TIEMPO MÁGICO


Quizá te acuerdes de la avenida Pedro de Osma, flanqueada por ficus añosos, de los que se desprendían unos gusanos peludos y negros, de cabeza roja cayendo inopinadamente sobre los hombros de algún desavisado transeúnte. Los ficus que formaban una especie de túnel, donde la neblina se acumulaba.
La avenida Pedro de Osma, por donde traqueteaba el tranvía, gris, jalando su acoplado, haciendo la bulla rítmica a la que nos habíamos acostumbrado tanto, que era parte de un paisaje sonoro que incluía los reclamos de las cuculíes y el vocear de tricicleros que compraban de todo y las escalas repetidas por el caramillo de esporádicos afiladores que empujaban su máquina: el armazón donde se sujetaba una rueda inmensa que un pedal primitivo de madera hacía girar para devolver a los cuchillos su capacidad de cortar, y que se “asentaban” en una piedra especial humedecida con un trapo.
Tal vez te pase como a mí, que estoy viendo la casa de la señorita Gallagher, en esa misma avenida, con su gran jardín enrejado, mientras yo llevo una esquela que mi madre le envía sobre una actuación del servicio social de la parroquia del padre Malpartida. Quizá me veas caminar hacia lo que yo consideraba la frontera entre Barranco y Chorrillos, mi frontera, un día de verano en el que no había podido ir a la playa.
Tal vez nos encontremos en Sánchez Carrión, que ahora es un boulevard alcohólico, de donde los vecinos deben haber huido espantados, yendo a Bolognesi, a la bodega del chino de la esquina.
Sé que si vamos por la Bajada de Baños, no nos encontraremos con el “Negro Camote”, porque a esta hora está ocupado de pasear su gorra del policía municipal que no es, en el mercado de Grau y que me cuentan que hoy suplanta un “supermercado”. ¿Qué podemos hacer con este Barranco que no es más, pero que llena los recuerdos con fiestas de carnaval, misa de los domingos en la iglesia del Parque, funicular y caminatas conversadas y largas?
En verdad no lo sé, porque ni tú, ni yo, ni ninguno de los amigos de ese entonces vivimos en Barranco, pero intuyo que si seguimos recordando podremos regresar a un tiempo que fue mágico.

Foto: Blog “Lima Antigua”.

Foto Lima Antigua

¡BRON, BRON, BRON!


MARCOS DE ORO 14K

Era casado con una prima hermana de mi padre, mi tía Enriqueta que era baja, gordita, tenía vitiligo y sonreía siempre, con sus ojitos chispeando tras los lentes.

Benjamín Rojas también era bajito, caminaba muy erguido y enérgico, vestía atildadamente y llevaba el pelo perfectamente peinado. Digamos que era un elegante tamaño mini, consciente de que su pequeña estatura tenía que compensarla con una personalidad amable pero decidida.

Los dos eran maestros, ya retirados creo, y vinieron del Cuzco, donde vivían, a pasar una temporada en casa, mientras hacían los arreglos para que Maruja, su hija, estudiara en la Normal de Monterrico para ser, supongo que siguiendo la tradición y los consejos paterno-maternales, maestra a su vez.

No es que estuvieran hospedados mucho tiempo, pero significaron un rompimiento de mi rutina infantil; eran los tíos que traían golosinas, de esas que un niño veía solo de cuando en cuando, en épocas muy especiales y contadas.

Fueron engreidores y lo pasé muy bien. Maruja, que cuando estudiara saldría los sábados para pasar el fin de semana en la casa, era una incógnita. Mi hermana Teresa ya se había casado y yo no sabía si a Maruja debería tratarla como a una hermana.

Recuerdo claramente, y me llamaban la atención, los anteojos con montura de oro de mi tío Benjamín, que le daban un aire importante y él cuidaba con el esmero y usaba con orgullo.

Tiempo después mi padre me contó que esos anteojos eran “por gusto”, porque Benjamín Rojas veía perfectamente bien y no los necesitaba, pero le daban ese toque de distinción “que debe tener un maestro”; un titulado universitario, que se sentía así más importante, con su caminar erguido y enérgico; sonriente, pero en realidad serio. Elegante, con las puntas del pañuelo blanquísimo, asomando del bolsillo superior del saco del terno de paño color azul oscuro.

¡Bron, bron, bron!…: ¡Allí voy con mis anteojos de marco de oro rumbo a alguna reunión!; ¡Bron, bron, bron…!” Y movía los brazos como si desfilara. Así decía mi padre que le había confiado Rojas, cuando me explicaba lo de los anteojos y la “prosa” especial de mi tío.

Maruja ingresó a la Normal y venía los fines de semana a dormir en la casa. Fumaba a escondidas y no duró mucho porque regresó al Cuzco en busca de un enamorado que había quedado allí. Creo que se casaron. Fue la primera mujer a la que vi fumar.

