LA QUEBRADA


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Me estoy refiriendo,  como cualquier barranquino entenderá, a la Quebrada de Armendáriz, esa cicatriz  dejada por un río o avenida que buscó llegar al océano Pacífico, hace no me puedo imaginar cuánto tiempo.

 

Lo que en mi infancia casi pueblerina y tranquila en ese balneario Limeño un poco adormecido fue una vía por la que “bajábamos a la playa” cuando no nos alcanzaba para pagar el pasaje en el funicular (que no bajaba por la misma quebrada sino que se descolgaba por un acantilado hacia el Establecimiento Municipal de Baños de Barranco) y era una ruta que empezaba arriba y corría entre las paredes terrosas y pegados a ellas, unos restos secos de arbustos y algo de lo que en el pasado fueron seguramente –pienso hoy- buganvilias y que entonces escondían arañas, seguramente ratas y estaban decoradas, a trechos, por basura.

 

Por el medio, una pistita para vehículos de excitante, muy fácil bajada y sofocante, empinada, difícil subida, llegaba hasta una especie de terraza natural y doblaba a la izquierda para bajar un poquito más a encontrarse con el mar; con esas o esa playa que no tenía otra cosa que piedras y el agua que iba y venía haciéndolas sonar.

 

“La Quebrada” como la conocíamos, tenía en su historia el aura tenebrosa de “El Monstruo de Armendáriz”, uno de tantos hombres que hacían de ella en covachas de cartones, periódicos y latas oxidadas, su casa y su cobijo, Jorge Villanueva Torres, fue acusado de violar a un niño y asesinarlo, hecho por el que fue enjuiciado, sentenciado y fusilado el 12 de diciembre de 1957, siendo la última pena de muerte que se impuso en el Perú. Villanueva negó hasta el final haber perpetrado el hecho. Fue un caso tremendo, muy mediático donde radios, periódicos y revistas dieron alas a la histeria popular y donde el racismo (porque Villanueva era negro) y las fabulaciones, condenaron a muerte a un hombre sin pruebas concluyentes y que mucho tiempo después resultó inocente.

 

“La Quebrada” tenía sus fantasmas, pero eran inexistentes en  la luz de las mañanas de verano, ante la promesa de la playa y el mar: “bajar” era fácil, alegre y la hora más o menos temprana, impedía el agobio del sol, pero “subir”, para llegar a casa a la hora del almuerzo, era una espada de Damocles que pendía sobre nuestro disfrute playero.

 

“Subíamos”, pero tomábamos un atajo para no seguir la ruta de la pequeña pista y por algún sendero, marcado por las pisadas  en la tierra, llegábamos arriba y caminábamos para llegar cansados, sudorosos, pero con la satisfacción íntima del que vence a la naturaleza; luego venían la refrescada, el almuerzo ligerito y en la tarde, a jugar porque el verano esa esa estación del año en la que no se quiere hacer nada y se hace de todo para lograrlo.

 

Luego se “mejoró la pista” y en la época de las bicicletas bajábamos alocados por la velocidad y subíamos a pie, empujando el vehículo y mirando para que no nos fueran a atropellar…

 

Tiempo después “La Quebrada” se convirtió en una moderna pista de dos vías, para formar parte de la “Costa Verde”, que de verde tenía al comienzo la flora de la imaginación y algunas enredaderas que se descolgaban más bien mustias con uno que otro toque de color producido por flores inciertas.

 

“La Quebrada” ya no fue más el terreno de aventuras, la guarida de leyendas y vagos y “la curva de Armendáriz” perdió la emoción que tenía al comienzo, cuando la pista aseguró la velocidad de los autos que bajaban con sus luces a medias, para irse a la “playa de los enamorados” por las noches.

 

Ahora, “La Quebrada de Armendáriz” es un puro referente vial.

