MELODÍA INMORTAL


Es el título de una película con Tyrone Power y Kim Novak, que de pronto me viene a la mente y me veo, de unos nueve o diez años, en el cine “Zenith” de Barranco – el que tenía las localidades de “lateral”, “platea” y “galería”-, sentado con mi madre, listos para ver esa película, que trata sobre la vida del pianista Eddie Duchin…

Paso las páginas mentales de un álbum de fotografías, mientras escucho interpretar al piano melodías de Beethoven, Chopin, Mozart y varios cásicos más y allí está Tony, mi madre, tocando concentrada el piano en el gran salón de la vieja casa de la calle Santo Domingo, en Arequipa…

Mi madre que aprendió a tocar el piano y no la guitarra, como alguna vez me lo dijera, con pesar, porque con la vida casi de trashumante que llevó, acompañando a mi padre, ingeniero de caminos, viajando por los más disímiles pueblos y ciudades del Perú, no podía llevar con ella algo tan voluminoso como un piano; quizás por eso, su instrumento era el tarareo y escuchaba tanta música, música que me enseñó a gustar desde pequeño…

Escribo esto, sabiendo que ya lo conté antes, pero tuve ganas de compartirlo nuevamente, porque la música del piano hizo que las páginas de mi álbum de fotografías mental, fueran pasando despacito y reviviera esos instantes que forman parte del tejido de mi vida y que fueron posibles, como yo mismo, por Tony; también y muy principalmente, porque un día como hoy era su cumpleaños. Nació el 26 de junio de 1911…

Ella puso en esta vida mía: La música de su sonrisa, la de su tararear, la de sus ojos marrón claro -en los que como lo dije en algún otro lugar, en su color, conocí a mi abuelo Francisco-, ella puso la música que escuchábamos juntos y que cuando yo le decía, medio aburrido, “No entiendo, mamy…”, ella sonreía para responderme que la música había que sentirla…

Por eso el título de este post… Es que la música, que me recuerda a mi madre, es inmortal, como quisiera que fuera su recuerdo mismo, aunque un día terminen para mí las notas musicales del concierto…

Imagen: freepik

EL “TOMBO” DE LA ESQUINA


Tombo” es la palabra usada en la jerga popular peruana para designar al policía, así como “patuto” se le llama al auto patrullero de la policía y “cómica” a la comisaría o local policial…

Patuto” y “cómica”, tienen evidente parentesco con las palabras originales y son una deformación –evidente- de estas, pero “Tombo”, confieso hidalgamente que no sé de dónde proviene y no creo que sea de “tomb” (“tumba” en inglés) …

 “Tombo”, cuando se refiere a varios de ellos o a la institución policial, se convierte en “la tombería” y a las mujeres-policía, se las conoce, criollamente, como “tombas”. No soy un conocedor de la jerga nacional y como pasa con todo lenguaje, esta cambia, se va modernizando e incluye muchas novedades, o sea que dudé mucho antes de escribir este post, porque de pronto estaba usando como tema, un término… ¡En desuso!, pero al parecer “tombo”, es una palabra que se continúa utilizando, aunque eso de “El tombo de la esquina”, sea algo que huele a pasado…

Me explico: Cuando era chico, era muy común ver a un policía, si no en cada esquina, sí lo suficientemente notorios para que uno sintiera su presencia cercana. El policía era una persona de confianza, que se conocía, aunque fuera solamente de vista, y daba la tranquilidad de sentirse protegido… “Tombo” no era una palabra adecuada para dirigirse a él (siempre me pareció despectiva) y se le decía “Señor policía” o “mi guardia” (la policía es la “Guardia Civil del Perú”); sentíamos respeto por ese hombre que nos cuidaba y que estaba presto para ayudar en cualquier situación necesaria…

Si escribo “tombo”, es por usar una palabra que me suena original y en ningún modo por parecer faltoso u ofensivo, porque me imagino muy bien lo difícil que debe ser policía en un país como el Perú, donde la delincuencia crece, se vuelve más audaz y –desgraciadamente- a veces, parece rebasar los esfuerzos de la autoridad por contenerla…

El “tombo de la esquina”, fue una verdadera institución en mi infancia y sabíamos que su sola presencia, ahuyentaba a los maleantes; lamentablemente no guardo ningún nombre en mi memoria, pero sí el cariñoso calor interno que produce saber que están cuidando de ti a toda hora.

Imagen: inaepxvi1997.blogspot.com

COCO


No se me ocurre, amigo mío querido, otra manera para empezar esta nota, que llamarte como siempre lo hice y estoy seguro lo han hecho todos.  Jorge Chiarella Krüger, resulta muy formal para quien te tuvo y te tiene cariño.

