EL ESPEJO


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La Navidad equivale a regalos, por lo menos para lo que un niño chico suele entender. Yo no he sido diferente a los otros niños y diciembre era una fiesta que iba in crescendo, primero con adornos que colgaban desde el gran espejo con perchas que estaba en la entrada de la casa, hasta en el alféizar de la ventana semicircular con vidrios de colores que daba a la terraza de abajo, también en la mesa de la sala y sobre la radio que estaba en la salita ; seguía con postales de felicitación que el cartero traía y que se reconocían porque los sobres siempre eran más grandes que los típicos usados para el correo “normal” y eran siempre blancos.

 

Era niño, pero sabía  que Papá Noel no era quien traía los regalos, sino que mis papás y hermanos me los hacían, sin que por eso mi entusiasmo se empañara un poquito; era una tradición familiar y en los cumpleaños, además de recibir obsequios de sus hermanos (y padres, por supuesto), el  celebrado les entregaba a ellos sendos regalos (pero no a los papás), lo que era un intercambio regalístico-fraterno que dejaba contentos a los tres hijos, satisfechos a los padres y felices a todos.

 

Claro, cuando uno es un niño, no tiene cómo comprar regalos y me las ingeniaba para escribir algo, con letra más bien  desmañada, poner un dibujito alusivo o pegar un pequeño motivo de Navidad recortado de alguna revista, en una cartulina que simulara una tarjeta. Hacer esto era parte del crescendo navideño, que por supuesto incluía adivinar y fisgonear para ver dónde estaban escondidos los regalos que me tocaban a mí…

 

Un año, en diciembre, operaron a mi padre y no hubo mucho ánimo decorativo ni pinístico, aunque mi madre armó el nacimiento como cada mes de diciembre. No sabía si iba a recibir regalos, pero me guardaba callado la esperanza de que sí y que la alteración evidente no tenía mucho que ver con ellos.

 

No preparé ninguna tarjeta y recuerdo claramente que a mi padre lo operaron el 23 y mi madre se “mudó” a la clínica para acompañarlo: dormiría allí, incluso. Estuvo un ratito en casa el 24 y sobre un sillón de la sala dejó unos paquetes; curioso yo, vi que tenían tarjetitas con mi nombre y los de Teté y Panchín.

 

Mi hermano no estaba en casa y mi hermana trajinaba arriba, en su cuarto. Yo, en mi curioseo, me di cuenta que había un paquete de regalo para cada uno de nosotros tres y me sentí un poco triste porque solamente tenía un regalo, mis papás no estarían para pasar la Navidad; claro, estaban Panchín y Teté, pero yo no tenía tarjetas-regalo para ellos, no había árbol, ni adornos en la casa y solamente estaba el encargo de mi madre de encender las velitas del nacimiento y “hacer nacer al Niño”, no muy tarde, para que yo no trasnochara…

 

Mi hermano regresó y como a las 10 de la noche nos juntamos los tres en el comedor para “cenar” algo (en ese tiempo el “panetón” no se conocía, o por lo menos no en casa) y un poco silenciosos fuimos luego frente al nacimiento, prendimos las velitas y rezamos, sobre todo por Manuel Enrique.

 

Nos abrazamos, me dieron cada uno un paquete envuelto en papel de colores y el de mis papás que estaba en el sillón; yo no tenía nada para ellos y creo que alguna lagrimita se me salió, pero ahora no sé si era de felicidad porque tenía tres regalos y no uno solo, o de tristeza porque mis papás no estaban  y yo no tenía tarjetas-regalo para darles a mis hermanos.

 

Antes de acostarme, después de haber abierto mis tres regalos, me dio un “no sé qué” y pensé que mi madre tampoco tendría mi tarjeta-regalo y me deslicé hasta su dormitorio, sin prender la luz  para no delatarme, fui hacia el ropero que estaba siempre sin llave y rebusqué hasta encontrar una cartera que tenía, en un bolsillo con cierre, lo que había ido a buscar: un espejito.

