HERMANAMIGA


Hoy, 12 de noviembre, era tu cumpleaños, Teté. Era y lo será siempre, porque vivirás en el corazón de los que te quieren, de los que te quisieron y ahora te acompañan en ese maravilloso Barrio Eterno, y en el de los que te querrán, porque van a escuchar de ti a quienes te conocieron, a los de la familia, a los amigos, a tus compañeros de trabajo, a tus alumnos de servicio social y a toda esa pléyade de personas que atesora tu recuerdo de mujer buena, de mujer divertida, de esposa compañera, de mujer bonita, de madre cariñosa, de abuela, de tía y –perdóname la primera persona- de quien, como yo, te sentirá siempre como la hermanamiga, como madre y madrina sonriente, como compañera de juegos en el parque de Barranco…

Un beso cariñoso, Teté, que llega hasta esas nubes donde celebras con una multitud risueña, tu cumpleaños, el cumpleaños de la niña rosada de la casa azul, que siempre vas a ser.

Manolo.

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PARECE QUE FUE AYER…


Mi padre murió un día como hoy, para tristeza mía, mientras estaba haciéndole masaje al corazón, alternando con el médico que le practicaba respiración boca a boca; hasta que pasado un tiempo y tas repetidos intentos del cardiólogo y míos, le pedí a mi madre que estaba a un costado, que rezara –lo que ella ya estaba haciendo, en silencio- y detuvimos los intentos de reanimación. Con las lágrimas corriéndole por las mejillas, su amigo, médico cardiólogo, me dijo que no lo hiciéramos más, porque ya el cerebro de Manuel Enrique no recibía oxígeno …

Ahí estaba mi padre, echado boca arriba, mirando al cielo, pero a ese con mayúscula, donde se dirigía. Recuerdo los ojos de sorpresa y el rictus de dolor de su boca, en el instante en que el doctor guardaba los implementos que había usado para hacer un electrocardiograma; recuerdo también el grito de su amigo médico: “¡Infarto…! ¡Hazle masaje al corazón, yo le hago respiración de boca a boca…!” Recuerdo los ojos brillantes de lágrimas de mi madre y el rezo musitado de Alicia …

Francamente ya no recuerdo más o tal vez he borrado de mi memoria esos momentos, en los que el hombre que yo soñaba de niño que viviría siempre, se iba, nos dejaba … para siempre.

Han pasado los años, pero esas escenas dolorosas han quedado grabadas en mi mente y hoy, nuevamente, me llevan a la incredulidad de esos momentos y a la curiosa confianza tranquila que siguió, porque supe que mi padre, el ingeniero constructor de los muchos caminos, había llegado con éxito a culminar el camino más importante, que era su vida misma, justo el día de la Santísima Cruz   …

Manuel Enrique, padre, ingeniero, hombre bueno, desde aquí, Manolo, el único que queda de esa nuestra pequeña familia, no solamente te recuerda, sino que te abraza cariñoso y contigo a Tony, a Teté, a Panchín y a Lucho, el hermano que me perdí de conocer …

PLATINITAS


De pronto me he visto alisando y estirando platinas de diferentes colores, que cubrían los deliciosos chocolates de “La Ibérica”, que junto con una caja de maravillosos “mazapanes” de la misma famosa marca arequipeña, me obsequió un grupo de seis sobrinas Gómez de la Torre, que me invitaron para ir a tomar “lonche” la otra tarde; fue muy hermoso y les agradezco tanto el que se pusieran de acuerdo para reunirse con este tío -en el completo sentido de la palabra, porque soy su tío y estoy “bien tío”, o sea mayorcito- y darme una alegría tan grande, en una tarde/noche llena de conversación, risas, recuerdos, anécdotas familiares y un riquísimo y prolongado “lonche” …

Volviendo a las platinitas de colores, esta era una costumbre de mi padre, y ahora hago lo mismo que él, con iguales envoltorios de chocolate, “porsupuestamente”, de la misma mistiana marca …

Claro que él lo hacía desde mucho tiempo atrás, porque casi todos sus libros –por lo menos los que “heredé”- tenían multitud de platinitas, y no eran un señalador de página, porque son frágiles y se rompen fácilmente, sino sospecho o pienso que eran pequeños recuerdos de momentos felices, esos instantes en los que un chocolate se deshace en la boca, mientras discurre la lectura placentera …

No lo sabré nunca a ciencia cierta, como se dice, pero me lo imagino y eso hace que un puente más me una a Manuel Enrique; esta vez el puente es de colores y está construido de platina.

