PLATINITAS


De pronto me he visto alisando y estirando platinas de diferentes colores, que cubrían los deliciosos chocolates de “La Ibérica”, que junto con una caja de maravillosos “mazapanes” de la misma famosa marca arequipeña, me obsequió un grupo de seis sobrinas Gómez de la Torre, que me invitaron para ir a tomar “lonche” la otra tarde; fue muy hermoso y les agradezco tanto el que se pusieran de acuerdo para reunirse con este tío -en el completo sentido de la palabra, porque soy su tío y estoy “bien tío”, o sea mayorcito- y darme una alegría tan grande, en una tarde/noche llena de conversación, risas, recuerdos, anécdotas familiares y un riquísimo y prolongado “lonche” …

Volviendo a las platinitas de colores, esta era una costumbre de mi padre, y ahora hago lo mismo que él, con iguales envoltorios de chocolate, “porsupuestamente”, de la misma mistiana marca …

Claro que él lo hacía desde mucho tiempo atrás, porque casi todos sus libros –por lo menos los que “heredé”- tenían multitud de platinitas, y no eran un señalador de página, porque son frágiles y se rompen fácilmente, sino sospecho o pienso que eran pequeños recuerdos de momentos felices, esos instantes en los que un chocolate se deshace en la boca, mientras discurre la lectura placentera …

No lo sabré nunca a ciencia cierta, como se dice, pero me lo imagino y eso hace que un puente más me una a Manuel Enrique; esta vez el puente es de colores y está construido de platina.

¡Gracias de veras, sobrinas, porque han hecho posible el que haga mía una costumbre sencilla de mi padre…!

ESCALÍMETRO, REGLA DE CÁLCULO, TEODOLITO, BRÚJULA, COMPÁS, TIRALÍNEAS, REGLA T, WINCHA…


Mi padre era ingeniero y estas palabras “técnicas” eran comunes en su vocabulario y los objetos que ellas nombraban anduvieron presentes por la casa, guardados, es verdad, en cajas, cajitas y más de un cajón, porque no eran los únicos “implementos profesionales”, sino parte de toda una –para mí- parafernalia incomprensible que “delataría” a quien supiera ver, a su dueño, don Manuel Enrique, el ingeniero civil, el constructor de caminos, el ingeniero mecánico-electricista, para el que los problemas eran retos, resolvía –para mi asombro- raíces cúbicas de memoria …

En mi recuerdo está la caja azul, larga, con interior forrado en tela de seda también azul pero brillante, ribeteada con un cordoncillo rojo, donde “dormía” el más increíble juego de compases, tiralíneas y otros instrumentos de dibujo, de un metal extraño, que no se oxidaba y que me encantaba mirar, sin saber bien para qué servían; sólo había visto algunos en uso, cuando sobre la mesa del comedor, mi padre extendía   –lo que después supe era- un plano y trazaba líneas con tinta china, medía, hacía operaciones en la regla de cálculo “K & E”, apuntaba en un cuaderno, consultaba el librito de tapas de cuero, que estaba lleno de números y fórmulas                    – incomprensibles para un chico- de hojas muy delgadas y finas de “papel biblia” (libro que hasta ahora conservo y que es algo así como un manual del ingeniero civil); yo miraba, callaba y sabía que no debía ni siquiera preguntar, porque él estaba trabajando y en unos días más se iría de viaje para hacer realidad las líneas de tinta china, vestido con sus botas altas, su casco y el sacón de cuero de olor tan peculiar …

Yo, el menor de los hijos, viví las postrimerías de su carrera de constructor de caminos, antes que la UNI lo afincara definitivamente en Lima y le dedicara su tiempo a la enseñanza; pero en esa época, él era ante mis ojos, un aventurero como esos que salían en los libros de Julio Verne o Salgari, aunque claro, en la sierra del Perú no había malayos ni tampoco watusi …

A su regreso me contaba de paisajes hermosos, días de campamento, de cerros en apariencia impracticables, por donde con paciencia y días, el camino llegaba; precisamente ese que había dibujado en el papel del plano, extendido y sujeto por cuatro chinches metálicos de cabeza dorada, sobre la mesa del comedor, justo después de un desayuno, donde la que faltaba era Teté – mi hermana- que se había casado con Jorge y vivían en la calle Jerusalén, en Arequipa …

Imagen: https://libretecperu.com

EL JUEGO CELESTE


No se trata de una diversión celestial, ni una jugada futbolera del “equipo celeste” peruano, sino de algo más prosaico, pero no por ello menos hermoso, por lo menos para mí…