 

Imagen: edicadito.blogspot.com

 

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EL BARÓN DE MALAPATAENBURGO


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 Un comentario me trae a la memoria al “Barón de Malapataenburgo” personaje de mi infancia barranquina.

Su recuerdo, lo confieso, es borroso a pesar de que si trato consigo verlo entre la niebla de los años (han pasado más de sesenta): bajito, serio pero amable; con un bigotito a lo Adolfo Hitler y el pelo cortado “a cepillo”. Era profesor de inglés y apellidaba Telaya. Su nombre no lo supe nunca, pero me enteré por mi madre, que era arequipeño.

 

Era nuestro vecino, porque vivía muy cerca de “Villa Teresa”; en realidad únicamente había que bajar las escaleras que daban a la puerta de al lado en la calle y en el primer descanso estaba su departamento, donde vivía solo. Otra puerta daba al departamento de la familia Rivarola (que tenían lo que creo era un automóvil Standard-Vanguard, negro y pequeño que estacionaban fuera, en la calle Ayacucho). Tal vez había otro departamento allí, pero bajando el último tramo de escaleras se pasaba frente al de Anita Williams, costurera eximia y amiga de mi madre; el departamento de Anita se abría a una gran terraza de la que se veía el acantilado y por supuesto el mar.

En la terraza había una sombrilla rígida,  pintada de colores rojo y amarillo tal vez y sí, muy descolorida por el sol de innumerables veranos…

La terraza era un territorio donde soñar con aventuras que tenían al mar como escenario y a los barcos piratas como protagonistas, mientras a mi madre le probaban un vestido que había llevado para que “lo arreglaran”.

 

¡Personajes y años barranquinos que pasaron!… La memoria es un reloj cucú al que hay que darle cuerda, esperar que su mecanismo no se haya estropeado con el tiempo y nos sorprenda con el pajarito que sale para anunciar las horas; esas que ya no volverán.

 

Imagen: http://www.solostocks.com

 

 

 

 

 

BARRANCO: TIEMPO DE AMAR


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  Hay muchas historias en mi infancia.

Vivíamos en una casa grande, llena de rincones oscuros y con vidrios de colores. De muchos colores.

A través de los rojos se veía porque eran transparentes, pero los otros eran “catedral” y solo dejaban pasar la luz.

En la terraza de abajo poníamos una colchoneta y nos tirábamos a leer chistes: El Pájaro Loco, El Conejo Oswaldo, El Capitán Marvel.

También leíamos “El Chico de las Dunas”, que tenía una cita se San Agustín pegada en la parte de atrás. Entonces nos sentíamos en la hacienda, durmiendo bajo los árboles y pescando en el río.

A la hora de almorzar, dejábamos abierta la ventana del comedor para que entrara el aire de mar. El comedor. Con su mesa de mantel de hule: la mesa tenía diversos crujidos.

Nosotros escondíamos las espinacas, tratando de que no nos vieran, en el borde de debajo de la mesa.

-o-o-o-o-o-

Quizá tú te acuerdes de esos días largos de vacaciones en los que bajábamos a la playa y nos poníamos las zapatillas (las de básquet nomás hermano, mi mamá no me compra de las otras) para que las piedras no nos aplastaran los pies.

¡Y los erizos! ¿Te acuerdas?

La señora gorda que se metía de a poquitos, bien agarrada de la soga y las olitas que hacía.

Las escaleras de madera y los rieles oxidados, llenos de musgo y pequeños choros…

¡Vacaciones! Tiempo de sol y playa. Tiempo de los amores nuevos que se iban cada tarde en el pico de una gaviota.

Tiempo de no ir al colegio y volver por la noche, pasadas las diez, a la casa.

-o-o-o-o-o-

Mi infancia tenía cerros azules y bosques del color de la tarde en mis juegos y los piratas navegaban desde la baranda de la terraza.

Éramos Sandokán y Mompracem quedaba al frente, casi pasando la quebrada.

