LAS GALLETAS TIENEN NOMBRE DE MUJER


Un nombre tan tradicional y común, como María, es el genérico de una galleta redonda, con el sabor dulce y suave que le da la vainilla, que nos remonta a días de niño, lonches familiares, en los que hacíamos sándwiches con dos galletas “María” y mantequilla al medio, para ajustarlas y ver como los gusanitos de mantequilla salían por los huequecitos de la superficie de las galletas …

Muchas diferentes marcas de galleta tenían y tienen también nombres de mujer, como “Margarita”, “Victoria”, “Dulcita”, o puramente femeninos, como “Morochas”, “Coronita”, “Rellenitas”, “Pícaras” y otros más… Nombres masculinos como “Casino” y nombres de hombre, como Jorge (“San Jorge”), son bastante menos abundantes, creo …

Tal vez me sesgo en el título, pero para mí las galletas representan cariño e indulgencia; amor, en suma. Como el de una mamá consentidora. Como el lonche de la tarde y el beso de buenas noches, antes de dormir …

Imagen: https://es.wikipedia.org

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CARTA A MANUEL ENRIQUE


¡Hola!

Te escribo porque, aunque conectados siempre espiritualmente, estamos lejos físicamente; tú, en el Barrio Eterno, donde te fuiste ese día por la mañana, y yo aquí, recordando que hoy es 26 de diciembre y cumples años …

Es tu 119 cumpleaños y lo celebras con Tony, Teté, Panchín y Lucho en eso que se hadado en llamar “petit comité”, pero más tarde llegarán mis abuelos Manuel, Antonia, Francisco, Margarita, mis tíos, tías, primos, tus ex alumnos de la UNI, y esa cantidad impresionante de amigos que hiciste a lo largo de toda la vida, en el Cuzco, Arequipa, Trujillo, Huamachuco, Lima, y en todos esos lugares donde abriste caminos para unir pueblos y ciudades, además de los otros que hiciste en cada actividad en la que te comprometías, desde la Acción Católica y los Caballeros de Colón, hasta la Fundación Canevaro y el recordado “Pasa el sembrador”, programa en radio “Luz”, donde poníamos nuestras voces –infantiles aún- mis amigos y yo, a los libretos que escribías con cariño especial …

Felizmente, donde te mudaste hay bastante sitio y no habrá problemas de acomodo y como allí no te cansas, no importará la cantidad de abrazos que te den, felicitándote …

Ya imagino el gentío y tu sonrisa inmensa, esa que iluminaba hasta los peores tiempos … ¿Sabes? Lo mereces. Mereces los abrazos, las felicitaciones, las efusividades y el cariño. Te lo mereces todo, porque fuiste un ejemplo por donde se te mire y yo que soy el último que queda de tus hijos, solo puedo decirte gracias, pero desde el fondo del alma, por lo que me enseñaste para poder vivir. Te confieso –aunque lo sabes, de seguro- que sigo sin que me gusten las verduras y que las matemáticas continúan siendo para mí, una ciencia extraña de la que nada entiendo …

No te distraigo más … Por aquí, todos bien, aunque el mundo camina de cabeza y te cuento que es mejor que andes por Allá, porque aquí pasan cosas que no podrías creer.

Un abrazo inmenso, dame tu bendición y nos vemos, seguramente pronto.

Hasta entonces,

Manolo.

Imagen: Manuel Enrique, 1925, Arequipa.

PROMOCIÓN


En tercero de media me jalaron en dos cursos y como en el “vacacional” también me jalaron, repetí el año.

Entonces me sentí muy mal, porque me estaba separando del día a día de los amigos que había ido haciendo desde 1952. El año iba a ser tremendo. El futuro se presentaba negro. 

Justo, antes de que me sucediera esa hecatombe, había escrito, en secreto, una carta a la Embajada Americana, solicitando datos para emigrar y ser ciudadano americano, movido por uno de esos impulsos que tiene un adolescente y que en realidad son como manotazos en la oscuridad, necesidad de afirmación en algo o deseos de sobresalir. Quería saber si podía ser miembro del FBI.

Alentado por novelas y películas, soñaba con aventuras que modernizaban en algo mis lecturas de Verne, Salgari y Rider Haggard, creyendo que se materializarían de ese modo. Éramos bastante más inocentes, ingenuos entonces, porque estoy seguro que a estas alturas a ningún chico se le ocurriría algo así. Días después de llevar a casa la sombría noticia, llegó una carta de respuesta en la que me indicaban los pasos que había que seguir para pedir la pretendida ciudadanía (de lo del FBI, nada). Mi hermano mayor vio la carta que yo no escondí bien y oí que comentaba con mis padres que seguro quería fugarme porque me habían jalado de año. No pude explicar que no era cierto, que mis sueños venían de mucho antes: que yo quería ser un agente secreto.

