HAY BRILLO EN TUS OJOS


 

HAY BRILLO EN TUS OJOS

Los ojos de mi hermana Teté brillan…

 

Brillan como siempre lo hicieron, con esa luz que al comienzo fue la de los futuros y luego la de unos pasados que ponían destellos en cada una de sus miradas.

 

Brillan sus ojos en esta foto antigua y tuvieron ese brillo hasta que se cerraron definitivamente.

 

A mi hermana Teté, le brillaban los ojos.

 

 

 

Foto: Tomada por Manuel Enrique Echegaray, circa 1936-37.

Reproducción de un negativo de vidrio.

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ROMÁNTICOS Y MUSICALES


 

CON LUCHO.

Cuando adolescentes, Lucho y yo éramos bien románticos y musicales; en realidad el que hacía música era él que tocaba guitarra y no yo que, aunque me gustaba la música, ya conté más de una vez que de chico me pidieron que “cantara en mudo” el himno nacional, porque desorejaba a todo el colegio: desafinado pero entusiasta…

 

No sé por qué me ha venido a la memoria algo que escribí hace tantos años y que Lucho le puso música; nos gustaban mucho las zambas argentinas (no las argentinas “zambas”, aclaro; considerando que “zambo” o “zamba” se le dice a quien tiene el “pelo- pasa” –a mi madre le decían así, de cariño-).

 

En el negro de tu pelo

la noche ha caído entera

y los luceros del cielo

que guían al caminante

han marcado mi camino

a tu negra cabellera…

 

La noche cayó en tu pelo,

y en tu negra cabellera,

solos quedan los caminos

sin luceros, sin estrellas.

 

Solos quedan los caminos

Sin luceros, sin estrellas…

 

 

Sí, Lucho era músico y yo “poeta”: unos aspirantes a ser Atahualpa Yupanqui (con perdón del Maestro, al que admiramos hasta hoy); curiosamente no recuerdo ninguna incursión más en las composiciones y supongo que allí quedó el intento, pero nuestro romanticismo musical estoy seguro que nos hacía ver cielos llenos de estrellas en el, casi permanentemente gris, cielo de Lima.

 

Lucho es sociólogo,  actor y director de teatro, maestro universitario, ha sido decano de la facultad de comunicaciones de la Católica, ministro de Cultura, sigue tocando la guitarra, pero por sobre todo es mi amigo; ése al que cuando teníamos siete años vomité en el hombro el día de nuestra primera comunión en el colegio, para molestia de Doña Rosaura y confusión de mi madre.

 

Lucho, el “pata” de toda la vida, el que siempre está; con quien caminábamos interminablemente en las noches barranquinas, desde su casa hasta la mía y de regreso una y otra vez, conversando de todo lo que un muchacho puede conversar con su mejor amigo…

 

Caray, ¿saben?, el versito ese me está llenando de recuerdos y me parece que mejor no los canso más y preparo un café…

siemprequisetocarlaguitarra.wordpress.com

 

 

Imagen: siemprequisetocarlaguitarra.wordpress.com

EL ABUELO FRANCISCO.


ABUELO FRANCISCO.

Como ya lo he dicho en un antiguo escrito, “Conocí a mi abuelo Francisco en el color de los ojos de mi madre”, porque falleció en 1938, bastante antes de que yo naciera y todo lo que he sabido de él ha sido por intermedio de María Antonieta, “Tony”, para nosotros, historias de familia, los escritos de él o sobre él y las fotografías.

 

Vuelvo a escribir sobre mi abuelo Francisco porque cuanto más ahondo en este conocimiento póstumo, siento tremendamente no haberlo conocido en persona, para poder preguntarle y aprender de él directamente, esas cosas que los nietos quieren saber de los abuelos y que estos, quitándose los anteojos, cuentan…

 

Cuando miro la fotos veo a un hombre que debió ser bajito, serio, que muy rara vez aparece riendo, aunque sea una instantánea la que lo muestre (y eran raras esas fotografías tan populares hoy, en una época en que se pensaba estar posando para la posteridad); con anteojos redondos, calvo y con bigote, siempre de saco y corbata.

 

Cuando leo sobre él, lo único que veo y conservo son palabras de homenaje, de agradecimiento; que hablan de un hombre extraordinario, que se pagó los estudios universitarios de Derecho dando para ser abogado, dictando clases en un colegio; que fue maestro universitario, rector tres veces de la misma universidad donde estudió su carrera en Arequipa, profesional reconocido, condecorado con la Orden del Sol por el Estado.

LIBRO HOMENAJE ABUELO FRANCISCO. (2)

 

Leo asombrado sus poesías y la prosa suya que encontré en hojas sueltas;  recuerdo que mi madre me contaba de su puntualidad, que los escritos sobre él corroboran, de cómo se levantaba al alba y se acostaba temprano cada día, sin importar que fuera lunes o domingo; que leía muchísimo y que yo nunca pude ver su biblioteca fabulosa que alguno de mis primos mayores vendió en su provecho…

 

No conocí a mi abuelo Francisco, el de la prole numerosa, que tenía la imagen del patriarca, del hombre justo; el que por sus ideas de avanzada supo ganarse el respeto de muchos y la inquina de algunos, pero hubiera sido muy feliz de conocerlo y que con mi abuela Margarita tomáramos el té un sábado, en el gran comedor, para después, al piano, escucharla tocar lo que ella quisiera, yo sentado en la alfombra y él en lo que de seguro era su sillón favorito.

