EL BESADOR


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Mi tía Luisa,  hermana menor de mi padre, era una de las personas más alegres que he conocido; nunca la vi enojada ni mortalmente seria y siempre tenía a punto una broma, algo gracioso qué decir o una respuesta ingeniosa.

 

Mi tía Luisa, en la fábrica familiar “Helados Mercedes” que estaba en Arequipa (la segunda ciudad más importante del Perú, al sur de Lima), era quien cuidaba de la producción de la deliciosa variedad que las carretillas rojas ofrecían por las calles y que iban desde simples paletas, hasta cajitas de cartón que contenían helado bisabor de crema (vainilla siempre, más fresa o lúcuma alternativamente), exquisitos “sándwiches” de helado y que viajaban en verano, por tren, hasta el puerto arequipeño de Mollendo y se repartían en algunas de las playas cercanas.

 

Luisa era la celosa guardiana de las fórmulas de los helados y de que la cobertura de chocolate no derritiera el helado “de agua” de los “Fosforitos”, que eran paletas en forma de tubo, con sabores de fresa, menta y limón (no recuerdo otros, si los había) y que llevaban en la punta la cobertura, simulando  un palito de fósforos, claro que mucho más grande.

 

Ella vigilaba las batidoras de cremoso helado, que con unas  grandes paletas o cucharas de madera se ponía en los moldes y las mezclas para los helados “de agua” que eran, si mal no recuerdo, los más populares. Mi tío Domingo, su hermano, era quien administraba la fábrica y tenía que ver con toda la maquinaria que había, que no era mucha, porque “Helados Mercedes” era pequeña, familiar y salvo mis dos tíos no tenía más de dos o tres empleados, salvo los “heladeros” que también supervisaba Domingo y que recorrían la ciudad del volcán Misti, vendiendo.

 

Domingo era el factótum de “Helados Mercedes”, porque literalmente, hacía de todo; primero tuvo una camioneta Chevrolet de color verde oscuro y muchos años después una “Combi” marca VW, también verde, pero claro (“verde Nilo” diría);  Domingo era fumador, malgeniado, flaco, de bigotito y con el sarcasmo a flor de piel. Los hermanos Echegaray Del Solar, Luisa y Domingo fueron los magos maravillosos de mi infancia, cada año, cuando iba a pasar las vacaciones del verano, a la “Ciudad Blanca”, Arequipa.

 

Tenían hijos de mi edad y eso hacía que los primos incursionáramos para “ayudar” en la fábrica, con mis otros primos hijos de la segunda hermana de mi padre –Marta-, pero a lo que en realidad íbamos era a admirarnos (sobre todo yo, el llegado de Lima) con las batidoras, el proceso de la fabricación de los diferentes tipos de helado y sobre todas las cosas, a dejarnos engreír por Luisa, que, generalmente a escondidas de Domingo, nos hacía probar las delicias heladas recién hechas.

 

Me estoy viendo salir de la fábrica a la calle, mordiendo una gran plancha de galleta “wafer”, de las que se usaban para hacer los “sándwiches” cortándolas al tamaño y divertirme viendo a los transeúntes que me miraban entre extrañados y curiosos porque a los ocho años, ser el centro de las miradas hace que uno se sienta importantísimo. “Helados Mercedes”, Luisa, Domingo, primos cómplices, Arequipa, vacaciones y la vida por delante…

 

¿Y “El Besador”…? ¡Ah!, así le decía mi tía Luisa a alguien que a ella, joven y ya viuda, la pretendía; pero Luisa siempre rió alegremente en la vida.

 

 

Imagen: emojiterra.com

 

EL INGENIERO


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Hoy, 26 de diciembre mi padre hubiera cumplido 116 años; era ingeniero mecánico-electricista e ingeniero civil. Escribía poesía, pintaba, tomaba, revelaba e iluminaba sus propias fotografías, leía todo el tiempo y siento que  puso la valla tan alta, que saltarla en esta carrera que es la vida, por lo menos para mí, resulta imposible porque escalar paredes verticales no ha sido ni es mi fuerte.

 

He escrito muchas veces sobre él, que sin quererlo, ha sido un ejemplo desde que tengo memoria. Un ejemplo en todos los campos menos en el de la música, para la que era sordo; era mi madre la musical de la pareja y a Manuel Enrique, fusas, corcheas y semifusas lo traían sin cuidado.

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Era religioso y mucho, pero no “cucufato”; se ganó el apodo de “el Obispo Laico” por su permanente trabajo desde la universidad, en la Unión de Estudiantes Católicos, en los diferentes grupos parroquiales, en la Acción Católica Peruana de la que fue presidente varias veces; también fue condecorado con la Orden de Malta, militó en los Caballeros de Colón, actuó como locutor oficial de diversos Congresos Eucarísticos en Lima, Arequipa y Trujillo. Era de misa dominical fija y donde iba daba testimonio de vivir verdaderamente su religión.

