DESDE LA TRIBUNA


Después de cincuenta años jugando, estoy sentado en la tribuna, viendo el partido. Ha sido uno muy largo, con múltiples entretiempos y que hoy continúa, pero, aunque siga siendo el mismo juego, las reglas parece que hubieran variado o que las viejas normas ya no se respetaran, tildándolas de “obsoletas” o en algunos casos                            –maliciosamente tal vez- de “venerables” …

Fuera de la cancha, la vista es panorámica y se puede seguir las jugadas sin contacto con la pelota, sin los obstáculos que suponen los demás jugadores, tampoco sufriendo “amistosos fouls”, ni lidiando con cansancio que agarrota las piernas…

Fuera de la cancha, si uno es un viejo jugador, hincha de ningún equipo, salvo del fútbol en sí, persiste la emoción y desaparece lo demás, para disfrutar, para en todo caso, pensar que uno, de haber estado jugando, hubiese hecho tal o cual cosa…

Ahora, fuera de la cancha, tal vez veamos más claro y tengamos eso que se llama “visión de conjunto”, que equilibra el ánimo y atempera momentáneos ardores… 

No podemos dejar de opinar, pero nuestro parecer es el del que ya estuvo en esa situación, la superó con éxito o se equivocó y tuvo que aprender del error…

Lo que sí se extraña es jugar. Sentir la adrenalina borbotear. Recibir el pase inesperado, patear y meter gol. Saltar de alegría, revoleando la camiseta.

La publicidad, para mí, ha sido ese largo y emotivo partido, del que ahora, que estoy en la tribuna, hay cosas que no entiendo. Me parece que la velocidad está ganando al cerebro, que las reglas se saltan por “quítame estas pajas” …

Me gustaba más el partido cuando era jugador, pero eso ahora no importa, lo que no es obstáculo para que extrañe las reglas viejas y las dificultades. Para que extrañe ese parar la pelota y el silencio que uno siente en el estadio, cuando va a meter gol.

Publicado en el blog “Mente Mochilera”

Imagen: elcomercio.pe

EL COLOR DE LAS HORMIGAS


Las cosas se ponen color de hormiga” es un término que se usaba (y tal vez ya no se usa tanto), cuando algo se tornaba difícil, aunque francamente solamente intuí el color, porque desconcertantemente hay hormigas rojas, negras, color caramelo y seguramente de otros colores. ¿Cuál es el famoso “color hormiga” …?

Nunca he tenido respuesta a esta pregunta y supongo que dependerá del tipo de hormiga y su color, la que más abunde donde esté y conozca el que da la respuesta…

En mi caso, las hormigas más “corrientes” siempre han sido las de color caramelo, ese marroncito claro y brillante que campean en la cocina, los alféizares y tienen como estación privilegiada, el verano…

Tal vez lo de “color hormiga” se refiere al color que pueden tomar cuando se reúnen en masa (se dice popularmente “hay gente como hormigas” cuando se trata de referir la cantidad) y entonces, en mi caso, el color caramelo, el “color-masa de hormiga” sería un marrón más oscuro…

En realidad, a no ser que alguien me dé una explicación, el “color hormiga”, con referencia a situaciones problemáticas o dificultosas, seguirá siendo un enigma…

Imagen: coloreamania.com

EL “TOMBO” DE LA ESQUINA


Tombo” es la palabra usada en la jerga popular peruana para designar al policía, así como “patuto” se le llama al auto patrullero de la policía y “cómica” a la comisaría o local policial…

Patuto” y “cómica”, tienen evidente parentesco con las palabras originales y son una deformación –evidente- de estas, pero “Tombo”, confieso hidalgamente que no sé de dónde proviene y no creo que sea de “tomb” (“tumba” en inglés) …