HONORABLE PELUQUERO


MÁQUINA CORTAR PELO

Cuando era chico, para que me durara el corte de pelo, me lo cortaban “estilo alemán”; es decir, prácticamente nada de pelo salvo algo en la parte de arriba y un poquito al frente. Sé que tengo alguna foto que lo testifique, pero debe estar guardada en alguna caja…

El pelo me lo cortaban en la peluquería que quedaba frente al Parque de Barranco, que era propiedad de Jorge Kishimoto, de origen japonés, impecable, con bigote y una enorme sonrisa.

Jorge tenía una paciencia única y para que la máquina que usaba no me produjera frío en la cabeza, antes de proceder la entibiaba, exponiéndola a un mechero de alcohol que encendía ex profeso; operación que siempre me fascinó. Como el sillón de la peluquería no era adecuado para mi tamaño, sobre los brazos ponía una tabla pintada de blanco, en la que me sentaba muy ufano, con el protector inmaculado sobre la ropa, anudado en el cuello.

Al frente estaba el gran espejo donde podía ver como Jorge me rapaba y también las sillas “estilo vienés” en fila, contra la pared, para la espera de los clientes. Si mal no recuerdo había un peluquero más, al que le decíamos “el borrao”, y tenía en la cara marcas de lo que ahora supongo, eran rastros de una viruela. Pero mi peluquero era Jorge Kishimoto, y lo fue siempre, hasta que un día no lo vi más. Pasaron muchos, muchos, muchos años y mi amigo Carlos, que también había sido cliente de Jorge, me contó que se lo había encontrado en el Cuzco, como guía turístico. Carlos era entonces Ministro de Justicia.

Podrán pasar los años, pero el recuerdo de Jorge Kishimoto no se me va a ir nunca. No se me va a borrar porque fue el amigo peluquero que supo hacer de algo tan sencillo como el corte de pelo un rito; un agradable rito que incluía la lectura de “chistes”, conversaciones breves y un poquito de talco en la nuca al terminar.

¡SALVADOR PRESIDENTE!


La noticia me ha llenado personalmente de orgullo, porque un hombre bueno, un verdadero pastor de almas, ha sido elegido hace poquísimo Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana: Salvador Piñeiro García Calderón.

Somos amigos desde que coincidimos en la Asociación Ricardo Palma de Estudiantes Secundarios (ARPES), él como representante de su colegio, La Salle y yo como una especie de encargado de prensa y propaganda de la organización. Luego seguimos viéndonos, porque fuimos compañeros en el Seminario de Santo Toribio, donde compartimos solo tres o cuatro meses, ya que salí  debido a una operación y no volví. Cuando fue párroco de la de la Santísima Cruz, en Barranco, bautizó a Alicia María, que hoy ya tiene casi treinta y nueve años (malo decir su edad, supongo, pero da una idea del tiempo y la longitud del cariño que le tenemos a Salvador).  Hace muy poco tiempo, cuando estuve muy, muy enfermo, vino en el momento en que Alicia lo enteró, trayéndonos la Comunión a casa. Conversamos lo que el tiempo breve que robaba a sus labores permitió y confieso que la paz entró con él: Esa paz que hoy me permite sonreír e ir dejando poco a poco atrás los males.

No es fácil escribir sobre una persona tan querida y contar solo pequeñas anécdotas, porque la alegría es grande y el tejido de la amistad nos envuelve acogedoramente.

He seguido paso a paso su camino, viendo en él un compromiso aguerrido y bondadoso, con esa valentía que solo tienen los que están seguros que su camino es correcto: Un difícil derrotero sembrado de intrigas que sabe desarmar con la sonrisa de la verdad. Salvador, mi amigo, llega ahora al punto en el cual su don de gentes se une al valor para ocupar un puesto donde el consenso es necesario, pero la voz no debe callar, como nunca lo ha hecho la de él.  Los obispos de la Iglesia Católica tienen con Salvador a un piloto baqueano en tempestades y la Iglesia Católica peruana cuenta con un dirigente de primera en el pastor humilde que es Salvador. ¡Gracias por ser amigo!

 

DE ALGUNOS ALCALDES…LÍBRENOS DIOS!!


El tema de la ineficiencia, abusos de autoridad, incuria y hasta prontuarios es una triste realidad en el caso de muchos alcaldes, elegidos y ahora sufridos por los electores y quienes, sin votar por ellos, tienen que circular por distritos que parecen haber sido olvidados.

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El caso de Barranco, donde yo viví desde 1947 hasta 1973, ha saltado finalmente a los medios. La razón es sencilla: los vecinos se cansaron. Y ahora a protestar contra el alcalde local y el provincial. Con el tema de que “se estará mejor cuando se terminen las obras” los barranquinos y quienes tienen que ir o pasar por el distrito ven afectado su AHORA.

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Nadie niega la necesidad de obras. Lo que sucede es que hay que planear cómo hacerlas incomodando lo mínimo.

Para éso existen ingenieros, obreros y presupuesto. Para éso existe lo que se llama planificación, que no significa irse “de plan”.barranco2