Recuerdo, ahora que ha pasado la Navidad, que todos los años, los 4 domingos de Adviento, en la mesa, a la hora de comer, en cada lugar había una tarjetita primorosamente dibujada (cada una con una ilustración distinta) y una oración para leer en común, extraída de algún evangelio que mi padre preparaba pacientemente, con el tiempo necesario…

 

Siempre me impresionó cómo la religión era parte totalmente integral de su vida y cada cosa que hacía era una ofrenda para él, sin importar lo que fuese y su alegría contagiosa nos hacía sentir cuánto disfrutaba.

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Recorrió el país construyendo carreteras, pasó –como se dice- “pellejería y media”, fue catedrático universitario, escribió un libro importante sobre pavimentos (una de sus muchas especialidades profesionales), pero sobre todo fue un padre justo, que nos enseñó a vivir a mis hermanos y a mí, sin necesidad de decir una palabra, predicando, verdaderamente, con el ejemplo…

 

Dejo para el final su relación hermosa con Tony, mi madre ambos están siempre presentes, acompañándome, caminando agarrados de la mano, por las calles de ese Barranco que miraba sonriente a dos ancianos que se querían tanto.

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LA COLMENA, EL LADRILLO Y EL TRANVÍA


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Escribo, a raíz de esta fotografía que me hizo llegar Carlos, compañero de clase en mi aumentada promoción escolar, para agregar un ingrediente más a la “máquina de recordar” y como suelo decir, “gatillar” su funcionamiento.

 

Cualquier ex alumno del colegio de La Inmaculada en Lima, sobre todo si tiene sus añitos, verá que se trata del edificio del colegio, hecho exteriormente de ladrillo, un tranvía que pasa y la avenida La Colmena…

 

De los tres ingredientes, uno ya no existe y es el tranvía. Ese transporte público democrático, ordenado, movido por electricidad, era un tejido que interconectaba la ciudad y los balnearios, traqueteante, con vagones autónomos casi siempre pintados de color gris, aunque había alguna “línea”, digamos ruta, que los tenía verdes y eran más pequeños. Algunos llevaban otro coche acoplado y recuerdo también que se podía subir a algunos que luego, eléctricamente, subían la grada del pescante y cerraban las puertas con un “chisss….” Característico al reiniciar la marcha. La “Compañía Nacional de Tranvías”, CNT por sus siglas que estaban pintadas de rojo oscuro a los costados de los “carros”, que así se solía llamar a los vagones, prestaba un buen servicio de transporte, necesario en la Lima que crecía, todavía sin conocer aún de microbuses y asardinamientos de hora punta.

 

Alguna “línea” estaba conectada a al servicio adicional de ómnibus, que cubría una zona donde el tranvía terminaba su ruta y a estos ómnibus no muy grandes se les llamaba “el urbanito”. Si no me equivoco, el costo del pasaje del “urbanito” estaba incluido en el del tranvía, pero francamente no tengo la certeza porque seguramente los engranajes de mi “máquina de recordar” tienen un poco de óxido…

 

Los conductores del tranvía iban de pie, adelante y empuñaban un “timón” que era una palanca y la hacían girar, mientras los rieles guiaban el recorrido y el vehículo recibía la fuerza motora de la electricidad por un “trole” (del inglés “trolley”, que en el caso de los tranvías debería ser “trolley pole” –la vara del trolley- que es el tranvía propiamente traducido) o sea el conducto que llevaba la fuerza motriz hacia la ruedita que hacía contacto con el cable eléctrico; el circuito se cerraba con el contacto del tranvía con los rieles…

 

El tranvía tenía alternativamente “adelante y atrás” según la dirección en que fuera, porque los comandos los tenían iguales en ambos lados y los espaldares de los asientos de los pasajeros se podían variar en posición para que siempre miraran “al frente”.

 

Perdonen esta larguísima disquisición sobre los tranvías de mi infancia, esos de los que en una “línea” cubría de Lima a Chorrillos (ida y vuelta) por la avenida Pedro de Osma, a la vuelta de mi casa, atronándola medio “terremóticamente” para los que no tenían costumbre; esos que “gorreábamos” para tratar de no pagar pasaje y eran parte del paisaje y esperábamos con excitación poniendo sobre los rieles, chapitas metálicas (tapas corona) de gaseosa para que las aplastara y así, aplanadas, usarlas como “run-runes” en nuestros “combates infantiles de run-run”…

 

Ofrecidas mis disculpas, por ahora llego hasta aquí, porque los otros dos elementos del título alargarían esta entrada para el blog y prometo volver pronto sobre ellos para “completar”. Entonces, haciendo funcionar de nuevo la “máquina de recordar”, iremos hasta una segunda parte que espero -contrariamente a lo que se dice- sea buena.

