LOS MUCHACHOS DE BARRANCO


Hoy es 12 de octubre y es el cumpleaños de mi amigo Lucho;

nuestra amistad empezó a comienzos de la década del 50, el siglo pasado, lo que suena antiguo y lejano visto así, pero en el corazón parece que hubiese sido ayer …

El título de este post viene a cuento, porque desde entonces hemos sido y somos, cuatro amigos barranquinos, compañeros de colegio, de clase, de juegos, de aventuras y seguramente de alguna desventura: Lucho, Carlos, Germán y Manolo (o sea yo). Cuatro, como los Tres Mosqueteros …

Lucho se nos adelanta en cumplir años por unos meses, luego viene Carlos, le sigo yo y el “menorcito” es Germán, aclarando que Lucho y Carlos son “del año anterior”, porque yo soy de abril y Germán de mayo…

La “máquina de recordar”, me trajo a la memoria hace unos días, la música y letra de un valsecito criollo, que cantábamos, Lucho (él siempre con su guitarra) y yo en nuestra incipiente adolescencia… Hay que aclarar que el vals “original”, lo cantaban nuestros hermanos mayores (Paco, Manolo y Pancho), de los cuales “heredamos” el “Club Unión Deportivo Barranco”, que “funcionaba” en el garaje de mi casa, de la calle Ayacucho y que como deportivamente éramos bastante malos, “ampliamos” la cobertura del club e incorporamos a “no-barranquinos”, compañeros de clase deportistas, que jugaban fulbito y que permitirían darle razón a lo deportivo, en el nombre de la institución, denominación que cambiamos ligeramente, llamándonos desde entonces “Club Deportivo Unión”…

Para no alargar más esta pequeña historia, la letra del vals me aventuré entonces a cambiarla un poco, para que fuéramos los cuatro amigos los protagonistas, en lugar de los hermanos de Lucho, mi hermano y sus amigos los dos Felipes, (a quienes les decían a uno “el Seven” y al otro, “Calvino”) …

Aquí estamos

los muchachos

de Barranco,

Lucho, el “Chino”,

Carlos Moisés y Manolo,

conversando de las “gilas” animados,

no importa si es que es blanca

o morenita…

(bis las dos últimas líneas).

¡Ahora con punta y talón,

muchachos del Barranco ideal,

que me disloco por verlos bailar

este precioso vals…

(bis la estrofa)

“Chino” dice que no hay como su Elenita,

Carlos parla sin cesar de Josefina,

(una voz: ¡Napoleón!),

don Manolo habla hoy de una alemana,

Lucho no habla,

Lo mandaron a la cama…

Ahora con punta y talón,

Muchachos del Barranco ideal,

Que me disloco por verlos bailar

Este precioso vals…

(una voz: ¡Sí señor!)

¡Ahora con punta y talón,

Muchachos del Barranco ideal

Que me disloco por verlos bailar

este precioso vals…!

La música la tengo en la memoria y Lucho, seguro, la podrá cantar acompañado –repito- como siempre, por su guitarra…

Este pequeño post, con memorias y música, es mi regalo cumpleañero para Lucho, teniendo pendiente un gran abrazo “post-Covid” y una charla larguísima.  ¡Sapo verde tu yú!

Imagen: Lucho y Manolo, hace años

LOS DESAYUNEROS


Se reunían temprano, en una de las mesas que estaban en el exterior del café, sobre la vereda; generalmente primero eran dos, a los que poco a poco se iban uniendo otros y el mozo acercaba sillas, o una mesa más, si fuera necesario. Ya sabía que de lunes a viernes se reunían lo que él llamaba “Los Desayuneros”, que conversaban, comentaban noticias oídas en la radio, mostraban un periódico, compartían silencios y fumaban…

¿Desayuno…? ¡Nada! Solamente café; litros de café y algún vasito de agua para alguien. Podían haber sido “Los Tempraneros”, o “Los Converseros”, o tal vez mejor, “Los Cafeteros”. Pero les llamaban “Los Desayuneros” y ese nombre era adivinado a la llegada de los dos primeros, cinco días en la semana, por el mozo inventor, que se sentía parte de ellos.

