LOS PATINES DE TETÉ


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Por si acaso no se trata de “sacarlos trapitos al sol” ni de escribir sobre una costumbre deportiva de mi hermana, sino sobre una de las que  casi llamaría yo manía, como las que tenemos todos y a las que mi hermana mayor no era inmune…

 

Teté gustaba de tener los pisos de su casa brillantes y para ello se enceraban y quedaban como verdaderos espejos, pero el trajín  diario los iba desluciendo y al tiempo eran espejos sí, pero empañados…

 

A pesar de la pasada constante de la lustradora, mi hermana no quedaba contenta y tenía un sistema, que a mí, la primera vez que lo vi en funcionamiento me pareció una exageración, casi de otro mundo porque si los japoneses se quitan los zapatos en las habitaciones para no dañar el tatami o alfombra tradicional que creo está tejida de fibra de arroz, que cubre íntegramente los pisos, Teté tenía unos “patines”, que en realidad eran trozos de fieltro o tela gruesa y suave que se pisaban y  arrastraban al caminar, abrillantando con ese acto repetido  la superficie revestida de madera o linóleo.

 

Les llamábamos “patines” porque efectivamente daban al que los usaba (que eran TODOS en la casa), la sensación de patinar, pues lo que hacían era deslizarse por el piso cumpliendo con su función abrillantadora…

 

Eran siempre motivo de broma, pero Teté no cedía un milímetro y el resultado eran pisos brillantes y orgullo de ama de casa para la que todo andaba en orden en lo que atañía al funcionamiento de sus dominios hogareños.

 

Cuando iba a Arequipa de vacaciones, como me hospedaba siempre en casa de mi hermana, hacerlo era como vivir una temporada en una pista de patinaje…

 

 

EL ESPEJO


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La Navidad equivale a regalos, por lo menos para lo que un niño chico suele entender. Yo no he sido diferente a los otros niños y diciembre era una fiesta que iba in crescendo, primero con adornos que colgaban desde el gran espejo con perchas que estaba en la entrada de la casa, hasta en el alféizar de la ventana semicircular con vidrios de colores que daba a la terraza de abajo, también en la mesa de la sala y sobre la radio que estaba en la salita ; seguía con postales de felicitación que el cartero traía y que se reconocían porque los sobres siempre eran más grandes que los típicos usados para el correo “normal” y eran siempre blancos.

 

Era niño, pero sabía  que Papá Noel no era quien traía los regalos, sino que mis papás y hermanos me los hacían, sin que por eso mi entusiasmo se empañara un poquito; era una tradición familiar y en los cumpleaños, además de recibir obsequios de sus hermanos (y padres, por supuesto), el  celebrado les entregaba a ellos sendos regalos (pero no a los papás), lo que era un intercambio regalístico-fraterno que dejaba contentos a los tres hijos, satisfechos a los padres y felices a todos.

 

Claro, cuando uno es un niño, no tiene cómo comprar regalos y me las ingeniaba para escribir algo, con letra más bien  desmañada, poner un dibujito alusivo o pegar un pequeño motivo de Navidad recortado de alguna revista, en una cartulina que simulara una tarjeta. Hacer esto era parte del crescendo navideño, que por supuesto incluía adivinar y fisgonear para ver dónde estaban escondidos los regalos que me tocaban a mí…

 

Un año, en diciembre, operaron a mi padre y no hubo mucho ánimo decorativo ni pinístico, aunque mi madre armó el nacimiento como cada mes de diciembre. No sabía si iba a recibir regalos, pero me guardaba callado la esperanza de que sí y que la alteración evidente no tenía mucho que ver con ellos.

 

No preparé ninguna tarjeta y recuerdo claramente que a mi padre lo operaron el 23 y mi madre se “mudó” a la clínica para acompañarlo: dormiría allí, incluso. Estuvo un ratito en casa el 24 y sobre un sillón de la sala dejó unos paquetes; curioso yo, vi que tenían tarjetitas con mi nombre y los de Teté y Panchín.

 

Mi hermano no estaba en casa y mi hermana trajinaba arriba, en su cuarto. Yo, en mi curioseo, me di cuenta que había un paquete de regalo para cada uno de nosotros tres y me sentí un poco triste porque solamente tenía un regalo, mis papás no estarían para pasar la Navidad; claro, estaban Panchín y Teté, pero yo no tenía tarjetas-regalo para ellos, no había árbol, ni adornos en la casa y solamente estaba el encargo de mi madre de encender las velitas del nacimiento y “hacer nacer al Niño”, no muy tarde, para que yo no trasnochara…

 

Mi hermano regresó y como a las 10 de la noche nos juntamos los tres en el comedor para “cenar” algo (en ese tiempo el “panetón” no se conocía, o por lo menos no en casa) y un poco silenciosos fuimos luego frente al nacimiento, prendimos las velitas y rezamos, sobre todo por Manuel Enrique.

