ELLOS SÍ SE METEN


ELLOS SÍ SE METEN

No sé si llamarlo “movimiento”, pero en todo caso este es de violento retroceso o “colectivo”, palabra que desprestigian porque lo que son es un hato, una acumulación de pus, una manada que se auto titula “Con mis hijos no te metas” y creen que enarbolando las banderas de la familia y el cristianismo pueden pasar disfrazados de corderos, de “Agnus Dei”, de matronas y patriarcas impolutos y buenos.

 

Son esa jauría que va gritando ataca para tratar de infundir miedo y ataca imponiendo ideas que son como el “cuco” de los cuentos o el balbucear idiota del ogro de la fábula.

 

Son iguales a esos asesinos del MRTA que un día como hoy, 31 de mayo de hace treinta años (1989), sacaron de una discoteca en Tarapoto, a ocho ciudadanos y los fusilaron por el “delito” de ser homosexuales y hasta hoy son impunes.

 

El odio, el temor a lo que es diferente, no son exclusivos de la derecha ni tampoco de izquierda: son patrimonio común de esas bacterias que se disfrazan de personas para infectar el aire.

 

Los conocemos bien: odian, diseminan –engañando- su odio, promueven la violencia y asesinan. ¿Esto es lo que queremos?

 

A las alimañas se las combate o se las elimina y no podemos permitir que en nuestro Perú las haya en el congreso y se metan en él haciéndonos creer que “están en su derecho”.

 

Imagen: manoalzada.pe

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HOY


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Hay fechas que están marcadas no solo en calendarios que año tras año revisamos sino aquellas que están impresas en el corazón, a las que tenemos siempre presentes y el día señalado producen esa mezcla hermosa de alegría y cariño a las que se agrega la nostalgia cuando se trata de alguien que se fue.

HOY 3 MARZO foto 1

 

Hoy es uno de esos días especiales en los que estos tres sentimientos brincan en mi corazón porque el 3 de marzo era cumpleaños –“santo” le decimos en familia- de mi hermano Francisco, Ignacio de segundo nombre, “Panchín”, familiarmente y “Pancho” para los amigos, que cumpliría 83 años; y el recuerdo del hermano mayor a quien siempre admiré secretamente (y detesté las veces que quería hacerme comer verduras) sé que va a llenarme de imágenes, de momentos, de palabras y frases.

 

Mi celebración y homenaje será como fue siempre: muy mío y callado, porque sé que en el silencio escucho tu voz inconfundible (aunque en algún momento fueron tan parecidas que tu hija Marisa me escuchó llamarla desde la calle y abrir presurosa la puerta diciendo: “¡Papá….! ¡Imbécil!” al ver que era yo y no tú que estabas de viaje y ella te pensó de regreso sorpresa) y te veo enojarte, mover la cabeza y sonreír después al descubrir  el “robo” de cajetillas de “Chesterfield” que guardabas ordenaditas en el cartón original en tu ropero, con la “técnica” de sacar una o dos de la fila de abajo y poner transversales las otras para que las de encima taparan, sin “desbalancearse”, los huecos que quedaban en la fila producidos por la “palomillada”; esos “Chester” que fumábamos a escondidas en algún barranco la avenida Costanera, con Lucho, mi amigo-amigo, compañero de aventuras y cómplice, por supuesto, de esos “latrocinios”.

Sí, ya sé que esta anécdota la he contado muchas veces, pero siempre que lo hago pienso en que, a pesar de tu mal genio (que ahora yo comparto), no me decías nada y que en el fondo te alegraban esas pequeñas pillerías mías…

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Hoy, 3 de marzo, te pensaré como siempre, como todos los días, pero un poco más porque creo que nos faltó tiempo para conversar y tomarnos unos whiskies en tu casa, en ese plan de “arreglar el mundo” que tanto nos gustaba: chau hermano, feliz cumpleaños y te debo el abrazo, ése grande y demorado que te voy a dar cuando llegue y encuentre que estás esperándome en la entrada del barrio eterno.