Todas las tardes arribábamos con el botín preciado de los sueños. Todas las tardes los vidrios filtraban la realidad en verde, rojo, amarillo y azul.

Jugábamos solos y al caer la noche regresábamos cansados de vagar por entre las páginas del libro que estábamos leyendo. Yo era Phileas Fogg y daba la vuelta al mundo en un juego que tenía capítulos. “¿Dónde nos quedamos ayer?”: Ese era nuestro visitar a la fantasía diaria.

La casa de Lucho tenía una perezosa grande, de metal, con cojines floreados; allí en las noches de los catorce años, cantábamos y Lucho empezaba a tocar la guitarra.

“Noches de Ipacaraí” era la mejor. Era verano, claro: las mejores canciones se cantan en verano.

Adaptábamos letras y nos asombraba ser tan poetas.

Cada noche descubríamos que era mejor sentarse conversando de las chicas, que darse una vuelta en bicicleta tirando papelitos, con una liga, a los enamorados en la costanera.

Entonces yo me iba a la casa y Lucho me acompañaba. Yo volvía, lo acompañaba y él me acompañaba al regreso…

Y así, conversando, pasaba nuestra pequeña adolescencia.

Nos asombrábamos de todo y ver a las chicas en ropa de baño era como película para mayores de 18.

Así éramos los chicos entonces.

 

1° de setiembre 1972.

 

Nota: Este es el primer cuento que un diario, “Correo”, publicó, por la intermediación de don Jorge Donayre Belaunde, “El Cumpa”, notable periodista, guionista de televisión y director creativo de “Kunacc”, la segunda agencia de publicidad donde trabajé como redactor.

Como curiosidad, diré que la ilustración que realizó el dibujante del diario, no tenía nada que ver con el texto, porque era una pareja de jóvenes besándose con el fondo del “Puente de los Suspiros”.

A la narración  agregaron, a modo de presentación: “Un joven narrador inicia la que esperamos sea larga y fecunda colaboración con este diario, cordialmente abierto siempre a los nuevos valores”.

 

Imagen: Barranco, Puente de los Suspiros.  http://www.pinterest.com

 

 

 

DOMINGO DE VERANO EN LOS AÑOS CINCUENTA


 

 

 

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Es un domingo de verano y no tengo nada qué hacer salvo una tarea  que significa leer el evangelio de hoy, repasarlo y hacer una reseña de este, en mi cuaderno de religión, usando “mis propias palabras”, como si a un niño en los años cincuenta, se le ocurriera poner lo que otro ha escrito, o quizá, pienso ahora, para que no me hagan la tarea. Abril queda muy lejos y recién entonces pedirán la tarea de este domingo y de los demás domingos.

Voy a leer bien y a escribir más tarde: Estoy de vacaciones, hay sol y la pereza me invade…

Tal vez leeré algo y haré exactamente nada hasta la hora de almuerzo, cuando nos reunamos mis papás y mi hermano en el comedor, sentados a la mesa.

 

Hemos ido, con mis papás a misa de ocho de la mañana en la parroquia que queda frente al parque donde hay una pileta rectangular con agua y en ella, la estatua blanca de una mujer que cuando era más chiquito y me llevaban a que pedaleara en mi triciclo celeste de madera, con líneas rojas, decía –me cuentan- que era “mi novia”.  Por supuesto, solo recuerdo muy vagamente algo que escuché del evangelio, pues todo el rato estuve atento a mirar lo que es evidentemente un lugar que se usa como capilla mientras se levanta al lado la iglesia de verdad, que tomará –hoy lo sé- varios años completar a punta de kermeses y donaciones. No es que tuviera nada de extraño, pero ese recinto rectangular y al que se entraba por un costado, no tiene nada que ver con “iglesias de verdad” como las que he visto cuando hemos ido al centro de Lima. Tiene bancas con sitio para arrodillarse, es cierto, pero no hay ventanas altas de colores, ni techo alto, ni nada de eso que yo he visto. Es un poco más grande que la capillita de mi colegio, que queda en la Av. Petit Thouars, en Miraflores, en lo que, confirmo mis sospechas, es una casa.