Sé que me estás escuchando, ya que siempre estuve seguro que leías los pensamientos, porque que te adelantabas a lo que uno iba a decir…

Quiero agradecerte, porque al ser parte de mi vida, marcaste un rumbo no imaginado por mí, que empezó con una conversación – ¿Te acuerdas? – en la playa de La Herradura, cuando me propusiste que te asistiera “haciendo sonido”, para una obra de teatro que dirigías y estrenarías en el Teatro de la Universidad Católica, el TUC, donde enseñabas. Se trataba de “La Sentencia” de Sarina Helfgott…

Fui por primera vez al TUC, con mi grabadora “Sony” de carrete y parlantes desmontables, me contaste sobre los efectos y la música que necesitabas y me preguntaste si podía dibujar unos afiches de circo, para ponerlos como escenografía y días después, haría la ilustración y diseñaría el “programa de mano”. Tú me introdujiste en ese mundo maravilloso, mágico, del teatro, donde tenía dos amigos: tú y Lucho Peirano…

En el TUC enseñaste a Celeste y a Alicia. 

Celeste y tú se casaron. Alicia y yo también.

Por eso te decía que le diste un rumbo que nunca imaginé, a mi vida, Coco.

De pronto se amontonan los recuerdos y nos veo a los dos, conversando sentados de espaldas a la ventana que da a la calle, en el departamento donde vivías con tu mamá, cuando nos conocimos; te veo actuar y me veo, con bastante vergüenza, actuando yo… Nos veo, en el “Solari”, cerca del TUC, tomando un café con Celeste, Alicia y los amigos

 “tucos” …

La amistad que hicimos ha seguido y ni el tiempo ni las cosas dispares que cada uno hizo: tú teatro y yo publicidad, significaron nunca una separación…

Estás leyendo mi mente y sabes cuánto te vamos a extrañar Alicia y yo. Perdóname, perdónanos, porque no llegamos a conocer tu sala teatral, ni te pudimos dar un abrazo de felicitación.

Perdóname, por estas deshilvanadas letras, Coco…

Te quiero mucho, amigo.

EL MISTI


Me perdonarán los arequipeños, pero no es precisamente a su volcán tutelar al que voy a referirme, sino a algo menos monumental, tal vez más prosaico, pero de no menor fama y prosapia en Barranco, el distrito-balneario donde me crie, viví las aventuras inimaginables de la niñez, hice amigos que hasta hoy permanecen sólidos como tales (alguna vez escribiré sobre “Los Cuatro de Barranco”), recorrí sus calles en mi bicicleta o las “aplané”, junto con Lucho (uno de los cuatro), yendo y viniendo de su casa a la mía y viceversa, en un conversar sin término, de los “importantes” temas que ocupan a los adolescentes.

Ese Barranco que en mi memoria es un universo amable, pero que en realidad era como un pequeño y tranquilo pueblo, donde “el chino Perico”, la panadería de los Mangini en la avenida Grau, las boticas “Americana” y “Grec”, la ferretería de Chiappe, el sastre, también de la avenida Grau: el “maestro” Caycho, “Cucaracha”, cargador servicial del mercado, el “Negro Camote”, organizador de los desfiles de palomillas cada 28 de julio, “Platanazo”, su hermano “Gasolina” y tantos otros, formaban una comunidad variopinta y vuelvo a decir, amable, familiar, en ese lugar cálido que nos vio, a mis amigos y a mí, crecer y convertirnos en jóvenes adultos…

Allí, estaba y por lo que creo, está todavía, la “Librería e Imprenta El Misti”, de propiedad de Valdivieso, en la calle Unión, cerca al chifa más chifa que conozco y que se llama “Chung-Yion” o “Chifa Unión” …

El Misti” era ese mágico lugar donde iba con mi mamá primero, para comprar útiles escolares y las “famosas” láminas, que, de diferentes temas, usaba para hacer las tareas de colegio, recortando y pegando en mi cuaderno a San Martín en el balcón de Huaura, al oso de anteojos o a Manco Cápac y Mama Ocllo, saliendo de las aguas del lago Titicaca…

Allí había de todo y más, para un chico al que el mismo dueño, el señor Valdivieso, atendía, sugiriendo, alguna “novedad” que de seguro me iba a gustar…

Es curioso, pero asocio a la “Librería e Imprenta El Misti” con el olor (que no sabría definir bien ahora), de la tinta china, esa “Pelikan”, creo, de pomito de vidrio y etiqueta amarilla, o con la imagen del frasco de goma líquida, de vidrio grueso, con su tapa-dispensador de jebe rojo…

Librería e Imprenta El Misti”, parte de esa vida que ha quedado atrás, pero cada tanto regresa, con el paso quedo de los recuerdos, que me hacen sonreír y pensar cuán exacto es el nombre del libro de memorias de Pablo Neruda: “Confieso que he vivido”.

Imagen: http://www.aracari.com

EN EL “DÍA DE LA MUJER”


La mujer de mi vida

Tiene nombre de reina

Y se llamará siempre

 María Antonieta.

La mujer de mi vida

Tiene porte de reina

Y lo perfumó todo

Con aroma a violetas.

La mujer de mi vida

Hace tiempo no sueña

Porque partió sonriendo

A la morada eterna.

La mujer de mi vida

 hace calladas señas

desde esa nube blanca

del viento pasajera.

La mujer de mi vida

Amable consejera

Está viva en mi mente

Y abrazarla hoy quisiera.

La mujer de mi vida

Nombre y porte de reina

Perfumó de violetas

Sus indelebles huellas.

MANOLO.