EL PASADO


Aquí, el pasado suena al roce del hábito de las monjas, a rosarios recitados en voz alta, huele a pan recién hecho, se asolea al medio día y deja que las horas pasen en lo que fue la ciudad y es ahora un recinto cerrado que guarda tras muros de sillar    -la piedra del volcán, la piedra blanca- calles, alguna plazoleta, una pila de agua y las paredes de las casas pequeñas con sus techos a dos aguas para dejar caer la lluvia cierta, coronados de tejas …

El pasado, ese que no se va, permaneciendo en los libros de historia, en los sueños, tras los muros inmensos y se asolea al medio día, calentándose, para huir del frío de las sombras …

Es tremendo, pero me parece que hoy, prefiero el pasado, el de la fotografía …

Imagen: Foto del interior del convento de Santa Catalina, Arequipa, Perú,

por Manolo Echegaray

CARNAVAL AREQUIPEÑO


“Cantemos, bailemos

Sobre una granada

Hasta que reviente

Agua colorada”

Están en el patio, en la casona de la calle Santo Domingo, en Arequipa, disfrazados para empezar a celebrar los carnavales …

Bailarán y jugarán más tarde en el salón grande, donde la pesada alfombra, enrollada se junta al fondo del salón, con el piano cerrado, para hacerles sitio a las parejas, que, al compás de música alegre y entre risas, disfrutarán hasta entrada la noche …

Ahí están las hermanas: Lucila, la mayor, con un traje a lunares y gorro puntiagudo; mi madre, Tony, de pie al extremo derecho, con lo que creo es un sombrero de copa y al otro lado, Carmela con gorro de arlequín … Están también las primas … Luisa, vestida de gitana, quien que creo es Julita y Alicia. Finalmente hay alguien a quien no identifico, de sombrero con pluma …

Miran desde el pasado, desde la despreocupación fiestera, sin sospechar que nosotros las estamos mirando, desde complicidad fisgona de una fotografía …

Imagen: Foto grupo familiar Gómez de la Torre.

MONASTERIO


Bajo los arcos, en las pequeñas calles, en la plaza, el tiempo se detuvo y aguzando el oído, se escucha alguna avemaría que una voz monótona y antigua recita en el silencio.

Todo está idéntico al ayer que se fue; el agua mana de la fuente, la ventana se cierra y las sombras que los muros proyectan, hablan de un sol que es testigo silente del paso de los siglos.

El viejo monasterio espera que la noche cubra de oscuridades las paredes, para dormir su historia y prepararse para un día distinto, pero igual que otros días: Una mañana clara, mediodía soleado, una tarde tranquila y la noche, nuevamente la noche, que se repite siempre como un rezar callado.

Imagen: Interior del monasterio de Santa Catalina, Arequipa, Perú. Foto: manolo echegaray.

MI PRIMO QUICO


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En realidad se llama Enrique, pero le hemos dicho siempre “Quico”, escrito a la antigua, castizamente, sin esas dos “K” que se suelen usar y que delatan –creo yo- una especie de espíritu anglosajón o  inglés o gringo… ¡vamos! Se apellida Masías Echegaray.

 

Teniendo tantos primos, me preguntarán ¿por qué Quico como protagonista aquí y no otro u otra? Le he dado muchas vueltas y en primer lugar, es que tenemos la misma edad y a los dos (si no me equivoco en su caso) nos formó la vida. En segundo lugar y en realidad el más importante, se llama Enrique, como mi papá y al ser hijo de Marta, su hermana, seguramente le pusieron el nombre del hermano y tío. Pero además, yo me llamo Manuel y mi padre era Manuel Enrique o sea que me pusieron Manuel como él (mi abuelo paterno se llamaba Manuel también: don Manuel Echegaray Pareja) y entre los dos primos “completamos” el nombre de mi padre, su tío.

 

Si suena un poco enrevesado es porque por lo general las justificaciones explicativas, lo son, pero la verdad es que a Quico le tengo un cariño especial (¡no molestarse primas/primos!) porque él ha sido siempre lo que llamaríamos un “espíritu libre”, al que le importan muy poco o nada los convencionalismos y si hay  quienes admiré siempre, son a las personas como Quico.