 

He cogido un libro y me dispongo a leer. Antes puse una colchoneta en la terraza de abajo, para allí hacerlo en la mejor posición que conozco: echado y estar más fresco. Siento que me falta una almohada para apoyar la cabeza, levantándola pero se me ocurre doblar una esquina superior de la colchoneta y usarla como almohada.  Hay un cierto olor un poco punzante, que seguro proviene de lo que me protege de las losetas del piso de la terraza. Es un olor que al principio se hace notar y poco a poco, conforme leo y pasa el tiempo, va desapareciendo. Estoy leyendo “El Chico de las Dunas”: tiene el empaste duro, más bien celeste, porque es el fondo de la ilustración de la carátula, que muestra a un muchacho con un sombrero de paja. En la parte de atrás el libro tiene un papelito platinado, en el que hay una cita de San Agustín. El libro me lo han regalado y recuerda un poco a “Las aventuras de Tom Sawyer” que ya he leído.

 

Pasa un buen rato y mi madre llama a almorzar…

Dejo el libro sobre la colchoneta, la estiro para que no quede la parte doblada y voy al baño que está en la terraza, para lavarme las manos. Me las seco con la toallita blanca y salgo para subir los escalones que me llevarán al comedor. Abro la puerta y como todavía no hay nadie, voy a mi sitio, me siento y acomodo. Tengo hambre y mordisqueo un pan francés que he sacado de una panera metálica que está al centro. Entran por la otra puerta, la que tiene vidrios y da al hall, mi padre y mi hermano Panchín. De la despensa, por otra puerta que suele estar abierta, entra mi madre. Se sientan y damos gracias por lo que vamos a comer. Es un almuerzo de domingo y estamos los cuatro, porque Teté, mi hermana, mayor se casó y se fue a Arequipa. Yo he heredado su cuarto con dos ventanas que dan a la calle, en la fachada de la casa. Bajo ellas, en relieve se puede leer afuera, “Villa Teresa”. Nunca me había puesto a pensar que era el nombre de mi hermana, Teresa y que la casa la alquila mi padre a una señora Renée Pazos de Letona, desde que vino con la familia a Lima, creo que en 1946: El nombre tiene que haber sido una coincidencia.

 

Vamos a almorzar hoy domingo, caluroso domingo, en el comedor que tiene una ventana de guillotina, acristalada, que mira hacia el mar, justo al lado de la puerta por la que entré. Ahora la ventana está abierta para refrescar la hora. Hay como entrada una empanada, comprada seguramente hoy en la panadería del italiano Mangini, de la avenida Grau, para cada uno. Digo que comprada hoy, junto con el pan, porque no tenemos refrigeradora. Como es verano no hay sopa y seguramente un plato fresco será lo que comamos. De postre: ¡Uvas! Uvas Italia verdes y grandes. Un racimo para cada uno. ¿De tomar?: Agua.

Mi madre termina tomando un “mate” de manzanilla. La conversación se prolonga un poco de sobremesa y yo no veo el momento de volver a leer. Finalmente acabamos todos y mi padre sube a tomar “la horizontal” que yo algún día interpretaría como una pastilla, sin imaginarme que era una siesta. Mi hermano va también a su cuarto y seguramente irá más tarde a la vermouth a algún cine, que puede ser el Zenith con sus amigos Manolo, Paco y Pilo: Los Peirano y Felipe Gordillo. Mi madre trasteará un poco, leerá otro y escuchará música en el tocadiscos que está en la salita: Un Garrard  que tiene un mueblecito hecho a propósito, sobre el que está el aparato de radio cuya marca ya no recuerdo y que fue remplazado después por un Saba con ojo mágico verde y redondo, cuya misión es indicar la más ajustada recepción de la emisora.

