UNA HISTORIA… ¿GENEALÓGICA?


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La historia que voy a contar y me contó alguien a quien también alguien se la contó, es una historia pequeñita, con h minúscula y no sé si será verdad o será puro cuento.

 

Dicen que en la edad media, en un pueblo español, vivía un zapatero que estaba muy orgulloso del calzado que hacía… El rey  – porque en esta historia hay uno- en su ruta de visitas, un día apareció inopinadamente en el pueblo, congregó a la gente en la plaza y después de las proclamas recitadas de viva voz por el funcionario encargado, el monarca se puso a escuchar, graciosamente, los pedidos de los pobladores.

 

El zapatero había llevado con él en una bolsa de tela, su mejor par de zapatos y se los entregó al rey como obsequio; nada más verlos al abrir la bolsa y sacarlos, el rey sonrió y le dijo al zapatero: “¡Gracias, buen hombre…! ¡Son estupendos y en retribución a tu gentileza te concederé lo que quieras! Solamente tienes que pedirlo…”

 

El zapatero dudó un momento, se puso serio, pensó y sonrió diciendo: “Mi señor, quisiera algo que nadie tiene y es poder construir en un terrenito que tengo, una torre que sea más alta que la torre de la iglesia y poder vivir allí, con vuestro permiso…”

 

En la época medieval, ninguna construcción podía sobrepasar en tamaño a la torre de una iglesia, pues esta era la casa de Dios y por lo tanto el punto más elevado y cercano al cielo…; el rey miró  al zapatero, paseó la mirada por la gente que en silencio esperaba lo que sería una negativa real y dijo:”¡Sea! Nos te concedemos levantar tu torre, más alta que la de la iglesia y vivir en ella…”

 

Así, el zapatero que era conocido por todos por su apellido, que era Gómez, pasó a ser desde entonces Gómez, el de la torre.

 

Cuentan los que cuentan cuentos, llamados historias, que este es el origen del apellido Gómez de la Torre. El apellido de mi madre y mi segundo apellido.

 

Si lo narrado no es verdad, merecería serlo…

 

Imagen: fr.depositphotos.com

 

 

WALK DON´T RUN


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La mamá de Tuco abrió una tiendita de venta de discos en una pequeña galería comercial que supongo por nueva y estar algo a trasmano no tenía mucha clientela; allí nos juntábamos para “ayudar” y lo que en realidad hacíamos era oír música y conversar. A veces nos acompañaba algún amigo, pero por lo general esas tardes de verano eran más bien musicales, de conversación y espera…

 

Allí descubrí a “The Ventures” con su famoso “Telstar”, con “Walk don´t Run”, “Apache”, Runaway y tantas otras canciones donde las guitarras eléctricas, el bajo y la batería nos hablaban en “moderno” y nos parecían lo máximo. Era, creo, nuestro refugio en un mundo que ya entonces aparecía un poco desordenado y medio agresivo. No existía Internet, las computadoras personales y los correos electrónicos eran algo que no se conocía, pero la música, las conversaciones, uno que otro cigarrillo (cuando la mamá de Tuco –que fumaba bastante- nos “dejaba a cargo), algún sándwich y Coca-Cola llenaban nuestras tardes antes de cerrar e ir a la cercana avenida Arequipa para tomar el “Mercedes azul” que a mí me llevaría hasta Barranco, atesorando un disco del grupo favorito, comprado con los ahorros y por supuesto con un descuento “especial” por ser “amigo de la casa”.

Recuerdo que el primero que pude llevarme fue precisamente “Telstar” y después “Walk don´t Run”: gloriosos vinilos de 33rpm que por las noches escuchaba una y otra vez en la radiola “Saba” de la sala de mi casa, hasta que llamaban a comer y el noticiero del televisor en blanco y negro reemplazaba a “The Ventures” con noticias que eran una ducha de realidad.