 

Me lo llevé en el bolsillo y en mi cuarto, con algo del papel de los regalos lo envolví y escribí en un papelito “FELIZ NAVIDAD, PARA MAMY DE MANOLO”. Lo escondí para entregárselo a Tony (o sea a mi mamá) cuando volviera de la clínica y sorprenderla.

 

L único posterior que recuerdo es habérselo dado y que ella me besó, abrió el paquetito mal hecho, sacó el espejito, se miró los ojos en él diciéndome: “¡Gracias hijo…! ¡ ¡Es lo que yo siempre quise!”. Sonreí seguramente y nunca mencioné que el espejo era suyo, que lo había sacado de su cartera y ella no lo echó de menos, aunque en realidad sé que lo supo al abrir el envoltorio, pero su cariño hizo que no me dijera nada.

 

Imagen:  www.eurostyle.com

DE NÚMEROS Y VERDURAS


DE NUMEROS Y VERDURAS

Nunca me gustaron las matemáticas ni las verduras y mi padre, ingeniero, sufrió mi desamor por los números al tratar de explicarme lo que para mí eran misterios insondables y tan atractivos como una coliflor; mi madre fue la que descubrió primero que a su hijo menor le importaba más lo estético que lo correcto, un día en que la monja profesora la llamó al colegio para decirle que yo era muy formal y obediente, pero que no se explicaba de qué manera llegaba al resultado de las divisiones que hacía en mi cuaderno porque estaban ordenadas, limpiecitas, pero los números que haciendo la figura de un cono invertido ponía en la parte izquierda, no tenían nada que ver con el resultado que lucía a la derecha, bajo el signo de división.

 

Mi madre, en casa, me hizo la pregunta y yo le confesé que inventaba los números, pero eso sí, se veían muy bien…

 

Lo de las verduras fue aversión a primer sabor, creo, porque ni disfrazadas con la imaginación de doña Victoria, cocinera experta que llegaba a la casa a las 9.00 am y se iba a las 6.00 yo las comí nunca; a lo sumo probaba el disfraz y mis papilas gustativas encendían todas la alarmas, lo que hacía que me negara a comer.

 

De nada valieron amenazas, ruegos, premios o castigos porque algo en mí rechazaba lechugas, vainitas, brócoli, zanahoria, arvejas, espinaca, acelga, espárragos verdes, col, coliflor, berenjenas, beterraga, nabos, pepino, camote…

 

Sin embargo comía (y como) papa, tomate y palta. Hoy, tal vez un médico daría con la razón de lo que para mí ha sido siempre normal y que conste que respeto a los verdurófilos aunque pienso que los veganos son una especie de extremistas, pero yo, con las verduras… ¡Nada!

 

A mis 72 años sigo sin entender el amor por las matemáticas y opino que “¿Lechuga? ¡Para el canario!”

 

Imagen: emojiterra.com

 

 

 

EL MADRID DE MIS CINCO AÑOS


EL MADRID DE MIS CINCO AÑOS

Cuando yo era chico, Madrid era una caja de discos de 78 rpm que tenía mi madre de esa “revista lírico-cómica, fantástico-callejera en un acto” llamada “La Gran Vía”  que en la tapa mostraba el dibujo a un señor con monóculo y creo que sombrero de copa negro (como el “clac” que guardaba mi padre en el ropero); claro que fue tiempo después que supe que el sombrero se llamaba así, no porque fuera un recipiente para tomar vino y que el del ropero tenía ese nombre por el sonido que hacía al desplegarse, porque se achataba para que no ocupara espacio.

 

Monóculo me parecía entonces un nombre gracioso para eso que se ponía delante de un ojo, como una especie de la mitad de unos anteojos y que se sostenía casi mágicamente en la cara…

 

Madrid era esos discos, el señor con monóculo y sombrero de copa y yo tenía unos cinco años; sentado en el suelo de la sala, a los pies de mi madre que estaba sentada en un sillón, la acompañaba a oír música, donde lo clásico predominaba pero intervalos como “La Gran Vía”, “Luisa Fernanda”, “La del soto del parral” y algunos otros que no guarda sus nombres mi memoria, eran frecuentes y bienvenidos por mí –que prefería las canciones cuya letra entendía, aunque muchas palabras fueran todavía una incógnita -.