Se trata de un juego de vajilla color celeste, es decir, tazas, platos, azucarera y todo lo demás, de loza. Nada importante, por supuesto, pero lleno de recuerdos y significado…

Era el juego de vajilla de loza color celeste que mi madre compró, allá por el fin de los años 50 o a principios de los 60 y que era usada solamente en las grandes ocasiones, como navidad, año nuevo o la visita a comer de alguien importante…

Era fabricada en Inglaterra y la llamábamos “la celeste” o “la inglesa”, por el color y la procedencia. Los días ordinarios, nuestra vajilla fue por mucho tiempo, también de loza, pero bastante menos “fina”, de color blanco, con un filito azul…

Bastante antes de morir, mi madre, ya nos la había obsequiado a Alicia y a mí y he de especificar que mi hermana mayor vivía en Arequipa, ciudad a una hora de vuelo desde Lima, o a casi un día por carretera y mi otro hermano, mayor que yo también, vivía en Centro América… Mi madre vivió su último tiempo con nosotros – con Alicia y conmigo- y supongo que esa cercanía, fue la que hizo que nos obsequiara la vajilla celeste…

La usamos muy poco, porque para el “diario” eran los platos de melamine, prácticos por irrompibles -y no frágiles como la loza- de colores verde claro y naranja claro que también “heredamos de María Antonieta, pero la “celeste”, estaba también reservada para usarse en fechas especiales, imitando a su dueña original …

Con el tiempo y las diversas mudanzas, casadas nuestras hijas y con la llegada de los tres nietos, siendo ya solamente nosotros dos, la “celeste” fue nuevamente “sujeto de herencia” y una parte pasó a Alicia María y la otra a Paloma. Digo “una parte”, porque, aunque se cuidara a la “celeste”, tuvo varias bajas de algunas piezas que se rompieron.

Paloma se fue a vivir a Buenos Aires y su parte de “la celeste” pesaba mucho como para llevarla, así es que Alicia María fue la “heredera final” …, hasta ahora, porque de pronto alguna de sus hijas, o las dos, la reciben como “herencia a su vez …

Mientras tanto, ahora que vivimos juntos con Alicia María, “la celeste” se ha convertido en la vajilla que usamos diariamente en casa y puede ser también que “las situaciones importantes” escaseen o se hayan vuelto “normales”. El hecho es que “la celeste” ha cumplido más de sesenta años y a su edad, recién se le está dando un uso intensivo, tanto, que uno de los platos que se partió en dos, mientras mi padre vivía y que cuidadosamente pegó, dejando como huella solo una fina línea que atravesaba el plato, se despegó un poco el otro día y pensé en volverlo a pegar, pero seguramente lo haría mal –porque no soy muy ducho en reparaciones, como sí lo era Manuel Enrique- y además, he considerado que después de más de sesenta años de servicio, se merece el descanso; así es que he guardado el plato medio despegado (de él es la foto que ilustra este pequeño artículo) como recuerdo y aunque suene tonto, es que es una “herencia” de mi madre …

DE ENTRECASA


Hoy, 26 de junio, es el día del cumpleaños de Tony, mi madre y los recuerdos tienen el calor del hogar. Están en bata y zapatillas de levantarse. Cómodos. Cálidos. Llenos de ese cariño que siempre he tenido para con ella.

Tony…

Qué de momentos músicos vienen a mi memoria, qué maravilla sentarme a tus pies y dejar que Chopin nos bañara en su Claro de Luna para escucharte contar lo que sentías al teclear en el piano, en el salón grande en la casa de Santo Domingo, en Arequipa  …

Tony…

Pídeme, como siempre, que te despierte de tu siesta, porque estaré esperando que cuentes de tus viajes, acompañando a Manuel Enrique -mi papy-, el constructor de carreteras, por un Perú que conocí a través de tus palabras y me hacía soñar con las montañas, con paisajes hermosos, con árboles, con ferias pueblerinas coloridas y con el casco de ingeniero que dormía en el ropero de tu cuarto …

Tony…

Puedo aspirar el aroma del queque de naranja, horneándose para el lonche que tomaremos juntos y donde tu té de rigor y mi vaso de leche, coronarán una tarde cualquiera, porque nuestro cariño ocupa todo el espacio, en ese tiempo que solamente existe en el reloj cucú de la salita chica …

Tony…

¡Cuántos recuerdos hoy…, cuántos recuerdos…!

