EL TERROR


Hace muchos años, un libro me aterrorizaba…

Estaba en el colegio y recuerdo bien cuando me dijeron que, para el siguiente año, habría que comprarlo, porque era fundamental …

No lo tenía y por lo tanto no lo había abierto siquiera, pero los comentarios alrededor de él, no eran muy prometedores y más bien resultaban de miedo. Su grosor prometía una cantidad de contenido, que estaba seguro iba a superar cualquier suposición porque al comparar el mastodonte con los demás “libros de texto”, estos resultaban ser una especie de libretitas inocuas, delgaditas y simplonas…

Llegó el día nefasto (porque todo llega en esta vida) en que tuve en mis manos el susodicho y no me atreví a mirar lo que había dentro, abriéndolo: tanto había escuchado, que ni la natural curiosidad de un chico pudo vencer al miedo. Era como tener cerca a una cucaracha grandota y amenazante, o a un dragón exhalador de fuego, de dientes afilados y baba venenosa. Estaba allí, sobre la mesa de mi cuarto, como al acecho, como esperando que lo abriera, para vomitar maleficios extraños en un idioma incomprensible…

No por nada tenía en la carátula, la imagen de un árabe, con turbante, barba y bigote, uno de esos, seguramente, que pelearon contra los caballeros cruzados, para que la media luna aplastara a la cruz… Yo había oído las historias de batallas sangrientas y en mi mente, dentro de ese libro, el horror se condensaba…

Finalmente, tuve que vencer al miedo y cuidadosamente lo metí en mi maletín, dándome cuenta que entraba con las justas, dejando un espacio pequeñito para la cartuchera, que tenía dos lapiceros, para llevarlo al colegio, porque tendríamos la primera clase en la que habría que usarlo. Me sentía raro, porque sería la primera vez que la magia negra abría sus puertas para enseñar su vientre hinchado de maldades y yo… ¡yo!, lo vería.

El profesor, desde la mesa, se dirigió a la clase y dijo las palabras fatales: “¡Saquen el BALDOR!”

NOTA: Con el debido respeto, para César Milcíades Olea (QEPD), profesor.

Imagen: http://www.chilango.com

EL POTRO, EL CABALLETE


Potro” se le llama al caballo joven y si lo es mucho, “potrillo”, que suena a pequeñito y lo mismo sería si le decimos “caballete”

Pero hay otros “potros” y “caballetes” y acerca de esos es que escribo ahora…

En el colegio, siempre fui una nulidad en el curso de educación física (pero fue por matemáticas, además de física-química, que me “jalaron” de año), aunque mi camisa blanca, “short” celeste y zapatillas, eran mi atuendo un día a la semana, en que “había clase”, con los profesores Alponte, con sus anteojos de lunas verde oscuro, y Cano, al que le decíamos “Canito” …

Formábamos en fila vertical en el patio, “tomábamos distancia”, levantando el brazo hasta ponerlo contra el hombro del compañero que estaba delante y después la fila se “desplegaba” horizontalmente, también tomando distancia, pero esta vez con los brazos perpendiculares al cuerpo, hasta con la punta de los dedos, tocar la del compañero de al lado…

Entonces hacíamos “gimnasia rítmica” que consistía en ponerse de cuclillas, con los brazos estirados hacia el frente, levantarse y girar a izquierda y derecha el torso, con los brazos abiertos, “marchar en el sitio”, levantando enérgicamente y bien las piernas dobladas, aumentando la velocidad de la marcha progresivamente, saltar en el mismo lugar, abriendo las piernas y volver a hacerlo cerrándolas, para después sentarse en el suelo, con las piernas recogidas y los brazos abiertos (“¡Bien derecha la espalda!”), levantar los brazos, bajarlos abriéndolos lentamente , apoyar las palmas de las manos en el piso, estirar las piernas y levantar el cuerpo, echando hacia atrás la cabeza. Todo esto, varias veces, para luego hacer “planchas” boca abajo y terminar de cuclillas, con las manos en la nuca y “caminando” sobre el sitio, con una mezcla de cansancio, sudor y mugre en el fundillo del “short” celeste y si no había suerte, también en la camisa blanca…, lo que suponía una requintada en casa, porque “¡Mira la cochinada que tengo que lavar…!”

Pero había veces que íbamos a “las sogas”, al fondo, donde de una especie de viga muy alta, pendían sogas, una con nudos y otras sin, para que, a pulso, subiéramos y bajáramos… Yo, lo confieso, nunca pude más que subir un poco y bajar casi tirándome al piso y esto, usando la soga con nudos… Recuerdo claramente a un compañero que vigorosísimo, subía a pulso por la soga lisa y bajaba también a pulso: ¡Tarzán era una basurita de historieta a su lado…!

