«PODRÍA SERVIR…»


Tal vez una cultura de “podrías”, de durables, de “talveces” o de esperanzas nimias. Quizá eso fue nuestra cultura; la que hace algún tiempo fue cambiando para dar paso a lo “desechable”, lo de “un solo uso”, lo banal, a lo que se vuelve viejo antes de dejar de ser nuevo …

Yo crecí guardando pomitos de vidrio, bien lavados, a los que les quitaba las etiquetas y que después podrían guardar tornillos, clavos, tuercas, arandelas o clips. No había que botar nada, porque todo era reusable y la caja de cartón, la de los zapatos que acababan de comprarme, podía ser útil para guardar esas chucherías mil, que un niño “colecciona” …

Éramos “guardacosas” y felices de almacenar en el ropero, álbumes de figuritas, pañuelos que nunca usábamos, “pero que podían servir” y esa camiseta descolorida a la que le teníamos “camote” … Y el cajón vacío de 48 latas de leche “Gloria”, ¿no se llenaba de juguetes que, pasado un tiempo, “descubríamos” y volvían a la vida compañera, la de esas tardes de invierno, oscuronas, grises y frías…?

Eran otros tiempos, otros intereses y una extraña manera de pensar en el mañana, a través de las cosas … Eran tiempos de los carritos de metal o madera, de los patines “Winchester” de fierro, las pelotas coloridas –e indestructibles- de jebe; eran tiempos de “las herencias” de sacos del hermano mayor, que el sastre acomodaba a tu tamaño …

Era el tiempo de “no perder nada” y ahora que lo descartable reina, me parece que sí perdimos mucho …

Imagen: https://es.123rf.com

ESCALÍMETRO, REGLA DE CÁLCULO, TEODOLITO, BRÚJULA, COMPÁS, TIRALÍNEAS, REGLA T, WINCHA…


Mi padre era ingeniero y estas palabras “técnicas” eran comunes en su vocabulario y los objetos que ellas nombraban anduvieron presentes por la casa, guardados, es verdad, en cajas, cajitas y más de un cajón, porque no eran los únicos “implementos profesionales”, sino parte de toda una –para mí- parafernalia incomprensible que “delataría” a quien supiera ver, a su dueño, don Manuel Enrique, el ingeniero civil, el constructor de caminos, el ingeniero mecánico-electricista, para el que los problemas eran retos, resolvía –para mi asombro- raíces cúbicas de memoria …

En mi recuerdo está la caja azul, larga, con interior forrado en tela de seda también azul pero brillante, ribeteada con un cordoncillo rojo, donde “dormía” el más increíble juego de compases, tiralíneas y otros instrumentos de dibujo, de un metal extraño, que no se oxidaba y que me encantaba mirar, sin saber bien para qué servían; sólo había visto algunos en uso, cuando sobre la mesa del comedor, mi padre extendía   –lo que después supe era- un plano y trazaba líneas con tinta china, medía, hacía operaciones en la regla de cálculo “K & E”, apuntaba en un cuaderno, consultaba el librito de tapas de cuero, que estaba lleno de números y fórmulas                    – incomprensibles para un chico- de hojas muy delgadas y finas de “papel biblia” (libro que hasta ahora conservo y que es algo así como un manual del ingeniero civil); yo miraba, callaba y sabía que no debía ni siquiera preguntar, porque él estaba trabajando y en unos días más se iría de viaje para hacer realidad las líneas de tinta china, vestido con sus botas altas, su casco y el sacón de cuero de olor tan peculiar …

Yo, el menor de los hijos, viví las postrimerías de su carrera de constructor de caminos, antes que la UNI lo afincara definitivamente en Lima y le dedicara su tiempo a la enseñanza; pero en esa época, él era ante mis ojos, un aventurero como esos que salían en los libros de Julio Verne o Salgari, aunque claro, en la sierra del Perú no había malayos ni tampoco watusi …

A su regreso me contaba de paisajes hermosos, días de campamento, de cerros en apariencia impracticables, por donde con paciencia y días, el camino llegaba; precisamente ese que había dibujado en el papel del plano, extendido y sujeto por cuatro chinches metálicos de cabeza dorada, sobre la mesa del comedor, justo después de un desayuno, donde la que faltaba era Teté – mi hermana- que se había casado con Jorge y vivían en la calle Jerusalén, en Arequipa …

Imagen: https://libretecperu.com

LA «VISTA»


Cuando era chico, de la ventana del cuarto de mis papás, en la casa de la calle Ayacucho, en Barranco, se veía el terreno de al lado que estaba sin ninguna construcción. Era lo que se llama un terreno baldío, que, con un suave declive, iba descendiendo hasta una tapia de adobe, que lo separaba de lo que llamábamos “la bajada”; es decir, el camino que terminaba en la playa. Era la popular “bajada de baños”, que tenía a un lado casas con porches de madera techados, en los que, en verano, uno podía ver reposeras, algún sillón y sillas e imaginar que por las tardes, a la hora del lonche, para gozar del fresco, las personas mayores se reunían a tomar el té, que podía ser este, infusiones, o café, tal vez “picar” pequeños sándwiches y el tradicional queque o bizcocho, en tajadas, dulce y esponjoso …

