EL “TOMBO” DE LA ESQUINA


Tombo” es la palabra usada en la jerga popular peruana para designar al policía, así como “patuto” se le llama al auto patrullero de la policía y “cómica” a la comisaría o local policial…

Patuto” y “cómica”, tienen evidente parentesco con las palabras originales y son una deformación –evidente- de estas, pero “Tombo”, confieso hidalgamente que no sé de dónde proviene y no creo que sea de “tomb” (“tumba” en inglés) …

 “Tombo”, cuando se refiere a varios de ellos o a la institución policial, se convierte en “la tombería” y a las mujeres-policía, se las conoce, criollamente, como “tombas”. No soy un conocedor de la jerga nacional y como pasa con todo lenguaje, esta cambia, se va modernizando e incluye muchas novedades, o sea que dudé mucho antes de escribir este post, porque de pronto estaba usando como tema, un término… ¡En desuso!, pero al parecer “tombo”, es una palabra que se continúa utilizando, aunque eso de “El tombo de la esquina”, sea algo que huele a pasado…

Me explico: Cuando era chico, era muy común ver a un policía, si no en cada esquina, sí lo suficientemente notorios para que uno sintiera su presencia cercana. El policía era una persona de confianza, que se conocía, aunque fuera solamente de vista, y daba la tranquilidad de sentirse protegido… “Tombo” no era una palabra adecuada para dirigirse a él (siempre me pareció despectiva) y se le decía “Señor policía” o “mi guardia” (la policía es la “Guardia Civil del Perú”); sentíamos respeto por ese hombre que nos cuidaba y que estaba presto para ayudar en cualquier situación necesaria…

Si escribo “tombo”, es por usar una palabra que me suena original y en ningún modo por parecer faltoso u ofensivo, porque me imagino muy bien lo difícil que debe ser policía en un país como el Perú, donde la delincuencia crece, se vuelve más audaz y –desgraciadamente- a veces, parece rebasar los esfuerzos de la autoridad por contenerla…

El “tombo de la esquina”, fue una verdadera institución en mi infancia y sabíamos que su sola presencia, ahuyentaba a los maleantes; lamentablemente no guardo ningún nombre en mi memoria, pero sí el cariñoso calor interno que produce saber que están cuidando de ti a toda hora.

Imagen: inaepxvi1997.blogspot.com

COCO


No se me ocurre, amigo mío querido, otra manera para empezar esta nota, que llamarte como siempre lo hice y estoy seguro lo han hecho todos.  Jorge Chiarella Krüger, resulta muy formal para quien te tuvo y te tiene cariño.

Sé que me estás escuchando, ya que siempre estuve seguro que leías los pensamientos, porque que te adelantabas a lo que uno iba a decir…

Quiero agradecerte, porque al ser parte de mi vida, marcaste un rumbo no imaginado por mí, que empezó con una conversación – ¿Te acuerdas? – en la playa de La Herradura, cuando me propusiste que te asistiera “haciendo sonido”, para una obra de teatro que dirigías y estrenarías en el Teatro de la Universidad Católica, el TUC, donde enseñabas. Se trataba de “La Sentencia” de Sarina Helfgott…

Fui por primera vez al TUC, con mi grabadora “Sony” de carrete y parlantes desmontables, me contaste sobre los efectos y la música que necesitabas y me preguntaste si podía dibujar unos afiches de circo, para ponerlos como escenografía y días después, haría la ilustración y diseñaría el “programa de mano”. Tú me introdujiste en ese mundo maravilloso, mágico, del teatro, donde tenía dos amigos: tú y Lucho Peirano…

En el TUC enseñaste a Celeste y a Alicia. 

Celeste y tú se casaron. Alicia y yo también.

Por eso te decía que le diste un rumbo que nunca imaginé, a mi vida, Coco.

De pronto se amontonan los recuerdos y nos veo a los dos, conversando sentados de espaldas a la ventana que da a la calle, en el departamento donde vivías con tu mamá, cuando nos conocimos; te veo actuar y me veo, con bastante vergüenza, actuando yo… Nos veo, en el “Solari”, cerca del TUC, tomando un café con Celeste, Alicia y los amigos

 “tucos” …

La amistad que hicimos ha seguido y ni el tiempo ni las cosas dispares que cada uno hizo: tú teatro y yo publicidad, significaron nunca una separación…

Estás leyendo mi mente y sabes cuánto te vamos a extrañar Alicia y yo. Perdóname, perdónanos, porque no llegamos a conocer tu sala teatral, ni te pudimos dar un abrazo de felicitación.

