PASA CUANDO SUCEDE


PASA CUANDO SUCEDE

Estoy seguro que a todos nos ha pasado más de una vez el equivocarnos de fecha y creer que era un lunes cuando la realidad ponía jueves o que el 25 se convierte por arte de birlibirloque en 23…

 

Pues a mí me acaba de suceder el que dijera miércoles por un día que en realidad era martes (equivocándome en día y fecha), hasta que me entró la duda, miré el fechador de la pantalla de la computadora que ponía “martes”, quise corroborar desplegando el calendario del mes y dudando aún y temiendo una desconfiguración de la máquina, acudí al calendario de cartón que tengo guardado en mi billetera, para comprobar que… ¡el de error era yo, porque era martes y no miércoles!

 

Pedí disculpas por escrito a quienes recibieron la equivocación, diciendo –lo más jocosamente posible- que “estaba adelantado” o que “había ganado un día”; pero la verdad es que el cerebro me jugó una pequeña pasada, de esas a las que tal vez debería acostumbrarme, porque se suelen producir desde mis tres infartos cerebrales, los que deben haber apagado algunas luces neuronales para ahorrar corriente eléctrica…

 

Confundir u olvidar fechas puede ser tomado socialmente como una malacrianza o causar sorpresas (como eso de aparecerse un día cualquiera con un regalo, cuando el cumpleaños del receptor es dentro de cinco meses, por ejemplo) pero en lo personal, sí creo que hay que acostumbrarse, aducir ser un desmemoriado y habituar a los amigos y parientes a que las fechas “señeras”, no nos hacen seña alguna.

 

De pronto es una condición de la edad, pero esta especie de intemporalidad, aunque no deseada, no tendría que ser tomada a la tremenda sino como prueba de que uno crece y las neuronas, microscópicas y tantas, se confunden, se pierden y necesitarían tal vez un geoposicionador para encontrar la ruta…

¿Cuál?

 

NOTA: Publico aquí esta entrada, luego de publicarla hace unos días, en mi otro blog, franco d´terioro (francodterioro.home.blog) porque tiene poquísimas vistas; de pronto aquí la miran más…

 

Imagen: bombasoju.wordpress.com

 

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DÍA DEL NIÑO


FOTO CARÁTULA EL PASADO

Es un libro abierto, escrito por alguien que es y ha sido querido, por un niño que confía en los adultos. Esa es la mejor de las infancias: el haber vivido confiando en los adultos

Abelardo Sánchez-León.

 

(Del colofón del libro “El pasado se avecina”, por Manolo Echegaray.  Pontificia Universidad Católica del Perú. Diciembre 2010).

 

Cito a mi amigo “Balo” Sánchez-León en el colofón que tan amable y “amigamente” escribió para el librito que la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la PUCP tuvo la gentileza de publicar van a hacer diez años ya; lo hago porque “Balo” acertó al decir que soy y he sido querido, porque eso es lo que hace que la vida sea llevadera: el cariño de los padres, la familia, los amigos –y en mi caso particular- el de los alumnos.

 

En este día, que ya está muy avanzado –es de noche en Perú- y en que se celebra el “Día del Niño”, quiero extraer de mi librito algo para compartir. Porque total, del niño son todos los días y hay muchos niños que trasnochan.

 

PERICO

 

Perico era chino, hijo de chinos y tenía una bodega  heredada de su padre,  a quien no conocí  y que había sido el Perico original. Su hijo era llamado cariñosamente Pericote (no por ser grandazo, sino por esa ternura que pone apodos a los que nos caen bien).

 

    Sin embargo, Pericote  siempre fue Perico para mis amigos y para mí. El “chino Perico” era –a pesar de tener a Piselli a una cuadra de casa- la bodega de confianza. Supongo que porque el trajinar diario de mi madre para ir a la parroquia, hacer sus compras de mercado y visitar a su amiga la señorita Lazo o a sus otras amigas las señoras Auza y Caravedo, la llevaban en esa dirección y no hacia Chorrillos. Entonces, cuando había que hacer una compra urgente o simplemente haraganear  tomando una gaseosa a la sombra, era Perico  a donde acudíamos  y no se nos ocurría nada diferente.