 

Yo recojo el libro de la terraza de abajo y dejo la colchoneta para guardarla más tarde, con la admonición de mi madre: “No la dejes ahí, se van a hacer pila los gatos”. Deben ser los mismos gatos que maúllan por las noches y recorren las dos terrazas de la casa como su territorio.

Subo a mi cuarto a leer un rato y sé que antes de bañarme, debo hacer la tarea.

 

Llamarán más tarde para el lonche, donde me encontraré con los amigos de mi hermano, que han venido para ir al cine. Manolo Peirano, en broma, dice que debe estar muy rico el queso gruyere de los sándwiches, pero que a él le han tocado solo los huecos: Risas generales y mi padre prepara más sándwiches.  Todos toman café con leche Gloria, servida de la lata nomás y yo una Ovomaltina porque el café es para los grandes.

Los jóvenes se van al cine, mi madre vuelve a su música, yo ataco a mi tarea y mi padre leerá El Comercio y La Prensa.

Finalmente mi madre avisa que está listo mi baño y dejo aún sin terminar “mis propias palabras”, para desvestirme y entrar al cuarto de baño, que tiene una ventana que da a la terraza de arriba, con los vidrios pintados de blanco para dar privacidad. La tina está llena de agua caliente y Adosada a la pared hay una terma pintada de crema, que dice “50 litros” y tiene una extensión de tubo movible, que termina en un caño y que ahora pende sobre la tina. Pruebo el agua con la mano y me meto en ella. He traído una revista de “Porky” para mirar antes de jabonarme.

Estoy en el agua hasta que empieza a enfriarse, decido que así está bien y salgo del largo y caliente remojón para secarme, ponerme un pijama y en zapatillas, esperar la hora de comer terminando la tarea. Cuando mi madre llame ya sé que a la mesa llegará puré de espinacas, puesto sobre dos tostadas. Pediré que frían un huevo y lo pongan sobre el puré. De postre habrá gelatina de fresa. Mi hermano llegará después de las 10.00 p.m. y mi madre lo esperará para calentarle la comida, o de pronto María, que a pesar de ser domingo no ha salido, porque la vino a visitar su primo Juan, que es Guardia Republicano, será la que se encargue de eso.

 

No espero mucho, subo a mi cuarto, termino de escribir y me apresto a meterme en cama, no sin antes llevarme el libro, para leer hasta que mi padre diga: “Manolo, apaga la luz” y yo remolonee un rato para hacerlo y me duerma pensando que al día siguiente es lunes, es verano y yo estoy de vacaciones.

 

Foto: Manolo, por Jorge Ballón Z.B. (Circa 1953 o 1954).

 

 

DÍA DEL NIÑO


FOTO CARÁTULA EL PASADO

Es un libro abierto, escrito por alguien que es y ha sido querido, por un niño que confía en los adultos. Esa es la mejor de las infancias: el haber vivido confiando en los adultos

Abelardo Sánchez-León.

 

(Del colofón del libro “El pasado se avecina”, por Manolo Echegaray.  Pontificia Universidad Católica del Perú. Diciembre 2010).

 

Cito a mi amigo “Balo” Sánchez-León en el colofón que tan amable y “amigamente” escribió para el librito que la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la PUCP tuvo la gentileza de publicar van a hacer diez años ya; lo hago porque “Balo” acertó al decir que soy y he sido querido, porque eso es lo que hace que la vida sea llevadera: el cariño de los padres, la familia, los amigos –y en mi caso particular- el de los alumnos.

 

En este día, que ya está muy avanzado –es de noche en Perú- y en que se celebra el “Día del Niño”, quiero extraer de mi librito algo para compartir. Porque total, del niño son todos los días y hay muchos niños que trasnochan.

