QUIZÁ VOLAR.


paso_del_tiempo

Tal vez y con el tiempo

el viento sople nubes

y despeje los cielos

para que pueda el ave

de los sueños

volar en el azul.

 

Tal vez y con el tiempo

el agua del río de

la vida que corre

hacia la noche

se encuentre con

el mar de las

historias pretendidas

en infancias que

uno revive día a día.

 

Tal vez y con el tiempo

la arboleda frondosa

de las desesperanzas

deje pasar al sol

y que un rayo amarillo

toque la tierra oscura

y la convierta

en un arroyo claro,

en perfumada flor,

en mullido acomodo de

mañana de invierno.

Tal vez y con el tiempo

todo llegue.

 

Lima, 23.2.1996.

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MALETA DE VIAJERO.


 

MALETA Y LIBROS 

Conocí el mar porque siempre viví cerca de él.

 

Recorrí palmo a palmo el país antes de conocerlo, en los relatos largos de mi padre y en las fotografías con las que retrataba sus caminos.

 

Estuve en Trujillo, Desaguadero, Tacna, Puno, Cuzco, Chiclayo, el abra de Porculla, en Iquitos, Arequipa, Nauta, Celendín, en Otuzco y muchos sitios más.

 

Crucé la sierra en mula, me enterré en el desierto, comí en los campamentos y conté las estrellas por la noche al borde de un fuego que moría.

 

Cargué mira, teodolito y sin ganas, me levanté a las tres de la mañana para cruzar un río ayudado por sogas y canasta.

 

Fui a las ferias de ganado, miré las plantaciones que eran el océano verde de la caña.

 

Conocí al morochuco con sus ojos azules y construí –ingeniero- un raudo autocarril que iba desde Tacna hasta Arica.

 

Así viví el Perú cuando tuve seis años: a través de las historias de mi padre y sus fotografías.

 

Con mi madre recorrí en Arequipa la casa del abuelo, fui de paseo a Tingo y jugué carnavales en comparsa.

 

Después viví en el Cuzco, en la lejana hacienda San Antonio donde para comer había papas y lechuga; allí supe del frío, del terremoto y del rayo que carboniza al árbol, al pastor y a la oveja.

 

Después pasé a Trujillo, soleada, silenciosa a la hora en la que todo duerme siesta; a los ternos de dril, al sombrero de paja, al venado, a los grillos, al auto de maderas y lata; a la radio en la noche, al tejido y al esperar paciente, al sueño solitario.

 

Así viví aventuras de ingeniero y el silencio de la mujer que espera.

 

Así empezó un periplo que me llevó a través de los libros al África increíble de Salgari, al desierto inacabable con ciudades extrañas de Loti; a la Cartago imaginada de Flaubert, a la luna de Verne y al fondo de los mares con el capitán Nemo; a la pelea insomne de Acab y la ballena blanca.

 

Crucé los continentes, habité en Mompracem y navegué en un prao para buscar Labuán.

 

Pasé los mil veranos de mi infancia viajando en la terraza de mi casa en Barranco, con un libro en la mano y el mar prometedor, al frente, en las mañanas

 

Descubrí que el invierno tenía nieve y lobos en otras latitudes y aprendí a repetir Irkutsk, taiga, Strogoff, zuavo, troika y mil palabras que sonaban a lejos, a magia, a regiones inmensas, a soledad buscada.

 

Y así me fui encontrando en la Providence inmemorial de Lovecraft, descendí hasta los infiernos de las profundidades donde Cthulhu aguarda; vagué ocioso por el país de Yann y me maravillé con el Roc de Simbad y el mágico teatro de Hesse con su lobo estepario que es solo para locos.

 

Después salí hacia Marte de la mano de Bradbury y conocí al marciano de los ojos dorados; concerté en el espacio una cita con Rama.

 

Así, viajando desde libros, hilvanando palabras, soñando con lugares soñados, descubrí que este mundo es más ancho y más grande que el mundo solamente.

 

Descubrí que detrás de los sueños siempre están las palabras y que la realidad no es sino el reflejo pequeño de la mente: un espejo chiquito y empañado que te muestra lo gris de un cielo sucio, el barro de las calles y la ropa andrajosa del mendigo.

