DOS AÑOS


TETÉ EN LA VENTANA DE EL BOSQUE0002.jpg

Hoy, hace dos años que mi hermana Teté partió, pero nos ha dejado en compañía de su sonrisa única y su alegría contagiosa.

 

DOMINGO DE VERANO EN LOS AÑOS CINCUENTA


 

 

 

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Es un domingo de verano y no tengo nada qué hacer salvo una tarea  que significa leer el evangelio de hoy, repasarlo y hacer una reseña de este, en mi cuaderno de religión, usando “mis propias palabras”, como si a un niño en los años cincuenta, se le ocurriera poner lo que otro ha escrito, o quizá, pienso ahora, para que no me hagan la tarea. Abril queda muy lejos y recién entonces pedirán la tarea de este domingo y de los demás domingos.

Voy a leer bien y a escribir más tarde: Estoy de vacaciones, hay sol y la pereza me invade…

Tal vez leeré algo y haré exactamente nada hasta la hora de almuerzo, cuando nos reunamos mis papás y mi hermano en el comedor, sentados a la mesa.

 

Hemos ido, con mis papás a misa de ocho de la mañana en la parroquia que queda frente al parque donde hay una pileta rectangular con agua y en ella, la estatua blanca de una mujer que cuando era más chiquito y me llevaban a que pedaleara en mi triciclo celeste de madera, con líneas rojas, decía –me cuentan- que era “mi novia”.  Por supuesto, solo recuerdo muy vagamente algo que escuché del evangelio, pues todo el rato estuve atento a mirar lo que es evidentemente un lugar que se usa como capilla mientras se levanta al lado la iglesia de verdad, que tomará –hoy lo sé- varios años completar a punta de kermeses y donaciones. No es que tuviera nada de extraño, pero ese recinto rectangular y al que se entraba por un costado, no tiene nada que ver con “iglesias de verdad” como las que he visto cuando hemos ido al centro de Lima. Tiene bancas con sitio para arrodillarse, es cierto, pero no hay ventanas altas de colores, ni techo alto, ni nada de eso que yo he visto. Es un poco más grande que la capillita de mi colegio, que queda en la Av. Petit Thouars, en Miraflores, en lo que, confirmo mis sospechas, es una casa.

 

He cogido un libro y me dispongo a leer. Antes puse una colchoneta en la terraza de abajo, para allí hacerlo en la mejor posición que conozco: echado y estar más fresco. Siento que me falta una almohada para apoyar la cabeza, levantándola pero se me ocurre doblar una esquina superior de la colchoneta y usarla como almohada.  Hay un cierto olor un poco punzante, que seguro proviene de lo que me protege de las losetas del piso de la terraza. Es un olor que al principio se hace notar y poco a poco, conforme leo y pasa el tiempo, va desapareciendo. Estoy leyendo “El Chico de las Dunas”: tiene el empaste duro, más bien celeste, porque es el fondo de la ilustración de la carátula, que muestra a un muchacho con un sombrero de paja. En la parte de atrás el libro tiene un papelito platinado, en el que hay una cita de San Agustín. El libro me lo han regalado y recuerda un poco a “Las aventuras de Tom Sawyer” que ya he leído.

 

Pasa un buen rato y mi madre llama a almorzar…

Dejo el libro sobre la colchoneta, la estiro para que no quede la parte doblada y voy al baño que está en la terraza, para lavarme las manos. Me las seco con la toallita blanca y salgo para subir los escalones que me llevarán al comedor. Abro la puerta y como todavía no hay nadie, voy a mi sitio, me siento y acomodo. Tengo hambre y mordisqueo un pan francés que he sacado de una panera metálica que está al centro. Entran por la otra puerta, la que tiene vidrios y da al hall, mi padre y mi hermano Panchín. De la despensa, por otra puerta que suele estar abierta, entra mi madre. Se sientan y damos gracias por lo que vamos a comer. Es un almuerzo de domingo y estamos los cuatro, porque Teté, mi hermana, mayor se casó y se fue a Arequipa. Yo he heredado su cuarto con dos ventanas que dan a la calle, en la fachada de la casa. Bajo ellas, en relieve se puede leer afuera, “Villa Teresa”. Nunca me había puesto a pensar que era el nombre de mi hermana, Teresa y que la casa la alquila mi padre a una señora Renée Pazos de Letona, desde que vino con la familia a Lima, creo que en 1946: El nombre tiene que haber sido una coincidencia.

