UN DÍA DESPUÉS…


Ayer, catorce de setiembre, se cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento de mi padre y, francamente, no pude escribir nada al respecto, como hubiera querido, porque como le dije a un amigo, los recuerdos se agolparon y el tumulto me bloqueó…

No importa cuántos años hace de su partida, pero lo que nunca olvidaré es que su vida se extinguía, mientras yo le hacía masajes y presión en el pecho, turnándome con su médico cardiólogo y amigo, que le daba respiración boca a boca; todo vuelve como una película y estoy viendo al médico terminar de tomarle la presión, empezar a guardar el aparato, cuando mi padre, echado, tira un poco su cabeza hacia atrás, abre la boca y balbucea, como queriendo decir algo. El médico de inmediato me pide que con las dos manos entrelazadas me apoye sobre el pecho de Manuel Enrique y haga presión fuerte, una y otra vez. Él, a su turno, le practica respiración boca a boca. Esto se repite cuatro, cinco, seis…, incontables veces, hasta que, llorando, el médico, su amigo, me dice que ya nos detengamos, porque no está recibiendo oxígeno… Mi padre se ha ido y sobre la cama queda el envoltorio, que es su cuerpo. En la habitación estamos mi madre, mi esposa, el médico y yo. Llorando, en silencio, creo que todos rezamos…

Ahora que lo he escrito, pienso que la vida de mi padre se fue de entre mis manos y que tal vez el último contacto que sintió fue el mío, desesperado y lleno de cariño, diciéndole: “¡Por favor, no te vayas…!”.

Han pasado los años –no importan cuántos, como dije- y de vez en cuando me pongo a mirar las fotos donde aparece él, casi siempre sonriendo … Veo la única foto que tengo del matrimonio de mis padres, en lo que podría ser la casa de los abuelos Gómez de la Torre, en la calle Santo Domingo, en Arequipa: es el último día del año 1931…

Otra vez se agolpan los recuerdos y prefiero no seguir escribiendo… Sólo quisiera que sepas Manuel Enrique, que los quise y los quiero mucho a Tony y a ti…

PERDONEN, PERO NO CONOZCO OTRA PALABRA ASÍ…


Sé que “¡GRACIAS!” es una palabra trillada, que se repite muchas veces y por diversos motivos, pero he estado tratando de encontrar una que pueda expresar lo que siento y no hallo otra, simple así, como es.

Tal vez si ensayo con el tamaño, pueda ser: “¡GRACIAS ENORMES!” o si le pongo música, que sería: “El Himno a la Alegría”. Y si un símbolo es el escogido para acompañar el “¡GRACIAS!”, es indudablemente el de infinito…

Infinitas gracias a todos porque me siento querido y ese para mí es el mayor tesoro que tengo. A una palabra sencilla como CARIÑO, respondo con otra sencilla: ¡GRACIAS!, dos términos que en apariencia son cotidianos y hasta un poco manidos, pero que tienen una profundidad enorme. Esa profundidad que CARIÑO, AMOR, AMISTAD y GRACIAS comparten.

¡GRACIAS a todos y cada uno!  Sepan, por favor, que los llevo en mi corazón, que está lleno de amor, cariño, amistad y agradecimiento por ustedes…

¡GRACIAS, DE VERAS!

Manolo.

LA NOCHE QUEDÓ ATRÁS


Abrí los ojos y no veía nada.

Es decir, sí “veía”, pero era un color amarillento cremoso, infinito, uniforme y que no variaba así moviera los ojos, que era lo que conscientemente estaba haciendo.

Me di cuenta que estaba en una cama con barandas y comencé a incorporarme, cuando una voz me dijo: “Está en una clínica, soy médico, no puede ver y lo que le ha dado es un infarto cerebral. Pronto, todo irá volviendo a la normalidad… No se asuste”.

No estaba asustado, sino aterrado…  Al desconcierto siguió el miedo y eso que a veces se siente en situaciones extremas y se llama pánico: ¡ESTABA CIEGO!

Es muy difícil tratar de explicar lo que se siente y de qué manera los pensamientos se atropellan en un instante así. Difícil y doloroso, porque después se racionaliza y poco a poco se acepta, ocupando la mente en “estrategias” para hacer las cosas, aún las más sencillas, con la ausencia total de la vista. Pero eso viene después y al desconcierto, el miedo, el terror y el pánico, de inmediato sucede un estado de anonadamiento que lleva a pensar que todo esto no es cierto, que debe ser una pesadilla…

Lo último que recuerdo antes de abrir los ojos al amarillo cremoso, es unas náuseas tremendas y el “¡Yu-yu-yu-yu…!” de la sirena de una ambulancia; después, el color uniforme y el desconcierto.