REVISTA UNSA HOMENAJE ABUELO FRANCISCO.

 

Sí, tal vez me excedido en espacio, pero es que cuando pienso en mi abuelo Francisco es tanta la carga de recuerdos heredados que se desborda como el agua de un pozo y corre libremente haciendo que reviva unos días que nunca conocí, pero que intuyo.

BANQUETE PARA EL ABUELO FRANCISCO 1923. (2)

 

¡ANTONIA O ANTONIETA?


 

ENRIQUE FIDEL, MERCEDES Y MARÍA ANTONIETA DEL SOLAR GARMENDIA.

En la parte de atrás de esta antigua fotografía en la que está mi abuela y mis bisabuelos por parte de padre, reparo que el nombre de ella está como María Antonieta y no Antonia (como yo creí que se llamaba) y ayer puse en mi post “La Cajita”; sin embargo estoy casi seguro que le decían Antonia y así lo supe siempre, tal vez para diferenciarla de mi madre que se llamaba también María Antonieta, pero a la que siempre le dijeron “Tony”.

 

 

La información está escrita con la letra de mi padre y  se nota que está hecha cuando siendo él ya mayor, porque ha usado un “plumón” o marcador fino para ello y esos instrumentos de escritura aparecieron cuando yo tenía varios años ya; quizá parezca rara la mención y poco relevantes los detalles, pero es que los recuerdos son así: el uno trae al otro y de pronto nos encontramos hurgando entre los tesoros del pasado.

 

 

Por ejemplo, veo a mi padre con su camisa blanca, se ha quitado la corbata y está en el sillón verde reclinable, descansando de un día de dictado de clases en la UNI (Universidad Nacional de Ingeniería), poco antes de cenar; tiene el diario sobre las piernas, el televisor en blanco y negro sintoniza el noticiero de la noche y Raúl Ferro Colton pasa revista a los sucesos recientes; en el bolsillo de la camisa de mi padre está asomando ese “plumón” azul que junto con su pequeña regla de cálculo alemana, “K & E” enfundada en cuero, lleva a todas partes.

 

 

Esa, como todas las noches, cenaremos los tres y al café, que mi madre no toma, sustituyéndolo por una infusión de manzanilla sin azúcar, contaremos historias, tal vez emerja un álbum de fotografías y el tiempo pasará recordando y mi padre mirará a los ojos de mi madre y en ese encuentro mudo se dirán muchas cosas bonitas, que no está bien que escuche porque no tengo edad y seguro no las voy a entender…

 

 

Sin embargo, la foto, motivo de este post, que provoca a la mente recordar, soñar, perderse en tiempos idos, es testimonio gráfico de una época y fue tomada en el Cusco: allí posan para la eternidad mis  bisabuelos, Enrique Fidel del Solar y Mercedes Garmendia junto con mi abuela,  María Antonieta del Solar y Garmendia (lo escribió mi padre en el reverso de la foto) y debe ser a fines de 1890, porque mi abuela no está todavía casada (mi padre nació en 1903) y tal vez sea una fotografía que retrate a los tres juntos algo antes del matrimonio de su única hija…

 

 

 

Fotografía: Circa 1890. Fidel Enrique, Mercedes y María Antonieta (Antonia) del Solar – Garmendia.  Cusco, Perú.

LAS TÍAS DE ADENTRO Y LAS TÍAS DE AFUERA.


CON MANTÓN DE MANILA CIRCA 1929 TONY PRIMERA IZQ

La antigua casa de mis abuelos Gómez de la Torre en Arequipa, quedaba en la calle Santo Domingo y cuando la conocí, el cine “Real” era su vecino inmediato; muy grande con un portón de madera que a mí de chico me parecía impenetrable, guardaba todos los secretos imaginables que pudiera tejer la imaginación de un niño.

 

Un corto zaguán desembocaba en el patio principal que  estaba rodeado de habitaciones, un baño, la entrada al gran salón y al comedor y a la parte de adentro, donde mis tías, las primas de mi madre, vivían; Julita, Luisa, Alicia, Georgina y la Carmen Zegarra –“la Yayita”- que cosía maravillosamente y tenía un gorrión que la seguía como un perro donde ella fuera por la casa y estaba entrenado para cuando ella cogiera un hijo para ensartar la aguja, cogiera con su pico la hebra y la hiciera pasar por el ojo de la aguja, asombrándonos; esas eran “las tías de adentro” porque “las tías de afuera”, Graciela Y Carmela –hermanas de mi madre- tenían su feudo en la zona del patio, que incluía un cuartito debajo de la escalera que iba a la azotea y a la casita de madera donde estaba la biblioteca del abuelo Francisco a la que nunca me permitieron subir; en ese cuartito mis tías Carmela y Graciela preparaban dulces que me resultan memorables ahora y entonces tenían la magia final de una tarde repleta de hallazgos, historias y juegos de “whist”.