 

Quico, arequipeño, con el “el” que en esa tierra antecede a nombres y apodos, es cocinero insigne, buscado por los amigos y parientes porque algo de comer preparado pacientemente por mi primo, tiene el sabor de lo auténtico y tengo que decir que de la tía Marta (nunca sé si es con h o sin ella), como que es su hijo, heredó esa maravillosa habilidad para la cocina, porque –creo que ya lo conté antes- todo lo que mi tía hiciera y que tuviera que ver con el arte (y la cocina es eso) era algo que ella hacía maravillosamente: pintaba, repujaba, dibujaba y claro…¡cocinaba! Todavía conservo el regalo que les hizo a mis padres cuando se casaron (el último día del año 1931) y que es una mesita alta, de inspiración morisca, construida en madera, totalmente forrada por lámina de cobre o bronce repujado y cuya superficie en la parte superior, está cubierta por celuloide (antepasado del plástico) verde tornasolado. Es algo que me recuerda no solo a mi padre y mi madre, sino la excepcional laboriosidad de Marta (o Martha), su buen gusto y el cariño que le tenía a su hermano mayor. Como nota curiosa, diré que en tantos años y sin cuidado especial alguno, la madera está intacta y libre de polillas. Por supuesto que el revestimiento metálico tal vez necesitaría a estas alturas el uso de un limpiador de metales, pero no me atrevo a dañar la “mesita verde” porque no sé si el color es la pátina del tiempo o un color especial…

 

 

Pero es personaje es Quico y debo regresar a él…

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Mi primo hacer fotografía y cine, además de muchas otras cosas, como haber criado gallinas “libres”, que ponían huevos verdaderamente ecológicos porque andaban sueltas todo el día y eran alimentadas (por Quico), con granos sin pesticida alguno.

 

También prepara mermeladas de pura fruta (sin “aditamentos” como espesantes o conservadores), cultiva sus propias verduras pero no es un “loquito natural”, aunque el glutamato monosódico (“Ji-No-Moto”) le produce una alergia terrible, no puede ni probarlo y tal vez esa sea una de las razones del éxito de su comida, o sea porque es “sin”.

 

Es, repito, Quico un “espíritu libre” a la manera de las gallinas que criaba (porque ya no lo hace) y vive a su aire, sin molestar a nadie, tomando una cerveza de vez en cuando, teniendo siempre tiempo para conversar y bastante despreocupado de los horarios. Vive sin Internet ni correo electrónico y no creo que vea televisión.

 

Mi primo Quico sabe de todo un poco y no se hace problemas, no los crea;  es amigo de sus amigos, con ése concepto de la amistad que parecería hoy, algo pasado de moda…

 

Finalmente, escribo esto sabiendo que mi primo no lo va a leer, porque si lo hiciera, estoy seguro que no le gustaría o me diría: “¡Cojudeces…!”

 

Imagen: depositphotos.com / bonhampta.wordpress.com

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS PATINES DE TETÉ


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Por si acaso no se trata de “sacarlos trapitos al sol” ni de escribir sobre una costumbre deportiva de mi hermana, sino sobre una de las que  casi llamaría yo manía, como las que tenemos todos y a las que mi hermana mayor no era inmune…

 

Teté gustaba de tener los pisos de su casa brillantes y para ello se enceraban y quedaban como verdaderos espejos, pero el trajín  diario los iba desluciendo y al tiempo eran espejos sí, pero empañados…

 

A pesar de la pasada constante de la lustradora, mi hermana no quedaba contenta y tenía un sistema, que a mí, la primera vez que lo vi en funcionamiento me pareció una exageración, casi de otro mundo porque si los japoneses se quitan los zapatos en las habitaciones para no dañar el tatami o alfombra tradicional que creo está tejida de fibra de arroz, que cubre íntegramente los pisos, Teté tenía unos “patines”, que en realidad eran trozos de fieltro o tela gruesa y suave que se pisaban y  arrastraban al caminar, abrillantando con ese acto repetido  la superficie revestida de madera o linóleo.

 

Les llamábamos “patines” porque efectivamente daban al que los usaba (que eran TODOS en la casa), la sensación de patinar, pues lo que hacían era deslizarse por el piso cumpliendo con su función abrillantadora…

 

Eran siempre motivo de broma, pero Teté no cedía un milímetro y el resultado eran pisos brillantes y orgullo de ama de casa para la que todo andaba en orden en lo que atañía al funcionamiento de sus dominios hogareños.

 

Cuando iba a Arequipa de vacaciones, como me hospedaba siempre en casa de mi hermana, hacerlo era como vivir una temporada en una pista de patinaje…