 

Así imaginé un Madrid con sombrero de copa, elegante, musical y alegre. “Mi” Madrid no era la capital de España sino esa Gran Vía que yo fantaseaba como una avenida ancha por donde se paseaban “los ratas” y el “caballero de gracia” – que no sabía bien quién o cómo era- pero sí que tenía una imagen “señorial” (otra palabra rara para los 5 años) y jovial, como él mismo se definía (palabra que lo hacía “joven” en mis cavilaciones musicales de entonces)…

 

Escribo esto porque hace unos días estuvieron viniendo a mi memoria las canciones que escuchaba con María Antonieta y ahora lo cuento como una especie de homenaje atrasado a su cumpleaños, que era el 26 de junio; el homenaje agradecido de este hijo de 72 años al que cuando tenía 5 su madre le descubrió la música, las palabras sonoras (que a veces no entendía), el queque que ahora llaman “marmoleado” y que en esa época era simplemente un “dos colores” y… Madrid.

 

Imagen: http://www.dntstopmadrid.com

LAS DULCERAS DE TONY


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Quedan cinco y seguramente fueron una docena; las siete restantes tal vez se rompieron o se perdieron en uno de los múltiples viajes del peregrinar que llevó a Tony y a Manuel Enrique por el territorio nacional o quizá el anillo de plata que tenían y abrazaba la parte inferior, fue motivo para que alguien decidiera llevárselas una a una.

 

Fueron “las dulceras de Tony”, hechas en vidrio transparente, grueso, con sencillas ornamentaciones y el anillo de plata de la base que falta en las que quedan…; recuerdo muy bien lo del anillo porque solamente una lo conservaba (las otras lo perdieron porque se despegó, supongo) y curiosamente aún queda la coloración del pegamento original, que no sale por más que se lave y se frote: es como si una huella de tinte, una especie de sombra indicase que allí hubo algo.

 

Si estoy en lo cierto y por el tipo de objetos, deben haber sido un regalo de matrimonio que les alguien les hiciera allá por 1931; un regalo que viajó, que se usó, que “perdió prestancia” (pero no utilidad) y que de a pocos desapareció hasta “descompletar” el juego, como se dice; claro que lo más seguro es que todo esto no tenga mucho interés para el que lea mi historia, pero “las dulceras de Tony” acompañaron mi infancia, adolescencia y juventud para luego que ella falleciera, quedaran aquí en casa, como herencia y recuerdo de mazamorras moradas con guindones, pasas y membrillo; arroz con leche y arroz “zambito” memorables, con su clavo de olor y espolvoreados de canela; cremas de chirimoya deliciosas y realmente dulces o fresas en compota que eran un verdadero premio.

 

Ahora, esas cinco dulceras albergan gelatinas, alguna mazamorra morada de sobre y pudín de chocolate o vainilla también de sobre: no es que nos esmeremos mucho en los postres, pero las dulceras –sin su anillo de plata- siguen en uso y cuando necesitamos más, porque hay invitados, echamos mano de “las otras”, que también fueron de Tony, pero no tienen ninguna particularidad porque seguramente fueron compradas “para el diario” en la locería de Barranco,  que quedaba en la avenida Grau.

 

Tony dejó al irse gran cantidad de vajilla que se repartió entre los tres hermanos; de lo que Alicia y yo recibimos, parte la tiene nuestra hija Alicia y en casa guardamos lo de Paloma y entre lo poco que conservamos para nosotros, están esas dulceras y unos vasitos de cóctel, que están guardados porque nadie por aquí toma ni hace los cócteles que preparaba mi padre: algarrobina y “Biblia”, que constituían sus “agasajos alcohólicos”; nostalgia de tiempos idos, de eso que trae sonrisas y la impaciencia de la espera por terminar una comida para “entrarle” al postre, o el prolegómeno de un cóctel el domingo al almuerzo, antes de una palta rellena con pollo y unos humeantes tallarines a la boloñesa con harto queso parmesano rallado.

