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EPIDEMIA DE DIARREA


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EPIDEMIA DE DIARREA

Las farmacias y boticas estarían reportando un aumento desmesurado en la venta de medicamentos y preparados anti-diarréicos en estos días; es como si los huaycos y las lluvias, que lo arrasan todo, fueran de caca: así parece ser la demanda que tiene una explicación: en Brasil empezaron a hablar.

No es que los brasileros fueran mudos y de pronto un milagro los ha vuelto locuaces, sino que a partir de la firma de un cierto acuerdo entre la Justicia de ese país y la peruana, se ha puesto en marcha algo que es imparable y que produce al parecer la curiosa epidemia de diarrea que tiene alcance nacional.

La bola empezó a correr por la pista y los bolos empezaron a caer a pesar de los esfuerzos previos y aún actuales por cambiar lo que para algunos es un juego violento, por otro como el mah-jong o hasta las damas…

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Quéjese y no haga nada


(CASI) LITERAL

Javier Payeras_ Perfil Casi literal_Quéjese con cada persona que encuentre. Quéjese con su familia cercana. Quéjese con sus parientes lejanos. Quéjese con el vecino. Quéjese con su jefe. Quéjese con su empleado. Quéjese en los periódicos y en los noticieros de la noche o en los programas de la mañana. Quéjese con el doctor, con el abogado, con el señor que vende shucos en la Zona 4 de la ciudad de Guatemala. Quéjese con el señor de la abarrotería «La divina providencia». Quéjese con su pastor o con el padre. Quéjese con el guardián del condominio. Quéjese con la vendedora de mangos verdes. Quéjese con la locutora de radio. Quéjese con el señor con tres dientes de oro. Quéjese con la dependienta de la panadería. Quéjese con la anciana que va junto a usted en la camioneta. Quéjese con los que están filmando una película cerca de su casa. Quéjese con el poeta. Quéjese…

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MEMORIA


MEMORIA

Memoria era su compañera de vida: de toda la vida.

Desde que la tuvo, cuando pequeño, la familia y los conocidos se asombraban de su capacidad para recordar; eran los tiempos felices de no fallar cuando lo mandaban a la bodega para traer detergente,  una bolsa de café “para pasar”, un paquete de sal, fósforos más una botella de aceite de cocina y él, como no sabía escribir, confiando en acordarse para pedirlo todo, lo traía en dos viajes si es que no podía con el peso de una sola vez.

 

No fallaba  recordando cumpleaños y cuando ya estuvo en el colegio, lo concreto como fechas, nombres de héroes, batallas y lugares no eran problema porque siempre decía lo correcto sin que se equivocara ni una sola vez; no pasó mucho tiempo y su habilidad recordatoria le ganó el apodo de “elefante”, no porque fuera grande –era más bien bajito y flaco- sino por la memoria proverbial del paquidermo y sus compañeros de clase, en secreto, aprovecharon de su facultad, pidiéndole que les “soplara” en los exámenes; llegaron a desarrollar una técnica consistente en que un compañero tenía oculto el libro del curso y formulada la pregunta, él recordaba y le pasaba un papelito donde apuntaba el número de  página en que creía estaba la respuesta: la solución, que era acertada casi siempre, iba corriendo poco a poco y así las fechas, los nombres de batallas, de lugares y todas esas cosas que siempre se pierden en la cabeza del que prefiere el fútbol a estudiar, llegaban como unos salvavidas que enviaba “elefante”.

 

Claro que se olvidaba pronto de lo visto, porque – lo que una vez dijo el profesor, tratando de explicar cuando alguien preguntó “para saber”- eso era una “memoria fotográfica”, que surgía instantánea pero de una duración corta y fugaz: no importaba, “elefante” era un héroe secreto en la clase de cuarto de primaria.