Perdóname, por estas deshilvanadas letras, Coco…

Te quiero mucho, amigo.

EL MISTI


Me perdonarán los arequipeños, pero no es precisamente a su volcán tutelar al que voy a referirme, sino a algo menos monumental, tal vez más prosaico, pero de no menor fama y prosapia en Barranco, el distrito-balneario donde me crie, viví las aventuras inimaginables de la niñez, hice amigos que hasta hoy permanecen sólidos como tales (alguna vez escribiré sobre “Los Cuatro de Barranco”), recorrí sus calles en mi bicicleta o las “aplané”, junto con Lucho (uno de los cuatro), yendo y viniendo de su casa a la mía y viceversa, en un conversar sin término, de los “importantes” temas que ocupan a los adolescentes.

Ese Barranco que en mi memoria es un universo amable, pero que en realidad era como un pequeño y tranquilo pueblo, donde “el chino Perico”, la panadería de los Mangini en la avenida Grau, las boticas “Americana” y “Grec”, la ferretería de Chiappe, el sastre, también de la avenida Grau: el “maestro” Caycho, “Cucaracha”, cargador servicial del mercado, el “Negro Camote”, organizador de los desfiles de palomillas cada 28 de julio, “Platanazo”, su hermano “Gasolina” y tantos otros, formaban una comunidad variopinta y vuelvo a decir, amable, familiar, en ese lugar cálido que nos vio, a mis amigos y a mí, crecer y convertirnos en jóvenes adultos…

Allí, estaba y por lo que creo, está todavía, la “Librería e Imprenta El Misti”, de propiedad de Valdivieso, en la calle Unión, cerca al chifa más chifa que conozco y que se llama “Chung-Yion” o “Chifa Unión” …

El Misti” era ese mágico lugar donde iba con mi mamá primero, para comprar útiles escolares y las “famosas” láminas, que, de diferentes temas, usaba para hacer las tareas de colegio, recortando y pegando en mi cuaderno a San Martín en el balcón de Huaura, al oso de anteojos o a Manco Cápac y Mama Ocllo, saliendo de las aguas del lago Titicaca…

Allí había de todo y más, para un chico al que el mismo dueño, el señor Valdivieso, atendía, sugiriendo, alguna “novedad” que de seguro me iba a gustar…

Es curioso, pero asocio a la “Librería e Imprenta El Misti” con el olor (que no sabría definir bien ahora), de la tinta china, esa “Pelikan”, creo, de pomito de vidrio y etiqueta amarilla, o con la imagen del frasco de goma líquida, de vidrio grueso, con su tapa-dispensador de jebe rojo…

Librería e Imprenta El Misti”, parte de esa vida que ha quedado atrás, pero cada tanto regresa, con el paso quedo de los recuerdos, que me hacen sonreír y pensar cuán exacto es el nombre del libro de memorias de Pablo Neruda: “Confieso que he vivido”.

Imagen: http://www.aracari.com

EN EL “DÍA DE LA MUJER”


La mujer de mi vida

Tiene nombre de reina

Y se llamará siempre

 María Antonieta.

La mujer de mi vida

Tiene porte de reina

Y lo perfumó todo

Con aroma a violetas.

La mujer de mi vida

Hace tiempo no sueña

Porque partió sonriendo

A la morada eterna.

La mujer de mi vida

 hace calladas señas

desde esa nube blanca

del viento pasajera.

La mujer de mi vida

Amable consejera

Está viva en mi mente

Y abrazarla hoy quisiera.

La mujer de mi vida

Nombre y porte de reina

Perfumó de violetas

Sus indelebles huellas.

MANOLO.