 

Los territorios –que así veíamos mis primos y yo- estaban divididos por el comedor con su gran mesa; allí, cuando mis abuelos vivían se reunía para las comidas una familia tan numerosa que lo hacían en dos tandas: primero los chicos y luego, por separado, los adultos; el mismo mecanismo repartidor se repetía en desayuno, almuerzo, lonche y cena.

 

Las muchas veces que fui a la casa de Santo Domingo, quienes nos recibían eran mis tías Carmela y Graciela, pero abría “la puerta chica” del portón principal, Agustina, una mujer mayor, bajita, sonriente, peinada con moño, que era la empleada para “todo servicio” de las “tías de afuera”; con muchísimos años viviendo en la casa (creo que desde que era joven), habitaba en la parte de adentro, donde había otro patio, una pequeña huerta, una poza (que llamábamos “piscina”  –pero nunca usamos como tal-) y más habitaciones, unas donde estaban “las tías de adentro” y al otro lado la cocina y las habitaciones de servicio (que en ése momento se reducía a “la” Agustina y a otra señora, “la” Alberta (que tenía bigote y usaba trenza) que venía ciertos días a lavar la ropa; más que seguramente habría otra empleada, pero no la recuerdo…

 

Al contrario de lo que sucedía mientras vivieron mis abuelos, en el comedor “las tías de afuera” comían a diferentes horas que “las tías de adentro” para no cruzarse, a pesar de que usaban el mismo (único) portón para salir a la calle y verse a veces en la misa del domingo de la iglesia de Santo Domingo o en alguna visita protocolar y esporádica de las unas a las otras o viceversa; eran dos terrenos marcados por una costumbre extraña que nunca pude averiguar por más que pregunté a mi madre. Supongo que sería algo derivado de que unas eran hijas de Francisco y las otras, sobrinas.

 

 

Tiempo después vino a vivir en una de las habitaciones que rodeaban el patio de afuera, René; pero esa es una historia diferente y que guardo para contar más tarde…

 

 

Fotografía: Circa 1929 “Con mantón de Manila”.  La primera por la izquierda es Antonieta mi madre, con sus hermanas Graciela y Carmela y sus primas Luisa, Julita y Georgina.

EL SUEÑO DEL ABUELO.


ABUELO MANUEL ECHEGARAY

Cuando yo era chico, recuerdo que mi padre me contaba que su padre soñaba con tener una mina de talco; por ese entonces lo único que yo sabía del talco era que tenía marca “Jhonson´s” o “Mennen”  y que venía en unos envases con la tapa que tenía huequitos y que si uno la giraba, moviendo el envase, escapaban nubes de un polvo blanco, etéreo, que echaban a los bebes y mi mamá en la parte de adentro de los guantes de jebe que usaba para lavar.

 

El talco para mí no tenía misterio porque siempre hubo en casa y resultaba parte integrante del botiquín del baño; era un envase más que estaba guardado junto con los polvos “Takazima” (¡igualitos al talco!) que mi padre tomaba, bien deshechos en agua, para la digestión; la pasta para dientes “Kolynos” en su tubo amarillo con letras verdes, los cepillos, el frasco de mercuro-cromo, un pote de algodón, esparadrapo,  el agua oxigenada, un frasquito de alcohol, el “Jarabe Calmante de la Señora Winslow”, una botella de “Maravilla Curativa de Humprey’s”, las gotas de “Mistol” para los resfriados, el potecito de “Arrid”, crema desodorante; alguna que otra venda, la taza de vidrio del jabón de afeitar, la brocha y la máquina con su hojita “Gillette” de doble filo que usaba mi papá…

 

Vuelvo a decir que el talco era en casa, parte del botiquín con espejo que estaba sobre el lavatorio del baño en el segundo piso de la casa de la calle Ayacucho donde vivimos en Barranco; esa casa de terrazas soleadas en verano y vistas tras las ventanas en los inviernos grises con garúa finita, como brisa gruesa del mar…

 

Nunca entendí entonces el sueño de mi abuelo y pensaba que hubiera sido mejor soñar con una mina de oro, total, pensaba, en el Cusco, donde vivían ellos antes de que mis padres se casaran y apareciera yo como el último hijo, podía suceder cualquier cosa: allí estaban la hacienda, los primos, los tíos y el misterio de algo adivinado.

 

El sueño de mi abuelo, según supe después, porque yo no conocí a ningunos de mis abuelos paternos ni maternos, no se realizó nunca, pero fue una de las historias que al contar no me creía nadie, porque era impensable para un chico de entonces, que existiera una mina de talco.

 

 

 

Imagen: Fotografía circa 1900 del abuelo Manuel Echegaray Pareja, por C. Gismondi.