 “Tombo”, cuando se refiere a varios de ellos o a la institución policial, se convierte en “la tombería” y a las mujeres-policía, se las conoce, criollamente, como “tombas”. No soy un conocedor de la jerga nacional y como pasa con todo lenguaje, esta cambia, se va modernizando e incluye muchas novedades, o sea que dudé mucho antes de escribir este post, porque de pronto estaba usando como tema, un término… ¡En desuso!, pero al parecer “tombo”, es una palabra que se continúa utilizando, aunque eso de “El tombo de la esquina”, sea algo que huele a pasado…

Me explico: Cuando era chico, era muy común ver a un policía, si no en cada esquina, sí lo suficientemente notorios para que uno sintiera su presencia cercana. El policía era una persona de confianza, que se conocía, aunque fuera solamente de vista, y daba la tranquilidad de sentirse protegido… “Tombo” no era una palabra adecuada para dirigirse a él (siempre me pareció despectiva) y se le decía “Señor policía” o “mi guardia” (la policía es la “Guardia Civil del Perú”); sentíamos respeto por ese hombre que nos cuidaba y que estaba presto para ayudar en cualquier situación necesaria…

Si escribo “tombo”, es por usar una palabra que me suena original y en ningún modo por parecer faltoso u ofensivo, porque me imagino muy bien lo difícil que debe ser policía en un país como el Perú, donde la delincuencia crece, se vuelve más audaz y –desgraciadamente- a veces, parece rebasar los esfuerzos de la autoridad por contenerla…

El “tombo de la esquina”, fue una verdadera institución en mi infancia y sabíamos que su sola presencia, ahuyentaba a los maleantes; lamentablemente no guardo ningún nombre en mi memoria, pero sí el cariñoso calor interno que produce saber que están cuidando de ti a toda hora.

Imagen: inaepxvi1997.blogspot.com

LA NOCHE QUEDÓ ATRÁS


Abrí los ojos y no veía nada.

Es decir, sí “veía”, pero era un color amarillento cremoso, infinito, uniforme y que no variaba así moviera los ojos, que era lo que conscientemente estaba haciendo.

Me di cuenta que estaba en una cama con barandas y comencé a incorporarme, cuando una voz me dijo: “Está en una clínica, soy médico, no puede ver y lo que le ha dado es un infarto cerebral. Pronto, todo irá volviendo a la normalidad… No se asuste”.

No estaba asustado, sino aterrado…  Al desconcierto siguió el miedo y eso que a veces se siente en situaciones extremas y se llama pánico: ¡ESTABA CIEGO!

Es muy difícil tratar de explicar lo que se siente y de qué manera los pensamientos se atropellan en un instante así. Difícil y doloroso, porque después se racionaliza y poco a poco se acepta, ocupando la mente en “estrategias” para hacer las cosas, aún las más sencillas, con la ausencia total de la vista. Pero eso viene después y al desconcierto, el miedo, el terror y el pánico, de inmediato sucede un estado de anonadamiento que lleva a pensar que todo esto no es cierto, que debe ser una pesadilla…

Lo último que recuerdo antes de abrir los ojos al amarillo cremoso, es unas náuseas tremendas y el “¡Yu-yu-yu-yu…!” de la sirena de una ambulancia; después, el color uniforme y el desconcierto.

No se trata aquí de “hacerme el pobrecito”, sino de contarles que estoy muy agradecido porque “la noche quedó atrás” y si bien “la noche” duró cuatro meses aproximadamente, poco a poco la luz se fue haciendo y primero muy mal, desenfocado e inestable, empecé a ver. No bien, o “20/20” como dicen, porque desde los siete años soy miope, pero fui viendo un poco más claramente, aunque me quedó la miopía, por supuesto, y se produjo lo que llaman “visión de túnel”, que me impide –si miro de frente- ver arriba, abajo o a los costados. No tengo “visión periférica” y si muevo los ojos, se me “descompone el cuadro” y todo es un desastre, que tarda algo en acomodarse nuevamente.