Al terreno en cuestión, lo llamábamos “el muladar”, porque estaba tapizado de basura, que muy de tarde en tarde recogía algún basurero contratado, que entraba saltando la pared que lo separaba de la calle Ayacucho … En medio del terreno crecía –diría que resistía- un árbol de pacae (yo lo llamaba “el pacay”), que ahora no me llego a explicar cómo sobrevivía sin riego y del que los palomillas “saqueaban” los frutos –esas grandes vainas verdes que colgaban de las ramas- y que cuando mi mamá servía “pacay” – comprado en el mercado, por supuesto- como postre para el almuerzo, yo lo miraba con desconfianza y me negaba a comerlo, porque para mí era algo que crecía en la basura…

El terreno baldío, el basural donde sobrevivía el “pacay”, era de propiedad de dos hermanas muy mayores, cuyo apellido ya no recuerdo, y que vivían en la misma calle Ayacucho, en la una gran casa, con rejas y jardín delantero; no construían en el terreno, ni lo vendían, porque desde su casona, se veía el mar y no querían que nada les “tapara la vista” …; era el “capricho” de dos ancianas, que seguramente habían visto tiempos mejores, y a las que, de tarde en tarde, visitaba un sobrino  – que ahora “malicio”- seguramente esperaba heredar …

Otro que disfrutaba, no sé si de “la vista”, pero sí del “aire de Mar”, era “Atómico”, el perro negro del veterinario López, que vivía con su esposa y una hija, dos o tres casas más a la derecha de la casona de las señoritas, sobre la misma vereda de la calle Ayacucho; “Atómico” se paraba sobre la pared del terreno, por las tardes y era evidente su gozar de la brisa fresca, levantando la cabeza y olisqueando al aire de vez en cuando …

De pronto a nadie le interesa esto, pero son recuerdos de un chico que, curioso, miraba por las ventanas; el mismo que en la “terraza de abajo”, desde donde se veía el mar y la lejana isla San Lorenzo, jugaba a ser Sandokán, navegando en un “prao”, con los brazos cruzados, mientras sus piratas remaban, hacia Mompracem, la isla, que quedaba pasando la quebrada…

*Pacae: “Pacay” o guaba. Árbol mimosáceo con un fruto que es una vaina verde oscuro, que contiene como un algodón de color blanco, embebido en néctar, con pepas negras.

*Sandokán: Personaje, héroe de novelas de aventuras, como “Los tigres de Mompracem”, del escritor italiano Emilio Salgari.

*Mompracem: Isla. El refugio de Sandokán y sus piratas malayos, en el mar de Malasia.

Imagen: https://mx.depositphotos.com

SÁNCHEZ CARRIÓN 173


Barranco, la casa de mi amigo Carlos, que hoy está de cumpleaños … Algo que parece insignificante como una dirección, se graba en la memoria y a pesar del paso largo de los años, es como un pequeño faro, cuya luz orienta nuestra barca en el mar agitado de los recuerdos …

Hoy, es cumpleaños de uno de los “Cuatro de Barranco”, esos inseparables que empezamos nuestra amistad a los cinco años y que continúa, sólida, a pesar de tiempo y de distancias.

La casa de Carlos era grande, y para entrar “de diario” se pasaba por un “zaguán” o pasillo largo, que desembocaba en un patio, si la memoria no me falla, y estoy viendo el comedor, las habitaciones y a doña Alicia y a don Humberto, los papás de Carlos; sé que en un momento estaré viendo a sus hermanos Zoila y Pepe (a María Alicia la voy a ver más tarde, porque ella nació después) … También están allí los abuelos, Don Pedro y …, aquí me falla la memoria y no puedo recordar el nombre de la abuela, pero la estoy viendo, con sus pastillas para la tos, de mentol-bórax …

Veo también los maceteros de madera – ¿tal vez pintados de verde?- con macetas y helechos y a nosotros (quizás no el mismo día, pero los recuerdos se unen y tejen una especie de manta abrigadora) preparando, en el patio, lo que será una “presentación”, donde cantaremos, haciendo fonomímica, canciones de la zarzuela “La Gran Vía” de Chueca, Valverde y Pérez. Tomaremos un “lonche” memorable, contaremos cosas, reiremos y después, continuaremos conversando y envidiando el gorro de Daniel Boone (en auténtica piel peluda, con cola y todo), que la tía Rosita le ha enviado o traído a Carlos, desde Estados Unidos …

Todo ha transcurrido en un momento, ahora, como si fuera una película fantástica, “como si fuera ayer” y es que el tiempo pasado vuelve, cuando el cariño es grande y los amigos buenos …

¡Feliz día, querido barranquino!

Imagen: con Carlos, Ministro de Justicia.