Repetí el año y sin dejar a mis amigos viejos (antiguos, sería la palabra, porque teníamos la misma edad) fui haciendo nuevos y descubriendo que, después de todo, el horizonte se aclaraba un poco y no había las bromas tan temidas.

Los cursos que no pasé: física-química y matemáticas, me siguieron costando sudor y lágrimas, mientras que los demás eran como echar mantequilla en un pan.

Al final, mis compañeros de antes salieron del colegio y yo, después de un año, hice lo propio. He cumplido dos veces veinticinco años de egresado, tengo dos promociones y todos los amigos que fui haciendo siguen siendo mis “patas”. Descubrí en el camino que nunca hay mal que no venga por bien y estoy muy orgulloso de saber que me quieren y los quiero. De saber que compartimos nuestras vidas tan llenas de momentos memorables. Para mí, toda la ciencia exacta sigue siendo un misterio y de eso doy gracias, porque el misterio es eso, aunque alguien, ingeniero como mi padre, tratara de explicármelo.

Publicado el 21.1.2015, en “DIARIO 16”.

PARECE QUE FUE AYER…


Mi padre murió un día como hoy, para tristeza mía, mientras estaba haciéndole masaje al corazón, alternando con el médico que le practicaba respiración boca a boca; hasta que pasado un tiempo y tas repetidos intentos del cardiólogo y míos, le pedí a mi madre que estaba a un costado, que rezara –lo que ella ya estaba haciendo, en silencio- y detuvimos los intentos de reanimación. Con las lágrimas corriéndole por las mejillas, su amigo, médico cardiólogo, me dijo que no lo hiciéramos más, porque ya el cerebro de Manuel Enrique no recibía oxígeno …

Ahí estaba mi padre, echado boca arriba, mirando al cielo, pero a ese con mayúscula, donde se dirigía. Recuerdo los ojos de sorpresa y el rictus de dolor de su boca, en el instante en que el doctor guardaba los implementos que había usado para hacer un electrocardiograma; recuerdo también el grito de su amigo médico: “¡Infarto…! ¡Hazle masaje al corazón, yo le hago respiración de boca a boca…!” Recuerdo los ojos brillantes de lágrimas de mi madre y el rezo musitado de Alicia …

Francamente ya no recuerdo más o tal vez he borrado de mi memoria esos momentos, en los que el hombre que yo soñaba de niño que viviría siempre, se iba, nos dejaba … para siempre.

Han pasado los años, pero esas escenas dolorosas han quedado grabadas en mi mente y hoy, nuevamente, me llevan a la incredulidad de esos momentos y a la curiosa confianza tranquila que siguió, porque supe que mi padre, el ingeniero constructor de los muchos caminos, había llegado con éxito a culminar el camino más importante, que era su vida misma, justo el día de la Santísima Cruz   …

Manuel Enrique, padre, ingeniero, hombre bueno, desde aquí, Manolo, el único que queda de esa nuestra pequeña familia, no solamente te recuerda, sino que te abraza cariñoso y contigo a Tony, a Teté, a Panchín y a Lucho, el hermano que me perdí de conocer …

LA CALLE, EL BARRIO, EL CORAZÓN…


Cuando los recuerdos salen a flote en la memoria, son como esos pequeños juguetes inflables, de colores, que navegan alegrando la monotonía cromática del mar de los días …

Wasapeando” con Kitty, que vivía –calle de por medio- al frente de mi casa en la calle 28 de Julio, en Barranco (la primera estuvo en la calle Ayacucho – ¡bien patriotas, nosotros…!), recordábamos los innumerables momentos en que, sentados en la grada antes de la entrada de su casa, conversábamos de todo y de nada; de las futilidades, importantes entonces, para dos adolescentes amigos entrañables y vecinos, con música de fondo que emitía el maravilloso equipo de sonido AMPEX (marca distribuida en Lima por el papá de Kitty, don Fernando) que era muchísimo más bello, potente y sofisticado que mi humilde “radiola” marca “Saba” con tocadiscos “Grundig”, amigos que de pronto decidían caminar hasta la bodega de los hermanos Piselli       –Ángel y Antonio-, que quedaba “ahicito nomás”, en la esquina, y comprar chocolates, tomar una gaseosa o comer uno de los fantásticos sándwiches “bien servidos” de jamón y queso, que nos alcanzaba Máximo, el dependiente, que tiempo después compró la bodega y que como los Piselli, ya no está más y ahora, seguro que con ellos, en el Barrio Eterno, atiende amable y solícito en la bodega que hace esquina, en una calle luminosa …

Aparecen Mimi, Anita, Pilar, Rosi, Coto, los Zavala, el negro “Camote”, “Cucaracha”, “Pluto”, los Guerrero, “Platanazo” y su bastón, “Gasolina”, Doris, los Callegari, Cecilia …

Ya no hay tranvía, pero quedan los rieles y un futuro despreocupado     –casi veraniego, de vacaciones ociosas- que estamos de acuerdo, hoy, que nos enviamos mensajes por “WhatsApp”, ya es parte de ese tiempo pasado que ha quedado anclado en el mar de la memoria, con una boya bien visible, en forma de corazón …

