RECORDANDO…


No son personajes importantes, salvo uno, y están en mi recuerdo, anidados en medio de los algodones de la memoria.

Royalón”, el rey bonachón, la melosa princesa “Golosina”, el perro “Vainilla” (que era curiosamente de color verde), un consejero real, con sombrero, que le ocultaba un poco el rostro, que se llamó “Intríngulis”, el bufón “Flon” y el infaltable dragón de todos los cuentos, bueno y simpático: el dragón “Tragón” …

Estábamos en JWT y a Germán Gamarra y a mí se nos encargó una campaña para “ROYAL”, que en su línea de postres tenía, por supuesto, la gelatina de diversos sabores y colores, los flanes, los pudines y la leche asada…; tal vez confundo el flan con el pudín, o viceversa y sean una misma cosa, pero en todo caso, los sabores eran a chocolate y a vainilla.

Germán Gamarra era un artista especialmente dotado para el dibujo, la pintura, todo lo que fuera gráfico y con un humor y una “chispa” verdaderamente notables. El automóvil “Triumph” negro, en el que llegaba a la agencia cada mañana, era diferente a cuantos otros de la misma marca yo conocía, y era, indiscutiblemente, su engreído. Germán, de “frente amplia”, como yo le decía, usaba bigote, que se acariciaba cuando estaba pensando y su carácter, estoy seguro que influyó en mí para crear a “Royalón”, el personaje principal de esa “corte”, al que él, magistral, dio forma gráfica.

Con Germán nos divertíamos mucho imaginando personajes y creándoles historias, aunque sabíamos que solo quedarían algunos de ellos, ligados a los productos existentes de la marca y que nada de lo que maquinábamos, salvo –repito- algunos pocos personajes, verían la luz. Nunca nos importó, porque tanto Germán como yo, considerábamos que, para tener buena publicidad, había que divertirse haciéndola. Ahora que mi amigo “el italiano” -como le decíamos- ya no está, estoy seguro que se fue al Barrio Eterno pensando lo mismo y yo que todavía ando por estos lares, pienso igual que entonces.

Me divierte recordar también y me enternece, que hubiésemos trabajando juntos en Kunacc, antes de terminar cada uno aterrizando en JWT, en tiempos diferentes; en la primera agencia yo era redactor y Germán director de arte. El director creativo era el gran “Cumpa” Donayre que renunció al puesto y en vez de poner a Germán como director creativo, me escogieron a mí, con bastante menos experiencia que mi amigo. Al tiempo, Germán renunció, se fue a JWT como director creativo y algo después, yo fui a la misma agencia, como redactor, a trabajar a sus órdenes. Pero nunca fuimos jefe y dependiente, salvo en los cargos “oficiales”: fuimos amigos siempre y lo seguimos siendo, especialmente hoy, que echo de menos sus chistes (que apuntaba en un papelito, que llevaba guardado en su billetera), su bonhomía, sus “colerones” y ése amor por la pintura, que – ya lo conté antes- le llevó a pintar sobre cartón en desuso (tal vez la tapa de alguna caja de zapatos), paisajes hermosos, usando pasta para zapatos y un palito, cuando, desesperado  y con la necesidad de crear aguijoneándole, en un club campestre, no encontraba colores, pinceles ni papel o una tela y solo consiguió en una tiendecita…¡pasta para zapatos, marrón, negra, amarilla y guinda!

Ese es el Germán Gamarra en mi memoria, el recuerdo que me hace sonreír, como cuando llegó con anteojos oscuros debido a un orzuelo, al que bautizó como “potosis oftálmica”, producto de mirar mucho rato el trasero de una señorita, que pasaba frente al “Haití” de Miraflores, una tarde, a eso de las seis y media, en que conversábamos nuestros cafés.

Imagen: http://www.marketingdirecto.com

EL SUEÑO QUE SE QUEDÓ EN SUEÑO


Cada vez que escucho la palabra música, me acuerdo de mi madre, porque era parte natural de su vida y la imagen que guardo, donde ella, joven, está tocando una guitarra, fue su sueño incumplido hecho fotografía, porque lo que aprendió, desde chica, fue a tocar el piano.

Si hubiera sido la guitarra…” me decía, pensando que, en los múltiples viajes, en los que acompañó a mi padre –ingeniero, constructor de caminos- a lugares perdidos entre cerros, a pueblitos lejanos, a ciudades pequeñas, a la nieve, o a la orilla del mar, si hubiese tocado la guitarra, podría haber hecho la música, esa que siempre llevó dentro, porque viajar por el Perú, cambiando todo el tiempo de lugar de destino, llevando un piano, habría sido pesadilla y no sueño…

No pudo hacer realidad su sueño de tocar guitarra; digamos que cambió cuerdas, por teclas.

Ya conté en otro sitio, que aprendí a escuchar música porque me sentaba a sus pies, en la salita de la casa de Barranco, mientras ella viajaba con la mente, escuchando en los discos a Beethoven, Chopin, Mozart, Vivaldi… El “Garrard” automático, fue, diría, mi primer pasaporte a una música que visité con la guía amorosa y paciente de mi madre.

Música que nunca pude hacer, porque era negado para ello, pero que he continuado disfrutando y disfruto, incluso ahora, cuando escribo estas líneas. Música que, en el Teatro Municipal de Lima, escuchábamos cada domingo, religiosamente, con Myrtha, con Beatriz, con Fernando y con algún otro amigo que nos acompañaba en la melómana aventura semanal, allá, por la mitad de los ’60…

¿Qué sería de mi vida sin la música? No puedo ni siquiera imaginarlo, porque aprendí desde chico, que la belleza puede imaginarse, verse, pero también se escucha.

Imagen: María Antonieta con guitarra, Arequipa, Perú.     Circa 1926.

CASTILLOS DE ARENA


¿Quién que, viviendo en la costa, cerca del mar, y teniendo playas con arena a disposición, en el verano, cuando chico, no se ha entretenido haciendo castillos de arena en la orilla, llenando de arena húmeda el baldecito de metal o de plástico (depende de la edad que se tenga al leer esto), primero con la palita y después con las manos, para apelmazar más el contenido y volcarlo, sacudiendo con golpecitos cuidadosos, para que la “torre” resultante fuera digna del castillo que vivía en nuestra imaginación y poder luego moldear con las manos el muro que iría dando forma a nuestra creación, con tres torres más, y una puerta de entrada, que quizás tuviera un puente levadizo hecho de palitos de helado…

Más o menos elaborado, nuestro sueño constructor veraniego, sería finalmente lo que nuestra paciencia y habilidad lograra, para terminar tarde o temprano siendo una ruina barrida por el mar, unos mogotes informes que se van disolviendo poco a poco dejando solo el recuerdo del sueño, un balde y una pala abandonados, en esa arena donde el ir y venir del mar es inmemorial…

Imagen: http://www.calcar.comeze.com