ESCRIBO


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 Escribo y conforme avanzo, las letras van formando palabras, éstas frases, se acomodan los puntos y las comas y leo y me divierto con lo escrito porque parece arte de magia como se va llenando la pantalla de la computadora de esos signos, que como moscas obedientes, se detienen y quedan quietecitos formando filas ordenadas…

 

Leo, sonrío y me admiro cada vez que escribo, porque de veras no sé de donde brotan las ideas y cómo se encadenan, formando esas guirnaldas rectas que adornan la pantalla…

 

Claro que sí sé que el cerebro trabaja, que se dan la mano las neuronas y que según informaciones todo es química y electricidad, pero a mí en el colegio me jalaron de año porque la química, la física y las matemáticas no eran buenas vecinas y creo que de mi padre, ingeniero electromecánico, no heredé la afición por lo  eléctrico (tampoco por lo mecánico, es un hecho)…

 

Por eso es que escribir me parece mágico y cada vez que empiezo o me detengo a leer lo escrito y continúo, siento que soy una especie de Merlín (con perdón del que es sinónimo de magia), pero un Merlín chiquito, provinciano, de feria, sin mayor pretensión que entretener, que no tiene otro público que el aire, porque en el fondo sabe que esos sus pocos pases mágicos, son solo para él…

 

Cuando termino de escribir o creo que lo he hecho, espero un rato, leo y tomándome un segundo café me pregunto si eso que estoy leyendo es algo que me gustaría leer… Es entonces cuando borro, corrijo, encuentro otras palabras que tengan más sentido, saco o coloco signos de puntuación, elimino algo que sobre, vuelvo a escribir una, dos, quince líneas…, releo y quedo satisfecho o todo se va al basurero electrónico de la computadora (extraño el basurero físico relleno de papeles arrugados y mi vieja máquina de escribir, porque arrugar y botar un papel no es lo mismo que desaparecerlo en el desconocido espacio cibernético, al pulsar una tecla).

 

Sí. Trato de escribir lo que me gustaría haber leído y pienso (porque de pensar solo se para al morirse) que ojalá les guste a los que tengan la paciencia de leerlo, tanto, como a mí me gustó el escribirlo…

 

Imagen: http://www.freepik.es

¿ES LA CRATIVIDAD UN LÍQUIDO OSCURO?


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Me dispongo a escribir y tengo al frente la pantalla de la PC, un dedo – el índice derecho- sobre el teclado y al lado un “mug” lleno de líquido oscuro, humeante, deliciosamente oloroso. En el borde del “mug” puedo leer “CREATIVIDAD” claramente escrito, lo que me dice que tengo una dosis de creatividad bebible, a la temperatura adecuada para no quemarme (siempre digo que no tengo boca de “Pírex”) y puedo empezar a degustarla, mientras la imaginación desentumece sus alas, mira el borde del precipicio y considera que podría ensayarse una planeadita por el espacio, después de lanzarse al vacío y batir vigorosamente las desentumecidas alas para dejarse mecer por una corriente de aire lo suficientemente caliente (como el líquido oscuro del “mug”) que ahorre fuerzas, permita mirar el paisaje y sirva de cómodo colchón móvil para la fantasía.

 

Sí, crear, imaginar, “inventar”, escribir, es como volar propulsado por ese combustible mágico que es el café, porque no necesitaría decirlo, pero eso contiene el “mug” violeta y después de muchos años, casi estoy por creer que la creatividad crece en esas bayas que se cosechan para después de tostadas, molerse y servir de combustible para volar tan lejos como alcancen los sueños.

Imagen: mi “mug”

 

 

 

 

MANTEQUILLA, PAN NEGRO Y CAFÉ


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Recuerdo que a Manuel Enrique, mi padre, le gustaban especialmente esta tres cosas, además del lomito ahumado que cortado en tajadas delgaditas, sabía a fiesta cuando lo había en casa…

 

La mantequilla era de la marca “Velando”

(un apellido arequipeño)  y era mantequilla auténtica, de leche de vaca y no como ahora de semillas de girasol o aceite de soya (o soja, como le quieran llamar); o sea que era producto de un animal que caminaba y pastaba, no la extracción fabril de jugos de planta que nos pasan por mantequilla, con el nombre de “producto para untar” o   –trabajosa y culpablemente- “margarina”; la mantequilla “de Velando” venía empacada en papel que era como el “papel manteca”, en forma de un cubo rectangular (aunque los cubos sean iguales por todos lados, es la única manera que encuentro para describir la forma del bloque mantequillero). Se podía encontrar en dos presentaciones, con una vaquita impresa en rojo para la que tenía sal y otra en azul para la que no.

 

Mi padre la compraba en una tienda que solamente vendía mantequilla y café, que era molido en una moledora roja ubicada sobre la mesa de despacho, al lado de una balanza. El café era marca “Lanfranco” y llegaba oloroso a casa en una bolsa de papel color kaki bajito, que contenía medio kilo del café recién molido. El único mueble visible en la pequeña tienda era el mostrador/mesa de despacho y detrás había una puerta que seguramente llevaba a un recinto con una heladera, donde se guardaba la mantequilla. El café estaba en un saco de yute detrás del mostrador/mesa de despacho y de allí con una gran cuchara  pasaba a la moledora…

 

El “pan negro”, era un pan de centeno integral, que venía en tajadas rectangulares y envuelto en papel celofán.