 

Memoria continuó acompañándolo, asombrando y ganándole respeto mientras pasó por la universidad, se hizo profesional y envejeció sin pensar en casarse, porque no: porque él y Memoria eran fieles, el uno para el otro; sucedió que un día se olvidó dónde estaban sus llaves y una tarde no encontró sus anteojos…

 

Con los días los pequeños olvidos, resultaban incómodos, creciendo en tamaño, en frecuencia y en peligrosidad: la cafetera que quedaba encendida, el recibo de la electricidad sin pagarse, el nombre –lo tenía “en la punta de la lengua- de las pastillas que tomaba para su corazón…

Una noche, antes de acostarse, movió la perilla de la cocina y que saliera el gas, encenderla y hervir agua para cuando se enfriara pasarla a la jarra y poderla tomar; el olor como si fuera ajo le hizo pensar que cocinaban algo en la casa cercana y después de lavarse los dientes, se metió en la cama, leyó un poco y ni sintió la explosión que alarmó al vecindario cuando accionó el interruptor de la lamparita de su mesa de noche.

 

Imagen: http://www.revistaplaneta.com.br

EL DUEÑO DE LA PELOTA O “NO ES EL AMOR AL CHANCHO…”


EL DUEÑO DE LA PELOTA

Fuera, escucho una vocecita chillona que, intuyo, pertenece a un niño que está hablando por el intercomunicador del edificio a un departamento al que ha llamado: “¿Aldo…? ¿Vas a bajar para jugar…?” “¿No puedes…? …silencio… “Entonces sal a la ventana y tírame tu pelota…

 

Aldo no bajará. Aldo es el dueño de la pelota y lo concreto es que al niño de la vocecita chillona le importa Aldo en cuanto a su condición de dueño de la pelota…; esto, me dirán, es común entre los niños, que privilegian siempre el juego y no es un asunto de egoísmo, que no es para preocuparse y que así son los chicos.

 

Sinceramente creo que los chicos aprenden a ser así porque están acostumbrados a que en el mundo de los adultos se es por lo que se tiene y se elige siempre al que tiene, especialmente si posee algo de lo que uno carece; “dime cuánto tienes y te diré quién eres” es la norma que parece regir las relaciones humanas, que indica subordinaciones y preeminencias, “situando” a unos y a otros, “ubicándolos”, poniéndolos “en su lugar”.

 

Resulta curioso que esa pequeña voz chillona, escuchada temprano en una mañana de verano me haya hecho reflexionar hasta el punto de sentarme a escribir esto y ustedes, si leen lo que publico en el blog, dirán “¡Si escribe sobre cualquier cosa…!”, o tal vez piensen que no tenía otro tema y lo de la llamada por el intercomunicador me pareció algo tan bueno como cualquiera…

 

Pasa que estos pequeños sucesos –debe ser que me ando metiendo en camisa de once varas- sumados a los años que tengo, hacen que mi prurito de observador se agudice e interprete lo que escucho y veo con una proyección mayor que la que de pronto tiene en realidad; sin embargo creo no equivocarme en este caso cuando veo en la actitud del chico a lo que los mayores evidencian casi rutinariamente en su día a día: el poder y el dinero (el dinero suele servir para ser usado en obtener más poder) son las dos constantes que parecer ser lo más importante en la vida…

 

“Conscientemente” se dice que no es así, pero vemos todo el tiempo ejemplos que nos dicen que eso podría ser cierto, por lo menos para algunos… ¡muchos!; y cuando leo sobre narcotraficantes que amasan fortunas gracias a miles de vidas que terminan como las partículas de caspa, sacudidas por incómodas a la vista de las solapas del saco porque lo afean, o cuando veo las cadenas de oro, anillos y pulseras del mismo metal que algún “cantante” de moda ostenta como muestra de su “éxito” o pienso en el delincuente que, hace tiempo ya, se hizo colocar un diente de oro que  tenía engarzado un brillante,  pequeñas cosas como la llamada por el intercomunicador hacen que mi pensamiento vaya a esa realidad que nos rodea y que a cada instante invade, victoriosamente peligrosa, aún aquellos lugares que parecían y considerábamos “seguros”.

 

Ya sé que suena pesimista esto que escribo, pero a veces pienso que el tango “Cambalache”, tiene una vigencia prodigiosamente tremenda.

 

Imagen: articulo.mercadolibre.com.mx