¿LO DIGITAL TE VUELVE VEGETAL?


 

DURA UN POCO MÁS DE 41 MINUTOS, PERO ESTE DOCUMENTAL ME PARECE ALTAMENTE RECOMENDABLE E INTERESANTE. EL TÍTULO DE ESTA ENTRADA AL BLOG NO ES EL DEL DOCUMENTAL, PRECISAMENTE, PERO HACE UNA PREGUNTA QUE ES CLAVE RESPONDER. 

Gracias Youtube.

Anuncios

BARRANCO: TIEMPO DE AMAR


Barranco, tiempo de amar.jpg

  Hay muchas historias en mi infancia.

Vivíamos en una casa grande, llena de rincones oscuros y con vidrios de colores. De muchos colores.

A través de los rojos se veía porque eran transparentes, pero los otros eran “catedral” y solo dejaban pasar la luz.

En la terraza de abajo poníamos una colchoneta y nos tirábamos a leer chistes: El Pájaro Loco, El Conejo Oswaldo, El Capitán Marvel.

También leíamos “El Chico de las Dunas”, que tenía una cita se San Agustín pegada en la parte de atrás. Entonces nos sentíamos en la hacienda, durmiendo bajo los árboles y pescando en el río.

A la hora de almorzar, dejábamos abierta la ventana del comedor para que entrara el aire de mar. El comedor. Con su mesa de mantel de hule: la mesa tenía diversos crujidos.

Nosotros escondíamos las espinacas, tratando de que no nos vieran, en el borde de debajo de la mesa.

-o-o-o-o-o-

Quizá tú te acuerdes de esos días largos de vacaciones en los que bajábamos a la playa y nos poníamos las zapatillas (las de básquet nomás hermano, mi mamá no me compra de las otras) para que las piedras no nos aplastaran los pies.

¡Y los erizos! ¿Te acuerdas?

La señora gorda que se metía de a poquitos, bien agarrada de la soga y las olitas que hacía.

Las escaleras de madera y los rieles oxidados, llenos de musgo y pequeños choros…

¡Vacaciones! Tiempo de sol y playa. Tiempo de los amores nuevos que se iban cada tarde en el pico de una gaviota.

Tiempo de no ir al colegio y volver por la noche, pasadas las diez, a la casa.

-o-o-o-o-o-

Mi infancia tenía cerros azules y bosques del color de la tarde en mis juegos y los piratas navegaban desde la baranda de la terraza.

Éramos Sandokán y Mompracem quedaba al frente, casi pasando la quebrada.

Todas las tardes arribábamos con el botín preciado de los sueños. Todas las tardes los vidrios filtraban la realidad en verde, rojo, amarillo y azul.

Jugábamos solos y al caer la noche regresábamos cansados de vagar por entre las páginas del libro que estábamos leyendo. Yo era Phileas Fogg y daba la vuelta al mundo en un juego que tenía capítulos. “¿Dónde nos quedamos ayer?”: Ese era nuestro visitar a la fantasía diaria.

La casa de Lucho tenía una perezosa grande, de metal, con cojines floreados; allí en las noches de los catorce años, cantábamos y Lucho empezaba a tocar la guitarra.

“Noches de Ipacaraí” era la mejor. Era verano, claro: las mejores canciones se cantan en verano.

Adaptábamos letras y nos asombraba ser tan poetas.

Cada noche descubríamos que era mejor sentarse conversando de las chicas, que darse una vuelta en bicicleta tirando papelitos, con una liga, a los enamorados en la costanera.

Entonces yo me iba a la casa y Lucho me acompañaba. Yo volvía, lo acompañaba y él me acompañaba al regreso…

Y así, conversando, pasaba nuestra pequeña adolescencia.

Nos asombrábamos de todo y ver a las chicas en ropa de baño era como película para mayores de 18.

Así éramos los chicos entonces.

 

1° de setiembre 1972.

 

Nota: Este es el primer cuento que un diario, “Correo”, publicó, por la intermediación de don Jorge Donayre Belaunde, “El Cumpa”, notable periodista, guionista de televisión y director creativo de “Kunacc”, la segunda agencia de publicidad donde trabajé como redactor.

Como curiosidad, diré que la ilustración que realizó el dibujante del diario, no tenía nada que ver con el texto, porque era una pareja de jóvenes besándose con el fondo del “Puente de los Suspiros”.