Manolo.

CARTA OFICIAL


CARTA OFICIAL

Tendría unos trece o catorce años y en ese batiburrillo mental que se suele tener en la adolescencia, se me ocurrió, seguro sugestionado por las novelas policiales,  que sería ideal ser un detective del FBI y para eso se me ocurrió escribir una carta a la embajada norteamericana, preguntando qué debía hacer para lograrlo…

 

Era verano, había puesto en el correo el sobre como en julio –sin contarlo, por supuesto, porque mis fantasías eran mías y de nadie más- y con el tiempo pasado me olvidé de lo hecho, hasta que mi hermano mayor (doce años mayor, que en ese entonces estudiaba Derecho y trabajaba en el Ministerio de Gobierno), un día a la hora del almuerzo le enseñó a mi madre un sobre del correo que había llegado a mi nombre mientras yo no estaba en casa, sino en la playa, supongo que “reponiéndome” por haber perdido el año escolar suspendido en dos cursos: matemáticas y física/química en el colegio y… ¡también en los “cursos vacacionales” a los que tuve que asistir obligatoriamente durante dos meses a un colegio estatal (curioso nombrecito, casi burlón, ese de “cursos vacacionales” si tenemos en cuenta que las vacaciones son un tiempo de ocio y descanso, pero terrible como nombre y suceso en las perspectiva de un chico)…!

 

La carta era de la embajada norteamericana y mi hermano la abrió y leyó que mencionaban los pasos a seguir para naturalizarse norteamericano y por supuesto nada sobre el FBI: mi hermano, recuerdo bien que gritó “¿O sea que planeaste escaparte de la casa porque te jalaron de año…?” y sin dejarme decir nada ni explicar que mi carta a la embajada era de hacía más de seis meses, que entonces ni me imaginaba repetir el año escolar, que recién me respondían, que el FBI…, salió tirando la puerta  dejándome a mí mudo y a mi madre mirándome con tristeza; no almorcé nada y fui a encerrarme en mi cuarto, en el segundo piso, que colindaba con el de mi hermano, echando seguro a las dos puertas para estar solo, maldecir a la pérdida de año, a los gringos, a mi hermano y a mi suerte…

 

Ese fue mi intento fallido de hacerme detective del FBI sin pensar que había que ser gringo o naturalizarse para siquiera intentarlo; por supuesto, antes en mis planes había estado ser bombero o policía de investigaciones del Perú (PIP), pero seguramente me pareció más emocionante ser un detective de novela gringa, de esas que mi hermano compraba (y yo leía a hurtadillas) de la colección policial “Rastros” que creo se editaban en Argentina…

 

Claro, terminé siendo publicista, pero traté de ser cura y relacionista público antes.

 

Imagen: sp.depositphotos.com

DINO


DINO

Mi nieta Miranda me regaló este dinosaurio y lo he puesto sobre mi escritorio, cerca de la computadora (en la que tecleo, escribiendo y haciendo honor al nombre del mueble); es amable, colorido y era herbívoro, o sea que en común tendríamos él y yo ser viejos pero no la comida…

 

Miranda, con sus seis años me asombra en cada visita que nos hace con sus conocimientos “dinosáuricos”; alguna vez en su casa me mostró su colección de muñecos fijos, articulados, de plástico, de peluche y creo que hasta algún disfraz.

 

Me mostró también, con orgullo, un libro, donde estaba ilustrada toda esa fauna fantástica que ahora está en museos, protagoniza películas y es desenterrada en lugares como la Patagonia o China; ella, que lee con la paciencia, dedicación y simpleza de quien empieza a unir letras, formar palabras y descifrar frases, me va informando sobre las explicaciones que el libro trae y me doy cuenta que es algo que yo no vi hasta que tuve muchos más años de los que ella tiene ahora.