¡Gracias de veras, sobrinas, porque han hecho posible el que haga mía una costumbre sencilla de mi padre…!

ESCALÍMETRO, REGLA DE CÁLCULO, TEODOLITO, BRÚJULA, COMPÁS, TIRALÍNEAS, REGLA T, WINCHA…


Mi padre era ingeniero y estas palabras “técnicas” eran comunes en su vocabulario y los objetos que ellas nombraban anduvieron presentes por la casa, guardados, es verdad, en cajas, cajitas y más de un cajón, porque no eran los únicos “implementos profesionales”, sino parte de toda una –para mí- parafernalia incomprensible que “delataría” a quien supiera ver, a su dueño, don Manuel Enrique, el ingeniero civil, el constructor de caminos, el ingeniero mecánico-electricista, para el que los problemas eran retos, resolvía –para mi asombro- raíces cúbicas de memoria …

En mi recuerdo está la caja azul, larga, con interior forrado en tela de seda también azul pero brillante, ribeteada con un cordoncillo rojo, donde “dormía” el más increíble juego de compases, tiralíneas y otros instrumentos de dibujo, de un metal extraño, que no se oxidaba y que me encantaba mirar, sin saber bien para qué servían; sólo había visto algunos en uso, cuando sobre la mesa del comedor, mi padre extendía   –lo que después supe era- un plano y trazaba líneas con tinta china, medía, hacía operaciones en la regla de cálculo “K & E”, apuntaba en un cuaderno, consultaba el librito de tapas de cuero, que estaba lleno de números y fórmulas                    – incomprensibles para un chico- de hojas muy delgadas y finas de “papel biblia” (libro que hasta ahora conservo y que es algo así como un manual del ingeniero civil); yo miraba, callaba y sabía que no debía ni siquiera preguntar, porque él estaba trabajando y en unos días más se iría de viaje para hacer realidad las líneas de tinta china, vestido con sus botas altas, su casco y el sacón de cuero de olor tan peculiar …

Yo, el menor de los hijos, viví las postrimerías de su carrera de constructor de caminos, antes que la UNI lo afincara definitivamente en Lima y le dedicara su tiempo a la enseñanza; pero en esa época, él era ante mis ojos, un aventurero como esos que salían en los libros de Julio Verne o Salgari, aunque claro, en la sierra del Perú no había malayos ni tampoco watusi …

A su regreso me contaba de paisajes hermosos, días de campamento, de cerros en apariencia impracticables, por donde con paciencia y días, el camino llegaba; precisamente ese que había dibujado en el papel del plano, extendido y sujeto por cuatro chinches metálicos de cabeza dorada, sobre la mesa del comedor, justo después de un desayuno, donde la que faltaba era Teté – mi hermana- que se había casado con Jorge y vivían en la calle Jerusalén, en Arequipa …

Imagen: https://libretecperu.com

EL JUEGO CELESTE


No se trata de una diversión celestial, ni una jugada futbolera del “equipo celeste” peruano, sino de algo más prosaico, pero no por ello menos hermoso, por lo menos para mí…

Se trata de un juego de vajilla color celeste, es decir, tazas, platos, azucarera y todo lo demás, de loza. Nada importante, por supuesto, pero lleno de recuerdos y significado…

Era el juego de vajilla de loza color celeste que mi madre compró, allá por el fin de los años 50 o a principios de los 60 y que era usada solamente en las grandes ocasiones, como navidad, año nuevo o la visita a comer de alguien importante…

Era fabricada en Inglaterra y la llamábamos “la celeste” o “la inglesa”, por el color y la procedencia. Los días ordinarios, nuestra vajilla fue por mucho tiempo, también de loza, pero bastante menos “fina”, de color blanco, con un filito azul…