A la narración  agregaron, a modo de presentación: “Un joven narrador inicia la que esperamos sea larga y fecunda colaboración con este diario, cordialmente abierto siempre a los nuevos valores”.

 

Imagen: Barranco, Puente de los Suspiros.  http://www.pinterest.com

 

 

 

DOMINGO DE VERANO EN LOS AÑOS CINCUENTA


 

 

 

DOMINGO DE VERANO.jpg

Es un domingo de verano y no tengo nada qué hacer salvo una tarea  que significa leer el evangelio de hoy, repasarlo y hacer una reseña de este, en mi cuaderno de religión, usando “mis propias palabras”, como si a un niño en los años cincuenta, se le ocurriera poner lo que otro ha escrito, o quizá, pienso ahora, para que no me hagan la tarea. Abril queda muy lejos y recién entonces pedirán la tarea de este domingo y de los demás domingos.

Voy a leer bien y a escribir más tarde: Estoy de vacaciones, hay sol y la pereza me invade…

Tal vez leeré algo y haré exactamente nada hasta la hora de almuerzo, cuando nos reunamos mis papás y mi hermano en el comedor, sentados a la mesa.

 

Hemos ido, con mis papás a misa de ocho de la mañana en la parroquia que queda frente al parque donde hay una pileta rectangular con agua y en ella, la estatua blanca de una mujer que cuando era más chiquito y me llevaban a que pedaleara en mi triciclo celeste de madera, con líneas rojas, decía –me cuentan- que era “mi novia”.  Por supuesto, solo recuerdo muy vagamente algo que escuché del evangelio, pues todo el rato estuve atento a mirar lo que es evidentemente un lugar que se usa como capilla mientras se levanta al lado la iglesia de verdad, que tomará –hoy lo sé- varios años completar a punta de kermeses y donaciones. No es que tuviera nada de extraño, pero ese recinto rectangular y al que se entraba por un costado, no tiene nada que ver con “iglesias de verdad” como las que he visto cuando hemos ido al centro de Lima. Tiene bancas con sitio para arrodillarse, es cierto, pero no hay ventanas altas de colores, ni techo alto, ni nada de eso que yo he visto. Es un poco más grande que la capillita de mi colegio, que queda en la Av. Petit Thouars, en Miraflores, en lo que, confirmo mis sospechas, es una casa.

 

He cogido un libro y me dispongo a leer. Antes puse una colchoneta en la terraza de abajo, para allí hacerlo en la mejor posición que conozco: echado y estar más fresco. Siento que me falta una almohada para apoyar la cabeza, levantándola pero se me ocurre doblar una esquina superior de la colchoneta y usarla como almohada.  Hay un cierto olor un poco punzante, que seguro proviene de lo que me protege de las losetas del piso de la terraza. Es un olor que al principio se hace notar y poco a poco, conforme leo y pasa el tiempo, va desapareciendo. Estoy leyendo “El Chico de las Dunas”: tiene el empaste duro, más bien celeste, porque es el fondo de la ilustración de la carátula, que muestra a un muchacho con un sombrero de paja. En la parte de atrás el libro tiene un papelito platinado, en el que hay una cita de San Agustín. El libro me lo han regalado y recuerda un poco a “Las aventuras de Tom Sawyer” que ya he leído.

 

Pasa un buen rato y mi madre llama a almorzar…

Dejo el libro sobre la colchoneta, la estiro para que no quede la parte doblada y voy al baño que está en la terraza, para lavarme las manos. Me las seco con la toallita blanca y salgo para subir los escalones que me llevarán al comedor. Abro la puerta y como todavía no hay nadie, voy a mi sitio, me siento y acomodo. Tengo hambre y mordisqueo un pan francés que he sacado de una panera metálica que está al centro. Entran por la otra puerta, la que tiene vidrios y da al hall, mi padre y mi hermano Panchín. De la despensa, por otra puerta que suele estar abierta, entra mi madre. Se sientan y damos gracias por lo que vamos a comer. Es un almuerzo de domingo y estamos los cuatro, porque Teté, mi hermana, mayor se casó y se fue a Arequipa. Yo he heredado su cuarto con dos ventanas que dan a la calle, en la fachada de la casa. Bajo ellas, en relieve se puede leer afuera, “Villa Teresa”. Nunca me había puesto a pensar que era el nombre de mi hermana, Teresa y que la casa la alquila mi padre a una señora Renée Pazos de Letona, desde que vino con la familia a Lima, creo que en 1946: El nombre tiene que haber sido una coincidencia.