 

PERICO

 

Perico era chino, hijo de chinos y tenía una bodega  heredada de su padre,  a quien no conocí  y que había sido el Perico original. Su hijo era llamado cariñosamente Pericote (no por ser grandazo, sino por esa ternura que pone apodos a los que nos caen bien).

 

    Sin embargo, Pericote  siempre fue Perico para mis amigos y para mí. El “chino Perico” era –a pesar de tener a Piselli a una cuadra de casa- la bodega de confianza. Supongo que porque el trajinar diario de mi madre para ir a la parroquia, hacer sus compras de mercado y visitar a su amiga la señorita Lazo o a sus otras amigas las señoras Auza y Caravedo, la llevaban en esa dirección y no hacia Chorrillos. Entonces, cuando había que hacer una compra urgente o simplemente haraganear  tomando una gaseosa a la sombra, era Perico  a donde acudíamos  y no se nos ocurría nada diferente.

 

   Perico decidió casarse y trajo a María desde la China.  Sonriente, blanquísima, gordita y sin hablar palabra de castellano, María entró no solo en la vida de Perico, sino en las nuestras, atendiendo en la bodega y hablándonos en su incomprensible idioma. Tan incomprensible como los periódicos que su marido leía sobre el mostrador, con el cigarrillo sin filtro colgándole de la boca: “fumar como un chino” alcanzaba con Perico su verdadera expresión. Recuerdo el olor del tabaco negro de sus “Inca”  de cajetilla amarilla, azul y blanca (sí, los mismos colores que tiene Inca Kola).

 

   María aprendió el castellano, manejó la bodega y le dio el toque femenino que hizo que Perico dejara de arrastrar sus sempiternas zapatillas de levantarse y ofreciera un surtido más amplio de dulces, camotillo, maní confitado y esas delicias que hoy los padres suelen prohibir a los niños.

 

   María salió encinta y era hermoso verla, más gordita y sonriente siempre, con sus ojos chinos y tejiendo la ropa del futuro Periquito. Porque su hijo fue Periquito para nosotros. Si acelero la máquina del tiempo y llegamos a muchos años después, Periquito resultó ser todo un Pericazo, porque era muy alto y fornido. La familia creció y si no me equivoco  nació algo después un hijo más. Ya María usaba anteojos  para leer, diferentes a los redondos con los que Perico descifraba su periódico, el que para un chico como yo contenía verdaderos jeroglíficos. Las canas aparecieron pero la bondad  de quienes siempre consideré mis amigos venidos de ultramar se mantuvo y creció con la familiaridad que solo el paso del tiempo permite. María y Perico me fiaban pequeñeces  e incluso me prestaron de vez en cuando algunas monedas, cosa que siempre hizo que los sintiera mis cómplices.

 

    María y Perico: no sé qué será de ellos. Nunca supe su apellido pero recuerdo siempre  que en su puerta, un día al año, ondeaba la bandera de China Nacionalista. Ahora me da tristeza no haber conversado más con ellos, siento que cuando paso por la esquina donde estuvo la bodega de Perico me entra nostalgia  y quisiera que fuera verano, que “tocara playa”, para al regreso pasar por allí  y disfrutar de un camotillo casero y de una Pasteurina bien helada.

 

Imagen: Alicia María, mi hija, a los dos años, foto que está en la carátula de “El Pasado se Avecina”.   

CINE, CHOCOLATES, CARAMELOS…


CINE, CHOCOLATES, CARAMELOS

El chocolatero era una verdadera institución cuando íbamos al cine “Zenith” (sí, con “h”) de Barranco que tenía platea, lateral y cazuela; no recuerdo ahora si la entrada a platea era más cara o de menor precio que las de las dos laterales y sí que la cazuela era el recurso cuando estábamos “misios” y por nada queríamos perdernos la película que anunciaban: matinée y vermouth eran horarios apropiados para nosotros porque en la función de noche no se veía un solo chico…

 

No es que a la entrada no hubiera un mostradorcito-vitrina donde se exhibían chocolates, caramelos y no mucho más para acompañar la función, pero en el “Zenith” había un chocolatero…

 

El chocolatero llevaba colgada del cuello una caja-bandeja con tapa de vidrio que dejaba ver la variedad de dulces, que se levantaba para acceder a ellos, previa elección y por supuesto, pago de la golosina escogida.