Imagen: https://es.dreamstime.com

Historias de grabadora II. / «JAZZ AL ANOCHECER»


Siguiendo con las “Historias de Grabadora”, recuerdo una aventura, fruto de eso que, de adolescente, uno cree poder “comerse al mundo” y que uno puede “entrarle a todo” y tener éxito en lo que emprenda …

Me gustaba el jazz, gusto que posteriormente se fue decantando, dejando en primer lugar el “dixie”; como me gustaba esa música, no quería sino compartirla, pero entre mis amigos no encontraba mayor eco o sea que se me ocurrió “hacer” un programa de radio, donde el jazz fuera el personaje (recordemos que mi “decantación especializada” por un estilo, sería posterior…), y lo primero que hice fue buscar a mi tío el coronel (r) Juan Gonzales, esposo de Lucila, la hermana mayor de mi madre, el que tenía un sobrino que era responsable, dueño o gerente – no lo recuerdo- de radio “San Isidro”, una emisora de reciente creación, que transmitía por frecuencia modulada …

Hablé con el sobrino, señor Juan Zea Gonzales, y le conté de mi “proyecto” (que solamente era una idea, en realidad, porque no tenía más que eso); me contactó con alguien de la emisora, que me escuchó y me dijo que, si “era recomendado del señor Zea”, preparara material para media hora de programa y lo llevara grabado (aquí entra mi fiel grabadora “Sony”); me despedí entusiasmadísimo y fui a casa, con la alegría desbordante que produce “tener programa de radio propio” …

Escogí la música (nada de “dixie” entonces) de entre los muchos discos de jazz que tenía y con un libro que se llamaba “Historia del Jazz” de editorial EUDEBA, del que hasta ahora recuerdo la carátula azul y gris, del que entresaqué párrafos cortos, que me parecía iban a ir bien con las piezas musicales elegidas, los transcribí a máquina y “armé” a mi leal saber y entender, un guion que tenía una presentación del programa, e iba intercalando piezas musicales y texto.

Disculpen si los aburro con los detalles, pero es mi modo de “reconstruir” lo que –repito- entusiasmado, hice hace más de sesenta años, en la casa de Barranco (la de la calle 28 de julio) y que fue toda una experiencia; pensé entonces, que para las locuciones, sería bueno contar con una voz de mujer y se me ocurrió pedir la ayuda de mi amigo Germán, para ver si su hermana mayor, Áurea, a la que todos le decíamos la “Gringa”, querría participar. La “Gringa” aceptó y quedamos en una fecha, para que en mi casa grabáramos la parte hablada del programa, el que tendría una presentación mía y luego nos alternaríamos en los textos entre piezas musicales, haciendo, yo también, un cierre y despidiéndonos ambos …

Preparé el “guion”, mezclando un texto y una pieza musical y ahí me di cuenta que tenía que medir la duración de cada texto, presentación, despedida y de cada pieza musical, para meterlo todo en media hora…; leí lo escrito, tomándole tiempo y copié de los discos la duración de cada una de las piezas musicales. Quité lo que sobrepasaba el tiempo (que era bastante entre textos y música), para llegar a veinte minutos, dando diez al “por si acaso” …

Llegó el día en que la “Gringa” y yo, grabamos, repitiendo una y otra vez hasta que la locución quedó “decente” y puedo decir que admiro la paciencia que tuvo Áurea para conmigo y el “proyecto” …

Después de la grabación de los textos, me tocaba “editar” el programa y me dediqué a intercalar textos y música, cortando y uniendo ambos, ya grabados, con el bisturí y la cinta pegante…

Finalmente terminé el rompecabezas de audio y lo escuché, satisfecho de haber logrado hacer “un programa de radio”;     

dentro de un un sobre “de manila”, a nombre del señor con el que había conversado, acompañada por la copia de un guion mecanografiado, dejé en la recepción de la radio la cinta grabada …

Nunca me contestaron y yo no me atreví a llamar, de pura vergüenza, a pesar de que escuchaba radio “San Isidro”, todos los días, al empezar a anochecer, desde las siete, hasta que eran como las nueve y ya bien entrada la noche, para ver si ponían el programa. Por supuesto, nunca lo transmitieron y luego de un tiempo me desencanté, aunque cuando ya estaba trabajando en publicidad y “sabía cómo se hacían las cosas”, viendo el producto final en las casas productoras de audio, que era una cinta grabada intacta, me di perfecta cuenta que mi cinta toda llena de los parches blancos de la cinta pegante, les debió parecer una mala broma o una basura y fue a parar a la ídem, junto con el guion y el sobre de manila.

Ahora, muchos años después, agradezco a “la Gringa” por su colaboración, paciencia y le pido disculpas porque mi vehemencia unida a la total inexperiencia, echaron al tacho una esperanza, esa, de la que dicen, es lo último que se pierde …

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