 

No sabría decir si fue una época feliz, pero creo que para la época, era feliz. No recuerdo ningún verano triste en Lima, con sus posibilidades de playa y sol, primero bicicletas y luego estirando cada día hasta la noche oyendo una música que hoy de pronto sería tildada de simplona y primitiva, pero que en esos sesentas sonaba a rebelión (porque en nuestras casas a nadie le gustaba mucho).

 

Ahora que pienso, ya en esa época, el título de la canción que “The Ventures” tocaban maravillosamente, me estaba dando un consejo: “Camina, no corras” y francamente no sé si lo escuché porque si hubiera caminado más y corrido menos, hubiera hecho que ese tiempo en el que fui feliz, durara más.

 

 

 

Y por si quieren escuchar más a “THE VENTURES”, aquí está el link a un concierto en Japón en 1965.

https://www.youtube.com/watch?v=D6DmtPQv7V8&list=PLq_Y-lcSMTsd-5yNJQubu9gju

 

Imagen: http://www.flickr.com

DE NÚMEROS Y VERDURAS


DE NUMEROS Y VERDURAS

Nunca me gustaron las matemáticas ni las verduras y mi padre, ingeniero, sufrió mi desamor por los números al tratar de explicarme lo que para mí eran misterios insondables y tan atractivos como una coliflor; mi madre fue la que descubrió primero que a su hijo menor le importaba más lo estético que lo correcto, un día en que la monja profesora la llamó al colegio para decirle que yo era muy formal y obediente, pero que no se explicaba de qué manera llegaba al resultado de las divisiones que hacía en mi cuaderno porque estaban ordenadas, limpiecitas, pero los números que haciendo la figura de un cono invertido ponía en la parte izquierda, no tenían nada que ver con el resultado que lucía a la derecha, bajo el signo de división.

 

Mi madre, en casa, me hizo la pregunta y yo le confesé que inventaba los números, pero eso sí, se veían muy bien…

 

Lo de las verduras fue aversión a primer sabor, creo, porque ni disfrazadas con la imaginación de doña Victoria, cocinera experta que llegaba a la casa a las 9.00 am y se iba a las 6.00 yo las comí nunca; a lo sumo probaba el disfraz y mis papilas gustativas encendían todas la alarmas, lo que hacía que me negara a comer.

 

De nada valieron amenazas, ruegos, premios o castigos porque algo en mí rechazaba lechugas, vainitas, brócoli, zanahoria, arvejas, espinaca, acelga, espárragos verdes, col, coliflor, berenjenas, beterraga, nabos, pepino, camote…

 

Sin embargo comía (y como) papa, tomate y palta. Hoy, tal vez un médico daría con la razón de lo que para mí ha sido siempre normal y que conste que respeto a los verdurófilos aunque pienso que los veganos son una especie de extremistas, pero yo, con las verduras… ¡Nada!

 

A mis 72 años sigo sin entender el amor por las matemáticas y opino que “¿Lechuga? ¡Para el canario!”

 

Imagen: emojiterra.com

 

 

 

EL BANALIZADOR


EL BANALIZADOR

Está al alcance de casi todos el mundo y casi todo el mundo lo posee; sirve para banalizarlo todo –de ahí su nombre- porque convierte en intrascendente cualquier conversación y cualquier sentimiento.

 

Banaliza aquello que el hombre ha perfeccionado desde que apareció sobre la faz de la tierra y pudo hablar, superando a las señas; convierte en intrascendente casi cualquier comunicación en la que se use y curiosamente no solo para hablar sino para escribir.

 

Es claro que me refiero al teléfono celular, ese invento maravilloso en un principio, que fue ampliando su radio de acción hasta poder unir a dos personas desde los puntos más distantes e insospechados; su desarrollo lo ha llevado de ser un maletín algo engorroso a  empequeñecerse, multiplicando sus funciones y capacidad de modo asombroso. Hay un manido chiste que dice: “¿Qué es lo único que admite y se siente orgulloso un hombre de tener pequeño…?: ¡El teléfono celular!”.

