LA «VISTA»


Cuando era chico, de la ventana del cuarto de mis papás, en la casa de la calle Ayacucho, en Barranco, se veía el terreno de al lado que estaba sin ninguna construcción. Era lo que se llama un terreno baldío, que, con un suave declive, iba descendiendo hasta una tapia de adobe, que lo separaba de lo que llamábamos “la bajada”; es decir, el camino que terminaba en la playa. Era la popular “bajada de baños”, que tenía a un lado casas con porches de madera techados, en los que, en verano, uno podía ver reposeras, algún sillón y sillas e imaginar que por las tardes, a la hora del lonche, para gozar del fresco, las personas mayores se reunían a tomar el té, que podía ser este, infusiones, o café, tal vez “picar” pequeños sándwiches y el tradicional queque o bizcocho, en tajadas, dulce y esponjoso …

Al terreno en cuestión, lo llamábamos “el muladar”, porque estaba tapizado de basura, que muy de tarde en tarde recogía algún basurero contratado, que entraba saltando la pared que lo separaba de la calle Ayacucho … En medio del terreno crecía –diría que resistía- un árbol de pacae (yo lo llamaba “el pacay”), que ahora no me llego a explicar cómo sobrevivía sin riego y del que los palomillas “saqueaban” los frutos –esas grandes vainas verdes que colgaban de las ramas- y que cuando mi mamá servía “pacay” – comprado en el mercado, por supuesto- como postre para el almuerzo, yo lo miraba con desconfianza y me negaba a comerlo, porque para mí era algo que crecía en la basura…

El terreno baldío, el basural donde sobrevivía el “pacay”, era de propiedad de dos hermanas muy mayores, cuyo apellido ya no recuerdo, y que vivían en la misma calle Ayacucho, en la una gran casa, con rejas y jardín delantero; no construían en el terreno, ni lo vendían, porque desde su casona, se veía el mar y no querían que nada les “tapara la vista” …; era el “capricho” de dos ancianas, que seguramente habían visto tiempos mejores, y a las que, de tarde en tarde, visitaba un sobrino  – que ahora “malicio”- seguramente esperaba heredar …

Otro que disfrutaba, no sé si de “la vista”, pero sí del “aire de Mar”, era “Atómico”, el perro negro del veterinario López, que vivía con su esposa y una hija, dos o tres casas más a la derecha de la casona de las señoritas, sobre la misma vereda de la calle Ayacucho; “Atómico” se paraba sobre la pared del terreno, por las tardes y era evidente su gozar de la brisa fresca, levantando la cabeza y olisqueando al aire de vez en cuando …

De pronto a nadie le interesa esto, pero son recuerdos de un chico que, curioso, miraba por las ventanas; el mismo que en la “terraza de abajo”, desde donde se veía el mar y la lejana isla San Lorenzo, jugaba a ser Sandokán, navegando en un “prao”, con los brazos cruzados, mientras sus piratas remaban, hacia Mompracem, la isla, que quedaba pasando la quebrada…

*Pacae: “Pacay” o guaba. Árbol mimosáceo con un fruto que es una vaina verde oscuro, que contiene como un algodón de color blanco, embebido en néctar, con pepas negras.

*Sandokán: Personaje, héroe de novelas de aventuras, como “Los tigres de Mompracem”, del escritor italiano Emilio Salgari.

*Mompracem: Isla. El refugio de Sandokán y sus piratas malayos, en el mar de Malasia.

Imagen: https://mx.depositphotos.com

SÁNCHEZ CARRIÓN 173


Barranco, la casa de mi amigo Carlos, que hoy está de cumpleaños … Algo que parece insignificante como una dirección, se graba en la memoria y a pesar del paso largo de los años, es como un pequeño faro, cuya luz orienta nuestra barca en el mar agitado de los recuerdos …

Hoy, es cumpleaños de uno de los “Cuatro de Barranco”, esos inseparables que empezamos nuestra amistad a los cinco años y que continúa, sólida, a pesar de tiempo y de distancias.