Pero el título hace referencia al “Potro”, que era uno de los elementos de la “gimnasia con aparatos”, con que nos “sorprendían gratamente” más veces que las que yo, personalmente, hubiera querido…

Estaban “El Potro” y “El Caballete” cuya diferencia, es que uno, el “potro” es un artefacto fijo, que tiene una superficie dura, pero cubierta de cuero sintético, “barnizado” por el uso y dos anillas o sujetadores, empotradas (nunca mejor usado el término) y que servía para realizar impresionantes ejercicios y “figuras” “olímpicas”, con los brazos y las manos como soporte único…

El “caballete”, con una colchoneta colocada en un extremo, en el suelo, servía para que los alumnos llegaran corriendo hasta el extremo opuesto y saltaran dando un volatín sobre la superficie “acolchada” del adminículo, para caer al otro lado, con las piernas flexionadas y los brazos abiertos (mismo funámbulo o maromero), o para “saltarlo” apoyando las manos en la superficie “acolchada” y abriendo las piernas e impulsarse al otro lado en una especie de cabalgada gimnástica. La colchoneta era para proteger del contrasuelazo a los lerdos, como yo…

He titulado “El Potro, El Caballete” a este pequeño artículo memorioso, porque siempre me acordé al pensar en el aparato gimnástico, de ese otro “potro”, famoso y nefasto: el de torturas…

Imagen: mariajocorchueloef3.blogspot.com

LA COLMENA,EL LADRILLO Y EL TRANVÍA / II


COLEGIO IJNMACULADA LA COLMENA.jpg

Aunque dicen que nunca segundas partes fueron buenas, me arriesgo y aquí va la segunda y última parte de “LA COLMENA, EL LADRILLO Y EL TRANVÍA”, que espero complete lo que quedó sin tocar, es decir, los dos primeros: La Colmena y el ladrillo”.

 

La Colmena es la calle donde queda el edificio que fue el colegio “De la Inmaculada” y que albergaba cerca al “Venezia”, restaurante sobre el que se tejían historias que nunca confirmé y al frente del colegio la bodega de los Chiappe, dos de cuyos integrantes familiares eran alumnos del colegio y que tenía en la puerta un gato gordo (“gato de bodega” le decíamos) que miraba plácidamente el discurrir de la gente y los días. Allí, en los mediodías escolares eran infaltables las empanadas para unas hambres pre-almuerzo, dignas de escolares famélicos…

 

Aunque “La Colmena” se extendía a la derecha y a la izquierda del colegio, una especie de límites no consignados en ninguna parte eran la plaza San Martín por un lado y la plaza Dos de Mayo por el otro; el cine “Le París”, que proyectaba películas “para adultos” (y a veces con “serias reservas morales”) según la censura –supongo que “oficial” y definitivamente católica-) que eran publicitadas por afiches colocados en las vitrinas y el “foyer” del cine y eran la atracción prohibida y culposa de los “inmaculados” que pasaban por allí, camino al trasporte que los llevaría a sus casas…

Recuerdo que en un acto de moralidad militante, un grupito comandado por el P. González Quevedo, preparó una ofensiva contra las “inmoralidades” que se veían en el “Le París”, llenando focos a los que se les había cortado la parte de rosca metálica y vaciado de filamentos internos, con pintura, que se taponaron con trapos o papel periódico, en el laboratorio de química.

 

Fuimos una tarde-noche, luego de quedarnos a “preparar” lo que ahora se llamaría “el atentado” y quitándonos los escudos del uniforme, caminamos hasta el cine y tiramos los focos con pintura sobre los “pecaminosos afiches”, para después correr de regreso al colegio, donde agitados por la “aventura moralista” comentamos, mientras escondidos en una clase, temíamos haber sido perseguidos por alguien…

 

Por supuesto nadie nos persiguió y supongo que quienes nos vieron se sorprendieron pero no hicieron nada; además éramos perfectamente identificables porque por la zona éramos los únicos chicos con uniforme de saco azul y pantalón gris, aunque no lleváramos el escudo metálico con la “C” y la “I” cruzadas, prendido en el bolsillo superior del saco.

 

Supongo y ya no me acuerdo, que del cine se quejarían, pero ni nos acercamos a él para ver los “estropicios moralizadores” y guardamos absoluto silencio Estoy seguro que limpiaron el lugar y repusieron los afiches manchados por la pintura…

 

LA COLMENA 2.jpg

 

 

El ladrillo era el material con que estaba construido el colegio y su mole rojo oscuro (“rojo ladrillo”) abarcaba casi toda una manzana y por supuesto todo el frente de la cuadra  6 de “Colmena izquierda”…

 

Después de misa, para los que habían comulgado y comprado su boleto de color azul que decía “A.M.D.G”, en la portería, había un “desayuno veloz” que consistía en leche chocolatada” que venía en botellas de vidrio ya vacías de “Coca-Cola” más un “chancay” (ese pan dulce tradicional, que en realidad eran dos pegados). A la bebida se llamó desde siempre, en el colegio, “ladrillo”, y existían los rumores –en broma, por supuesto- que se hacía con el polvo de los ladrillos… ¡Bien “tradicional” el asunto!