¡ERES UN SARDANÁPALO!


ERES UN SARDANÁPALO

Tendríamos seis años y me lo dijo en un recreo en el colegio, durante una de esas peleas verbales que tienen los niños antes de irse a las manos cuando el que pierde no encuentra qué decir.

 

Yo me quedé paralizado, sin saber qué decir ni cómo reaccionar, porque mi compañero de clase tenía fama de pegar duro y no era cosa de exponer mis anteojos a una pelea en la que acabarían rotos…

 

Supongo que mi silencio lo desarmó, pero se dio cuenta de que era el vencedor, entonces, cuando al rato le pregunté qué era un sardanápalo –porque a mí me sonaba a insecto de patas largas- me respondió muy ufano que su mamá se lo decía cuando él se portaba muy mal y ella se enojaba, o sea que tampoco sabía qué era un sardanápalo…

 

Pensé que si su mamá lo decía no podía ser una grosería, de pronto era el insecto ese que yo creía y la palabra pasó a formar parte de mi vocabulario infantil de insultos “blancos”, donde a la madre se le respetaba…

 

Me olvidé del incidente (y de la palabreja) pero años después, ya en una clase de Historia Universal, al profesor le oí decir  sardanápalo, entonces vino a mi memoria la escena del patio en  el recreo y busqué con la mirada a mi compañero que no se dio por aludido, porque supongo que la Historia Universal para él era lo que las matemáticas para mí: algo tan aburrido como chupar un clavo; el padre –porque el profesor era un jesuita- dijo que Sardanápalo (y ahora sí lo escribo con mayúscula) era una forma de llamar al rey asirio Asurbanipal (¡vaya con esos nombrecitos….!) y siguió la clase hablándonos de Asiria, sus reyes, sus conquistas y todo eso que para nosotros era otro mundo y sonaba a invento, pero resultaba que era Historia y entraba en lo que había que aprender para el examen mensual…

 

O sea que mi insecto se convirtió en un rey y el insulto de mi amigo adquirió en ese instante y sigue teniendo hasta ahora para mí, categoría histórica.

 

Eso sí, estoy seguro que su mamá no tenía idea de quién o qué era Sardanápalo porque claro, entonces Wikipedia ni se soñaba y las computadoras eran esas moles inmensas que ocupaban varias habitaciones y tenían menos memoria que un teléfono celular actual.

 

Imagen: http://www.freepik.es

EL COLOR


EL COLOR

 

Al abrir los ojos lo único que vio era un color crema.

Parpadeó pero el color seguía  allí y entonces no supo qué pasaba; no sabía si estaba dormido y ra un sueño o qué.

 

Sus  manos al  tantear, casi por instinto, tocaron lo que parecía ser un fierro: frío y delgado.

 

Entonces oyó la voz: “No se asuste. Tuvo un ACV y ahora no ve, está en la clínica; yo soy el médico, aquí están su madre y su esposa. Tranquilo. No ve, pero va a pasar…”

 

Se acordó del sonido de la sirena que fue lo último que escuchó antes de oír la voz. Todo era un solo color crema, como si mirara una pared: movió los ojos y la cabeza pero el color seguía allí, atrapándolo. Como si estuviese en un lugar donde sólo existiera el color crema.

 

Estaba en una cama, en un hospital o una clínica, no veía, había un médico y allí estaban su esposa y su madre, pero no veía o mejor dicho, la maldita barrera crema no lo dejaba ver.

 

Volvió a escuchar la voz, que ahora sabía era la del médico: “Tranquilo, descanse…”, y la voz conocida de su esposa: “Aquí estamos…”

 

Sí, estaban; él también estaba pero todo lo que veía era un color crema.

 

Estoy ciego…” pensó y algo se derrumbó de pronto dentro de él.

 

Imagen: sp.depositphotos.com

EL EXPRESO


EL EXPRESO 1

La cola para tomar el “Expreso”, ómnibus Mercedes Benz  azul con plateado, de la Empresa Municipal de Transportes, que nos llevaba desde el colegio, en el centro de Lima, hasta nuestras casas en Barranco, no es que fuera muy larga, era ordenada y se formaba en una callecita cuyo nombre no recuerdo, pero que si no me equivoco, desembocaba en la plaza San Martín y ahí nomás estaba el cine “Colón”.