La casa de Carlos era grande, y para entrar “de diario” se pasaba por un “zaguán” o pasillo largo, que desembocaba en un patio, si la memoria no me falla, y estoy viendo el comedor, las habitaciones y a doña Alicia y a don Humberto, los papás de Carlos; sé que en un momento estaré viendo a sus hermanos Zoila y Pepe (a María Alicia la voy a ver más tarde, porque ella nació después) … También están allí los abuelos, Don Pedro y …, aquí me falla la memoria y no puedo recordar el nombre de la abuela, pero la estoy viendo, con sus pastillas para la tos, de mentol-bórax …

Veo también los maceteros de madera – ¿tal vez pintados de verde?- con macetas y helechos y a nosotros (quizás no el mismo día, pero los recuerdos se unen y tejen una especie de manta abrigadora) preparando, en el patio, lo que será una “presentación”, donde cantaremos, haciendo fonomímica, canciones de la zarzuela “La Gran Vía” de Chueca, Valverde y Pérez. Tomaremos un “lonche” memorable, contaremos cosas, reiremos y después, continuaremos conversando y envidiando el gorro de Daniel Boone (en auténtica piel peluda, con cola y todo), que la tía Rosita le ha enviado o traído a Carlos, desde Estados Unidos …

Todo ha transcurrido en un momento, ahora, como si fuera una película fantástica, “como si fuera ayer” y es que el tiempo pasado vuelve, cuando el cariño es grande y los amigos buenos …

¡Feliz día, querido barranquino!

Imagen: con Carlos, Ministro de Justicia.

EL TERROR


Hace muchos años, un libro me aterrorizaba…

Estaba en el colegio y recuerdo bien cuando me dijeron que, para el siguiente año, habría que comprarlo, porque era fundamental …

No lo tenía y por lo tanto no lo había abierto siquiera, pero los comentarios alrededor de él, no eran muy prometedores y más bien resultaban de miedo. Su grosor prometía una cantidad de contenido, que estaba seguro iba a superar cualquier suposición porque al comparar el mastodonte con los demás “libros de texto”, estos resultaban ser una especie de libretitas inocuas, delgaditas y simplonas…

Llegó el día nefasto (porque todo llega en esta vida) en que tuve en mis manos el susodicho y no me atreví a mirar lo que había dentro, abriéndolo: tanto había escuchado, que ni la natural curiosidad de un chico pudo vencer al miedo. Era como tener cerca a una cucaracha grandota y amenazante, o a un dragón exhalador de fuego, de dientes afilados y baba venenosa. Estaba allí, sobre la mesa de mi cuarto, como al acecho, como esperando que lo abriera, para vomitar maleficios extraños en un idioma incomprensible…

No por nada tenía en la carátula, la imagen de un árabe, con turbante, barba y bigote, uno de esos, seguramente, que pelearon contra los caballeros cruzados, para que la media luna aplastara a la cruz… Yo había oído las historias de batallas sangrientas y en mi mente, dentro de ese libro, el horror se condensaba…

Finalmente, tuve que vencer al miedo y cuidadosamente lo metí en mi maletín, dándome cuenta que entraba con las justas, dejando un espacio pequeñito para la cartuchera, que tenía dos lapiceros, para llevarlo al colegio, porque tendríamos la primera clase en la que habría que usarlo. Me sentía raro, porque sería la primera vez que la magia negra abría sus puertas para enseñar su vientre hinchado de maldades y yo… ¡yo!, lo vería.

El profesor, desde la mesa, se dirigió a la clase y dijo las palabras fatales: “¡Saquen el BALDOR!”

NOTA: Con el debido respeto, para César Milcíades Olea (QEPD), profesor.

Imagen: http://www.chilango.com

EL MISTI


Me perdonarán los arequipeños, pero no es precisamente a su volcán tutelar al que voy a referirme, sino a algo menos monumental, tal vez más prosaico, pero de no menor fama y prosapia en Barranco, el distrito-balneario donde me crie, viví las aventuras inimaginables de la niñez, hice amigos que hasta hoy permanecen sólidos como tales (alguna vez escribiré sobre “Los Cuatro de Barranco”), recorrí sus calles en mi bicicleta o las “aplané”, junto con Lucho (uno de los cuatro), yendo y viniendo de su casa a la mía y viceversa, en un conversar sin término, de los “importantes” temas que ocupan a los adolescentes.

