LA OPACA TRANSPARENCIA


 

OPACO

No cumplo las promesas que me hago a mí mismo.

Me propuse no escribir sobre cosas como esta y resulto haciéndolo porque es algo que no se puede callar o disimular mirando a otro lado.

Para el Gobierno, transparencia es el nombre de una ONG (Organización No Gubernamental) y por lo tanto no tiene nada que ver; lo dice claramente la NG (no Gubernamental), con mucha transparencia.

Vistas así las cosas (o no vistas, mejor) se hace todo lo posible para que la opacidad deje pasar solo un poquito de luz, pero no se vea nada. Nada que pueda comprometer (más) a los que ya están comprometidos y a los que los secundan y permiten.

Existe una Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública (Ley N° º 27806), que como muchas Leyes en nuestro país es lo que se llama “letra muerta”, porque importa tanto como moneda de un céntimo, falsa, para más señas.

Este juego de envite, donde se escamotea a la vista de todos la verdad, parece ser precisamente eso: un juego, diversión que busca entretener mientras “mágicamente” desaparece lo que todos tienen derecho a saber.

En el asunto están metidos de pico y patas personajes diversos, todos preocupándose por mantenerse del lado más oscuro. No quieren ser visibles, no les conviene, porque perderían con la luz su inmunidad. Que deviene hasta ahora en cómoda impunidad.

Por eso la Ley de Transparencia es ignorada y aquí mejor que nunca, “hecha la Ley, hecha la trampa”, mientras tanto las fortunas se amasan y las honras se venden, o se alquilan, porque así hay una renta segura. Mientras tanto, el grosor de la billetera significa que hay éxito y no importa la forma de engordarla. Siempre dije que el Perú era el reino del “no te preocupes hermanito, déjalo así nomás: nadie se va a dar cuenta”; entonces…  ¿para qué  es que queríamos transparencia?

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¿ES LO COMÚN LA DELINCUENCIA?


DELITO

Delincuencia común” o sea “delincuencia corriente”.

Como si la delincuencia tuviera rangos. Como si ser “delincuente común” fuera distinto a ser un asesino, violador o ladrón.

Resulta que un delito es menor que otro y no es lo mismo robar un celular que asaltar una pollería o pegarle un tiro a alguien. Lo siento, pero ES un delito. TODOS esos son delitos, es decir, transgresiones a la Ley.

Sé que la respuesta será que hay que diferenciarlos por su gravedad. Delinquir ES grave; lo que sucede es que nos hemos acostumbrado tanto a lo largo de la historia a clasificar y calificar los delitos, que se ha establecido un baremo de transgresiones. Algo así como los pecados veniales y los mortales en la religión católica (cuando en realidad el concepto de pecado es similar al de delito y no creo que debería existir una escala de medición).

Pero estamos así y el delito está dejando de serlo, convirtiéndose en la norma: el delito resulta lo común.

En todo el mundo se está dando este fenómeno, donde los delincuentes aducen ser personas honradas y buscan ser reconocidos como tal. Donde uno mire, la inversión de valores hace que se aclame a los corruptos y ladrones. Donde uno voltee verá que el crimen paga y la complicidad de “la vista gorda” extiende sus pringosos tentáculos.

Hay una fuerte campaña, para igualar a los que puedan quedar sanos con los enfermos terminales. El delincuente busca que todo el mundo lo sea, contagiando, para “empezar de nuevo”.

Sé que estas disquisiciones harán que me tomen por loco o intransigente. Es que aprendemos a transigir. Es locura decir que no es normal lo que pasa. El delito se convierte en cosa común y todos tan tranquilos: quien no delinque es “raro”, está fuera del círculo: No califica para nada. Lo que debía estar fuera de lo ordinario se convierte en común. Lo terrible es que el delito no es extraordinario.

 

EL ESPEJO MEXICANO


ESPEJO

La desaparición de los estudiantes en México y la larga lista de horrores que por años este país hermano sufre, reflejan como un espejo la realidad del Perú.

Se dirá que hay grandes diferencias y de pronto lo son de tipo estadístico, pero en realidad en lo que viene sucediendo podemos vernos duplicados.

Es que el Mal no conoce fronteras,  cantidades o cualquier otra cosa: solo se conoce a sí mismo; mira a su alrededor para absorberlo todo como un agujero negro y crecer sin pausas hasta rebasar lo imaginable.

En “El Espejo Enterrado”, el inmenso Carlos Fuentes mira hacia atrás con brillo. Si hoy lo hiciera  al presente, sólo vería sangre.

El Perú debe mirarse en ese espejo porque, a cómo van las cosas, lo peor está por venir: es el Mal que se supera a sí mismo día a día.

Si lo rompemos, para no ver, la tradición nos augura mala suerte; no queremos mirarnos en el espejo porque pensamos que es un modo de conjurar la desgracia.

Desgracia verdadera es que no se dé cuenta el Perú que el reflejo es horrendo.

 

 

 

UNA IMAGEN VALE MÁS QUE MIL PALABRAS


FOTO CARETAS CAJAMARCA

Y no ha sido solo una, sino muchas las que valen más que todas las palabras que tratan de describir el horror de la trágica muerte de Fidel Flores Vásquez en Cajamarca.

Valen más que todas las palabras con que de alguna manera se trata de excusar el hecho. Valen mucho más que las palabras del Ministro del Interior diciendo que no viaja porque “no se dan las condiciones”, diciendo que los deudos vengan a Lima y que él los recibirá en su despacho; diciendo “que lo siente mucho” y que hay gente que quiere usar el tema para producir disturbios y que habría una bolsa para solventarlos, que se quiere “politizar” el caso. Palabras, palabras, palabras…

Ni las palabras ni las imágenes van a devolver la vida a Fidel Flores Vásquez. Unas pasarán y las otras quedarán como testimonio de algo que cada vez es más común en el Perú.