No se trata aquí de “hacerme el pobrecito”, sino de contarles que estoy muy agradecido porque “la noche quedó atrás” y si bien “la noche” duró cuatro meses aproximadamente, poco a poco la luz se fue haciendo y primero muy mal, desenfocado e inestable, empecé a ver. No bien, o “20/20” como dicen, porque desde los siete años soy miope, pero fui viendo un poco más claramente, aunque me quedó la miopía, por supuesto, y se produjo lo que llaman “visión de túnel”, que me impide –si miro de frente- ver arriba, abajo o a los costados. No tengo “visión periférica” y si muevo los ojos, se me “descompone el cuadro” y todo es un desastre, que tarda algo en acomodarse nuevamente.

Demás está decirlo, pero me dieron dos infartos cerebrales más: el segundo me produjo parálisis lateral derecha (toda la mitad del cuerpo sin movimiento) y me dejó “insensible” el labio superior derecho, además de dificultades para tragar y con la lengua “enredada”, como para que no me entendieran. Era, pienso, que tal vez así de encerrada se sentiría la mariposa cuando crisálida, pero con la diferencia de que ella no habría tenido un “antes” de volar libremente por el aire…

Fueron otros cuatro meses (un número que parece me persigue, porque nací en el 47 y cumplo 74, más 4 infartos al corazón…) de ir recuperando habla y movimiento, gracias a terapias intensivas y algo de tozudez y fuerza de voluntad de mi parte.

El tercero, lo único que hizo fue bajar un poco más mi capacidad visual…

La noche (por ahora y en mi caso particular) quedó atrás, porque veo: Mal, pero veo; y me muevo, mal, pero me muevo. Me dicen que parece que no me hubiera pasado nada, o “¡Qué bien que te veo!” y trato de hacer todo lo que pueda, lo más normalmente posible…

Perdonen que hable hoy otra vez de mí, pero como mañana cumplo 74, he estado revisando un poco el tiempo pasado y vuelvo a decir que doy gracias a Dios, a mi esposa, a mis hijas y a los amigos buenos, porque sin esa ayuda hubiera estado muy, pero muy solo, y sin poder hacer nada.

Gracias por leer.

Imagen: http://www.architonic.com

EL ÚLTIMO DE LA FILA


Fila corta, porque están, en orden: Manuel Enrique, María Antonieta, Teté, Panchín, Lucho y Manolo.

Manolo, soy yo, el último de la fila de los Echegaray-Gómez de la Torre. El único que sigue por aquí, no sé por cuánto tiempo más…

Ser el último tiene ventajas y desventajas, como todo en la vida… Dependiendo de un “como sea”, la fila empieza por los más bajitos y los de mayor tamaño están al final. En mi caso, casi siempre fui de los primeros y ahora, bajito y todo, resulto ser el último…

Sí, como decían de mí hace muchos años, soy el “conchito” de la familia, lo que queda al fondo del vaso; de esa familia que “Tony” y Enrique formaron al casarse el último día del ya lejano año de 1931…

Esto de ser el último, conlleva responsabilidades, como ser la “memoria”, de nuestra familia corta –siempre aclaro lo de “corta”, porque el término “familia” es muy grande y en mi caso, extensísimo, sobre todo por parte de madre- y el depositario, tal vez involuntario, de pequeños secretos, álbumes de fotografía, cuadernos de poemas, papelitos con máximas primorosamente escritas a mano, libros, revistas, vajilla prosapiosa y dispareja, y sobre todo, recuerdos, de esos que son inmateriales, quedan almacenados en nuestra memoria, y brotan inopinadamente…

Esto de ser la “memoria”, lo aprendí de mi madre, en el caso de los álbumes de fotografía, que aún guardan muchas veces el pie descriptivo de cada foto, pero hay otras que no lo tienen y “Tony” era la memoria que veía y sabía sobre caras de personas y el aspecto de lugares que no tenían ninguna identificación.

Falleció mi madre y con ella murió “La Memoria”, así, con mayúsculas, porque mi pequeña memoria está llena de huecos, de lugares en blanco, de innumerables fotografías sin descripción alguna, donde las sonrisas y los paisajes parecen decir “¿No me reconoces…?”