Demás está decirte que te extraño y que siempre que creo escuchar tu voz diciéndome “Manolo …”, volteo y me doy cuenta que es la imaginación, que estoy pensando en ti, que vuelven esos tiempos felices del queque de naranja, lonches interminables, música de Chopin y tantas, tantas cosas que pusiste en mi vida y extraño cada día …

Tony…

¿Sabes qué…?  Aquí tengo una velita imaginaria para poner de adorno cumpleañero en el delicioso queque de naranja, y que vamos a cantarte happy birthday, con mi papy, Teté, Panchín y Lucho … Te pido por favor que les digas a ellos, que yo también los quiero mucho …

QUICO EN EL CORAZÓN


Quico se fue entre rayos y truenos, dándole la contra, como siempre, a todo lo usual y es que mi primo querido, que hace un año partió con rumbo al Barrio Eterno, lo hizo mientras en Lima – cosa rarísima en esta ciudad donde garúa apenas- el cielo tronaba, lanzando luminosos zigzags…

Allí lo estaban esperando, con la correspondiente “chela” y todos los ingredientes necesarios, listos, para que preparara el almuerzo; ese mismo que ensayó, maravillando a todos (y eso, que eran “ensayos” nada más), mientras anduvo por aquí …

Habría por supuesto los rocotos rellenos, cauche de queso y seguro un “escribano”, para la envidia de cualquier picantería que se precie de serlo. Después inventaría y a lo tradicional, sumaría su imaginación cocinera, entre ollas, peroles y sartenes celestiales e ingrávidos, dejando que la fantasía volara y se cociera a fuego lento, para tomarse otra cerveza y disfrutar con lo que estaba haciendo…

Quico no solamente cocinaba sobresalientemente, minimizando su arte culinario con un “¡Pchsss…!” displicente, sino que era uno de esos que lo saben todo y se metía en camisa de once varas, por el puro hecho de llevar la contraria.  Tan bueno como el pan recién horneado, “hippie” de corazón, nunca dejó de serlo y trashumó en el estudio/oficina del canal 4 de la televisión arequipeña, con su inseparable amigo Gerardo. Ideamos juntos una “empresa” para trabajar spots para la tele, que, por supuesto, nunca despegó, porque yo andaba en quehaceres publicitarios y él en sus cosas, que eran varias, entre ellas la fotografía (y debo confesar que era tan magistral fotógrafo como gran cocinero). Quico, iba de una a otra cosa y a lo que hiciera, le ponía el empeño de quien sólo hace una…

Formó parte, con su hermano Lucho y su primo Gilberto, de la aventura inmensa de “Ñawi” (una palabra quechua que significa “ojo”) donde Lucho, ingenioso ingeniero, construyó desde cero, una máquina para el procesado de películas de cine (en blanco y negro) que funcionaba, sin nada que envidiarle a las de compañías de producción cinematográfica (en 16mm) tales como Telecine y la del “chino” Kohata…

En esa época, Néstor Chacón y yo también vivimos la aventura de una agencia de publicidad propia, que se llamó “Contacto”; tenía una oficina pequeñita, donde la “secretariahace todo” fue mi prima Patricia y los tres, más un muchacho que dibujaba algo y servía de “enlace” para gestiones callejeras varias, nos repartíamos las tareas del día. Tuvimos como primer cliente, al fabricante de camisas “Robin Hood” y con “Ñawi” hicimos un comercial para la tele, donde Quico y Lucho. Como se dice en el argot publicitario, “hicieron” cámara y fotografía. Además, Quico tomó las fotos para los avisos de revista…

También en “Ñawi”, con Quico, para una compañía de ingeniería eléctrica, desplegamos sobre el piso del “set” un número increíble de piezas y artículos pequeños, minúsculos, de electricidad, para hacer las “transparencias fotográficas” que irían en un catálogo…

Fueron tiempos gloriosos, divertidos y verdaderamente “aventureros” que de pronto no nos redituaron mucho en cuestión de billetes, pero sí en esa adrenalina que produce el trabajo en la publicidad y lo que tenga que ver con ella…

Quico ya no está, pero recuerdo también que tuvo una pequeña granja, en Chincha, donde fue una especie de pionero, criando gallinas “ecológicas” (como yo les decía) que andaban sueltas todo el día, comían grano y los huevos que ponían (los “huevos ecológicos”), eran la sensación de ventas en la embajada norteamericana, también con otros clientes y creo que en un supermercado y alguna tienda. Eran huevos “ecológicos”, pues, o sea naturales (gallinas libres, bien alimentadas y cuidadas      –casi engreídas- por Quico mismo) …