 

Nos abrazamos, me dieron cada uno un paquete envuelto en papel de colores y el de mis papás que estaba en el sillón; yo no tenía nada para ellos y creo que alguna lagrimita se me salió, pero ahora no sé si era de felicidad porque tenía tres regalos y no uno solo, o de tristeza porque mis papás no estaban  y yo no tenía tarjetas-regalo para darles a mis hermanos.

 

Antes de acostarme, después de haber abierto mis tres regalos, me dio un “no sé qué” y pensé que mi madre tampoco tendría mi tarjeta-regalo y me deslicé hasta su dormitorio, sin prender la luz  para no delatarme, fui hacia el ropero que estaba siempre sin llave y rebusqué hasta encontrar una cartera que tenía, en un bolsillo con cierre, lo que había ido a buscar: un espejito.

 

Me lo llevé en el bolsillo y en mi cuarto, con algo del papel de los regalos lo envolví y escribí en un papelito “FELIZ NAVIDAD, PARA MAMY DE MANOLO”. Lo escondí para entregárselo a Tony (o sea a mi mamá) cuando volviera de la clínica y sorprenderla.

 

L único posterior que recuerdo es habérselo dado y que ella me besó, abrió el paquetito mal hecho, sacó el espejito, se miró los ojos en él diciéndome: “¡Gracias hijo…! ¡ ¡Es lo que yo siempre quise!”. Sonreí seguramente y nunca mencioné que el espejo era suyo, que lo había sacado de su cartera y ella no lo echó de menos, aunque en realidad sé que lo supo al abrir el envoltorio, pero su cariño hizo que no me dijera nada.

 

Imagen:  www.eurostyle.com

LOS VIEJOS VILLANCICOS


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Villancicos eran aquellos que sonaban cuando yo era chico (muy chico) y cerca al día de Navidad salían de discos de 78rpm, que un tocadiscos “Garrard” hacía sonar a través del parlante de una radio “Saba” a la que estaba conectado, instalados ambos en un mueblecito especial, con puertas que se mantenían cerradas, gracias a un imán.

 

Eran villancicos españoles que mi madre ponía al caer la noche y cerca estaba la mesa donde se armaba el nacimiento al que se le ponían velitas de colores (rosa, celeste, amarillo y blanco) en unos pequeños “pies” o soportes de madera que tenían forma de estrella y estaban pintados de dorado; además había floreritos de vidrio transparente, con jazmines, que perfumaban maravillosamente el ambiente.

 

El nacimiento lo formaban imágenes más o menos grandes de San José, la Virgen María, un burro y una vaca rodeando un montoncito de paja que estaba vacío hasta la noche del 24/25 en que se colocaba al niño, echado de espaldas, sonriente y con los brazos abiertos; la “casita” del nacimiento era rústica, hecha de palitos, con techo “a dos aguas” de paja, adornado con una estrella de cartón cubierta de purpurina plateada, colocada en el vértice de la “entrada”;  un mantel de hilo blanco cubría la mesa hasta el suelo.

 

“Noche de Paz” no estaba en el repertorio porque esa era una canción exclusiva para el momento del “nacimiento” y los villancicos hablaban de “los peces en el río que beben y beben y vuelven a beber” o decían que “campana sobre campana…”; eran villancicos y no canciones navideñas en inglés con “merry christmas” y otros como las que ahora suenan en radios, televisores, centros comerciales y tiendas por departamentos.

 

Claro, los villancicos estaban en castellano y la música era acompañada por alegres y rítmicas panderetas, a diferencia de esos sonidos electrónico-melódicos que simulan contento, pero resultan fríos como el hielo… No sé si es nostalgia de viejo, si es una época en que se me amontonan los recuerdos de mi familia, pequeña pero llena, especialmente en época de Navidad, de un espíritu alegre.