Cuando me toque irme, seguramente quienes queden, tal vez por curiosidad, mirarán las fotografías que –por precaución “moderna”- guardo en la computadora y que he ido agrupando, unas con el nombre de mi madre, otras con el de mi padre, algunas más con el de Alicia, mi esposa y otras más, finalmente,  con el mío. Mis hermanos, los tres, figuran en el grupo de mi madre… Claro que en la “nube” (otra “modernidad”) tengo almacenadas cientos de imágenes, que me he prometido, así como identifiqué cada foto en el “archivo general” que hice con esas cuatro secciones, hacerlo “apenas pueda”, frase que en realidad debería leerse “mientras me quede tiempo” …

Ser “el último de la fila” es haber visto como la pequeña familia de padres y hermanos, se iba, es saber que, en algún momento, uno se irá “con la música a otra parte” …

Imagen:  Manolo en 1948. Foto por Manuel Enrique

MI HERMANO EN EL CORAZÓN


Hoy, tres de marzo, es el cumpleaños de mi hermano Francisco, “Panchín” familiarmente, pero él no está aquí para que lo abrace, como era lo primero que hacía, al levantarme, cada tres de marzo, cuando vivíamos juntos en la casa de Ayacucho 263, en Barranco…

Yo le entregaba el “regalo” que había preparado, que era una “tarjeta” de cumpleaños, dibujada por mí, días antes… Cada año que pasaba pensaba más en lo que iba a poner en la tarjeta, me demoraba más el hacerla, pero esperaba con curiosidad alegre, la cara de sorpresa que él ponía, mientras iba viendo los dibujos, el “¡FELIZ DÍA!” escrito con letra desmañada y lo infaltable: “Te quiero mucho, hermano” y un MANOLO, grandazo para que no le quedara ninguna duda sobre quién era el autor…

Entonces, él me entregaba un paquete envuelto en papel de colores: ¡En su santo, me regalaba él a mí…! Yo rompía el envoltorio, impaciente, entusiasmado, para encontrar que era justo lo que tanto había querido durante tanto tiempo…

Yo lo abrazaba emocionado y le preguntaba “¿Te gustó tu tarjeta…?, él me guiñaba un ojo y estoy seguro ahora, que se reía de los trucos que había empleado para “jalarme la lengua” y saber qué era lo que yo más quería…

Hoy, tres de marzo, no tengo tarjeta hecha por mí para entregarte, ni la forma de hacerlo, pero quiero que sepas, hermano, allá en el Barrio Eterno, donde estás celebrando con Tony, Enrique, Teté y Lucho, que el único que falta por alcanzar a la familia, te lleva en el corazón y sabe que tu regalo hoy para él, es una guiñada de ojo, una sonrisa y ese abrazo tan grande que extraño tanto.

Imagen: Panchín y Manolo. Paya “Agua Dulce”, Chorrillos, Lima.

EL SUEÑO QUE SE QUEDÓ EN SUEÑO


Cada vez que escucho la palabra música, me acuerdo de mi madre, porque era parte natural de su vida y la imagen que guardo, donde ella, joven, está tocando una guitarra, fue su sueño incumplido hecho fotografía, porque lo que aprendió, desde chica, fue a tocar el piano.

Si hubiera sido la guitarra…” me decía, pensando que, en los múltiples viajes, en los que acompañó a mi padre –ingeniero, constructor de caminos- a lugares perdidos entre cerros, a pueblitos lejanos, a ciudades pequeñas, a la nieve, o a la orilla del mar, si hubiese tocado la guitarra, podría haber hecho la música, esa que siempre llevó dentro, porque viajar por el Perú, cambiando todo el tiempo de lugar de destino, llevando un piano, habría sido pesadilla y no sueño…

No pudo hacer realidad su sueño de tocar guitarra; digamos que cambió cuerdas, por teclas.

Ya conté en otro sitio, que aprendí a escuchar música porque me sentaba a sus pies, en la salita de la casa de Barranco, mientras ella viajaba con la mente, escuchando en los discos a Beethoven, Chopin, Mozart, Vivaldi… El “Garrard” automático, fue, diría, mi primer pasaporte a una música que visité con la guía amorosa y paciente de mi madre.

Música que nunca pude hacer, porque era negado para ello, pero que he continuado disfrutando y disfruto, incluso ahora, cuando escribo estas líneas. Música que, en el Teatro Municipal de Lima, escuchábamos cada domingo, religiosamente, con Myrtha, con Beatriz, con Fernando y con algún otro amigo que nos acompañaba en la melómana aventura semanal, allá, por la mitad de los ’60…

¿Qué sería de mi vida sin la música? No puedo ni siquiera imaginarlo, porque aprendí desde chico, que la belleza puede imaginarse, verse, pero también se escucha.

Imagen: María Antonieta con guitarra, Arequipa, Perú.     Circa 1926.