Ese Barranco que en mi memoria es un universo amable, pero que en realidad era como un pequeño y tranquilo pueblo, donde “el chino Perico”, la panadería de los Mangini en la avenida Grau, las boticas “Americana” y “Grec”, la ferretería de Chiappe, el sastre, también de la avenida Grau: el “maestro” Caycho, “Cucaracha”, cargador servicial del mercado, el “Negro Camote”, organizador de los desfiles de palomillas cada 28 de julio, “Platanazo”, su hermano “Gasolina” y tantos otros, formaban una comunidad variopinta y vuelvo a decir, amable, familiar, en ese lugar cálido que nos vio, a mis amigos y a mí, crecer y convertirnos en jóvenes adultos…

Allí, estaba y por lo que creo, está todavía, la “Librería e Imprenta El Misti”, de propiedad de Valdivieso, en la calle Unión, cerca al chifa más chifa que conozco y que se llama “Chung-Yion” o “Chifa Unión” …

El Misti” era ese mágico lugar donde iba con mi mamá primero, para comprar útiles escolares y las “famosas” láminas, que, de diferentes temas, usaba para hacer las tareas de colegio, recortando y pegando en mi cuaderno a San Martín en el balcón de Huaura, al oso de anteojos o a Manco Cápac y Mama Ocllo, saliendo de las aguas del lago Titicaca…

Allí había de todo y más, para un chico al que el mismo dueño, el señor Valdivieso, atendía, sugiriendo, alguna “novedad” que de seguro me iba a gustar…

Es curioso, pero asocio a la “Librería e Imprenta El Misti” con el olor (que no sabría definir bien ahora), de la tinta china, esa “Pelikan”, creo, de pomito de vidrio y etiqueta amarilla, o con la imagen del frasco de goma líquida, de vidrio grueso, con su tapa-dispensador de jebe rojo…

Librería e Imprenta El Misti”, parte de esa vida que ha quedado atrás, pero cada tanto regresa, con el paso quedo de los recuerdos, que me hacen sonreír y pensar cuán exacto es el nombre del libro de memorias de Pablo Neruda: “Confieso que he vivido”.

Imagen: http://www.aracari.com

DÍAS DE RADIO


Perdonen, pero no se trata de la película de 1987, dirigida por Woody Allen, sobre la familia que tenía encendido el receptor de radio todo el día. Tampoco esta historia sucede en Nueva York…

Es una pequeña parte de mi propia historia, que sucede en un lugar menos glamoroso que la Gran Manzana, porque transcurre en el Perú, en Lima, específicamente en el distrito/balneario de Barranco, donde viví durante veintialgo años…

Tampoco es que tuviera encendida la radio todo el día, pero sí el aparato y algunos de sus programas formaron parte importante de mi vida, en esa época en la que en el colegio empecé a descubrir que la amistad, algo verdaderamente nuevo para alguien a quien sus hermanos mayores llevaban 15 y 12 años; era divertido y permitía compartir juegos y actividades, que ahora recuerdo con cariño…

La radio, junto con el tocadiscos (que yo no usaba si no era supervisado por mi madre o mi hermana) fueron siempre esa magia primitiva que me permitía atisbar en un mundo que era grande, variado y al que –por edad- yo no accedía. Esto puede sonar rarísimo en una época como la actual, en la que los niños son “nativos digitales” y parecen haber nacido con los dedos pegados a la computadora o al celular…; pues sí, los medios de comunicación eran más reducidos y primarios…

Era un mundo de “grandes”, aunque después vendría la televisión a cambiarlo todo. En la radio, por supuesto que había programas dirigidos a los niños y a los “chicos más grandes”, es decir aquellos que se sentían adultos y querían usar a diario pantalón largo,  y no hacerlo solamente cuando se ponían un blue jean.