 

Allí estaban las tabletas de chocolates “finos” con etiqueta azul o roja según fueran con pasas o de “pura leche”; no podían faltar los “Triángulos”, barra larga “de pura leche”  por supuesto triangular, con etiqueta roja y letras doradas o el humilde “Sublime” de leche con maní, en su envoltura baratona con letras azules; también había “toffees” (caramelos blandos), bolsitas de “Perdigones” que eran bolitas de chocolate mezclado con algo que podía ser trozos minúsculos de nuez y caramelo… ¡deliciosos! O si no, “Nougatines”, que eran pasas de uva negra bañadas en chocolate un poquito amargo (“semi bitter”, digamos) y que hacían que nos sintiéramos “suertudos” si nos tocaba un “Nougatin” de dos pasitas juntas.

Todo esto era de la marca D’Onofrio, que en el Perú significaba chocolates y en el verano… ¡helados!, que se vendían por las calles en carretillas amarillas, en verdad cajas refrigeradas que abrirse dejaban escapar “humito frío” y eran anunciadas con una corneta de sonido característico,  que el heladero, de saco blanco y kepí, soplaba; las carretillas podían ser manuales -para empujar- o triciclos que avanzaban haciendo sonar su reclamo veraniego…

 

A veces el chocolatero del cine (también con kepí) por iniciativa propia tenía “Salvavidas” (caramelos en forma de salvavidas precisamente), que venían en un paquete larguito y varios sabores; “Vrovi”, toffees delgaditos, todos unidos en una especie de bollito dentro de una envoltura de papel tipo periódico con una etiquetita roja que cerraba el paquete de forma piramidal.

 

Chicles no se vendían porque los asistentes (antiguas experiencias lo decían) podían pegar los chicles mascados (y ya sin ningún sabor) en la parte de abajo del asiento de las butacas. Si había suerte, tenía, y había plata para derrochar, podía aparecer un “Rolo” que era importado, de la marca inglesa MacIntosh, creo: chocolate relleno con cremoso toffee, que venía con cada pastilla separada  pero unida una tras otra en forma de tubo cuya envoltura era de papel con platina dorada y la cubierta exterior marrón “chocolate-oscuro” con letras rojas de borde dorado…

 

Éramos muy chicos y en esa época se podía fumar en los cines, entonces el chocolatero también ofrecía, pero “caleta” cigarrillos y los vendía… ¡impensable entonces! por unidad; claro, a nosotros no, pero de vez en cuando en la sala oscurecida con Tarzán, “el rey de los monos” en el ecran brillante, la lucecita instantánea de un fósforo que se encendía para hacerlo luego con un cigarrillo delataba la posición del chocolatero o identificaba a un fumador; el chocolatero vendía “Inca” que eran negros sin filtro –muy baratos- y para los que podían pagar más, los rubios nacionales “Country Club” o rubios importados “Chesterfield”  y si no me equivoco, todos eran sin filtro, el que vino después en los rubios importados “Kent” y “Salem”, este último, mentolado.

 

No recuerdo cuándo se prohibió fumar en los cines y quien quería hacerlo debía salir al foyer, que en el caso del “Zenith” era la entradita nomás, donde estaba la taquilla, el mostradorcito –vitrina con los dulces y afiches, promocionando las películas, en las paredes. En la pantalla, después del noticiero “UFA” y los “avances” de futuras películas, antes del film, se proyectaba un slide de vidrio pintado a mano que decía: “SE PROHIBE FUMAR EN LA SALA POR ORDEN MUNICIPAL. SI ALGUIEN LO HICIERA, SE SUSPENDERÁ LA FUNCIÓN. LA ADMINISTRACIÓN”; por supuesto los fumadores no le hacían ningún caso y de pronto lo que sucedía es que no sabían leer… Nunca se suspendió ninguna función de las que yo asistí y eso que el humo se veía si uno se fijaba en el haz de luz que iba del proyector al ecran.