 

Pero con todos los avances tecnológicos y habiéndose convertido casi en un miembro más del cuerpo humano, su cotidianeidad lo ha convertido en algo que si bien se hace sentir indispensable, en algo que le quita importancia a todo: un corazón reemplaza al sentimiento del amor, una carita sonriente, llorando o enojada y roja significa que se está alegre, triste o enojado; los famosos “emoticones” suplen a las emociones: los colores y la expresión mínima denotan el estado de ánimo.

 

Se ahorra tiempo para comunicar, pero un sentimiento o emoción se convierte en algo apurado, dicho al paso, por salir de un compromiso y mención aparte merecen los dibujitos con el pulgar arriba o las diferentes señas que manos y dedos graficados indican. Los famosos “likes” o “me gusta” se dispensan de un modo tan copioso y corriente, que son el equivalente a ver llover a través de una ventana.

 

Se usa el teléfono celular para decir “Me divierto bailando” y se adjunta la fotografía o el pequeño video que muestra una discoteca en plena ebullición, tomados por el mismo celular: perennizamos el instante y al mismo tiempo lo hacemos descartable con el próximo mensaje.

 

Sí, es verdad que sirve para saber dónde se está, qué hay cerca o lejos y para mil cosas más que van desde servir como linterna hasta darnos la cotización de la bolsa: un universo de posibilidades que se usan tanto como un impermeable, un día de sol radiante en la playa.

 

El banalizador ha entrado en nuestra vida, ha sido adoptado, incorporado a nosotros mismos y es elemento indispensable “para estar en contacto” con personas que ni conocemos y que se identifican con un alias o apodo pululando en las llamadas redes sociales donde intercambian opiniones, zalamerías o insultos de diferente calibre, sin discriminación ninguna y sin necesidad de que sean verdaderos.

 

Creo que casi todos conocemos o tenemos un banalizador, pero pienso que su utilidad se ve opacada por su futilidad.

 

Imagen: http://www.pinterest.com

VIAJE A CANCÚN


VIAJE A CANCÚN

Desde hace algún tiempo venía planeándolo y decidí por fin que ya era tiempo de suspender mi línea telefónica “alámbrica” para quedarme con el celular, sobre todo porque el teléfono es un aparato que ocupa lugar, acumula un poco de polvo y por más que los diseñadores se hayan esforzado no es muy estético que digamos; es algo que está ahí “porque hay que tener teléfono”, para estar conectado y disponible…

 

En verdad solamente suena cuando de la empresa de telefonía llaman para ofrecerme “un mejor plan” y a veces cuando la llamada es para un colegio que debió tener el mismo número antes y yo les digo amablemente que no es el número, que no sé el número telefónico actual del colegio o que aquí no impartimos clases de nada; es muy raro que alguien llame y si quiero hacerlo, uso el celular, mi esposa usa el suyo, nuestra hija el suyo y quienes visitan llevan los suyos.

 

Es verdad que aquí la recepción celular es un poco muy mala –supongo que por la multitud de edificios del condominio- pero hay “lugares estratégicos” como la puerta-ventana de la sala, el escritorio (donde está el “router”) o mi cama, sitios desde donde se puede hablar y escuchar bien; ya lo tengo estudiado y para los visitantes hago las indicaciones que corresponden, claro que no le voy a decir a una visita que quiere hablar por celular que vaya a mi cama, porque como decía mi amigo Julio, “no sería propio”.