 

Sí, había arbolito, que antes de que mi hermana Teté se casara y se fuera a vivir a Arequipa, era un pino pequeño, natural, que ella, mi hermano Panchín y sus amigos “conseguían” alguna noche, ya muy tarde (desenterrándolo, por supuesto) de no sé dónde, más o menos cerca de casa y amanecía el pinito plantado en una lata grande y vacía de aceite de cocina, forrada con papel platina: ¡Nuestro árbol de Navidad…!  Ese que esperaba las guirnaldas y las bolitas de vidrio, brillantes  y de colores que lo adornarían dándoles navideña tarea de mis hermanos, con mi madre protestando un poco por la manera de conseguir el arbolito…

 

Es curioso, pero no he vuelto a oler el aroma a pino mezclado con jazmín nunca más y ese es el olor de la Navidad para mí, como el sonido es el de esos viejos villancicos que llenaban la casa de la calle Ayacucho, N° 263, en Barranco.

 

Imagen: http://www.wikihow.com

WALK DON´T RUN


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La mamá de Tuco abrió una tiendita de venta de discos en una pequeña galería comercial que supongo por nueva y estar algo a trasmano no tenía mucha clientela; allí nos juntábamos para “ayudar” y lo que en realidad hacíamos era oír música y conversar. A veces nos acompañaba algún amigo, pero por lo general esas tardes de verano eran más bien musicales, de conversación y espera…

 

Allí descubrí a “The Ventures” con su famoso “Telstar”, con “Walk don´t Run”, “Apache”, Runaway y tantas otras canciones donde las guitarras eléctricas, el bajo y la batería nos hablaban en “moderno” y nos parecían lo máximo. Era, creo, nuestro refugio en un mundo que ya entonces aparecía un poco desordenado y medio agresivo. No existía Internet, las computadoras personales y los correos electrónicos eran algo que no se conocía, pero la música, las conversaciones, uno que otro cigarrillo (cuando la mamá de Tuco –que fumaba bastante- nos “dejaba a cargo), algún sándwich y Coca-Cola llenaban nuestras tardes antes de cerrar e ir a la cercana avenida Arequipa para tomar el “Mercedes azul” que a mí me llevaría hasta Barranco, atesorando un disco del grupo favorito, comprado con los ahorros y por supuesto con un descuento “especial” por ser “amigo de la casa”.

Recuerdo que el primero que pude llevarme fue precisamente “Telstar” y después “Walk don´t Run”: gloriosos vinilos de 33rpm que por las noches escuchaba una y otra vez en la radiola “Saba” de la sala de mi casa, hasta que llamaban a comer y el noticiero del televisor en blanco y negro reemplazaba a “The Ventures” con noticias que eran una ducha de realidad.

 

No sabría decir si fue una época feliz, pero creo que para la época, era feliz. No recuerdo ningún verano triste en Lima, con sus posibilidades de playa y sol, primero bicicletas y luego estirando cada día hasta la noche oyendo una música que hoy de pronto sería tildada de simplona y primitiva, pero que en esos sesentas sonaba a rebelión (porque en nuestras casas a nadie le gustaba mucho).

 

Ahora que pienso, ya en esa época, el título de la canción que “The Ventures” tocaban maravillosamente, me estaba dando un consejo: “Camina, no corras” y francamente no sé si lo escuché porque si hubiera caminado más y corrido menos, hubiera hecho que ese tiempo en el que fui feliz, durara más.

 

 

 

Y por si quieren escuchar más a “THE VENTURES”, aquí está el link a un concierto en Japón en 1965.

https://www.youtube.com/watch?v=D6DmtPQv7V8&list=PLq_Y-lcSMTsd-5yNJQubu9gju

 

Imagen: http://www.flickr.com

CON “M” DE MUERTOS VIVIENTES


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Basta ver las listas de los candidatos al Congreso para saber que los muertos vivientes, los zombis famosos se sacuden la tierra que los cubría y acomodan sus andrajos que malcubren la gusanera y la podre para iniciar su marcha. ¿La meta? Un sitiecito en lo que fue el congrezoo, desde donde poder vomitar sin que les hagan nada, porque la curul, el sitiecito, les asegura inmunidad/ impunidad: pueden cagarla donde quieran y mearse sobre cualquier principio.

 

La pandilla de cadáveres destartalados repite como mantra sus consignas y confía en que hay un 15% de la ciudadanía que sufre de adicción a la mugre, a los hedores de la descomposición y el desagüe y que peor es nada, que hay que cultivarlos con bocanadas de aliento fétido y tápers proselitistas llenos de excremento.

 

No importa que un 85% de intonsos celebraran el cierre del viejo congrezoo porque la memoria es frágil y cuando vean las caras pustulosas, ajadas y amarillentas pero conocidas, habrá mucho que se echen en sus brazos, aunque les pedirán cuidado porque algún entusiasmo regurgitado se los puede arrancar.