 

   Perico decidió casarse y trajo a María desde la China.  Sonriente, blanquísima, gordita y sin hablar palabra de castellano, María entró no solo en la vida de Perico, sino en las nuestras, atendiendo en la bodega y hablándonos en su incomprensible idioma. Tan incomprensible como los periódicos que su marido leía sobre el mostrador, con el cigarrillo sin filtro colgándole de la boca: “fumar como un chino” alcanzaba con Perico su verdadera expresión. Recuerdo el olor del tabaco negro de sus “Inca”  de cajetilla amarilla, azul y blanca (sí, los mismos colores que tiene Inca Kola).

 

   María aprendió el castellano, manejó la bodega y le dio el toque femenino que hizo que Perico dejara de arrastrar sus sempiternas zapatillas de levantarse y ofreciera un surtido más amplio de dulces, camotillo, maní confitado y esas delicias que hoy los padres suelen prohibir a los niños.

 

   María salió encinta y era hermoso verla, más gordita y sonriente siempre, con sus ojos chinos y tejiendo la ropa del futuro Periquito. Porque su hijo fue Periquito para nosotros. Si acelero la máquina del tiempo y llegamos a muchos años después, Periquito resultó ser todo un Pericazo, porque era muy alto y fornido. La familia creció y si no me equivoco  nació algo después un hijo más. Ya María usaba anteojos  para leer, diferentes a los redondos con los que Perico descifraba su periódico, el que para un chico como yo contenía verdaderos jeroglíficos. Las canas aparecieron pero la bondad  de quienes siempre consideré mis amigos venidos de ultramar se mantuvo y creció con la familiaridad que solo el paso del tiempo permite. María y Perico me fiaban pequeñeces  e incluso me prestaron de vez en cuando algunas monedas, cosa que siempre hizo que los sintiera mis cómplices.

 

    María y Perico: no sé qué será de ellos. Nunca supe su apellido pero recuerdo siempre  que en su puerta, un día al año, ondeaba la bandera de China Nacionalista. Ahora me da tristeza no haber conversado más con ellos, siento que cuando paso por la esquina donde estuvo la bodega de Perico me entra nostalgia  y quisiera que fuera verano, que “tocara playa”, para al regreso pasar por allí  y disfrutar de un camotillo casero y de una Pasteurina bien helada.

 

Imagen: Alicia María, mi hija, a los dos años, foto que está en la carátula de “El Pasado se Avecina”.   

EL COLOR


EL COLOR

 

Al abrir los ojos lo único que vio era un color crema.

Parpadeó pero el color seguía  allí y entonces no supo qué pasaba; no sabía si estaba dormido y ra un sueño o qué.

 

Sus  manos al  tantear, casi por instinto, tocaron lo que parecía ser un fierro: frío y delgado.

 

Entonces oyó la voz: “No se asuste. Tuvo un ACV y ahora no ve, está en la clínica; yo soy el médico, aquí están su madre y su esposa. Tranquilo. No ve, pero va a pasar…”

 

Se acordó del sonido de la sirena que fue lo último que escuchó antes de oír la voz. Todo era un solo color crema, como si mirara una pared: movió los ojos y la cabeza pero el color seguía allí, atrapándolo. Como si estuviese en un lugar donde sólo existiera el color crema.

 

Estaba en una cama, en un hospital o una clínica, no veía, había un médico y allí estaban su esposa y su madre, pero no veía o mejor dicho, la maldita barrera crema no lo dejaba ver.

 

Volvió a escuchar la voz, que ahora sabía era la del médico: “Tranquilo, descanse…”, y la voz conocida de su esposa: “Aquí estamos…”

 

Sí, estaban; él también estaba pero todo lo que veía era un color crema.

 

Estoy ciego…” pensó y algo se derrumbó de pronto dentro de él.

 

Imagen: sp.depositphotos.com

SUJECIÓN: ACTO DE SUJETAR O ACTA QUE FIRMARON MILITARES


SUJECIÓN TUBINO

La sujeción que es el acto de coger, asegurar, retener, sostener, contener, agarrar, asir, enganchar, trabar o atar, fue lo que firmaron muchos militares, solamente que su “acto” constó en un “acta” (femenino el nombre); la de apoyo a Fujimori y Montesinos que ahora ha vuelto a la palestra con ocasión de las críticas que muchos de los firmantes de esa vergonzosa sumisión y otros más que también vociferan porque ven su rol de machos de la especie amenazado por unos mandiles rosados que, según ellos gritan, “deshonran al uniforme” y “mellan la institucionalidad del Ejército”.