Riquísimo, con los granos de centeno partidos e integrados en la miga densa y firme, con corteza dura y delgadita, lo compraba en la Salchichería Suiza (de donde venía el fabuloso lomito ahumado)  y una etiqueta blanca, muy sencilla, decía “Vollkornbrot” y lo que  supongo era el Registro Industrial y algún dato más además de la frase informativa y clarificadora para los no alemán-parlantes: “Pan integral de centeno”.

 

Todo, mantequilla, café, pan y lomito, eran lo que hoy se llamarían alimentos naturales, entonces considerados sanos, porque ahora el colesterol, los triglicéridos, la cafeína estimulante, la carne de cerdo conservada, la sal, el ahumado y hasta las pititas que quedaban como restos de un amarre del lomito ahumado entero y que se iban con las tajadas que la cortadora hacía, serían considerados peligrosos para la salud, muy poco saludables. Se salvaría el pan de centeno que en teoría (y solo en teoría) es comida sana, permitida y yo diría que un poquito aburrida porque le faltaría la mantequilla, una tajada de lomito ahumado y para acompañar, un café cargadito…

 

Los tiempos cambian, los recuerdos quedan y los sabores están en la memoria junto con los buenos momentos.

 

Imagen: http://www.carrefour.es

EL BESADOR


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Mi tía Luisa,  hermana menor de mi padre, era una de las personas más alegres que he conocido; nunca la vi enojada ni mortalmente seria y siempre tenía a punto una broma, algo gracioso qué decir o una respuesta ingeniosa.

 

Mi tía Luisa, en la fábrica familiar “Helados Mercedes” que estaba en Arequipa (la segunda ciudad más importante del Perú, al sur de Lima), era quien cuidaba de la producción de la deliciosa variedad que las carretillas rojas ofrecían por las calles y que iban desde simples paletas, hasta cajitas de cartón que contenían helado bisabor de crema (vainilla siempre, más fresa o lúcuma alternativamente), exquisitos “sándwiches” de helado y que viajaban en verano, por tren, hasta el puerto arequipeño de Mollendo y se repartían en algunas de las playas cercanas.

 

Luisa era la celosa guardiana de las fórmulas de los helados y de que la cobertura de chocolate no derritiera el helado “de agua” de los “Fosforitos”, que eran paletas en forma de tubo, con sabores de fresa, menta y limón (no recuerdo otros, si los había) y que llevaban en la punta la cobertura, simulando  un palito de fósforos, claro que mucho más grande.

 

Ella vigilaba las batidoras de cremoso helado, que con unas  grandes paletas o cucharas de madera se ponía en los moldes y las mezclas para los helados “de agua” que eran, si mal no recuerdo, los más populares. Mi tío Domingo, su hermano, era quien administraba la fábrica y tenía que ver con toda la maquinaria que había, que no era mucha, porque “Helados Mercedes” era pequeña, familiar y salvo mis dos tíos no tenía más de dos o tres empleados, salvo los “heladeros” que también supervisaba Domingo y que recorrían la ciudad del volcán Misti, vendiendo.

 

Domingo era el factótum de “Helados Mercedes”, porque literalmente, hacía de todo; primero tuvo una camioneta Chevrolet de color verde oscuro y muchos años después una “Combi” marca VW, también verde, pero claro (“verde Nilo” diría);  Domingo era fumador, malgeniado, flaco, de bigotito y con el sarcasmo a flor de piel. Los hermanos Echegaray Del Solar, Luisa y Domingo fueron los magos maravillosos de mi infancia, cada año, cuando iba a pasar las vacaciones del verano, a la “Ciudad Blanca”, Arequipa.

 

Tenían hijos de mi edad y eso hacía que los primos incursionáramos para “ayudar” en la fábrica, con mis otros primos hijos de la segunda hermana de mi padre –Marta-, pero a lo que en realidad íbamos era a admirarnos (sobre todo yo, el llegado de Lima) con las batidoras, el proceso de la fabricación de los diferentes tipos de helado y sobre todas las cosas, a dejarnos engreír por Luisa, que, generalmente a escondidas de Domingo, nos hacía probar las delicias heladas recién hechas.

 

Me estoy viendo salir de la fábrica a la calle, mordiendo una gran plancha de galleta “wafer”, de las que se usaban para hacer los “sándwiches” cortándolas al tamaño y divertirme viendo a los transeúntes que me miraban entre extrañados y curiosos porque a los ocho años, ser el centro de las miradas hace que uno se sienta importantísimo. “Helados Mercedes”, Luisa, Domingo, primos cómplices, Arequipa, vacaciones y la vida por delante…

 

¿Y “El Besador”…? ¡Ah!, así le decía mi tía Luisa a alguien que a ella, joven y ya viuda, la pretendía; pero Luisa siempre rió alegremente en la vida.

