ANTIPARRAS


Curiosa palabra que es otra forma de llamar a algo tan común y corriente como los anteojos, llamados también espejuelos o lentes…

Recuerdo que la primera vez que tuve conocimiento de su existencia, fue –cuando chico- leyendo algo sobre corredores de autos, haber leído que el piloto, “se ponía las antiparras” y por supuesto no entendí que era lo que el corredor se ponía…

A la hora de almorzar, en la pequeña sobremesa que hacíamos y mientras mi madre tomaba una manzanilla y mi padre un café, le pregunté a él qué cosa eran las antiparras… Me miró –recuerdo hasta ahora su sonrisa- y del bolsillo de la camisa sacó sus anteojos de leer (nunca necesitó usar lentes “para ver de lejos”) y me los enseñó… Supongo que yo pondría cara de desconcierto, porque me dijo: “Son los anteojos, es una palabra para llamarlos, aunque no se use mucho …”.

Supongo que entonces me imaginé a un corredor de autos corto de vista, pero con el tiempo comprendí que las famosas antiparras era lo que se ponían delante de los ojos, para protegerlos del viento, los corredores de autos, que, en esa época, cuando Juan Manuel Fangio ganaba todas las carreras en lo que hoy, elegantemente, se llama un “monoplaza”, usaban y que eran estos anteojos grandes que cubrían los ojos, bien pegados al rostro y se ajustaban a la cabeza con un elástico o algo parecido.

Recuerdo que mi padre, a partir de entonces, me pedía que buscara o le pasara sus “antiparras”, haciéndome el guiño cómplice de quien usa una palabra clave.

Imágenes: Manuel Enrique, riendo.

Juan Manuel Fangio/ motorbit.com

LAS COSAS NO SON COMO ERAN


Nos suele suceder: las escaleras que nos parecían inmensas cuando niños, ahora son eso: unos escalones que llevan a alguna parte; el monumento que se nos antojaba grandioso resulta ahora ser un adorno de parque; las semanas son siete días apretados y no tiempo futuro.

Nuestro recuerdo generalmente es distinto. Las circunstancias del momento y el tiempo pasado configuran imágenes que cuando se ven hoy son como las fotos de un álbum.

Yo, como muchos, seguro, prefiero las viejas fotos de mi memoria. La luz del sol es diferente en la calle que dentro de mí. Los sabores luminosos del pasado son reflejos hoy día: prefiero recordarlos. Es cierto que muchos olores o sabores desencadenan en mí lo que es un viaje, a veces desordenado, por rincones que fueron, que viví y exploré.

Los rincones de la memoria guardan insospechadas maravillas que aparecen de pronto, llamadas unas veces por el azar o por extraños mecanismos. No se trata de vivir de “pasados”, sino de reconocerlos y disfrutar unos instantes idos, porque la luz no es la misma que era, el patio no es tan grande, los árboles se fueron y ahora, donde daban su sombra, hay un centro comercial.

No creo que otras épocas fueran mejores, pero sí eran más divertidas…

(Publicado en “manologo”, en algún día del 2013).

ARCHIPÁMPANO


La primera vez que vi la palabra, fue en un libro del célebre cómic “Las Aventuras de Tintín”, en edición española. Uno de los varios libros grandes que tenía cuando era niño…

Puntualizo que era la edición española, porque supongo que Georges Prosper Remi –“Hergé”, belga- no hacía textos en castellano para sus historietas; por tanto, la palabra “archipámpano” que llamaba siempre mi atención y que el capitán Haddock profería casi furioso, entre varios “insultos”, es hispana y en realidad es el despectivo que les aplica a las personas que ejercen una autoridad imaginaria y que en realidad no tienen ningún puesto.

El capitán se lo decía al profesor Mariposa, el “sabio” del péndulo. Era en realidad, que, desde su francote talante de marino, despreciaba un poco –casi cariñosamente- al distraído profesor…

La palabra se me quedó grabada y ahora que la recuerdo, por esas extrañas acciones de la memoria, busco el significado y no es lo que yo creí de niño –una especie de “¡imbécil!” dicho más elegantemente…

Error del chico que fui: no buscar, a tiempo, en el diccionario.

Imagen: http://www.pinterest.com

EL PRIMUS


Entre mis recuerdos de niño, rescato ese aparato que estaba sobre una mesa en la despensa de la casa de la calle Ayacucho, en Barranco, al lado del comedor… Se trata de un hornillo portátil, en el que se hervían los postres que lo necesitaban se calentaba el agua y si era menester, por alguna emergencia, se preparaba la parte de la comida que requiriera “cocinarse”.

El nombre genérico era “Primus”, lo que en realidad era la marca (sueca) y que es una palabra latina que significa “Primero”. Buscando en Internet para dar con alguna imagen que ilustre este post, encuentro que, por ejemplo, es el nombre de una banda de música “metal”, de una financiera, la marca de equipos europeos para camping, entre muchísimas otras posibilidades.