 

Los firmantes de la infamante acta aceptaron, signando y rubricando, cumplir el papel de “sujetadores” que es una de las formas con que se llama al sostén o “brassiere”; es decir que aceptaron sostener, contener y asegurar –ser los sostenes- de las dos tetas visibles del régimen fujimorista, que eran los carnales Alberto y Vladimiro (fueron algo así como “las geishas” -¿las recuerdan?- periodistas mujeres ayayeras del “emperador”, aunque las geishas verdaderas se diferenciaran de ellas por su gran inteligencia).

SUJECIÓN SOSTÉN

 

Es decir, militares que con uniforme y todo, firmaron ser una prenda absolutamente femenina al servicio del fujimorato y que hoy hablan de “deshonor” cuando ellos mismo deshonraron el uniforme que vestían y los muy bestias pusieron en entredicho a su institución en aquella época a vista y paciencia del país, militares que ahora ante una señal del Ejército (esta vez con mayúscula) de apoyo a la no violencia contra la mujer donde altos mandos y oficiales se ponen un mandil rosado sobre el uniforme, se rasgan el uniforme que sí deshonraron (hay listas y videos que confirman el nefasto hecho), junto a lo más cavernario y retrógrado del Perú.

 

En un país, – el nuestro- donde las mujeres son asesinadas a mansalva por “hombres” que se creen sus propietarios hasta llegar a cifras escalofriantes y que nos colocan (gloriosamente, de seguro, para estos ectoplasmas) en los primeros lugares de feminicidio mundiales, la actitud de una institución tradicionalmente machista en favor de las mujeres, no sólo es loable sino necesaria y ejemplar.

 

Que griten las cavernas y los que se convirtieron en sujetador, sostén o “brassiere” de la podredumbre por unas prendas que aseguran la limpieza que no tuvieron los del sostén ni tienen seguramente los otros vociferadores.

 

¡Bien por el Ejército y recordemos por favor que  Eos, “la de rosáceos ededos”, es la aurora…! 

¿Será que  el Perú despierta a una nueva aurora ?

 

Imágenes: wayka.pe / angelesinterior.wordpress.com

EL EXPRESO


EL EXPRESO 1

La cola para tomar el “Expreso”, ómnibus Mercedes Benz  azul con plateado, de la Empresa Municipal de Transportes, que nos llevaba desde el colegio, en el centro de Lima, hasta nuestras casas en Barranco, no es que fuera muy larga, era ordenada y se formaba en una callecita cuyo nombre no recuerdo, pero que si no me equivoco, desembocaba en la plaza San Martín y ahí nomás estaba el cine “Colón”.

 

Todos los días de lunes a viernes era obligado hacer la cola, después de la salida del mediodía del colegio, para ir a casa, almorzar y volver a clases por la tarde; el ómnibus se llamaba “Expreso Miraflores”, pero llegaba hasta Barranco que era el punto final del recorrido, desde donde regresaba a Lima. El viaje, en su mayor trayecto, discurría por la avenida Arequipa y había paraderos fijados donde –en algunos lugares- se ubicaba un “reloj-controlador”, en el que el cobrador, bajando del ómnibus, tenía que visar para control.

 

El “Expreso” tenía cobrador, el que recorría el bus reclamando el pago y viendo que todos tuvieran boleto, o se ubicaba cerca de una de las dos puertas, la que quedaba al medio y era doble, para efectuar el cobro respectivo.

 

Los ómnibus Mercedes Benz del “Expreso” tenían cambios eléctricos y se hacían con una palanquita pequeña que estaba en el árbol del timón que era grande y blanco, del mismo color que la manijita de plástico de la palanca: no había ruido alguno y solamente se notaba por los cambios de velocidad del vehículo; las puertas de entrada y salida (“la subida y la bajada”) eran operadas por el chofer y eran accionadas por un mecanismo neumático que emitía un “¡chisss!” característico.

 

Cuando uno iba a bajar, un par de cuadras antes del paradero, tiraba de un cordoncito que corría a los dos lados de la parte superior lateral del interior de la carrocería y hacía sonar una campana de aviso; los asientos eran “acolchados”, forrados en marroquín rojo, imitación cuero, que c el tiempo y el roce habían puesto brillante y más bien liso.