 

Claro que en Barranco también estaban el “Cine Teatro Barranco” más “ficho”, donde había funciones matinales los domingos, el cine “Balta”, que tenía bancas de iglesia como asiento en la cazuela, el cine “Raymondi” y el “Paramount” que ponía seriales los domingos por la mañana y que después se modernizó totalmente, convirtiéndose en un sesentero cine “Premier”, con fachada de mármol gris.

 

Netflix puede estar destronando a los cines, pero nunca será igual la ceremonia cinemera con cola para entrar, chocolatero (el popcorn es un advenedizo que creo empezó en el cine “Roma”, bien lejos de Barranco), un olor que era mezcla de tabaco, “Kreso” líquido para desinfectar el baño y ese olor de los sueños que en blanco y negro o a colores después, poblaron nuestras tardes ociosas (en las vacaciones, por supuesto), que un sillón o la cama en casa, frente al televisor.

 

Imagen: http://www.youtube.com

 

HOY


HOY 3 MARZO FOTO 2

Hay fechas que están marcadas no solo en calendarios que año tras año revisamos sino aquellas que están impresas en el corazón, a las que tenemos siempre presentes y el día señalado producen esa mezcla hermosa de alegría y cariño a las que se agrega la nostalgia cuando se trata de alguien que se fue.

HOY 3 MARZO foto 1

 

Hoy es uno de esos días especiales en los que estos tres sentimientos brincan en mi corazón porque el 3 de marzo era cumpleaños –“santo” le decimos en familia- de mi hermano Francisco, Ignacio de segundo nombre, “Panchín”, familiarmente y “Pancho” para los amigos, que cumpliría 83 años; y el recuerdo del hermano mayor a quien siempre admiré secretamente (y detesté las veces que quería hacerme comer verduras) sé que va a llenarme de imágenes, de momentos, de palabras y frases.

 

Mi celebración y homenaje será como fue siempre: muy mío y callado, porque sé que en el silencio escucho tu voz inconfundible (aunque en algún momento fueron tan parecidas que tu hija Marisa me escuchó llamarla desde la calle y abrir presurosa la puerta diciendo: “¡Papá….! ¡Imbécil!” al ver que era yo y no tú que estabas de viaje y ella te pensó de regreso sorpresa) y te veo enojarte, mover la cabeza y sonreír después al descubrir  el “robo” de cajetillas de “Chesterfield” que guardabas ordenaditas en el cartón original en tu ropero, con la “técnica” de sacar una o dos de la fila de abajo y poner transversales las otras para que las de encima taparan, sin “desbalancearse”, los huecos que quedaban en la fila producidos por la “palomillada”; esos “Chester” que fumábamos a escondidas en algún barranco la avenida Costanera, con Lucho, mi amigo-amigo, compañero de aventuras y cómplice, por supuesto, de esos “latrocinios”.

Sí, ya sé que esta anécdota la he contado muchas veces, pero siempre que lo hago pienso en que, a pesar de tu mal genio (que ahora yo comparto), no me decías nada y que en el fondo te alegraban esas pequeñas pillerías mías…

HOY 3 MARZO FOTO 3

Hoy, 3 de marzo, te pensaré como siempre, como todos los días, pero un poco más porque creo que nos faltó tiempo para conversar y tomarnos unos whiskies en tu casa, en ese plan de “arreglar el mundo” que tanto nos gustaba: chau hermano, feliz cumpleaños y te debo el abrazo, ése grande y demorado que te voy a dar cuando llegue y encuentre que estás esperándome en la entrada del barrio eterno.

Manolo.