 

Alguien me dijo que los dinosaurios están de moda y yo me reí, porque a los que ya tenemos cierta edad nos llaman “Dinosaurios de la publicidad”: francamente, se siente uno bien “estando de moda” a estas alturas de la vida cuando ir “cuesta arriba” cuesta y la tendencia es ir hacia una cómoda y más sencilla “cuesta abajo”.

 

Maliciando, de pronto lo que Miranda me ha querido decir es que soy viejo y me lo recuerda siempre con ese muñequito colorido y simpático, o de pronto yo, que en verdad tengo más de 70 años, malicio como ella no lo hace y es una de sus maneras de decirme que me quiere, haciéndome partícipe de su afición y desprendiéndose de algo que es de ella y valora.

 

Mientras escribo, el dinosaurio de colores verde, amarillo y anaranjado me mira y yo lo miro a él a ratos, para no desconcentrarme de la escritura de este post; finalmente, entre dinosaurios nos entendemos.

LAS DULCERAS DE TONY


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Quedan cinco y seguramente fueron una docena; las siete restantes tal vez se rompieron o se perdieron en uno de los múltiples viajes del peregrinar que llevó a Tony y a Manuel Enrique por el territorio nacional o quizá el anillo de plata que tenían y abrazaba la parte inferior, fue motivo para que alguien decidiera llevárselas una a una.

 

Fueron “las dulceras de Tony”, hechas en vidrio transparente, grueso, con sencillas ornamentaciones y el anillo de plata de la base que falta en las que quedan…; recuerdo muy bien lo del anillo porque solamente una lo conservaba (las otras lo perdieron porque se despegó, supongo) y curiosamente aún queda la coloración del pegamento original, que no sale por más que se lave y se frote: es como si una huella de tinte, una especie de sombra indicase que allí hubo algo.

 

Si estoy en lo cierto y por el tipo de objetos, deben haber sido un regalo de matrimonio que les alguien les hiciera allá por 1931; un regalo que viajó, que se usó, que “perdió prestancia” (pero no utilidad) y que de a pocos desapareció hasta “descompletar” el juego, como se dice; claro que lo más seguro es que todo esto no tenga mucho interés para el que lea mi historia, pero “las dulceras de Tony” acompañaron mi infancia, adolescencia y juventud para luego que ella falleciera, quedaran aquí en casa, como herencia y recuerdo de mazamorras moradas con guindones, pasas y membrillo; arroz con leche y arroz “zambito” memorables, con su clavo de olor y espolvoreados de canela; cremas de chirimoya deliciosas y realmente dulces o fresas en compota que eran un verdadero premio.

 

Ahora, esas cinco dulceras albergan gelatinas, alguna mazamorra morada de sobre y pudín de chocolate o vainilla también de sobre: no es que nos esmeremos mucho en los postres, pero las dulceras –sin su anillo de plata- siguen en uso y cuando necesitamos más, porque hay invitados, echamos mano de “las otras”, que también fueron de Tony, pero no tienen ninguna particularidad porque seguramente fueron compradas “para el diario” en la locería de Barranco,  que quedaba en la avenida Grau.

 

Tony dejó al irse gran cantidad de vajilla que se repartió entre los tres hermanos; de lo que Alicia y yo recibimos, parte la tiene nuestra hija Alicia y en casa guardamos lo de Paloma y entre lo poco que conservamos para nosotros, están esas dulceras y unos vasitos de cóctel, que están guardados porque nadie por aquí toma ni hace los cócteles que preparaba mi padre: algarrobina y “Biblia”, que constituían sus “agasajos alcohólicos”; nostalgia de tiempos idos, de eso que trae sonrisas y la impaciencia de la espera por terminar una comida para “entrarle” al postre, o el prolegómeno de un cóctel el domingo al almuerzo, antes de una palta rellena con pollo y unos humeantes tallarines a la boloñesa con harto queso parmesano rallado.