 

 

Imagen: emojiterra.com

 

EL ESPEJO


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La Navidad equivale a regalos, por lo menos para lo que un niño chico suele entender. Yo no he sido diferente a los otros niños y diciembre era una fiesta que iba in crescendo, primero con adornos que colgaban desde el gran espejo con perchas que estaba en la entrada de la casa, hasta en el alféizar de la ventana semicircular con vidrios de colores que daba a la terraza de abajo, también en la mesa de la sala y sobre la radio que estaba en la salita ; seguía con postales de felicitación que el cartero traía y que se reconocían porque los sobres siempre eran más grandes que los típicos usados para el correo “normal” y eran siempre blancos.

 

Era niño, pero sabía  que Papá Noel no era quien traía los regalos, sino que mis papás y hermanos me los hacían, sin que por eso mi entusiasmo se empañara un poquito; era una tradición familiar y en los cumpleaños, además de recibir obsequios de sus hermanos (y padres, por supuesto), el  celebrado les entregaba a ellos sendos regalos (pero no a los papás), lo que era un intercambio regalístico-fraterno que dejaba contentos a los tres hijos, satisfechos a los padres y felices a todos.

 

Claro, cuando uno es un niño, no tiene cómo comprar regalos y me las ingeniaba para escribir algo, con letra más bien  desmañada, poner un dibujito alusivo o pegar un pequeño motivo de Navidad recortado de alguna revista, en una cartulina que simulara una tarjeta. Hacer esto era parte del crescendo navideño, que por supuesto incluía adivinar y fisgonear para ver dónde estaban escondidos los regalos que me tocaban a mí…

 

Un año, en diciembre, operaron a mi padre y no hubo mucho ánimo decorativo ni pinístico, aunque mi madre armó el nacimiento como cada mes de diciembre. No sabía si iba a recibir regalos, pero me guardaba callado la esperanza de que sí y que la alteración evidente no tenía mucho que ver con ellos.

 

No preparé ninguna tarjeta y recuerdo claramente que a mi padre lo operaron el 23 y mi madre se “mudó” a la clínica para acompañarlo: dormiría allí, incluso. Estuvo un ratito en casa el 24 y sobre un sillón de la sala dejó unos paquetes; curioso yo, vi que tenían tarjetitas con mi nombre y los de Teté y Panchín.

 

Mi hermano no estaba en casa y mi hermana trajinaba arriba, en su cuarto. Yo, en mi curioseo, me di cuenta que había un paquete de regalo para cada uno de nosotros tres y me sentí un poco triste porque solamente tenía un regalo, mis papás no estarían para pasar la Navidad; claro, estaban Panchín y Teté, pero yo no tenía tarjetas-regalo para ellos, no había árbol, ni adornos en la casa y solamente estaba el encargo de mi madre de encender las velitas del nacimiento y “hacer nacer al Niño”, no muy tarde, para que yo no trasnochara…

 

Mi hermano regresó y como a las 10 de la noche nos juntamos los tres en el comedor para “cenar” algo (en ese tiempo el “panetón” no se conocía, o por lo menos no en casa) y un poco silenciosos fuimos luego frente al nacimiento, prendimos las velitas y rezamos, sobre todo por Manuel Enrique.

 

Nos abrazamos, me dieron cada uno un paquete envuelto en papel de colores y el de mis papás que estaba en el sillón; yo no tenía nada para ellos y creo que alguna lagrimita se me salió, pero ahora no sé si era de felicidad porque tenía tres regalos y no uno solo, o de tristeza porque mis papás no estaban  y yo no tenía tarjetas-regalo para darles a mis hermanos.

 

Antes de acostarme, después de haber abierto mis tres regalos, me dio un “no sé qué” y pensé que mi madre tampoco tendría mi tarjeta-regalo y me deslicé hasta su dormitorio, sin prender la luz  para no delatarme, fui hacia el ropero que estaba siempre sin llave y rebusqué hasta encontrar una cartera que tenía, en un bolsillo con cierre, lo que había ido a buscar: un espejito.

 

Me lo llevé en el bolsillo y en mi cuarto, con algo del papel de los regalos lo envolví y escribí en un papelito “FELIZ NAVIDAD, PARA MAMY DE MANOLO”. Lo escondí para entregárselo a Tony (o sea a mi mamá) cuando volviera de la clínica y sorprenderla.

 

L único posterior que recuerdo es habérselo dado y que ella me besó, abrió el paquetito mal hecho, sacó el espejito, se miró los ojos en él diciéndome: “¡Gracias hijo…! ¡ ¡Es lo que yo siempre quise!”. Sonreí seguramente y nunca mencioné que el espejo era suyo, que lo había sacado de su cartera y ella no lo echó de menos, aunque en realidad sé que lo supo al abrir el envoltorio, pero su cariño hizo que no me dijera nada.

 

Imagen:  www.eurostyle.com