Nuestro “Primus” era una presencia familiar, hogareña y su uso era diario. Era, como ya he dicho, un hornillo portátil hecho de bronce y que tenía como base una “bombona” o recipiente donde se ponía el líquido que alimentaría el quemador; este líquido era “ron de quemar”, tintado de color azul claro, para que no se confundiera con el ron de beber (alcohol de caña) o con la simple agua…

Un émbolo en el recipiente lleno de líquido permitía que este y el aire subieran por el conducto respectivo hasta el quemador, donde, con un sonido característico, se encendía y lo ponía al rojo vivo, manteniendo una llama circular. El proceso implicaba bombear y aplicar un fósforo encendido al quemador; después, a veces, había que volver a bombear y repetir el encendido con un fósforo. Creo que todo dependía del bombeo inicial y de la cantidad de “ron de quemar” que contuviera la bombona y que, si era poco ya, habría de rellenarse…

El sonido del “Primus” encendido es algo que no puedo olvidar y me parece que es una combinación de aquel que producía el aire aire a presión y el fuego; era lo que me servía para estar atento, siempre que me mandaban a “vigilar” si el aparato estaba encendido, para que no peligrara lo que se calentaba, fuera postre o agua, porque si se trataba de comida, la vigilancia era confiada a una “experta”, como mi madre o a una de las dos empleadas -que eran hermanas- Alejandrina o María.

Las “horas de funcionamiento” del “Primus”, eran, o muy temprano (si es que no se había guardado agua caliente para el desayuno en el “termo grande”), o hacia las 4 de la tarde, para el agua caliente que se usaría en el “lonche” o algún postre como “arroz con leche”, para la comida de la noche… Muy raras veces se encendía para el almuerzo o la comida y como supondrán, el “termo grande” surtía de agua caliente a la mesa familiar, mientras el “termo chico” era llevado por mi mamá, por la noche, al segundo piso, para tenerlo en el baño, cerca de los dormitorios, “por si acaso”.

Es curioso cómo hay cosas, sonidos, nombres y usos que quedan grabados en la memoria, como parte de ese equipaje que nos permite regresar a los momentos felices de la infancia, sin que tengan que ser, necesariamente, hechos trascendentales…

Imagen: http://www.todocoleccion.net

CASTILLOS DE ARENA


¿Quién que, viviendo en la costa, cerca del mar, y teniendo playas con arena a disposición, en el verano, cuando chico, no se ha entretenido haciendo castillos de arena en la orilla, llenando de arena húmeda el baldecito de metal o de plástico (depende de la edad que se tenga al leer esto), primero con la palita y después con las manos, para apelmazar más el contenido y volcarlo, sacudiendo con golpecitos cuidadosos, para que la “torre” resultante fuera digna del castillo que vivía en nuestra imaginación y poder luego moldear con las manos el muro que iría dando forma a nuestra creación, con tres torres más, y una puerta de entrada, que quizás tuviera un puente levadizo hecho de palitos de helado…

Más o menos elaborado, nuestro sueño constructor veraniego, sería finalmente lo que nuestra paciencia y habilidad lograra, para terminar tarde o temprano siendo una ruina barrida por el mar, unos mogotes informes que se van disolviendo poco a poco dejando solo el recuerdo del sueño, un balde y una pala abandonados, en esa arena donde el ir y venir del mar es inmemorial…

Imagen: http://www.calcar.comeze.com

DIFÍCIL PARA COMER


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Las verduras han sido, son y serán mi némesis, entendida esta como venganza de la naturaleza sobre mí, porque desde pequeño, lo verde y hojoso que para otros es comestible, apetecible y gratamente digerible, para este servidor, importa lo que un dirigible (y es tan comestible como él); sé que se levantarán voces veganas de irritación, denostación o menosprecio y otras no partidarizadas pero simpatizantes, que así demostrarán estar en desacuerdo conmigo, pero francamente, no sé qué pueda hacer…

 

Mi padre, mi madre y mis dos hermanos mayores –que en paz descansen todos- perdieron la batalla y abandonaron cuando se dieron cuenta que los movimientos de cabeza que yo hacía de izquierda a derecha y viceversa, los ojos y boca cerrada, apretadísima, significaban no; que de nada valían los ruegos, amenazas, castigos, coerciones o premios. Algo dentro de mí  me impedía comer un plato de espinacas, una lechuga, coliflor, acelga, zanahorias, remolacha, pepino, berenjena, zapallo, caigua y otras variedades de lo que para mí ha sido siempre némesis, venganza, de esa naturaleza que me eligió (disculpen si aparento parecer importante) como chivo expiatorio por todo el estropicio que significa el hombre que arranca plantitas y  las come, que cultiva y espera el punto exacto, para que lo que coloreaba de verde, morado, rojo, anaranjado o amarillo acabe metido en una olla y servido en los platos, o se mastique crudo (“crudité” le dicen los gastrónomos) para servir de ejercicio al morder de incisivos y al triturar de muelas.

 

Hay muchas otras cosas que tampoco como, pero sería lago enumerarlas porque van desde los sesos hasta la ya famosa “patita con maní” que no es sino pezuña o pata y me disculparán de nuevo, pero no me provoca.

 

Sí, soy, he sido y voy a ser mientras respire, alguien difícil a la hora de comer, pero con los años que tengo, como poco y fácil: un sanguchito, un tallarín (con queso parmesano, plis), pizza, pollo a la brasa y papas fritas (pechuguita, no ala ni muslo, gracias), un cebiche (sin lechuga o camote, por favor, el choclo déjenlo), galletas, gelatina, algo de fruta (mi concesión al verde, junto con la palta), yogurt, chocolates y de tomar… Café, agua y Coca Cola clásica, en ese estricto orden de importancia.

 

¿Qué le vamos a hacer? Soy un fiel cumplidor de ese refrán que dice “Genio y figura hasta la sepultura”…

 

Imagen: pontesano.com