 

Vamos a almorzar hoy domingo, caluroso domingo, en el comedor que tiene una ventana de guillotina, acristalada, que mira hacia el mar, justo al lado de la puerta por la que entré. Ahora la ventana está abierta para refrescar la hora. Hay como entrada una empanada, comprada seguramente hoy en la panadería del italiano Mangini, de la avenida Grau, para cada uno. Digo que comprada hoy, junto con el pan, porque no tenemos refrigeradora. Como es verano no hay sopa y seguramente un plato fresco será lo que comamos. De postre: ¡Uvas! Uvas Italia verdes y grandes. Un racimo para cada uno. ¿De tomar?: Agua.

Mi madre termina tomando un “mate” de manzanilla. La conversación se prolonga un poco de sobremesa y yo no veo el momento de volver a leer. Finalmente acabamos todos y mi padre sube a tomar “la horizontal” que yo algún día interpretaría como una pastilla, sin imaginarme que era una siesta. Mi hermano va también a su cuarto y seguramente irá más tarde a la vermouth a algún cine, que puede ser el Zenith con sus amigos Manolo, Paco y Pilo: Los Peirano y Felipe Gordillo. Mi madre trasteará un poco, leerá otro y escuchará música en el tocadiscos que está en la salita: Un Garrard  que tiene un mueblecito hecho a propósito, sobre el que está el aparato de radio cuya marca ya no recuerdo y que fue remplazado después por un Saba con ojo mágico verde y redondo, cuya misión es indicar la más ajustada recepción de la emisora.

 

Yo recojo el libro de la terraza de abajo y dejo la colchoneta para guardarla más tarde, con la admonición de mi madre: “No la dejes ahí, se van a hacer pila los gatos”. Deben ser los mismos gatos que maúllan por las noches y recorren las dos terrazas de la casa como su territorio.

Subo a mi cuarto a leer un rato y sé que antes de bañarme, debo hacer la tarea.

 

Llamarán más tarde para el lonche, donde me encontraré con los amigos de mi hermano, que han venido para ir al cine. Manolo Peirano, en broma, dice que debe estar muy rico el queso gruyere de los sándwiches, pero que a él le han tocado solo los huecos: Risas generales y mi padre prepara más sándwiches.  Todos toman café con leche Gloria, servida de la lata nomás y yo una Ovomaltina porque el café es para los grandes.

Los jóvenes se van al cine, mi madre vuelve a su música, yo ataco a mi tarea y mi padre leerá El Comercio y La Prensa.

Finalmente mi madre avisa que está listo mi baño y dejo aún sin terminar “mis propias palabras”, para desvestirme y entrar al cuarto de baño, que tiene una ventana que da a la terraza de arriba, con los vidrios pintados de blanco para dar privacidad. La tina está llena de agua caliente y Adosada a la pared hay una terma pintada de crema, que dice “50 litros” y tiene una extensión de tubo movible, que termina en un caño y que ahora pende sobre la tina. Pruebo el agua con la mano y me meto en ella. He traído una revista de “Porky” para mirar antes de jabonarme.

Estoy en el agua hasta que empieza a enfriarse, decido que así está bien y salgo del largo y caliente remojón para secarme, ponerme un pijama y en zapatillas, esperar la hora de comer terminando la tarea. Cuando mi madre llame ya sé que a la mesa llegará puré de espinacas, puesto sobre dos tostadas. Pediré que frían un huevo y lo pongan sobre el puré. De postre habrá gelatina de fresa. Mi hermano llegará después de las 10.00 p.m. y mi madre lo esperará para calentarle la comida, o de pronto María, que a pesar de ser domingo no ha salido, porque la vino a visitar su primo Juan, que es Guardia Republicano, será la que se encargue de eso.

 

No espero mucho, subo a mi cuarto, termino de escribir y me apresto a meterme en cama, no sin antes llevarme el libro, para leer hasta que mi padre diga: “Manolo, apaga la luz” y yo remolonee un rato para hacerlo y me duerma pensando que al día siguiente es lunes, es verano y yo estoy de vacaciones.

 

Foto: Manolo, por Jorge Ballón Z.B. (Circa 1953 o 1954).

 

 

¡ERES UN SARDANÁPALO!