Quico –lo dije en un post de este blog hace tiempo- era un espíritu libre; viajero, vivió en varias ciudades europeas un tiempo, solventando sus gastos personales con la cocina y disfrutando de no tener atadura en parte alguna. Arequipeño hasta el tuétano, “el Quico” – un modo muy arequipeño de llamarlo- se fue sin despedirse y cuando Lucho me llamó esa mañana temprano para decírmelo, convinimos que Lima lo había despedido como a todo un ciudadano de la tierra mistiana: Con rayos, con truenos y tal vez con un poco de lluvia, que parecía como si fueran lágrimas…

¡Chau Quico, espérame allí donde estás y anda calentando los rocotos rellenos, que yo llevo las “chelas bien helenas” …!

Imagen: Quico, por su amigo el pintor Palao

MÍTICO SAMMY


Es Samuel, “Sammy”, para los amigos y los clientes de “La Calesa”, restaurante en San Isidro, donde él es el barman, siempre amable, atento a los detalles, sonriente y autor de uno de los “pisco sour” más famosos de esta ciudad, yo diría a estas alturas, que una verdadera leyenda, que sirve generosamente (con el que hay que tener cuidado, porque es realmente delicioso y existe la tentación de que el primero, luego, traiga más…).

Ayer por la tarde, mi sobrina Marcela me sorprendió gratamente al enviarme esta fotografía, tomada muy poco antes y me contó –en el mensaje que la acompañaba-  que estaba cerca del lugar y decidió entrar, recordando a Sammy de alguna visita suya al restaurante y de lo mucho que yo hablaba de “La Calesa”, el lugar que de lunes a viernes era el sitio del almuerzo, precedido por más de un whisky (en mi caso, preferí siempre ni probar el pisco sour, por si las moscas…) con mis grandes amigos Julio y Alfredo (que nos deben estar esperando a Sammy y a mí, en el bar del Barrio Eterno) y algún otro amigo que “cayera” por ahí, además del también “habitué”, doctor Aurelio, que venía por lo que él llamaba su “petróleo” –que era whisky- y su rápido almuerzo, antes de volver al estudio de abogados que dirigía.

En esa época, enseñaba en el IPP, de donde Julio y Alfredo eran propietarios y directores y que quedaba cerca de “La Calesa”; el almuerzo se extendía con grata conversación, para después regresar, ellos al Instituto y yo manejar hacia la agencia de publicidad, donde era director creativo …

Hace muchos años de todo esto y me dio mucha alegría hoy, cuando Marcela, en su mensaje, me ponía: “pasamos por La Calesa, nos asomamos y estaba Sammy…

Entré corriendo a saludarlo, le dije que era tu sobrina y súper cariñoso me preguntó por ti y te mandó muchos saludos, me contó que la última vez que fuiste fue hace tres años aprox, dice que ojalá puedas darte una vuelta por ahí…”

Es verdad, hace por lo menos tres años (o tal vez más) que no voy por “La Calesa” y la última vez que estuve allí, fue para visitar a Sammy, tomé un agua mineral, sentado en la barra, recordando a los amigos, conversando con el buen Sammy y contándole mis peripecias de tres infartos cerebrales, los que me alejaron de todo: del trabajo, la enseñanza, el trato frecuente con los amigos y de ese lugar entrañable, de sus generosos whiskies (y de cualquier otro alcohol para beber) servidos por un sonriente Sammy …

Vuelvo a decir que ha pasado mucho tiempo, pero por Sammy no han pasado los años y lo dice la fotografía, aunque la ahora común mascarilla le tape media cara, pero quizás tenga un poco más de canas (¡yo tengo el pelo totalmente blanco!) …

Confieso que el corazón me dio un brinco cuando vi la fotografía, con Marcela, apoyada en la barra detrás de la cual está Sammy; los recuerdos se me subieron a los ojos y una lagrimita se escapó por allí …

¡Gracias, Marcelita! ¡Hola Sammy, qué gusto verte en el lugar de siempre…! Prometo que apenas pueda, iré a “La Calesa” para que charlemos de los buenos tiempos y los buenos amigos… De mi parte, tengo tanto de qué hablar … Por favor, tenme lista un agua mineral heladita, con sus hielos más, en un vaso para whisky, de esos chatos y gordos …

Imagen: Marcela y Sammy, en “La Calesa”.