Estaba, claro, “Radio Club Infantil”, el famoso programa que conducía Maruja Venegas Salinas, pero ya al poco tiempo, las aventuras que leíamos en los libros, pedían algo más elaborado, más osado, más… “bacán” …

Es entonces que llegan “Poncho Negro”, “al galope acompasado de Satán” y “Tamakún, el vengador errante”, con la tensión y los escalofríos de cada capítulo.

Por supuesto que también existían programas cómicos, como “Loquibambia”, con los libretos del mítico “Pedrín Chispa” o el de Pepe Iglesias, “El Zorro”, fabuloso cómico argentino, radicado en España…

Y es precisamente con Pepe Iglesias con quien me encontré hace un tiempo en Internet (bueno, con su voz, con algo de sus programas) y regresé a la “sala chica” de Ayacucho 263, en el Barranco de mi infancia, donde estaba el mueble con la radio, el tocadiscos y los discos de 78rpm, esos de zarzuelas y música variada que mis hermanos y mi madre escuchaban…

Pero la radio me llamaba y creo que como a las 7 de la noche, tenía permiso para escuchar, embobado, al “Zorro” Iglesias, el “Zorro, zorro, zorrito, para mayores y pequeñitos…” y su programa “Las zorrerías del Zorro”.

El “Zorro” Iglesias cantaba, silbaba maravillosa e increíblemente y contaba chistes… El “Pobre Fernández” era su personaje-tema: “Se le dijo, se le advirtió, se le hizo ver, pero… ¡Pobre Fernández…! Tenía…” y las historias graciosas brotaban y uno se reía, tratando de seguir el hablar rápido que a veces no entendía…

El “Zorro” Iglesias, ese cómico argentino genial que en verdad estaba en España (nunca he podido averiguar si primero lo escuchaba en una radio argentina y luego se fue a España…) marcó un verdadero hito en mi infancia y ahora que ha pasado el tiempo, tengo la impresión de que su versátil creatividad, sembró la semilla que dio origen a mi trabajo como redactor creativo en publicidad, aunque valgan verdades, nunca llegué ni siquiera a rozar su ingenio desbordante…

Sí, fueron días felices, días de radio y de asombro, de diversión, de aventuras vividas al galope acompasado de “Satán” y acompañando a “Tamakún” en su errar vengador…

Días de maravilla para el chico, que era yo, y que vivía en la casa de color azul añil…

Enlace a YOUTUBE:

Pepe Iglesias «El Zorro» -Centenario de nacimiento: Cine- – YouTube

Imagen: http://www.todocoleccion.net

ANTIPARRAS


Curiosa palabra que es otra forma de llamar a algo tan común y corriente como los anteojos, llamados también espejuelos o lentes…

Recuerdo que la primera vez que tuve conocimiento de su existencia, fue –cuando chico- leyendo algo sobre corredores de autos, haber leído que el piloto, “se ponía las antiparras” y por supuesto no entendí que era lo que el corredor se ponía…

A la hora de almorzar, en la pequeña sobremesa que hacíamos y mientras mi madre tomaba una manzanilla y mi padre un café, le pregunté a él qué cosa eran las antiparras… Me miró –recuerdo hasta ahora su sonrisa- y del bolsillo de la camisa sacó sus anteojos de leer (nunca necesitó usar lentes “para ver de lejos”) y me los enseñó… Supongo que yo pondría cara de desconcierto, porque me dijo: “Son los anteojos, es una palabra para llamarlos, aunque no se use mucho …”.

Supongo que entonces me imaginé a un corredor de autos corto de vista, pero con el tiempo comprendí que las famosas antiparras era lo que se ponían delante de los ojos, para protegerlos del viento, los corredores de autos, que, en esa época, cuando Juan Manuel Fangio ganaba todas las carreras en lo que hoy, elegantemente, se llama un “monoplaza”, usaban y que eran estos anteojos grandes que cubrían los ojos, bien pegados al rostro y se ajustaban a la cabeza con un elástico o algo parecido.

Recuerdo que mi padre, a partir de entonces, me pedía que buscara o le pasara sus “antiparras”, haciéndome el guiño cómplice de quien usa una palabra clave.

Imágenes: Manuel Enrique, riendo.

Juan Manuel Fangio/ motorbit.com