 

Los muertos vivientes confían en la desmemoria y el olvido de la gente y están muy seguros que sus olores ni se van a notar en medio del aroma a gasolina y basura que reina en las calles.

 

Es que parece que en el Perú no aprendemos y buscamos el hueco para meter la pata repetidas veces. “Nacidos para sufrir” no es el título de una vieja película india de Bollywood, sino lo que podría ser el lema masoquista de un país en el que los enterrados regresan de sus tumbas para seguir haciendo de las suyas, porque como decía Humberto Martínez Morosini, “Aquí no pasa nada”.

 

¿No será que se están preparando para una superproducción de Chollywood que se va a filmar en el Presbítero Maestro?

 

Imagen http://www.rtve.es

LA COLMENA,EL LADRILLO Y EL TRANVÍA / II


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Aunque dicen que nunca segundas partes fueron buenas, me arriesgo y aquí va la segunda y última parte de “LA COLMENA, EL LADRILLO Y EL TRANVÍA”, que espero complete lo que quedó sin tocar, es decir, los dos primeros: La Colmena y el ladrillo”.

 

La Colmena es la calle donde queda el edificio que fue el colegio “De la Inmaculada” y que albergaba cerca al “Venezia”, restaurante sobre el que se tejían historias que nunca confirmé y al frente del colegio la bodega de los Chiappe, dos de cuyos integrantes familiares eran alumnos del colegio y que tenía en la puerta un gato gordo (“gato de bodega” le decíamos) que miraba plácidamente el discurrir de la gente y los días. Allí, en los mediodías escolares eran infaltables las empanadas para unas hambres pre-almuerzo, dignas de escolares famélicos…

 

Aunque “La Colmena” se extendía a la derecha y a la izquierda del colegio, una especie de límites no consignados en ninguna parte eran la plaza San Martín por un lado y la plaza Dos de Mayo por el otro; el cine “Le París”, que proyectaba películas “para adultos” (y a veces con “serias reservas morales”) según la censura –supongo que “oficial” y definitivamente católica-) que eran publicitadas por afiches colocados en las vitrinas y el “foyer” del cine y eran la atracción prohibida y culposa de los “inmaculados” que pasaban por allí, camino al trasporte que los llevaría a sus casas…

Recuerdo que en un acto de moralidad militante, un grupito comandado por el P. González Quevedo, preparó una ofensiva contra las “inmoralidades” que se veían en el “Le París”, llenando focos a los que se les había cortado la parte de rosca metálica y vaciado de filamentos internos, con pintura, que se taponaron con trapos o papel periódico, en el laboratorio de química.

 

Fuimos una tarde-noche, luego de quedarnos a “preparar” lo que ahora se llamaría “el atentado” y quitándonos los escudos del uniforme, caminamos hasta el cine y tiramos los focos con pintura sobre los “pecaminosos afiches”, para después correr de regreso al colegio, donde agitados por la “aventura moralista” comentamos, mientras escondidos en una clase, temíamos haber sido perseguidos por alguien…

 

Por supuesto nadie nos persiguió y supongo que quienes nos vieron se sorprendieron pero no hicieron nada; además éramos perfectamente identificables porque por la zona éramos los únicos chicos con uniforme de saco azul y pantalón gris, aunque no lleváramos el escudo metálico con la “C” y la “I” cruzadas, prendido en el bolsillo superior del saco.

 

Supongo y ya no me acuerdo, que del cine se quejarían, pero ni nos acercamos a él para ver los “estropicios moralizadores” y guardamos absoluto silencio Estoy seguro que limpiaron el lugar y repusieron los afiches manchados por la pintura…

 

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El ladrillo era el material con que estaba construido el colegio y su mole rojo oscuro (“rojo ladrillo”) abarcaba casi toda una manzana y por supuesto todo el frente de la cuadra  6 de “Colmena izquierda”…

 

Después de misa, para los que habían comulgado y comprado su boleto de color azul que decía “A.M.D.G”, en la portería, había un “desayuno veloz” que consistía en leche chocolatada” que venía en botellas de vidrio ya vacías de “Coca-Cola” más un “chancay” (ese pan dulce tradicional, que en realidad eran dos pegados). A la bebida se llamó desde siempre, en el colegio, “ladrillo”, y existían los rumores –en broma, por supuesto- que se hacía con el polvo de los ladrillos… ¡Bien “tradicional” el asunto!