EL TERROR


Hace muchos años, un libro me aterrorizaba…

Estaba en el colegio y recuerdo bien cuando me dijeron que, para el siguiente año, habría que comprarlo, porque era fundamental …

No lo tenía y por lo tanto no lo había abierto siquiera, pero los comentarios alrededor de él, no eran muy prometedores y más bien resultaban de miedo. Su grosor prometía una cantidad de contenido, que estaba seguro iba a superar cualquier suposición porque al comparar el mastodonte con los demás “libros de texto”, estos resultaban ser una especie de libretitas inocuas, delgaditas y simplonas…

Llegó el día nefasto (porque todo llega en esta vida) en que tuve en mis manos el susodicho y no me atreví a mirar lo que había dentro, abriéndolo: tanto había escuchado, que ni la natural curiosidad de un chico pudo vencer al miedo. Era como tener cerca a una cucaracha grandota y amenazante, o a un dragón exhalador de fuego, de dientes afilados y baba venenosa. Estaba allí, sobre la mesa de mi cuarto, como al acecho, como esperando que lo abriera, para vomitar maleficios extraños en un idioma incomprensible…

No por nada tenía en la carátula, la imagen de un árabe, con turbante, barba y bigote, uno de esos, seguramente, que pelearon contra los caballeros cruzados, para que la media luna aplastara a la cruz… Yo había oído las historias de batallas sangrientas y en mi mente, dentro de ese libro, el horror se condensaba…

Finalmente, tuve que vencer al miedo y cuidadosamente lo metí en mi maletín, dándome cuenta que entraba con las justas, dejando un espacio pequeñito para la cartuchera, que tenía dos lapiceros, para llevarlo al colegio, porque tendríamos la primera clase en la que habría que usarlo. Me sentía raro, porque sería la primera vez que la magia negra abría sus puertas para enseñar su vientre hinchado de maldades y yo… ¡yo!, lo vería.

El profesor, desde la mesa, se dirigió a la clase y dijo las palabras fatales: “¡Saquen el BALDOR!”

NOTA: Con el debido respeto, para César Milcíades Olea (QEPD), profesor.

Imagen: http://www.chilango.com

EL MISTI


Me perdonarán los arequipeños, pero no es precisamente a su volcán tutelar al que voy a referirme, sino a algo menos monumental, tal vez más prosaico, pero de no menor fama y prosapia en Barranco, el distrito-balneario donde me crie, viví las aventuras inimaginables de la niñez, hice amigos que hasta hoy permanecen sólidos como tales (alguna vez escribiré sobre “Los Cuatro de Barranco”), recorrí sus calles en mi bicicleta o las “aplané”, junto con Lucho (uno de los cuatro), yendo y viniendo de su casa a la mía y viceversa, en un conversar sin término, de los “importantes” temas que ocupan a los adolescentes.

Ese Barranco que en mi memoria es un universo amable, pero que en realidad era como un pequeño y tranquilo pueblo, donde “el chino Perico”, la panadería de los Mangini en la avenida Grau, las boticas “Americana” y “Grec”, la ferretería de Chiappe, el sastre, también de la avenida Grau: el “maestro” Caycho, “Cucaracha”, cargador servicial del mercado, el “Negro Camote”, organizador de los desfiles de palomillas cada 28 de julio, “Platanazo”, su hermano “Gasolina” y tantos otros, formaban una comunidad variopinta y vuelvo a decir, amable, familiar, en ese lugar cálido que nos vio, a mis amigos y a mí, crecer y convertirnos en jóvenes adultos…

Allí, estaba y por lo que creo, está todavía, la “Librería e Imprenta El Misti”, de propiedad de Valdivieso, en la calle Unión, cerca al chifa más chifa que conozco y que se llama “Chung-Yion” o “Chifa Unión” …

El Misti” era ese mágico lugar donde iba con mi mamá primero, para comprar útiles escolares y las “famosas” láminas, que, de diferentes temas, usaba para hacer las tareas de colegio, recortando y pegando en mi cuaderno a San Martín en el balcón de Huaura, al oso de anteojos o a Manco Cápac y Mama Ocllo, saliendo de las aguas del lago Titicaca…

Allí había de todo y más, para un chico al que el mismo dueño, el señor Valdivieso, atendía, sugiriendo, alguna “novedad” que de seguro me iba a gustar…

Es curioso, pero asocio a la “Librería e Imprenta El Misti” con el olor (que no sabría definir bien ahora), de la tinta china, esa “Pelikan”, creo, de pomito de vidrio y etiqueta amarilla, o con la imagen del frasco de goma líquida, de vidrio grueso, con su tapa-dispensador de jebe rojo…

Librería e Imprenta El Misti”, parte de esa vida que ha quedado atrás, pero cada tanto regresa, con el paso quedo de los recuerdos, que me hacen sonreír y pensar cuán exacto es el nombre del libro de memorias de Pablo Neruda: “Confieso que he vivido”.

Imagen: http://www.aracari.com