Demás está decirlo, pero me dieron dos infartos cerebrales más: el segundo me produjo parálisis lateral derecha (toda la mitad del cuerpo sin movimiento) y me dejó “insensible” el labio superior derecho, además de dificultades para tragar y con la lengua “enredada”, como para que no me entendieran. Era, pienso, que tal vez así de encerrada se sentiría la mariposa cuando crisálida, pero con la diferencia de que ella no habría tenido un “antes” de volar libremente por el aire…

Fueron otros cuatro meses (un número que parece me persigue, porque nací en el 47 y cumplo 74, más 4 infartos al corazón…) de ir recuperando habla y movimiento, gracias a terapias intensivas y algo de tozudez y fuerza de voluntad de mi parte.

El tercero, lo único que hizo fue bajar un poco más mi capacidad visual…

La noche (por ahora y en mi caso particular) quedó atrás, porque veo: Mal, pero veo; y me muevo, mal, pero me muevo. Me dicen que parece que no me hubiera pasado nada, o “¡Qué bien que te veo!” y trato de hacer todo lo que pueda, lo más normalmente posible…

Perdonen que hable hoy otra vez de mí, pero como mañana cumplo 74, he estado revisando un poco el tiempo pasado y vuelvo a decir que doy gracias a Dios, a mi esposa, a mis hijas y a los amigos buenos, porque sin esa ayuda hubiera estado muy, pero muy solo, y sin poder hacer nada.

Gracias por leer.

Imagen: http://www.architonic.com

PULSO, PULSACIÓN, PUNZADA


El pulso, las pulsaciones, son la voz del corazón.

A veces, una punzada en el pecho es un aviso, que como la voz no es muy fuerte y estás acostumbrado a su acompasado murmullo, el corazón “te toca el hombro” para llamar la atención… TU atención.

Lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a que “todo nos funcione” y son tan poco advertidos los “ruidos” internos, que solamente los dolores (como la punzada en el pecho), son esa especie de clarinada de alerta, que nos avisa que “algo” extraño sucede en algún lugar de nuestro cuerpo…

Esto que digo es bien sabido, pero por serlo, no nos detenemos a pensar en ello cuando todo “anda bien”. Nos preocupamos cuando el “aviso” se repite…

Bueno, mi corazón me avisó de que algo andaba mal, cuando yo tenía 37 años, en una reunión de gobierno, en un ministerio, a la que fui en representación de un amigo. Eso y sentir calor (no sé hasta ahora muy bien por qué), más cierto malestar, hicieron que, terminada la reunión, en mi auto, fuese a la clínica donde tenía un seguro y buscase aun médico general, que me examinó y dijo que no salía de la clínica si no me examinaba un cardiólogo. Acto seguido, me acompañó, e hizo que me atendiera un médico de esa especialidad…

Después de contarle el por qué estaba allí, me examinó y citó para el día siguiente (eran casi las 10 de la noche), con el fin de hacer un electrocardiograma. “Si siente alguna molestia, póngase de inmediato esta pastilla debajo de la lengua y trate de no hacer ningún movimiento… Venga mañana y me cuenta” Le agradecí, con la que debe ser una perfecta cara de susto, guardé las dos pastillitas blancas que me dio y fui a mi casa…

Al día siguiente y sin mayor novedad, llegué para mi examen cardiológico; me pusieron los electrodos y echado en una camilla, comenzó el asunto. De pronto el médico le dijo a la enfermera que estaba a mi lado: ¡Señorita, pare, que le está dando un infarto…!”. Me pareció algo tan irreal que –por esas cosas que suceden- no se me ocurrió que se estaba refiriendo a mí. Hoy pienso que, o fui un tonto momentáneo, o estaba pensando en las musarañas…

Me “desenchufaron”, no recuerdo bien qué hicieron (de pronto me inyectaron algo) y un corto tiempo después, en la misma camilla me llevaron a una habitación, y cuidadosamente me pasaron a una cama, después de colocarme una bata blanca abierta por detrás y quitarme pantalón, medias y zapatos; me conectaron a un aparato que monitoreaba los latidos de mi corazón, me parece que me pusieron suero, estuvieron un rato, me indicaron un timbre para emergencias y se despidieron.