HACÍAMOS COMERCIALES


Cincuenta años de vida como profesional de la publicidad, son muchos años y una innumerable cantidad de comerciales para tele y radio (“spots”), así como toda la clase de material para comunicar algo, que hice, forman un equipaje voluminoso, pero sorprendentemente ligero…

Esto, como lo he dicho más de una vez, ha sido una verdadera aventura; en realidad, muchísimas aventuras que hacen una de mayor tamaño…

Hacíamos publicidad, comerciales, y nos divertía mucho, porque trabajo que a uno no le entretiene o divierte, es algo que a la larga se hace mal y hace mal al que lo hace. Gracias a los comerciales, conocí el Perú y cuando trabajé en Colombia, gran parte de ese hermoso país…

Pero, sobre todo, pude conocer personas excelentes que formaban parte de esta aventura, como directores de cine, editores, modelos, actores, locutores, profesionales del maquillaje y la producción, de la confección de vestuario…; locutores, sonidistas, iluminadores y tantos otros que realizaban las tareas más inverosímiles y a veces humildes, como cargar cables, manejar una grúa o servir sándwiches.

Me permitió intimar con clientes y con ejecutivos de cuenta de las diversas agencias por las que pasé, aprender de ellos y hoy les agradezco toda la paciencia que demostraron siempre, ante mis preguntas, de seguro, muchas veces impertinentes.

Los comerciales fueron fuente de diversión y aprendizaje; supe acerca de cosas que, de otro modo, nunca habría conocido y me permitieron ampliar, agradablemente, el número de mis amigos.

Digo todo esto porque “un comercial” suele durar segundos en la televisión y quien lo ve, no se imagina el trasfondo que tiene, la gente que participa y el tiempo que toma –desde que se tiene la idea y se escribe la primera línea del guion – hasta que uno lo ve, distraído, en la pantalla.

Sí, hacíamos comerciales, publicidad y nos divertíamos, aunque esto pueda sonar extraño y hasta exagerado. Pero estoy seguro que mis amigos, compañeros de “trabajo” (perdonen las comillas), extrañan como yo esa adrenalina que nos impulsaba a seguir adelante, saltando los obstáculos.

Como decía el recordado Augusto Ferrando, “Un comercial y regreso”…

Imagen: En la filmación de un comercial para camisas “Robin Hood”, en los 70.

SECANDO Y RECORDANDO


Algo tengo que hacer además de escribir y, entre otras pequeñas cosas personales y domésticas, lavo la vajilla después del desayuno, almuerzo y lonche-comida, seco y la ordeno; eso me ayuda a sentir que colaboro con los ajetreos caseros, aquí, donde por lo general no hay más de cuatro personas…

Para secar la vajilla a veces cojo “el secador de National”, que es uno que tiene muchos años de servicios secadores en la cocina y que me obsequiaron en Matsushita Electric del Perú, empresa de origen japonés, propietaria de la marca de artefactos electrodomésticos “National” –además de otras de los rubros electricidad, electrónica, audio y video-, para la cual durante muchos años hice trabajos de creatividad publicitaria y muy buenos amigos.

El secador de esta historia es parte de un juego (uno por cada día de la semana con una receta de cocina) que promocionaba la marca y se obsequiaba a los compradores de esta. A mí me los dio Carlos Montesino, que era gerente de la agencia publicitaria “in house” (de propiedad de la misma empresa), “INAPU” (Instituto National de Publicidad), división para la cual yo hacía mis trabajos de creatividad publicitaria.

Carlos, mi amigo hasta hoy, es una de las personas con las que más a gusto trabajé y de quien aprendí día a día, bajo la modalidad de “freelance”, que supone prestar servicios y facturarlos una vez aprobados, sin ser dependiente de la compañía y que era la forma en que yo trabajaba. Lo hice por mucho tiempo e incluso siendo director creativo en JWT, Lee Pavao, mi también amigo y gerente, me permitió que continuara “por la libre” con esta actividad; eso sí, siempre que lo hiciera en el tiempo que tuviera libre y no hubiera conflicto de intereses.

Pero volviendo a “National”, es mucho lo que tengo que contar sobre esta etapa importante de mi vida profesional y, como suele acontecerme, no tengo un orden cronológico para ello, porque los recuerdos no es que respondan siempre a fechas, sino a épocas más o menos claras o difusas en la memoria y en siguientes pequeños artículos iré compartiendo las anécdotas que forman parte del tejido de mi carrera en la publicidad por más de medio siglo…

National” me dio muchas satisfacciones y alegrías, me permitió conocer de muy cerca a gente maravillosa, sentirme útil y a veces inteligente (cosa que abonaba en mi ego de creativo) y no sería justo que todo esto se redujera a un simple secador, que, aunque no me crean, es importante para mí porque está lleno de recuerdos…