 

Y no puedo finalizar sin advertir que en la fotografía que ilustra la anterior y esta entrada, figura un tranvía cuyo “trole” es una especie de rejilla metálica que hace contacto con el cable que lleva la corriente eléctrica y en mi entrada anterior menciono una “ruedita” que es la que hace este contacto; bueno, los había de uno y otro modelo9, siendo el más común la “ruedita”.

 

Disculpen por lo largo del texto, pero ha tratado de no dejar fuera recuerdos que tengan que ver con los dos temas que aquí se trata. Es verdad que hay mucho más y que el ovillo va desenvolviéndose poco a poco, pero no se trata de cansar a nadie con mucho de algo…

 

Ilustraciones: Fotografía por Carlos Iturrino / Dibujo por José María Salcedo (de la carátula, revista “Gonzaga 63”).

 

 

 

 

 

LA QUEBRADA


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Me estoy refiriendo,  como cualquier barranquino entenderá, a la Quebrada de Armendáriz, esa cicatriz  dejada por un río o avenida que buscó llegar al océano Pacífico, hace no me puedo imaginar cuánto tiempo.

 

Lo que en mi infancia casi pueblerina y tranquila en ese balneario Limeño un poco adormecido fue una vía por la que “bajábamos a la playa” cuando no nos alcanzaba para pagar el pasaje en el funicular (que no bajaba por la misma quebrada sino que se descolgaba por un acantilado hacia el Establecimiento Municipal de Baños de Barranco) y era una ruta que empezaba arriba y corría entre las paredes terrosas y pegados a ellas, unos restos secos de arbustos y algo de lo que en el pasado fueron seguramente –pienso hoy- buganvilias y que entonces escondían arañas, seguramente ratas y estaban decoradas, a trechos, por basura.

 

Por el medio, una pistita para vehículos de excitante, muy fácil bajada y sofocante, empinada, difícil subida, llegaba hasta una especie de terraza natural y doblaba a la izquierda para bajar un poquito más a encontrarse con el mar; con esas o esa playa que no tenía otra cosa que piedras y el agua que iba y venía haciéndolas sonar.

 

“La Quebrada” como la conocíamos, tenía en su historia el aura tenebrosa de “El Monstruo de Armendáriz”, uno de tantos hombres que hacían de ella en covachas de cartones, periódicos y latas oxidadas, su casa y su cobijo, Jorge Villanueva Torres, fue acusado de violar a un niño y asesinarlo, hecho por el que fue enjuiciado, sentenciado y fusilado el 12 de diciembre de 1957, siendo la última pena de muerte que se impuso en el Perú. Villanueva negó hasta el final haber perpetrado el hecho. Fue un caso tremendo, muy mediático donde radios, periódicos y revistas dieron alas a la histeria popular y donde el racismo (porque Villanueva era negro) y las fabulaciones, condenaron a muerte a un hombre sin pruebas concluyentes y que mucho tiempo después resultó inocente.

 

“La Quebrada” tenía sus fantasmas, pero eran inexistentes en  la luz de las mañanas de verano, ante la promesa de la playa y el mar: “bajar” era fácil, alegre y la hora más o menos temprana, impedía el agobio del sol, pero “subir”, para llegar a casa a la hora del almuerzo, era una espada de Damocles que pendía sobre nuestro disfrute playero.

 

“Subíamos”, pero tomábamos un atajo para no seguir la ruta de la pequeña pista y por algún sendero, marcado por las pisadas  en la tierra, llegábamos arriba y caminábamos para llegar cansados, sudorosos, pero con la satisfacción íntima del que vence a la naturaleza; luego venían la refrescada, el almuerzo ligerito y en la tarde, a jugar porque el verano esa esa estación del año en la que no se quiere hacer nada y se hace de todo para lograrlo.

 

Luego se “mejoró la pista” y en la época de las bicicletas bajábamos alocados por la velocidad y subíamos a pie, empujando el vehículo y mirando para que no nos fueran a atropellar…

 

Tiempo después “La Quebrada” se convirtió en una moderna pista de dos vías, para formar parte de la “Costa Verde”, que de verde tenía al comienzo la flora de la imaginación y algunas enredaderas que se descolgaban más bien mustias con uno que otro toque de color producido por flores inciertas.

 

“La Quebrada” ya no fue más el terreno de aventuras, la guarida de leyendas y vagos y “la curva de Armendáriz” perdió la emoción que tenía al comienzo, cuando la pista aseguró la velocidad de los autos que bajaban con sus luces a medias, para irse a la “playa de los enamorados” por las noches.

 

Ahora, “La Quebrada de Armendáriz” es un puro referente vial.

 

Imagen: edicadito.blogspot.com