 

Y no puedo finalizar sin advertir que en la fotografía que ilustra la anterior y esta entrada, figura un tranvía cuyo “trole” es una especie de rejilla metálica que hace contacto con el cable que lleva la corriente eléctrica y en mi entrada anterior menciono una “ruedita” que es la que hace este contacto; bueno, los había de uno y otro modelo9, siendo el más común la “ruedita”.

 

Disculpen por lo largo del texto, pero ha tratado de no dejar fuera recuerdos que tengan que ver con los dos temas que aquí se trata. Es verdad que hay mucho más y que el ovillo va desenvolviéndose poco a poco, pero no se trata de cansar a nadie con mucho de algo…

 

Ilustraciones: Fotografía por Carlos Iturrino / Dibujo por José María Salcedo (de la carátula, revista “Gonzaga 63”).

 

 

 

 

 

EL EXPRESO


EL EXPRESO 1

La cola para tomar el “Expreso”, ómnibus Mercedes Benz  azul con plateado, de la Empresa Municipal de Transportes, que nos llevaba desde el colegio, en el centro de Lima, hasta nuestras casas en Barranco, no es que fuera muy larga, era ordenada y se formaba en una callecita cuyo nombre no recuerdo, pero que si no me equivoco, desembocaba en la plaza San Martín y ahí nomás estaba el cine “Colón”.

 

Todos los días de lunes a viernes era obligado hacer la cola, después de la salida del mediodía del colegio, para ir a casa, almorzar y volver a clases por la tarde; el ómnibus se llamaba “Expreso Miraflores”, pero llegaba hasta Barranco que era el punto final del recorrido, desde donde regresaba a Lima. El viaje, en su mayor trayecto, discurría por la avenida Arequipa y había paraderos fijados donde –en algunos lugares- se ubicaba un “reloj-controlador”, en el que el cobrador, bajando del ómnibus, tenía que visar para control.

 

El “Expreso” tenía cobrador, el que recorría el bus reclamando el pago y viendo que todos tuvieran boleto, o se ubicaba cerca de una de las dos puertas, la que quedaba al medio y era doble, para efectuar el cobro respectivo.

 

Los ómnibus Mercedes Benz del “Expreso” tenían cambios eléctricos y se hacían con una palanquita pequeña que estaba en el árbol del timón que era grande y blanco, del mismo color que la manijita de plástico de la palanca: no había ruido alguno y solamente se notaba por los cambios de velocidad del vehículo; las puertas de entrada y salida (“la subida y la bajada”) eran operadas por el chofer y eran accionadas por un mecanismo neumático que emitía un “¡chisss!” característico.

 

Cuando uno iba a bajar, un par de cuadras antes del paradero, tiraba de un cordoncito que corría a los dos lados de la parte superior lateral del interior de la carrocería y hacía sonar una campana de aviso; los asientos eran “acolchados”, forrados en marroquín rojo, imitación cuero, que c el tiempo y el roce habían puesto brillante y más bien liso.

 

Recuerdo claramente que entre todos los cobradores que nosotros – usuarios habituales de la línea- conocíamos, había uno muy gordo, con el rostro rojizo y congestionado, era como LarryEL EXPRESO – uno de los Tres Chiflados– pero mucho más gordo, algo calvo, con el pelo un poco crecido, canoso, crespo, despeinado y llevaba en la cintura una bolsita de cuero donde tenía compartimentos para las diferentes denominaciones de moneda y el talonario de boletos; de una cuerdita pendía el aparatito para picar boletos e invalidarlos, haciéndoles un huequecito, lo que significaba que en efecto se había pagado; en realidad el perforador ese era un artilugio que llevaba el revisor, un personaje que podía subir en cualquier parte de la ruta a pedir los boletos que al ser mostrados, eran picados con el aparatito.

 

No me pregunten por qué el gordo cobrador lo tenía –tal vez esperaba “ascender” a revisor algún día- pero el asunto es que era parte de su indumentaria laboral (aunque no lo usara); mi amigo Lucho había venido observando que cada vez que el gordo bajaba para marcar un “reloj-controlador”, al subir de vuelta, golpeaba con una moneda el tubo pasamanos (¡cromado, el tubo!) y el ómnibus cerraba la puerta mientras arrancaba.

