NÉCTAR DE DIOSES


yo tomando cafÉ

Mi amigo Santiago con su hijo Rodrigo vinieron el otro día de visita y trajeron café: dos bolsas de color rojo, metalizadas, de café sin marca alguna y que Santiago me dijo provenían de Villarrica, zona peruana que se precia de producir un café exquisito.

cafÉ villarrica

 

Yo tenía un café “normal”, preparado con el café molido “para pasar” que venden en las tiendas bajo una marca comercial muy popular y fue lo que tomamos, porque quedaba más de media cafetera llena y para tener listo y tomar el que Santiago y Rodrigo amablemente trajeron, se necesitaba tiempo, descartar el café “de marca” y luego, lavada y secada la cafetera, poner el nuevo café, el agua y encender la máquina de hacer café (la cafetera, pues) esperando a que el agua hiciera su trabajo al calentarse y pasar gota a gota por entre el grano molido de prometedor color “café oscuro” (pongo “café” como color en lugar de “marrón”, porque a nadie se le ocurriría la existencia un café color violeta y el decir “marrón”, en el caso del café, me parece muy simple y sin magia); el “rito” de pasar el café toma su buen rato y francamente una charla entre amigos, sin café, es algo que por lo menos yo, no puedo concebir, bebedor de “café conversado” desde siempre…

cafetera

 

Conversamos pues, bebiendo el café “de marca” que había y cuando después de una mañana de conversa Santiago y Rodrigo se despidieron, yo me quedé pensando en que tenía casi media cafetera llena y dos bolsas ahí, sobre la mesa de la cocina, llenas de ese café molido sin marca, que prometía durar, porque en casa solo tomamos café Paloma, los amigos que a veces nos visitan y yo; para decirlo francamente, no lo pensé mucho y el café “de marca” que estaba ya preparado fue a dar al desagüe vía el lavadero y di los pasos necesarios para que el almuerzo terminara con el café de Villarrica, que en cuanto abrí la bolsa exhaló un aroma maravilloso que me hizo recordar a cuando yo era chico y mi padre traía a casa el café recién molido que compraba en el centro de Lima…

 

Aunque suene manido, diré que valió la pena esperar porque –sin desmerecer para nada el almuerzo preparado rápidamente por Paloma- fue un verdadero premio el café de la bolsa roja metalizada, el sin marca, el de Villarrica, el que Santiago y Rodrigo nos trajeron de obsequio; es desde ese día que nos venimos “premiando” y ya solo queda una bolsa porque aunque diariamente solo seamos dos los “cafeteros”, consumimos bastante.

 

Y aquí, para acabar, una anécdota que creo ya conté, pero que viene a cuento: Alicia me decía siempre que tomaba mucho café y que eso no era bueno para la salud; una vez, en el médico, en presencia de ella pregunté cuánto café podía tomar y “confesé” que bebía de cuatro a seis tazas por día: miró sus papeles el médico, levantó la vista y me dijo: “Hmmmm…, cuatro infartos al corazón, tres al cerebro, hipertenso… Bueno, de algo se tiene que morir uno…”; es así que desde entonces me considero afortunado porque tengo al menos una certeza…

 

Alicia, no imaginas lo que te estás perdiendo…   

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SUPLUC-SUPLUC


supluc supluc

Las onomatopeyas sirven para identificar algo por medio del sonido que produce; por lo menos yo lo interpreto así; es la imitación vocal de un sonido determinado para significar aquello que lo produce.

 

Sesuda introducción para escribir sobre algo –precisamente una onomatopeya- que me fue “revelada” cuando éramos chicos, creíamos casi ciegamente en lo que nos decían las personas cercanas y no nos complicábamos con todas esas cosas que fuimos aprendiendo mientras crecíamos; mi mejor amigo me dijo un día: “¿sabes cómo se conoce si un melón está maduro…?”, la pregunta me cogió de sorpresa y después de pensar que nunca me había preocupado por la madurez de los melones (ni de ninguna otra fruta, porque la que comía en casa no estaba verde y mi mamá me había dicho que si comía fruta verde me iba a doler la barriga), le dije lo que era evidente: ”no sé”.