 

Todos los días de lunes a viernes era obligado hacer la cola, después de la salida del mediodía del colegio, para ir a casa, almorzar y volver a clases por la tarde; el ómnibus se llamaba “Expreso Miraflores”, pero llegaba hasta Barranco que era el punto final del recorrido, desde donde regresaba a Lima. El viaje, en su mayor trayecto, discurría por la avenida Arequipa y había paraderos fijados donde –en algunos lugares- se ubicaba un “reloj-controlador”, en el que el cobrador, bajando del ómnibus, tenía que visar para control.

 

El “Expreso” tenía cobrador, el que recorría el bus reclamando el pago y viendo que todos tuvieran boleto, o se ubicaba cerca de una de las dos puertas, la que quedaba al medio y era doble, para efectuar el cobro respectivo.

 

Los ómnibus Mercedes Benz del “Expreso” tenían cambios eléctricos y se hacían con una palanquita pequeña que estaba en el árbol del timón que era grande y blanco, del mismo color que la manijita de plástico de la palanca: no había ruido alguno y solamente se notaba por los cambios de velocidad del vehículo; las puertas de entrada y salida (“la subida y la bajada”) eran operadas por el chofer y eran accionadas por un mecanismo neumático que emitía un “¡chisss!” característico.

 

Cuando uno iba a bajar, un par de cuadras antes del paradero, tiraba de un cordoncito que corría a los dos lados de la parte superior lateral del interior de la carrocería y hacía sonar una campana de aviso; los asientos eran “acolchados”, forrados en marroquín rojo, imitación cuero, que c el tiempo y el roce habían puesto brillante y más bien liso.

 

Recuerdo claramente que entre todos los cobradores que nosotros – usuarios habituales de la línea- conocíamos, había uno muy gordo, con el rostro rojizo y congestionado, era como LarryEL EXPRESO – uno de los Tres Chiflados– pero mucho más gordo, algo calvo, con el pelo un poco crecido, canoso, crespo, despeinado y llevaba en la cintura una bolsita de cuero donde tenía compartimentos para las diferentes denominaciones de moneda y el talonario de boletos; de una cuerdita pendía el aparatito para picar boletos e invalidarlos, haciéndoles un huequecito, lo que significaba que en efecto se había pagado; en realidad el perforador ese era un artilugio que llevaba el revisor, un personaje que podía subir en cualquier parte de la ruta a pedir los boletos que al ser mostrados, eran picados con el aparatito.

 

No me pregunten por qué el gordo cobrador lo tenía –tal vez esperaba “ascender” a revisor algún día- pero el asunto es que era parte de su indumentaria laboral (aunque no lo usara); mi amigo Lucho había venido observando que cada vez que el gordo bajaba para marcar un “reloj-controlador”, al subir de vuelta, golpeaba con una moneda el tubo pasamanos (¡cromado, el tubo!) y el ómnibus cerraba la puerta mientras arrancaba.

 

Pues bien, una vez, cuando el ómnibus estaba bastante lleno, sobreparó para que el cobrador bajara y apenas se acercó al “reloj-controlador”, Lucho golpeó tres veces con una moneda el tubo, el ómnibus cerró su puerta y arrancó; desde las ventanas veíamos al gordo correr gritando con una voz que no se no se oía porque las ventanas estaban cerradas a causa del frío, hasta que el bus lo dejó atrás, gesticulando y hasta ahora me lo imagino con el rostro híper congestionado y más colorado que nunca, furioso…

 

Por supuesto que nos reímos pero sin dar a conocer el motivo y lo único que recuerdo es que cuando nos volvió a tocar como cobrador, miraba insistente y desconfiado a ese grupo de muchachos de uniforme de colegio, con saco azul marino y pantalón gris que disimulaban conversando y echándole miradas furtivas…

 

Tengo también la anécdota de otro Lucho, uno que ya no está entre nosotros porque como suelo decir, cambió de barrio para ir al Barrio Eterno; en la cola del “Expreso” conversábamos esperando y Lucho se puso a enamorar “a la distancia a” una chica que estaba con dos amigas, las tres de uniforme escolar, un poco más allá, con frasecitas medio subidas de tono; de pronto escuchamos un “¡Lucho, qué te pasa…!” furioso: la chica, a la que él “enamoraba a distancia” era su hermana y a Lucho, al que se le habían roto los anteojos en el colegio, la miopía le jugaba una muy mala pasada… Dijo algo como para “barajarla”, lo fastidiamos mucho y tuvimos una anécdota más para el grupo: una de esas de los Luchos y una más de las que nos regalaba, casi a diario, el “Expreso” de Miraflores.

 

Imagen 1: cine Colón/ Wikipedia