Quedé echado de espaldas, mirando al techo, que no ofrecía sino su superficie blanca y con la mano que tenía libre (sin aguja que me uniera con la tripita que llegaba al suero intravenoso), marqué el número de teléfono de mi cuñada y le dije que me había dado un infarto, que estaba en tal clínica y que por favor viniera para que se llevase mi carro, que estaba estacionado en la calle. Después llamé a mi esposa, le conté brevemente el asunto, le dije que estaba bien cuidado, y si quería, me podía venir a ver por la tarde, pero que no trajera a las dos hijas, porque no dejaban entrar niños.

Al rato llegó mi cuñada y con cara entre asombrada e incrédula, oyó el cuento completo, recogió las llaves y se llevó el carro, no sin decirme que llamaría a mi esposa (por supuesto, para entonces, los teléfonos celulares eran un muy lejano futuro). Le dije que ya había hablado y ella, no sé cómo hizo con dos carros (el suyo y el mío), pero llevó mi Ford Mustang rojo, a la casa…

No voy a extenderme más, porque después que te da el infarto, no sientes nada. El asunto ya sucedió y lo que te queda es desconcierto y miedo, sobre todo a dormir, “no vaya a ser que…” piensas. El dormir, lo soluciona media pastilla y cierras los ojos para soñar con los angelitos (no para morirte) durante ocho ociosas horas. Como a la semana me enviaron a la casa, diciéndome que estuviera por lo menos un mes en cama, levantándome solamente para ir al baño. Me entregaron pastillas con indicación de su distribución diaria y chau.

En cama, por lo menos podía leer, conversar, me vinieron a visitar (restringido a pocas visitas y poco tiempo) y no hacer prácticamente nada. Un día, de los primeros de vuelta en casa, a la entrada del cuarto aparece mi segunda hija, Paloma, que tendría dos años a lo mucho y desde la puerta, que estaba abierta, me dice: “Papi… ¿Me cargas?”. Yo ensayé una explicación, diciéndole que el médico me había dicho que no me levantara, que no podía hacer fuerza y… Me miró fijo, inclinó la cabecita, escupió al suelo, “pisó la babita”, desafiante, como diciendo “¡A ver qué haces ahora!” dio media vuelta y se fue. Me entró un acceso de risa tremendo que traté de contener y no materializar, “no fuera a ser que…”.

Así fue mi primer infarto y hay otros tres más. El cuarto, me dio en Arequipa, varios años después, caminando por la calle Mercaderes y supongo nada más la locación, porque esa noche me ingresaron al hospital, después que un cardiólogo, amigo de mi sobrino, que también es médico, me hiciese un electro y determinase que me había dado un infarto.

¡Bingo!

Imagen: http://www.my-ekg.com

ESPERAR CONTRA TODA ESPERANZA


Tal vez, lo único que queda es la Esperanza.

Esa, que, según el mito, esperaba para salir al final del ánfora de Pandora*, luego de todos los males del mundo…

Esperanza en que algo sucederá, que se impondrá la cordura y todo será una pesadilla, un mal sueño…

Tengo la Esperanza de que el Perú despierte y todo el desbarajuste quede atrás…

Dicen que la Esperanza es lo último que se pierde, pero me aferro a ella, porque siento que no puedo hacer nada…

Que la Esperanza sea una realidad, y el salvavidas en este mar embravecido…

*El mito de Pandora, cuenta que Zeus hizo crear a Pandora, una mujer bella que llevaba una jarra (y no una caja, como recién se menciona en una versión de la época renacentista) que contenía bienes. Al abrirse, la jarra, los bienes volaron volviendo a las mansiones de los dioses, dejando a los hombres afligidos por los males y lo único que pudieron conservar de los bienes, fue la Esperanza.

Imagen: http://www.larepublica.net