 

Vamos a almorzar hoy domingo, caluroso domingo, en el comedor que tiene una ventana de guillotina, acristalada, que mira hacia el mar, justo al lado de la puerta por la que entré. Ahora la ventana está abierta para refrescar la hora. Hay como entrada una empanada, comprada seguramente hoy en la panadería del italiano Mangini, de la avenida Grau, para cada uno. Digo que comprada hoy, junto con el pan, porque no tenemos refrigeradora. Como es verano no hay sopa y seguramente un plato fresco será lo que comamos. De postre: ¡Uvas! Uvas Italia verdes y grandes. Un racimo para cada uno. ¿De tomar?: Agua.

Mi madre termina tomando un “mate” de manzanilla. La conversación se prolonga un poco de sobremesa y yo no veo el momento de volver a leer. Finalmente acabamos todos y mi padre sube a tomar “la horizontal” que yo algún día interpretaría como una pastilla, sin imaginarme que era una siesta. Mi hermano va también a su cuarto y seguramente irá más tarde a la vermouth a algún cine, que puede ser el Zenith con sus amigos Manolo, Paco y Pilo: Los Peirano y Felipe Gordillo. Mi madre trasteará un poco, leerá otro y escuchará música en el tocadiscos que está en la salita: Un Garrard  que tiene un mueblecito hecho a propósito, sobre el que está el aparato de radio cuya marca ya no recuerdo y que fue remplazado después por un Saba con ojo mágico verde y redondo, cuya misión es indicar la más ajustada recepción de la emisora.

 

Yo recojo el libro de la terraza de abajo y dejo la colchoneta para guardarla más tarde, con la admonición de mi madre: “No la dejes ahí, se van a hacer pila los gatos”. Deben ser los mismos gatos que maúllan por las noches y recorren las dos terrazas de la casa como su territorio.

Subo a mi cuarto a leer un rato y sé que antes de bañarme, debo hacer la tarea.

 

Llamarán más tarde para el lonche, donde me encontraré con los amigos de mi hermano, que han venido para ir al cine. Manolo Peirano, en broma, dice que debe estar muy rico el queso gruyere de los sándwiches, pero que a él le han tocado solo los huecos: Risas generales y mi padre prepara más sándwiches.  Todos toman café con leche Gloria, servida de la lata nomás y yo una Ovomaltina porque el café es para los grandes.

Los jóvenes se van al cine, mi madre vuelve a su música, yo ataco a mi tarea y mi padre leerá El Comercio y La Prensa.

Finalmente mi madre avisa que está listo mi baño y dejo aún sin terminar “mis propias palabras”, para desvestirme y entrar al cuarto de baño, que tiene una ventana que da a la terraza de arriba, con los vidrios pintados de blanco para dar privacidad. La tina está llena de agua caliente y Adosada a la pared hay una terma pintada de crema, que dice “50 litros” y tiene una extensión de tubo movible, que termina en un caño y que ahora pende sobre la tina. Pruebo el agua con la mano y me meto en ella. He traído una revista de “Porky” para mirar antes de jabonarme.

Estoy en el agua hasta que empieza a enfriarse, decido que así está bien y salgo del largo y caliente remojón para secarme, ponerme un pijama y en zapatillas, esperar la hora de comer terminando la tarea. Cuando mi madre llame ya sé que a la mesa llegará puré de espinacas, puesto sobre dos tostadas. Pediré que frían un huevo y lo pongan sobre el puré. De postre habrá gelatina de fresa. Mi hermano llegará después de las 10.00 p.m. y mi madre lo esperará para calentarle la comida, o de pronto María, que a pesar de ser domingo no ha salido, porque la vino a visitar su primo Juan, que es Guardia Republicano, será la que se encargue de eso.

 

No espero mucho, subo a mi cuarto, termino de escribir y me apresto a meterme en cama, no sin antes llevarme el libro, para leer hasta que mi padre diga: “Manolo, apaga la luz” y yo remolonee un rato para hacerlo y me duerma pensando que al día siguiente es lunes, es verano y yo estoy de vacaciones.