 

Descubrí que en los libros y en la imaginación, el sol existe y brilla, la arena es siempre blanca, el hombre no envejece y la risa es reída por una eternidad; que allí las aves vuelan libres y las ciudades pasan como empujadas por el viento dejando solamente la huella de un jardín florecido, el río con su canto, el campo, la cabaña, el hada, la mujer de ojos grandes, los caballos, las mariposas frágiles y el olor de los sueños.

 

Por eso no me muevo; por eso viajo inmóvil: por eso perennizo en la memoria el fuego de los sueños y sé que lo demás, finalmente, es tan solo la vida.

 

 Escrito en Lima, 20.3. 1996.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, HERMANA!


TETÉ con dedicatoria a mamy.

Ayer hubieras cumplido 86 años, pero te fuiste antes…

 

Estuve acompañándote en la penumbra del comedor de tu casa de Arequipa, rota por las luces de las velas de la torta de cumpleaños, cantando con todos, viendo como reías, soplabas hasta apagarlas todas y aplaudías.

 

¡Feliz cumpleaños, Teté!

TETÉ APOYADA EN BARANDA.

REGRESO SANADOR.


 

INFANTIL

La primera autoridad de la que tuve consciencia, fuera del ámbito familiar, se llamaba Ceferina.

 

Ceferina Marco, monja, era la superiora de las Siervas de San José y yo tenía cinco años. Las Siervas de San José era la congregación religiosa que tenía a su cargo la sección infantil (de kindergarten a tercer año de primaria) del colegio de la Inmaculada.

 

De ella recuerdo solamente que era de rostro colorado (hoy diríamos “sanguíneo), no sé si usaba anteojos (de pronto para leer) y que proyectaba una imagen que para mí era lejana, pero seguramente afable.

 

No vi mucho a la madre Ceferina y sin embargo a Eladia Garayoa, la madre que creo que la sucedió en el puesto, la tengo claramente identificada: muy blanca, con anteojos y risa sonora cuando rompía la seriedad que supongo le confería el cargo.

 

Eladia Garayoa Zabaleta, me entero ahora, fue la primera monja de la orden en llegar al Perú, en agosto de 1948. Vino al país a trabajar en Amazonas cuando yo tenía un año cuatro meses…

 

Española y definitivamente del país vasco, fue junto con las madres Leticia, Teresa, Silvina y de la otra de quien recuerdo nombre y apellido, Carmen Calvo, quienes guiaron los primeros pasos colegiales, junto con las señoritas Silvia Frisancho, Dalia y Rosa María a quienes llamábamos “miss”, de chicos que se harían amigos para toda la vida, allá por el año 1952.

 

Si recordar es volver a vivir, yo regreso al overol verde agua, a las clases en el “colegito” de la venida Petit Thouars, a las medias blancas y guantes blancos que usábamos cuando había algo que celebrar y al aviso que nos daban para que al día siguiente los lleváramos y fuéramos “sin gorra”.

 

Regresaría a la góndola 3 y a Josamel su chofer, el que nos dejaba sentar a su lado, sobre la caja verde que contenía la batería del ómnibus.

 

Volvería a esos años que se pierden en el tiempo, pero que saltan de inmediato con recuerdos simples de pantalón corto, trompo, bolitas y lonchera.

 

Volvería porque fui –fuimos felices- con días que no acababan nunca, en los que jugar con los amigos era casi lo único importante.

 

Volvería a esperar el ómnibus azul oscuro, en “el pastito” de Barranco a una cuadra de la casa, mojándome con la garúa mañanera.

 

Sí, volvería: gracias a mis recuerdos lo hago y me siento muy bien.

 

 

ALFREDO.


alfredo-goitre

Te has ido, Alfredo Goitre, para encontrarte con Julio y con Marcos.

Estamos un poco más solos y muy tristes.

Escribo en plural esto último porque sé que interpreto el sentir de quienes fuimos y seguiremos siendo tus amigos.

Chau Alfredo, nos estaremos encontrando  con Julio en “La Calesa”, donde Sammy, para almorzar, tomarnos el whisky del estribo  y regresar a dictar clases.