 

Recuerdo claramente que entre todos los cobradores que nosotros – usuarios habituales de la línea- conocíamos, había uno muy gordo, con el rostro rojizo y congestionado, era como LarryEL EXPRESO – uno de los Tres Chiflados– pero mucho más gordo, algo calvo, con el pelo un poco crecido, canoso, crespo, despeinado y llevaba en la cintura una bolsita de cuero donde tenía compartimentos para las diferentes denominaciones de moneda y el talonario de boletos; de una cuerdita pendía el aparatito para picar boletos e invalidarlos, haciéndoles un huequecito, lo que significaba que en efecto se había pagado; en realidad el perforador ese era un artilugio que llevaba el revisor, un personaje que podía subir en cualquier parte de la ruta a pedir los boletos que al ser mostrados, eran picados con el aparatito.

 

No me pregunten por qué el gordo cobrador lo tenía –tal vez esperaba “ascender” a revisor algún día- pero el asunto es que era parte de su indumentaria laboral (aunque no lo usara); mi amigo Lucho había venido observando que cada vez que el gordo bajaba para marcar un “reloj-controlador”, al subir de vuelta, golpeaba con una moneda el tubo pasamanos (¡cromado, el tubo!) y el ómnibus cerraba la puerta mientras arrancaba.

 

Pues bien, una vez, cuando el ómnibus estaba bastante lleno, sobreparó para que el cobrador bajara y apenas se acercó al “reloj-controlador”, Lucho golpeó tres veces con una moneda el tubo, el ómnibus cerró su puerta y arrancó; desde las ventanas veíamos al gordo correr gritando con una voz que no se no se oía porque las ventanas estaban cerradas a causa del frío, hasta que el bus lo dejó atrás, gesticulando y hasta ahora me lo imagino con el rostro híper congestionado y más colorado que nunca, furioso…

 

Por supuesto que nos reímos pero sin dar a conocer el motivo y lo único que recuerdo es que cuando nos volvió a tocar como cobrador, miraba insistente y desconfiado a ese grupo de muchachos de uniforme de colegio, con saco azul marino y pantalón gris que disimulaban conversando y echándole miradas furtivas…

 

Tengo también la anécdota de otro Lucho, uno que ya no está entre nosotros porque como suelo decir, cambió de barrio para ir al Barrio Eterno; en la cola del “Expreso” conversábamos esperando y Lucho se puso a enamorar “a la distancia a” una chica que estaba con dos amigas, las tres de uniforme escolar, un poco más allá, con frasecitas medio subidas de tono; de pronto escuchamos un “¡Lucho, qué te pasa…!” furioso: la chica, a la que él “enamoraba a distancia” era su hermana y a Lucho, al que se le habían roto los anteojos en el colegio, la miopía le jugaba una muy mala pasada… Dijo algo como para “barajarla”, lo fastidiamos mucho y tuvimos una anécdota más para el grupo: una de esas de los Luchos y una más de las que nos regalaba, casi a diario, el “Expreso” de Miraflores.

 

Imagen 1: cine Colón/ Wikipedia

CINE, CHOCOLATES, CARAMELOS…


CINE, CHOCOLATES, CARAMELOS

El chocolatero era una verdadera institución cuando íbamos al cine “Zenith” (sí, con “h”) de Barranco que tenía platea, lateral y cazuela; no recuerdo ahora si la entrada a platea era más cara o de menor precio que las de las dos laterales y sí que la cazuela era el recurso cuando estábamos “misios” y por nada queríamos perdernos la película que anunciaban: matinée y vermouth eran horarios apropiados para nosotros porque en la función de noche no se veía un solo chico…

 

No es que a la entrada no hubiera un mostradorcito-vitrina donde se exhibían chocolates, caramelos y no mucho más para acompañar la función, pero en el “Zenith” había un chocolatero…

 

El chocolatero llevaba colgada del cuello una caja-bandeja con tapa de vidrio que dejaba ver la variedad de dulces, que se levantaba para acceder a ellos, previa elección y por supuesto, pago de la golosina escogida.

 

Allí estaban las tabletas de chocolates “finos” con etiqueta azul o roja según fueran con pasas o de “pura leche”; no podían faltar los “Triángulos”, barra larga “de pura leche”  por supuesto triangular, con etiqueta roja y letras doradas o el humilde “Sublime” de leche con maní, en su envoltura baratona con letras azules; también había “toffees” (caramelos blandos), bolsitas de “Perdigones” que eran bolitas de chocolate mezclado con algo que podía ser trozos minúsculos de nuez y caramelo… ¡deliciosos! O si no, “Nougatines”, que eran pasas de uva negra bañadas en chocolate un poquito amargo (“semi bitter”, digamos) y que hacían que nos sintiéramos “suertudos” si nos tocaba un “Nougatin” de dos pasitas juntas.