 

Pues bien, una vez, cuando el ómnibus estaba bastante lleno, sobreparó para que el cobrador bajara y apenas se acercó al “reloj-controlador”, Lucho golpeó tres veces con una moneda el tubo, el ómnibus cerró su puerta y arrancó; desde las ventanas veíamos al gordo correr gritando con una voz que no se no se oía porque las ventanas estaban cerradas a causa del frío, hasta que el bus lo dejó atrás, gesticulando y hasta ahora me lo imagino con el rostro híper congestionado y más colorado que nunca, furioso…

 

Por supuesto que nos reímos pero sin dar a conocer el motivo y lo único que recuerdo es que cuando nos volvió a tocar como cobrador, miraba insistente y desconfiado a ese grupo de muchachos de uniforme de colegio, con saco azul marino y pantalón gris que disimulaban conversando y echándole miradas furtivas…

 

Tengo también la anécdota de otro Lucho, uno que ya no está entre nosotros porque como suelo decir, cambió de barrio para ir al Barrio Eterno; en la cola del “Expreso” conversábamos esperando y Lucho se puso a enamorar “a la distancia a” una chica que estaba con dos amigas, las tres de uniforme escolar, un poco más allá, con frasecitas medio subidas de tono; de pronto escuchamos un “¡Lucho, qué te pasa…!” furioso: la chica, a la que él “enamoraba a distancia” era su hermana y a Lucho, al que se le habían roto los anteojos en el colegio, la miopía le jugaba una muy mala pasada… Dijo algo como para “barajarla”, lo fastidiamos mucho y tuvimos una anécdota más para el grupo: una de esas de los Luchos y una más de las que nos regalaba, casi a diario, el “Expreso” de Miraflores.

 

Imagen 1: cine Colón/ Wikipedia

NO ES MÁS QUE UN HASTA LUEGO


NO TE DIGO ADIÓS, SINO HASTA PRONTO

Por qué perder las esperanzas

de volverse a ver…

Por qué perder las esperanzas

si hay tanto que ver.

 

No es más que un hasta luego

No es más que un breve adiós…

Muy pronto junto al fuego

Nos reunirá el Señor.

 

Con nuestras manos enlazadas

y en torno al calor…

formemos esta noche

un círculo de amor.

 

No es más que un hasta luego

No es más que un breve adiós…

Muy pronto junto al fuego

Nos reunirá el Señor.*

*Canción de despedida de los Scouts.

 

Te vamos a extrañar, Javier, pero sabemos que pronto volveremos  a estar todos juntos en un recreo eterno, donde no importan   los goles pero siempre se necesitan jugadores y barristas.

Manolo.

CUANDO UNA EXCEPCIÓN A LA REGLA HA SIDO TU COMPAÑERO DE COLEGIO


CUANDO UNA EXCEPCIÓN A LA REGLA HA SIDO TU COMPAÑERO DE COLEGIO

“…pocos conocemos le sucedió al Dr. Jorge Alva Hurtado (actual Rector de la Universidad Nacional de Ingeniería), él fue un perito contratado en el proyecto del Transvase Olmos por el estado, por vergonzoso cobro que hacía Odebrecht al estado, resulta que Odebrecht había solicitado mayor pago por la voladura de rocas en el transvase, la empresa Brasileña quería cobrarle 250 millones de soles (unos 75 millones de dólares) al estado Peruano, él Dr. Alva en su informe señaló que según los metrados a Odebrecht solo debía pagársele 17 millones de soles (5 millones de dólares). Se comenta que como venganza, Odebrecht les pidió a todos sus socios que no le den ningún trabajo de consultoría a la empresa consultora del Dr. Alva, y así fue. Este quizás sea uno de los muchos casos o ejemplos de cómo los ingenieros habían puestos metrados falsos, precios unitarios falsos, costos inflados para darle sustento y cobrarle, en este caso casi 15 veces más del costo real, dinero que al final no fue cobrado a pesar que los sinvergüenzas de Odebrecht apelaron al fallo.

 

Jorge Alva Hurtado, ingeniero civil, ha sido mi compañero de colegio y me siento muy orgulloso de él y aunque tal vez para muchos esto sea irrelevante, estoy seguro que todos los que compartimos con él nuestros años escolares en el viejo colegio de los jesuitas en la avenida “La Colmena” del centro de Lima, tenemos el mismo sentimiento.

 

El link (https://www.linkedin.com/pulse/quienes-elaboraron-informes-tecnicos-enga%C3%B1osos-para-la-luis-f-castro) que motiva este post lo pasó un compañero de clase y creo que esta es una muestra de que al final del túnel siempre hay una luz y que la esperanza es una planta que no necesita mucha agua para seguir viva; en medio del desmadre de corrupción que parece llevarse de encuentro todo en nuestro país el saber que hay personas como Jorge nos dice que no se perdió todo y hace que la fe en un mejor futuro se recomponga.

 

Es verdad que una golondrina no hace verano pero también es cierto que las golondrinas no vuelan solas.

 

Imagen: http://www.guiainfantil.com