 

Foto: Manolo, por Jorge Ballón Z.B. (Circa 1953 o 1954).

 

 

DÍA DEL NIÑO


FOTO CARÁTULA EL PASADO

Es un libro abierto, escrito por alguien que es y ha sido querido, por un niño que confía en los adultos. Esa es la mejor de las infancias: el haber vivido confiando en los adultos

Abelardo Sánchez-León.

 

(Del colofón del libro “El pasado se avecina”, por Manolo Echegaray.  Pontificia Universidad Católica del Perú. Diciembre 2010).

 

Cito a mi amigo “Balo” Sánchez-León en el colofón que tan amable y “amigamente” escribió para el librito que la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la PUCP tuvo la gentileza de publicar van a hacer diez años ya; lo hago porque “Balo” acertó al decir que soy y he sido querido, porque eso es lo que hace que la vida sea llevadera: el cariño de los padres, la familia, los amigos –y en mi caso particular- el de los alumnos.

 

En este día, que ya está muy avanzado –es de noche en Perú- y en que se celebra el “Día del Niño”, quiero extraer de mi librito algo para compartir. Porque total, del niño son todos los días y hay muchos niños que trasnochan.

 

PERICO

 

Perico era chino, hijo de chinos y tenía una bodega  heredada de su padre,  a quien no conocí  y que había sido el Perico original. Su hijo era llamado cariñosamente Pericote (no por ser grandazo, sino por esa ternura que pone apodos a los que nos caen bien).

 

    Sin embargo, Pericote  siempre fue Perico para mis amigos y para mí. El “chino Perico” era –a pesar de tener a Piselli a una cuadra de casa- la bodega de confianza. Supongo que porque el trajinar diario de mi madre para ir a la parroquia, hacer sus compras de mercado y visitar a su amiga la señorita Lazo o a sus otras amigas las señoras Auza y Caravedo, la llevaban en esa dirección y no hacia Chorrillos. Entonces, cuando había que hacer una compra urgente o simplemente haraganear  tomando una gaseosa a la sombra, era Perico  a donde acudíamos  y no se nos ocurría nada diferente.

 

   Perico decidió casarse y trajo a María desde la China.  Sonriente, blanquísima, gordita y sin hablar palabra de castellano, María entró no solo en la vida de Perico, sino en las nuestras, atendiendo en la bodega y hablándonos en su incomprensible idioma. Tan incomprensible como los periódicos que su marido leía sobre el mostrador, con el cigarrillo sin filtro colgándole de la boca: “fumar como un chino” alcanzaba con Perico su verdadera expresión. Recuerdo el olor del tabaco negro de sus “Inca”  de cajetilla amarilla, azul y blanca (sí, los mismos colores que tiene Inca Kola).

 

   María aprendió el castellano, manejó la bodega y le dio el toque femenino que hizo que Perico dejara de arrastrar sus sempiternas zapatillas de levantarse y ofreciera un surtido más amplio de dulces, camotillo, maní confitado y esas delicias que hoy los padres suelen prohibir a los niños.

 

   María salió encinta y era hermoso verla, más gordita y sonriente siempre, con sus ojos chinos y tejiendo la ropa del futuro Periquito. Porque su hijo fue Periquito para nosotros. Si acelero la máquina del tiempo y llegamos a muchos años después, Periquito resultó ser todo un Pericazo, porque era muy alto y fornido. La familia creció y si no me equivoco  nació algo después un hijo más. Ya María usaba anteojos  para leer, diferentes a los redondos con los que Perico descifraba su periódico, el que para un chico como yo contenía verdaderos jeroglíficos. Las canas aparecieron pero la bondad  de quienes siempre consideré mis amigos venidos de ultramar se mantuvo y creció con la familiaridad que solo el paso del tiempo permite. María y Perico me fiaban pequeñeces  e incluso me prestaron de vez en cuando algunas monedas, cosa que siempre hizo que los sintiera mis cómplices.

 

    María y Perico: no sé qué será de ellos. Nunca supe su apellido pero recuerdo siempre  que en su puerta, un día al año, ondeaba la bandera de China Nacionalista. Ahora me da tristeza no haber conversado más con ellos, siento que cuando paso por la esquina donde estuvo la bodega de Perico me entra nostalgia  y quisiera que fuera verano, que “tocara playa”, para al regreso pasar por allí  y disfrutar de un camotillo casero y de una Pasteurina bien helada.