Bastante antes de morir, mi madre, ya nos la había obsequiado a Alicia y a mí y he de especificar que mi hermana mayor vivía en Arequipa, ciudad a una hora de vuelo desde Lima, o a casi un día por carretera y mi otro hermano, mayor que yo también, vivía en Centro América… Mi madre vivió su último tiempo con nosotros – con Alicia y conmigo- y supongo que esa cercanía, fue la que hizo que nos obsequiara la vajilla celeste…

La usamos muy poco, porque para el “diario” eran los platos de melamine, prácticos por irrompibles -y no frágiles como la loza- de colores verde claro y naranja claro que también “heredamos de María Antonieta, pero la “celeste”, estaba también reservada para usarse en fechas especiales, imitando a su dueña original …

Con el tiempo y las diversas mudanzas, casadas nuestras hijas y con la llegada de los tres nietos, siendo ya solamente nosotros dos, la “celeste” fue nuevamente “sujeto de herencia” y una parte pasó a Alicia María y la otra a Paloma. Digo “una parte”, porque, aunque se cuidara a la “celeste”, tuvo varias bajas de algunas piezas que se rompieron.

Paloma se fue a vivir a Buenos Aires y su parte de “la celeste” pesaba mucho como para llevarla, así es que Alicia María fue la “heredera final” …, hasta ahora, porque de pronto alguna de sus hijas, o las dos, la reciben como “herencia a su vez …

Mientras tanto, ahora que vivimos juntos con Alicia María, “la celeste” se ha convertido en la vajilla que usamos diariamente en casa y puede ser también que “las situaciones importantes” escaseen o se hayan vuelto “normales”. El hecho es que “la celeste” ha cumplido más de sesenta años y a su edad, recién se le está dando un uso intensivo, tanto, que uno de los platos que se partió en dos, mientras mi padre vivía y que cuidadosamente pegó, dejando como huella solo una fina línea que atravesaba el plato, se despegó un poco el otro día y pensé en volverlo a pegar, pero seguramente lo haría mal –porque no soy muy ducho en reparaciones, como sí lo era Manuel Enrique- y además, he considerado que después de más de sesenta años de servicio, se merece el descanso; así es que he guardado el plato medio despegado (de él es la foto que ilustra este pequeño artículo) como recuerdo y aunque suene tonto, es que es una “herencia” de mi madre …

DE ENTRECASA


Hoy, 26 de junio, es el día del cumpleaños de Tony, mi madre y los recuerdos tienen el calor del hogar. Están en bata y zapatillas de levantarse. Cómodos. Cálidos. Llenos de ese cariño que siempre he tenido para con ella.

Tony…

Qué de momentos músicos vienen a mi memoria, qué maravilla sentarme a tus pies y dejar que Chopin nos bañara en su Claro de Luna para escucharte contar lo que sentías al teclear en el piano, en el salón grande en la casa de Santo Domingo, en Arequipa  …

Tony…

Pídeme, como siempre, que te despierte de tu siesta, porque estaré esperando que cuentes de tus viajes, acompañando a Manuel Enrique -mi papy-, el constructor de carreteras, por un Perú que conocí a través de tus palabras y me hacía soñar con las montañas, con paisajes hermosos, con árboles, con ferias pueblerinas coloridas y con el casco de ingeniero que dormía en el ropero de tu cuarto …

Tony…

Puedo aspirar el aroma del queque de naranja, horneándose para el lonche que tomaremos juntos y donde tu té de rigor y mi vaso de leche, coronarán una tarde cualquiera, porque nuestro cariño ocupa todo el espacio, en ese tiempo que solamente existe en el reloj cucú de la salita chica …

Tony…

¡Cuántos recuerdos hoy…, cuántos recuerdos…!

Demás está decirte que te extraño y que siempre que creo escuchar tu voz diciéndome “Manolo …”, volteo y me doy cuenta que es la imaginación, que estoy pensando en ti, que vuelven esos tiempos felices del queque de naranja, lonches interminables, música de Chopin y tantas, tantas cosas que pusiste en mi vida y extraño cada día …

Tony…

¿Sabes qué…?  Aquí tengo una velita imaginaria para poner de adorno cumpleañero en el delicioso queque de naranja, y que vamos a cantarte happy birthday, con mi papy, Teté, Panchín y Lucho … Te pido por favor que les digas a ellos, que yo también los quiero mucho …