ERES UN SARDANÁPALO

Tendríamos seis años y me lo dijo en un recreo en el colegio, durante una de esas peleas verbales que tienen los niños antes de irse a las manos cuando el que pierde no encuentra qué decir.

 

Yo me quedé paralizado, sin saber qué decir ni cómo reaccionar, porque mi compañero de clase tenía fama de pegar duro y no era cosa de exponer mis anteojos a una pelea en la que acabarían rotos…

 

Supongo que mi silencio lo desarmó, pero se dio cuenta de que era el vencedor, entonces, cuando al rato le pregunté qué era un sardanápalo –porque a mí me sonaba a insecto de patas largas- me respondió muy ufano que su mamá se lo decía cuando él se portaba muy mal y ella se enojaba, o sea que tampoco sabía qué era un sardanápalo…

 

Pensé que si su mamá lo decía no podía ser una grosería, de pronto era el insecto ese que yo creía y la palabra pasó a formar parte de mi vocabulario infantil de insultos “blancos”, donde a la madre se le respetaba…

 

Me olvidé del incidente (y de la palabreja) pero años después, ya en una clase de Historia Universal, al profesor le oí decir  sardanápalo, entonces vino a mi memoria la escena del patio en  el recreo y busqué con la mirada a mi compañero que no se dio por aludido, porque supongo que la Historia Universal para él era lo que las matemáticas para mí: algo tan aburrido como chupar un clavo; el padre –porque el profesor era un jesuita- dijo que Sardanápalo (y ahora sí lo escribo con mayúscula) era una forma de llamar al rey asirio Asurbanipal (¡vaya con esos nombrecitos….!) y siguió la clase hablándonos de Asiria, sus reyes, sus conquistas y todo eso que para nosotros era otro mundo y sonaba a invento, pero resultaba que era Historia y entraba en lo que había que aprender para el examen mensual…

 

O sea que mi insecto se convirtió en un rey y el insulto de mi amigo adquirió en ese instante y sigue teniendo hasta ahora para mí, categoría histórica.

 

Eso sí, estoy seguro que su mamá no tenía idea de quién o qué era Sardanápalo porque claro, entonces Wikipedia ni se soñaba y las computadoras eran esas moles inmensas que ocupaban varias habitaciones y tenían menos memoria que un teléfono celular actual.

 

Imagen: http://www.freepik.es

PASA CUANDO SUCEDE


PASA CUANDO SUCEDE

Estoy seguro que a todos nos ha pasado más de una vez el equivocarnos de fecha y creer que era un lunes cuando la realidad ponía jueves o que el 25 se convierte por arte de birlibirloque en 23…

 

Pues a mí me acaba de suceder el que dijera miércoles por un día que en realidad era martes (equivocándome en día y fecha), hasta que me entró la duda, miré el fechador de la pantalla de la computadora que ponía “martes”, quise corroborar desplegando el calendario del mes y dudando aún y temiendo una desconfiguración de la máquina, acudí al calendario de cartón que tengo guardado en mi billetera, para comprobar que… ¡el de error era yo, porque era martes y no miércoles!

 

Pedí disculpas por escrito a quienes recibieron la equivocación, diciendo –lo más jocosamente posible- que “estaba adelantado” o que “había ganado un día”; pero la verdad es que el cerebro me jugó una pequeña pasada, de esas a las que tal vez debería acostumbrarme, porque se suelen producir desde mis tres infartos cerebrales, los que deben haber apagado algunas luces neuronales para ahorrar corriente eléctrica…

 

Confundir u olvidar fechas puede ser tomado socialmente como una malacrianza o causar sorpresas (como eso de aparecerse un día cualquiera con un regalo, cuando el cumpleaños del receptor es dentro de cinco meses, por ejemplo) pero en lo personal, sí creo que hay que acostumbrarse, aducir ser un desmemoriado y habituar a los amigos y parientes a que las fechas “señeras”, no nos hacen seña alguna.

 

De pronto es una condición de la edad, pero esta especie de intemporalidad, aunque no deseada, no tendría que ser tomada a la tremenda sino como prueba de que uno crece y las neuronas, microscópicas y tantas, se confunden, se pierden y necesitarían tal vez un geoposicionador para encontrar la ruta…

¿Cuál?

 

NOTA: Publico aquí esta entrada, luego de publicarla hace unos días, en mi otro blog, franco d´terioro (francodterioro.home.blog) porque tiene poquísimas vistas; de pronto aquí la miran más…

 

Imagen: bombasoju.wordpress.com