Imagen:  https://thumbs.dream

UN DÍA DESPUÉS…


Ayer, catorce de setiembre, se cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento de mi padre y, francamente, no pude escribir nada al respecto, como hubiera querido, porque como le dije a un amigo, los recuerdos se agolparon y el tumulto me bloqueó…

No importa cuántos años hace de su partida, pero lo que nunca olvidaré es que su vida se extinguía, mientras yo le hacía masajes y presión en el pecho, turnándome con su médico cardiólogo y amigo, que le daba respiración boca a boca; todo vuelve como una película y estoy viendo al médico terminar de tomarle la presión, empezar a guardar el aparato, cuando mi padre, echado, tira un poco su cabeza hacia atrás, abre la boca y balbucea, como queriendo decir algo. El médico de inmediato me pide que con las dos manos entrelazadas me apoye sobre el pecho de Manuel Enrique y haga presión fuerte, una y otra vez. Él, a su turno, le practica respiración boca a boca. Esto se repite cuatro, cinco, seis…, incontables veces, hasta que, llorando, el médico, su amigo, me dice que ya nos detengamos, porque no está recibiendo oxígeno… Mi padre se ha ido y sobre la cama queda el envoltorio, que es su cuerpo. En la habitación estamos mi madre, mi esposa, el médico y yo. Llorando, en silencio, creo que todos rezamos…

Ahora que lo he escrito, pienso que la vida de mi padre se fue de entre mis manos y que tal vez el último contacto que sintió fue el mío, desesperado y lleno de cariño, diciéndole: “¡Por favor, no te vayas…!”.

Han pasado los años –no importan cuántos, como dije- y de vez en cuando me pongo a mirar las fotos donde aparece él, casi siempre sonriendo … Veo la única foto que tengo del matrimonio de mis padres, en lo que podría ser la casa de los abuelos Gómez de la Torre, en la calle Santo Domingo, en Arequipa: es el último día del año 1931…

Otra vez se agolpan los recuerdos y prefiero no seguir escribiendo… Sólo quisiera que sepas Manuel Enrique, que los quise y los quiero mucho a Tony y a ti…

¡HISTORIA!


Nicolás Zalba S.J., mi profesor de Historia Universal en el colegio, si aún viviera, estaría feliz con algo como esto, como “Destripando la Historia“, de donde extraigo esta maravillosa forma de conocer sencilla y alegremente al héroe Gilgamesh…

Nicolás Zalba me enseñó a amar la Historia; mi agradecimiento eterno por ello, y me encantaría que comprobara que la Historia, como él decía, no es una sucesión aburrida de fechas y lugares.

¡Disfrutemos, cantemos y aprendamos…!

Imagen: Youtube Gilgamesh,”Destripando la Historia

MELODÍA INMORTAL


Es el título de una película con Tyrone Power y Kim Novak, que de pronto me viene a la mente y me veo, de unos nueve o diez años, en el cine “Zenith” de Barranco – el que tenía las localidades de “lateral”, “platea” y “galería”-, sentado con mi madre, listos para ver esa película, que trata sobre la vida del pianista Eddie Duchin…

Paso las páginas mentales de un álbum de fotografías, mientras escucho interpretar al piano melodías de Beethoven, Chopin, Mozart y varios cásicos más y allí está Tony, mi madre, tocando concentrada el piano en el gran salón de la vieja casa de la calle Santo Domingo, en Arequipa…

Mi madre que aprendió a tocar el piano y no la guitarra, como alguna vez me lo dijera, con pesar, porque con la vida casi de trashumante que llevó, acompañando a mi padre, ingeniero de caminos, viajando por los más disímiles pueblos y ciudades del Perú, no podía llevar con ella algo tan voluminoso como un piano; quizás por eso, su instrumento era el tarareo y escuchaba tanta música, música que me enseñó a gustar desde pequeño…

Escribo esto, sabiendo que ya lo conté antes, pero tuve ganas de compartirlo nuevamente, porque la música del piano hizo que las páginas de mi álbum de fotografías mental, fueran pasando despacito y reviviera esos instantes que forman parte del tejido de mi vida y que fueron posibles, como yo mismo, por Tony; también y muy principalmente, porque un día como hoy era su cumpleaños. Nació el 26 de junio de 1911…

Ella puso en esta vida mía: La música de su sonrisa, la de su tararear, la de sus ojos marrón claro -en los que como lo dije en algún otro lugar, en su color, conocí a mi abuelo Francisco-, ella puso la música que escuchábamos juntos y que cuando yo le decía, medio aburrido, “No entiendo, mamy…”, ella sonreía para responderme que la música había que sentirla…

Por eso el título de este post… Es que la música, que me recuerda a mi madre, es inmortal, como quisiera que fuera su recuerdo mismo, aunque un día terminen para mí las notas musicales del concierto…

Imagen: freepik