Las imágenes que evidencian que hay un desprecio absoluto por el otro.

Lo tremendo es que así como las palabras se olvidan, estamos acostumbrándonos a ver lo que ante no veíamos y a considerar que son eso, imágenes de algo que sucede lejos; en Cajamarca, en el televisor, en el diario o la revista. Que no alteran nuestra vida.

No basta con renuncias, pedidos de perdón, justificaciones o palabras. No basta con imágenes.

La vida de un solo ser humano vale muchísimo más que todo eso. Y me parece que no hacemos nada. Solo hablar.

 

IMAGEN: Revista “CARETAS”

 

CON “F” DE FREGADOS ¿Y FISCALÍA?


EFE

En el Perú se dice que uno “está fregado” para significar que no tiene salida, que es algo definitivo. Se usa también “fundido”. Se repite la “F” inicial.

Parece que estamos fundidos o fregados como país.

Sigue la escalada de “destapes” a cual peor, que indica que los niveles de corrupción son tan grandes que se dan desde una escala personal hasta la institucional, pasando por distritos, provincias y regiones. Se avizora, con gran dificultad, alguna rara isla medianamente honesta en este mar infecto, monstruosamente denso y que, si alguna playa toca, contamina.

Claro que  todos, mientras no se demuestre su culpabilidad son inocentes, pero si los indicios dicen que el animalito dice “miau”, tiene cuatro patitas y duerme gran parte del día, es porque se trata de un gato.

No parece haber mucha salida porque el mar de corrupción lo inunda todo y quiere ahogar a los que tratan de flotar asidos a un madero. No parece haber mucha salida si es que son delincuentes los carceleros, si los que dan las leyes las infringen y si la autoridad es ejercida para acallar los gritos de protesta. Dicen que así está sucediendo en el mundo, lo que se resume en el refrán “mal de muchos…. Sí, “consuelo de tontos” completa el refrán. Pero tonto me parece muy suave como apelativo, porque el tonto no es que tenga mucha conciencia de serlo ni de repente culpa. Este es el consuelo de los sinvergüenzas, que espero no lo tengan y caigan entre rejas.

INSEGURIDAD INCLUSIVA


INSEGURIDAD

La inseguridad incluye a todos: al ministro de Interior le tiraron botellas y sillas en San Cosme.

El ministro recorría los vericuetos de una de las zonas “bravas” de Lima seguido por reporteros, custodiado por policías y seguido también por curiosos. De un bar, un grupo de borrachos le tiró botellas de cerveza, sillas;  gritó improperio y medio y armó una trifulca en la que participaron las mujeres presentes. Hirieron de un botellazo a un periodista y la policía actuó deteniendo a todos los asistentes al bar, que al parecer era una guarida de “gente de mal vivir”, un eufemismo que decora o enmascara a vulgares delincuentes.

O la borrachera los volvió estúpidamente audaces o estamos ante la famosa inclusividad en su versión “nadie se salva”, aplicada a la inseguridad.

Me parece que es una combinación de ambas cosas. El desmadre que se trata de controlar a nivel nacional no reconoce nada y una de las pruebas es esta.

La filosofía del “a mí que me importa” se ha extendido y si los sicarios asesinan a plena luz del día, si muchos alcaldes cuya comuna se cae a pedazos por incuria culpable han buscado (y obtenido) la reelección; si el funcionario coimea, si el trasportista público acumula papeletas como si fueran condecoraciones; si el esposo borracho o “fuera de sí” asesina sin remordimiento alguno a su pareja, es que hemos entendido mal el asunto de inclusión: “Todos lo hacen, yo también, me incluyo”. Creemos que nada va a pasar, que todo sigue tan normal y que actuar con un mínimo de decencia es para los imbéciles, los “que no la ven”, los “quedados”.

Esta es una epidemia que mata al Perú. Contagiosa, tremenda. Una epidemia contra la que tenemos que luchar sin descanso, atacándola allí donde aparezca: de otro modo vamos a desaparecer como país y en las historias que cuenten de nosotros, el último de los incas se llamará Ollanta.

MONÓLOGO NO ES DIÁLOGO


MONÓLOGO

Se habla de la necesidad de diálogo, de la urgencia del diálogo, de la bondad del diálogo. Se precisa del diálogo y se cree que este es un monólogo. Parece que no nos enteramos que para dialogar se necesitan dos; dos que no vean en allí la oportunidad de decir su monólogo.

Eso es lo que pasa de uno y otro lado: cerrados a la banda y creyendo que la verdad se pone enteramente de su parte, ni uno ni otro lado da su brazo a torcer. Las reivindicaciones se ven como exigencias ultristas y a la razón se la mira como a un bicho raro. Por un lado el Poder (con esa “P” mayúscula que asusta) y por el otro piedras que cierran los caminos y rompen las cabezas. ¿Diálogo?:  ¡No, qué va! Simplemente monólogos, que sordos aparentan oír, para empezar con lo mismo de nuevo. Mientras tanto se desangra el país, nos comen las hormigas y todo anda revuelto.

Especie dialogante se busca”, un “homus dialogantis”.

Por ahora solo existe una “monología” que digamos. Una que tira piedras, lanza gases, grita, reprime o cierra carreteras.

Monólogos a pasto, en todas direcciones. ¿Los diálogos?: ni michi.