 

Me instruyó diciendo: “Agarras el melón, te lo pones junto a la oreja, lo sacudes y si hace supluc-supluc, es que está maduro”; obviamente le creí porque me confesó que lo sabía porque se lo había dicho un peón del campo, que era alguien que sabía…; admito que nunca verifiqué la información y el “supluc-supluc: ¡maduro!” entró a formar parte de nuestras frases hechas, con un guiño a la complicidad; pero hoy, por esas cosas que la memoria tiene, saltó de su cajoncito de archivo la onomatopeya varias veces y decidí que era algo sobre lo que querría escribir y que a ustedes tal vez les daría curiosidad leer…

 

 Claro, cuando mi amigo lea esto, seguramente le va a pasar lo que a mí y es que es verano y el gran sillón-perezosa con cojines floreados aún está balanceándose suavemente  en el patio de su casa, con nosotros allí, conversando y comiendo uvas verdes, que por si acaso no es que no estuvieran maduras, sino que son de ese color verde clarito y que por aquí llamamos Italia.

Imagen: cuantas-calorias.org

LLAMADA EQUIVOCADA


LLAMADA EQUIVOCADA

Recibí una llamada al teléfono celular desde un número que no tenía registrado y se cortó antes de yo poder decir “¿Aló?”; llamé, dije que acababa de recibir una llamada de ese número y la voz que me respondió, luego de unos segundos de desconcierto, evidentemente cortés (porque no sabía con quién hablaba), me dijo que iba a dejar los libros en la dirección que le había dado… ¡Reconocí la voz del amigo de tantísimos años y con el que ahora nos vemos tan poco…!

 

 “Marcaste mal, hermano, ¡qué gusto de escucharte!” dije  y me identifiqué. Ciertamente, él quería llamar a otro Manolo (es que el sobrenombre es bastante común, de tantos que somos los Manueles) y el azar hizo su trabajo; conversamos, nos reímos mucho y él quedó en cumplir la promesa hecha hace más de un año en su última visita, de volver para charlar y tomar un café. “¡Tengo que llevarte mi última novela, para que la leas…, ya estoy por terminar una nueva…!  dijo.

 

Tengo que precisar que nuestra amistad empezó hace muchos años, cuando ambos trabajábamos en publicidad, en diferentes agencias y éramos directores creatios, con la diferencia de que él escribe, dibuja, pinta, ha ganado concursos internacionales de caricatura y yo solamente escribo y dibujé algo allá por mi niñez y adolescencia; él es diez u once años mayor y sigue en la publicidad por su cuenta, creando como siempre, pinta, dibuja, y… ¡escribe novelas! Es casi un obsceno ejemplo para mí, que escribo poquito y sé que nunca podría escribir una novela, que dejé de dibujar (mis compañeros de colegio se acuerdan de mí por los dibujos) y que le agarré el gusto al estilo corto que se usa en la publicidad para escribir, a ser ahorrativo en palabras y rico en imágenes descritas.

 

Escribir novela, para mí, sería como escalar una montaña agreste y elevada sin más ayuda que la que brindan las manos y los pies; claro que también están el impulso y el deseo de coronar la cima, pero creo que lo que sucede es que soy flojo y miedoso, prefiriendo siempre las amables colinas no muy altas y aunque el paisaje que se vea desde ellas no es tal vez comparable a la vista desde la cima del picacho, pienso que el azar (ese que hizo que hablara con mi amigo) puede impedir, con nubes,  la vista imaginada…

 

 

Sé que van a decir que soy un conformista y que me quedo a medio camino, pero es que aprendí a disfrutar del mismo y me gustan las colinas: las alturas como que me marean un poco.

