Ayacucho 263, nuestra casa en Barranco, donde viví desde  1947 hasta 1963, fue alquilada por mi padre a la señora Renée Pazos de Letona un poco antes de nacer yo.

Esta casa existe aún  pero por lo que sé ha sido reformada y por supuesto ha cambiado de color. Solo queda el azul añil original en una pared de madera que está dividiendo la propiedad con una casa de al lado y que se puede ver desde la zona de la Ermita.

Si uno se para de espaldas a la iglesia, mirando hacie el Puente de los Suspiros, se verá la casa, con sus dos terrazas, el mirador y el alto pozo de agua, refugio de gallinazos invernales y allí una solitaria pared azul añil que está a la derecha.

En esa casa, sobre unas letras que la nombran como “Villa En esa casa, sobre unas letras que la nombran como “Villa Teresa”, hay dos ventanas que eran las del cuarto de mi hermana… Teresa.

Allí se asomaba ella y a decir de un amigo, el doctor Carlos Bambarén, hasta la calle Ayacucho venían desde Miraflores para ver a “la niña rosada de la casa azul”, los amigos de mi hermana. Cuando Carlos me narró esto y me habló de la famosa Teté Echegaray, muchos años después de los sucesos, yo no tenía idea que la hubiera conocido, ni tampoco que ella hubiera sido de esas bellezas que a cierta edad uno se dedica a contemplar.

Hoy mi hermana que vive en Arequipa desde que se casó en 1952 y que ya tiene dos biznietos, sigue  igual de activa y bonita.

Los años no han hecho mayor mella en su carácter divertido y contestatario. Es cierto que las enfermedades no han sido ajenas a su realidad-una encefalitis milagrosamente curada por ejemplo- pero todo lo sobrelleva con ese aire que hace que uno se pregunte cuál será su secreto.

Teté ha sido siempre una especie de mamá para mí Cuando nací, ella estaba en cuarto o quinto año de media y yo resultaba ser una especie de juguete animado. Me llevaba a la playa, me mostraba a sus amigos y era el engreído, hasta que se casó y heredé su cuarto en la casa; ella se fue a vivir a Arequipa, con Jorge Ballón, mi cuñado, hombre maravilloso cuya muerte hace unos años la dejó prácticamente sola en su casa de “El Bosque” en la subida a Cayma.

Hablamos por teléfono semanalmente porque yo ya no puedo volver a Arequipa  después del último infarto que me dio precisamente allí, cuando la visitaba en octubre del 2008. Reconozco su estado de ánimo por el tono de la voz y a veces quisiera estar sentado en su sala para conversar largo y escuchar las historias que a veces sé y otras oigo por primera vez. El tiempo pasa, Panchín nuestro hermano intermedio ha muerto y poco a poco vamos cerrando el libro de la vida. Tal vez por eso escribo estas historias antes que lo recuerdos se borren y queden las fotografías sin leyenda.

CUMPLEAÑOS


 

Hoy empiezo a escribir tarde: es que leer y contestar los saludos toma tiempo, sobre todo si uno deja un poquito de espacio en medio. Pero de verdad, me he sentido tan bien y tan acompañado en este cumpleaños como para disfrutar de ese calorcito que se llama amistad y cariño, de un modo excepcional.

Estoy seguro que esto que escribo, no lo leerán muchos de quienes me han felicitado y deseado lo mejor, pero sin embargo quisiera que cada una de estas palabras llegara a sus múltiples destinos, envolviendo un inmenso abrazo para todos: para los que me escribieron, los que llamaron por teléfono, los que vinieron…, los que se acordaron.

Ayer temprano hablé por teléfono con mi hermana Teté, como lo hago todos los domingos: así Arequipa queda a la distancia de un marcado de teléfono y podemos estar juntos aunque nos separe la distancia. Mi hermana, que tiene ochenta, riéndose me decía que nunca se podría olvidar, que casi nazco en el ascensor de la clínica y que todos los preparativos de bautismo no existieron, porque se presentó de improviso a la clínica Monseñor Juan Gualberto Guevara, el primer Cardenal que tuvo el Perú, que era muy amigo de mi padre, a bautizarme y la ropa con que se bautizaron mi hermana y mis hermanos y que preparaban para mi, estaba en casa y tuvo que ser sustituida de emergencia por una “mañanita” de mi madre.

Le dije a Teté que ese fue el inicio de mi informalidad: casi nazco en movimiento, me bautizaron corriendo y de seguro la llegada del Cardenal causó un desmadre en la organizada rutina de las monjas que estaban entonces en La Maison de Santé. Hoy, sesenta y cinco años y un día de vida me encuentran feliz porque compruebo que tengo (lo digo siempre) tantos amigos.

He sabido de personas a quienes había perdido el rastro hace tanto que sus mensajes o llamadas han hecho que la película de mi vida se rebobinara de tal manera a instantes tan hermosos, que estoy seguro de algo: ha sido el día en que más he sonreído y en el que también he derramado muchas lágrimas de alegría.

Sabemos que estamos vivos, porque somos queridos. Yo confieso sentirme inmensamente vivo porque es tal el cariño, que me pongo rojo de pensarlo.