 

Prácticamente nadie llama, no lo usamos en casa y tenerlo es como mantener un fax o un teletipo cuyo lugar está en alguna vitrina de museo (pero supongo que hay quienes resisten y los siguen usando: “son pocos, pero son”, tal como dijo César Vallejo)…; en resumen, prescindir del “teléfono fijo” (aunque el que tenemos en casa es portátil gracias a que nos lo obsequió Jaime) es una decisión tomada y ejecutada; ahora toca devolver con nuestros agradecimientos u obsequiar a alguien el aparato, deshacernos del cable que serpentea por la parte inferior de la pared (no sé si la compañía de teléfonos se hará cargo) y de la guía telefónica; de pronto es como supongo será el sentir del perro, que se ve libre de la correa que lo sujetaba…

 

¿Y lo de Cancún…? Bueno, es que no vamos a viajar, porque por no tener “teléfono fijo” no me llamarán para decirme que he ganado el premio mayor de un sorteo que es de dos pasajes aéreos, bolsa de viaje y estadía de una semana en Cancún: sorteo en el que no participé nunca y estoy seguro que no existe; además, no tenemos bloqueador solar, los pasaportes deben estar refundidos en algún cajón y a mi esposa no le gusta la playa…

 

Imagen: http://www.cancuncare.com

LILIPUT


LILIPUT

Muchas de las marcas de galletas en el mercado ofrecen desde hace mucho tiempo paquetes individuales, con cuatro, seis, ocho o diez unidades; esto es una comodidad para el consumidor que no quiere abrir un envase grande para comer un par de galletas y arriesgarse a que el resto se “enfríe”, se humedezca y eche a perder.

 

Lo que sucede es que las galletas que traen estos envases (y supongo que los de más contenido en galletas también) cada vez son más pequeñas lo que está convirtiendo en “galletitas” lo que antes no era diminuto; supongo que es lo que se llama un “signo de los tiempos” o una manera de que el consumidor pague lo mismo que “antes” pero reduciendo el tamaño del producto, o sea reduciéndole el peso.

 

El consumidor no ve una variación en el precio pero recibe un poco menos de producto y no sé si este es un fenómeno que no se advierte o es que nadie, de parte de los consumidores, quiere hablar de él…

 

No hay ningún engaño, es cierto, porque cada envase marca el peso que tiene y el número de unidades que trae, pero reto a quienes recuerden un paquete “individual” de galletas –casi de cualquier tipo- de hace unos años y lo comparen con uno del mismo tipo, actual.

Lo que ahora nos venden son paquetes liliputienses como para el consumo de los habitantes la isla inventada por J. Swift para “Los Viajes de Gulliver” (en la primera parte).

 

Sé que no le van a hacer ningún caso a esto porque “los tiempos cambian” y suena a lamento por “tiempos pasados y mejores” pero creo que poco a poco aunque las palabras hablen de grandes tamaños la realidad los empequeñece y todos tan tranquilos.

 

Imagen: http://www.featurepics.com

¿SERÁ UN DONUT…? ¡NOOOO! ES UN AGUJERO NEGRO…


SERÁ UN DONUT

Lo que –perdonen la irreverencia- parece un donut o  una dona común y corriente, es la primera fotografía obtenida de un Agujero Negro, ese misterio cósmico del cual hay varios (innumerables, creo que no se sabe cuántos) y sobre los cuales se ha teorizado pero nunca se había tenido una constatación visual alguna.

 

Resulta que un Agujero Negro es eso: un agujero negro y supongo que se seguirá teorizando a dónde lleva (si es que lleva a algún sitio), o qué es lo que hay dentro; se dice que hay “materia oscura”, lo cual es lógico si el color es negro y que sería una especie de aspiradora que absorbe todo lo que se le pone a tiro, digamos que es un agujero o boca de succión de dimensiones híper inimaginables…

 

¿No será que las polillas cósmicas se están comiendo la frazadita estelar y que esos huequecitos luminosos que llamamos estrellas son lo que las polillitas han producido y los agujeros negros son los que las mamás y papás polillas producen con su hambre sideral…?

 

Por ahora tenemos la foto de un misterio y este tiene pinta de donut y la teoría sobre las polillas estelares resulta posible en un mundo donde tendemos a encontrar parecidos en todo.

 

Recuerdan el famoso “¿Es un pájaro…? ¿Es un avión…?  ¡Es Superman!”…?  Bueno, esto, es… ¡Un Agujero Negro!

 

Imagen: Centro de Messier 87 – Internet