 

 

Creo que está bien así y como le dije a mi amigo, mientras él escribe novelas, yo escribo solo unas líneas; me respondió que lo importante era escribir.

 

Después, nos deseamos feliz navidad.

 

Imagen: http://www.youtube.com

HABÍA UNA VEZ…


LUCHO Y MANOLO

Eran dos niños que se conocieron allá por 1952, en el siglo pasado, cuando empezaban la vida de colegio; se hicieron amigos desde kindergarten, vivían cerca, en un Barranco soñoliento y casi pueblerino compartiendo travesuras, aventuras y sueños.

 

Tenían la esperanza atada a los zapatos para andar por la infancia y por una adolescencia que vino con canciones, alguna que otra chica, bicicletas, veranos y esos dos amigos, “Chino” y Carlos, con los que desde siempre fueron inseparables.

 

El tiempo dividió el camino y se adentraron por parajes distintos pero se reunían y se reúnen todavía cuando un paisaje merece compartirse…

 

Los hijos –esa prolongación maravillosa- y los nietos, vinieron para hacer de la vida la Aventura Soñada que no estaba en los libros de Salgari ni en las películas del Far West a colores que el cine “Balta” ponía en matiné.

 

Han pasado los años y al ser 12 de octubre nuevamente es cumpleaños de Lucho, que por solo por unos meses resulta ser el mayor de los cuatro que corretearon juntos ese viejo Barranco que dejó de ser pueblo y que ellos dejaron a su vez para andar por la vida…

 

Hoy, una llamada telefónica, el abrazo virtual y este pequeño escrito llevarán el cariño del amigo al amigo que lo conoce tanto.

VOLÓ HASTA LOS LUCEROS


VOL+O HASTA LOS LUCEROS

Nuestro amigo y compañero de colegio, “Piolín”, Jaime Paredes, se fue ayer domingo y nos espera, tranquilo como siempre, allí donde todos iremos más tarde o más temprano.

 

“Piolo”, te llevaremos chocolates: haznos un sitio, hermano.

 

 

 

Imagen: quierodibujos.com

LA MARIPOSA BLANCA.


WWW. taniga.net

Hay días en los que algo hace que la tristeza se vaya por un rato y es precisamente de eso que me ocurrió ayer, quiero contar; por correo electrónico me enteré de la triste noticia que anunciaba el fallecimiento de Iván –“Pipo”- Rivera que fuera amigo y compañero de clase en el colegio desde el 52.

 

El recuerdo de Iván me lleva a las clases en las que el aula se dividía en “Roma y Cartago” con sus banderas respectivas –una azul y otra roja- en competencia diaria, con puntos que se iban anotando en la pizarra y que decidirían al ganador al terminar el mes; lo estoy viendo sostener la enseña victoriosa y sonreír, modesto y contento.

 

Iván Rivera Flores, el amigo entrañable que fue algún tiempo después Ministro de Industrias, trabajó en el Banco Mundial; el “Pipo” buena gente, el que enseñaba medio año en Washington en la universidad y el otro medio en Lima; el que pese a sus dolorosas diálisis, creo interdiarias, era el Iván de siempre reflexivo y certero , el mesurado.

 

Estuvo a visitarme hace como tres años, cariñoso, preocupado él por mi salud, como si para él fuera lo más normal vivir con sus dolencias que siempre vi más grandes que las mías y que usé muchas veces como el mejor ejemplo de entereza; al despedirse me dijo “nos veremos de nuevo cuando vuelva de Washington para seguir charlando”…

 

Ayer, a la hora del almuerzo, cuando voló, entrando por la puerta-ventana abierta una mariposa blanca, de inmediato pensé que era Iván y que me hacía el honor de venir hasta aquí a despedirse; luego salió como había entrado y se perdió, volando; ¡adiós Iván, feliz vuelo!: saluda a los amigos allá por los luceros y recuerda que todos por aquí te queremos mucho.

¡Gracias por ser amigo!

 

Imagen: http://www.taringa.net