 

Imagen: Alicia María, mi hija, a los dos años, foto que está en la carátula de “El Pasado se Avecina”.   

ELLOS SÍ SE METEN


ELLOS SÍ SE METEN

No sé si llamarlo “movimiento”, pero en todo caso este es de violento retroceso o “colectivo”, palabra que desprestigian porque lo que son es un hato, una acumulación de pus, una manada que se auto titula “Con mis hijos no te metas” y creen que enarbolando las banderas de la familia y el cristianismo pueden pasar disfrazados de corderos, de “Agnus Dei”, de matronas y patriarcas impolutos y buenos.

 

Son esa jauría que va gritando ataca para tratar de infundir miedo y ataca imponiendo ideas que son como el “cuco” de los cuentos o el balbucear idiota del ogro de la fábula.

 

Son iguales a esos asesinos del MRTA que un día como hoy, 31 de mayo de hace treinta años (1989), sacaron de una discoteca en Tarapoto, a ocho ciudadanos y los fusilaron por el “delito” de ser homosexuales y hasta hoy son impunes.

 

El odio, el temor a lo que es diferente, no son exclusivos de la derecha ni tampoco de izquierda: son patrimonio común de esas bacterias que se disfrazan de personas para infectar el aire.

 

Los conocemos bien: odian, diseminan –engañando- su odio, promueven la violencia y asesinan. ¿Esto es lo que queremos?

 

A las alimañas se las combate o se las elimina y no podemos permitir que en nuestro Perú las haya en el congreso y se metan en él haciéndonos creer que “están en su derecho”.

 

Imagen: manoalzada.pe

HOY


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Hay fechas que están marcadas no solo en calendarios que año tras año revisamos sino aquellas que están impresas en el corazón, a las que tenemos siempre presentes y el día señalado producen esa mezcla hermosa de alegría y cariño a las que se agrega la nostalgia cuando se trata de alguien que se fue.

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Hoy es uno de esos días especiales en los que estos tres sentimientos brincan en mi corazón porque el 3 de marzo era cumpleaños –“santo” le decimos en familia- de mi hermano Francisco, Ignacio de segundo nombre, “Panchín”, familiarmente y “Pancho” para los amigos, que cumpliría 83 años; y el recuerdo del hermano mayor a quien siempre admiré secretamente (y detesté las veces que quería hacerme comer verduras) sé que va a llenarme de imágenes, de momentos, de palabras y frases.

 

Mi celebración y homenaje será como fue siempre: muy mío y callado, porque sé que en el silencio escucho tu voz inconfundible (aunque en algún momento fueron tan parecidas que tu hija Marisa me escuchó llamarla desde la calle y abrir presurosa la puerta diciendo: “¡Papá….! ¡Imbécil!” al ver que era yo y no tú que estabas de viaje y ella te pensó de regreso sorpresa) y te veo enojarte, mover la cabeza y sonreír después al descubrir  el “robo” de cajetillas de “Chesterfield” que guardabas ordenaditas en el cartón original en tu ropero, con la “técnica” de sacar una o dos de la fila de abajo y poner transversales las otras para que las de encima taparan, sin “desbalancearse”, los huecos que quedaban en la fila producidos por la “palomillada”; esos “Chester” que fumábamos a escondidas en algún barranco la avenida Costanera, con Lucho, mi amigo-amigo, compañero de aventuras y cómplice, por supuesto, de esos “latrocinios”.

Sí, ya sé que esta anécdota la he contado muchas veces, pero siempre que lo hago pienso en que, a pesar de tu mal genio (que ahora yo comparto), no me decías nada y que en el fondo te alegraban esas pequeñas pillerías mías…

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Hoy, 3 de marzo, te pensaré como siempre, como todos los días, pero un poco más porque creo que nos faltó tiempo para conversar y tomarnos unos whiskies en tu casa, en ese plan de “arreglar el mundo” que tanto nos gustaba: chau hermano, feliz cumpleaños y te debo el abrazo, ése grande y demorado que te voy a dar cuando llegue y encuentre que estás esperándome en la entrada del barrio eterno.

Manolo.