Todo esto era de la marca D’Onofrio, que en el Perú significaba chocolates y en el verano… ¡helados!, que se vendían por las calles en carretillas amarillas, en verdad cajas refrigeradas que abrirse dejaban escapar “humito frío” y eran anunciadas con una corneta de sonido característico,  que el heladero, de saco blanco y kepí, soplaba; las carretillas podían ser manuales -para empujar- o triciclos que avanzaban haciendo sonar su reclamo veraniego…

 

A veces el chocolatero del cine (también con kepí) por iniciativa propia tenía “Salvavidas” (caramelos en forma de salvavidas precisamente), que venían en un paquete larguito y varios sabores; “Vrovi”, toffees delgaditos, todos unidos en una especie de bollito dentro de una envoltura de papel tipo periódico con una etiquetita roja que cerraba el paquete de forma piramidal.

 

Chicles no se vendían porque los asistentes (antiguas experiencias lo decían) podían pegar los chicles mascados (y ya sin ningún sabor) en la parte de abajo del asiento de las butacas. Si había suerte, tenía, y había plata para derrochar, podía aparecer un “Rolo” que era importado, de la marca inglesa MacIntosh, creo: chocolate relleno con cremoso toffee, que venía con cada pastilla separada  pero unida una tras otra en forma de tubo cuya envoltura era de papel con platina dorada y la cubierta exterior marrón “chocolate-oscuro” con letras rojas de borde dorado…

 

Éramos muy chicos y en esa época se podía fumar en los cines, entonces el chocolatero también ofrecía, pero “caleta” cigarrillos y los vendía… ¡impensable entonces! por unidad; claro, a nosotros no, pero de vez en cuando en la sala oscurecida con Tarzán, “el rey de los monos” en el ecran brillante, la lucecita instantánea de un fósforo que se encendía para hacerlo luego con un cigarrillo delataba la posición del chocolatero o identificaba a un fumador; el chocolatero vendía “Inca” que eran negros sin filtro –muy baratos- y para los que podían pagar más, los rubios nacionales “Country Club” o rubios importados “Chesterfield”  y si no me equivoco, todos eran sin filtro, el que vino después en los rubios importados “Kent” y “Salem”, este último, mentolado.

 

No recuerdo cuándo se prohibió fumar en los cines y quien quería hacerlo debía salir al foyer, que en el caso del “Zenith” era la entradita nomás, donde estaba la taquilla, el mostradorcito –vitrina con los dulces y afiches, promocionando las películas, en las paredes. En la pantalla, después del noticiero “UFA” y los “avances” de futuras películas, antes del film, se proyectaba un slide de vidrio pintado a mano que decía: “SE PROHIBE FUMAR EN LA SALA POR ORDEN MUNICIPAL. SI ALGUIEN LO HICIERA, SE SUSPENDERÁ LA FUNCIÓN. LA ADMINISTRACIÓN”; por supuesto los fumadores no le hacían ningún caso y de pronto lo que sucedía es que no sabían leer… Nunca se suspendió ninguna función de las que yo asistí y eso que el humo se veía si uno se fijaba en el haz de luz que iba del proyector al ecran.

 

Claro que en Barranco también estaban el “Cine Teatro Barranco” más “ficho”, donde había funciones matinales los domingos, el cine “Balta”, que tenía bancas de iglesia como asiento en la cazuela, el cine “Raymondi” y el “Paramount” que ponía seriales los domingos por la mañana y que después se modernizó totalmente, convirtiéndose en un sesentero cine “Premier”, con fachada de mármol gris.

 

Netflix puede estar destronando a los cines, pero nunca será igual la ceremonia cinemera con cola para entrar, chocolatero (el popcorn es un advenedizo que creo empezó en el cine “Roma”, bien lejos de Barranco), un olor que era mezcla de tabaco, “Kreso” líquido para desinfectar el baño y ese olor de los sueños que en blanco y negro o a colores después, poblaron nuestras tardes ociosas (en las vacaciones, por supuesto), que un sillón o la cama en casa, frente al televisor.

 

Imagen: http://www.youtube.com

 

SU AFEITADA DE MAÑANA… ¡ Y DE MUCHAS MAÑANAS!*


SU AFEITADA DE MAÑANA...

*Frase publicitaria creada por mí, hace muchos años, para hojas de  afeitar Schick.

 

Tengo una barba de miércoles; diría de mierda, pero no está bien que hable así de mi barba porque en realidad no es de eso sino de pelos (fibras de queratina) que fueron negro-castaño oscuro, luego grises y ahora son blancos; o sea que si me dejara la barba como hace cincuenta años, parecería Papá Noel.

 

Un día la presuntuosidad juvenil, la moda y las pocas ganas de afeitarme a diario porque la operación era larga considerando que la barba siempre me ha crecido mucho, rápido y desordenadamente: la máquina de afeitar pasaba varias veces por la cara en diferentes direcciones hasta lograr su cometido y dejarme la cara ardiendo después de una “vigorizadora” y torturante frotada con “loción para después del afeitado”.

 

Me dejé crecer la barba y no el bigote, porque pensaba que me iba a hacer cosquillas, era antihigiénico si me resfriaba y principalmente porque no se llegaba a unir con la parte de la barbilla, pareciendo un lápiz lacio y malaspectoso. La barba, además de omnidireccional me crece un poco crespa (herencia de mi madre – ¡los pelos no la barba, por favor!), fuerte, rápido y muy pronto me di cuenta de que el trabajo era doble, porque debía afeitarme a diario el bigote, las mejillas, el cuello y recortar dando y manteniendo la forma de la barba; resistí varios años, Alicia me conoció así y barbado yo, nos casamos, pero no recuerdo cuándo la desaparecí, me afeité y me dijeron que me había “quitado años de encima” (y fue la primera vez que sin decírmelo, me dijeron “viejo”).

 

El tema del afeitado hizo que primero usara las máquinas de afeitar “de seguridad” marca Gillette que se atornillaban y llevaban una hoja de afeitar delgadita, con dos filos opuestos; el color del empaque cambiaba mientras fuera mejor el acero de las hojas (o sea que las más caras “afeitaban mejor y duraban más”); probé con unas máquinas Schick de una hoja de un solo filo, pero supongo que por inhábil, me cortaba la cara y tenía que ponerme sobre las heriditas un pequeño pedazo de papel higiénico para que no sangraran; por supuesto que cuando me quitaba los trocitos de papel higiénico volvía a sangrar y terminaba con la cara punteada por diminutas costras.

 

El temido paso siguiente era echarme agua de colonia y aguantar el dolor-ardor-escozor que el alcohol producía, porque los cortecitos a medio cicatrizar eran como pequeñas bocas que absorbían la “refrescante” agua de colonia y enviaban a mi cerebro señales inequívocas de tortura;  traté también con afeitadoras eléctrica una marca Philips y otra Remington, pero mi barba siempre pudo más que ellas y ganó por walk over.

 

Aparecieron las máquinas descartables y el espíritu consumidor hizo que prefiriera desechar una máquina de afeitar barata, de plástico, con su hoja incorporada, aunque a la segunda o tercera afeitada pareciera que tuviera no una hoja, sino una calamina que me hacía chichirimico la cara; es verdad, las hojas eran de acero, de “acero templado”, con “baño de platino”, con “baño de iridio”, con “filos plastificados” luego fueron las desechables de dos hojas, las de tres hojas para finalmente,  ¿finalmente? llegar, por lógica pura, a las de 4 hojas.

 

Se supone que cada vez son más “seguras”, duran más y afeitan mejor pero no sé si mi barba es “muy especial” o qué cosa, porque tengo que seguir afeitándome con el máximo cuidado para no tasajearme la cara (y con 4 filos a la vez… ¡imagínense!); lo único que nunca probé usar por miedo a degollarme fue la navaja de barbero y cuando alguna vez me hice afeitar en una peluquería (de puro “mono”): verla brillar blandida en la mano del peluquero- barbero me hizo fruncir ya se imaginan qué.

 

Capítulo aparte son los jabones para afeitar, las brochas para hacer espuma y facilitar el afeitado, las espumas instantáneas en aerosol, las lociones y cremas para después del afeitado; son esos complementos sin los que según la publicidad “ninguna afeitada es completa”.

 

Afeitarse es una aventura que se desea fervientemente vivir cuando todavía no sale la barba, que se explora y ataca después con miedo, brío y cuidado; que con el tiempo aburre y que si uno no lo hace a diario -puede sentirse momentáneamente liberado-  le dirán luego que “se lo ve sucio”, preguntarán si está enfermo y si se deja barba lo tildarán de petulante o pensarán que es un artista…

 

Ahora veo mal, sufro como una Magdalena al afeitarme, trato de no cortarme pero me afeito a diario porque falta mucho para diciembre…

 

Imagen: http://www.1001consejos.com