 

 

 

 

 

ÁRBOL GENEALÓGICO


'ARBOL GENEALÓGICO

La genealogía no solo no es mi fuerte sino que para mí siempre ha sido algo tedioso aunque comprendo que para muchos puede ser una aventura eso de recorrer “hasta sus últimas consecuencias” las uniones y derivaciones que forman la familia, esa, que como “célula de la sociedad” es  todo un celulario casi inconmensurable; tengo primos y amigos a los que les fascina adentrarse en las ramas de esa planta gigante y hallar curiosidades como un tataratío millonario o un ancestro pirata.

 

Mi primo Pancho es de esos y su curiosidad lo fue llevando (según confiesa) de apuntar en una libretita ciertos datos a crear un árbol genealógico que llevaba a mi casa, hecho en la parte de atrás de planos que no usaba (Pancho es ingeniero) pegados con cinta adhesiva para formar un rollo kilométrico donde los nietos sucedían a los hijos, los hijos a los padres, estos a los abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y choznos con ramificaciones a los tíos, primos, sobrinos y vete tú a saber que personajes más de la nomenclatura familiogenealógica; el rollo que traía a mi casa viajaba instalado en el compartimento que está detrás del asiento posterior del VW modelo escarabajo y Pancho tenía uno de esos, verde, si no me equivoco.

 

Un mal día le robaron el carro con árbol genealógico más y no recuperó nunca ni el uno ni lo otro; pero Pancho es trejo y volvió a la brega…

 

Supongo que ahora fue un poco más sencillo –aunque igual de trabajoso- ir anotando y estableciendo conexiones, por la práctica que ya tenía y la colaboración de muchísimos parientes Gómez de la Torre (porque este es el apellido  “arbóreamente investigado”) que sumaron los datos familiares que poseían.

 

Todo este prolegómeno es para contar que el martes 16, Pancho me invitó para almorzar con “los primos” y feliz acepté porque de vez en cuando es bueno que uno salga y socialice; de los que me nombró e irían, además de Pancho, conocía exactamente a cuatro y uno de ellos no fue; el en el carro de Pancho (que es ahora un Fiat) fuimos por Juan Francisco, hijo de Pancho ( hay multitud de Panchos en la familia, en honor de Francisco, el abuelo), hermano de mi madre, primo más o menos 12 años mayor y de allí tras los reconocimientos y efusiones propios de la ocasión que se daban después de unos cinco o seis años de no vernos, enrumbamos al lugar del almuerzo.

 

Mi primo Juan Francisco usa bastón y ve poco; yo camino rengueando, ayudado, veo mal y Pancho, fresco con sus 69 primaveras es un guía-chofer-guardián-amigo-primo-apoyo ayudador; pero ahí vamos a encontrarnos con más canas y calvas, para abrazar a todos (si se puede abrazarlos) a estos primos que esperan en el chifa (comida china) del club Regatas Lima, frente al mar (“mirando al mar de arriba” diré mejor, porque si no me equivoco estamos en un 4° piso); Pancho y Juan Francisco son mis primos hermanos y los que están allí, en principio son lo que se llama “primos segundos”, hijos de primos o primas de los padres de Juan Francisco, de Pancho y de mi madre.

JUAN FRANCISCO GT

 

Allí hay un ex marino, un administrador pero los ingenieros ganan por goleada; salvo Tony (el ex marino),  yo, que tenemos la misma edad y Pancho, el menorcito, los demás primos superan los ochenta años cada uno.

PANCHO GT

 

Las anécdotas vuelan, las historias se alargan y el “mi mamá que hablaba siempre de la tuya” se vuelve casi un tópico; desfilan personajes y nombres conocidos, queridos o escuchados por ese recordar que viaja a sitios diferentes, que evoca coincidencias, que visita pasados; todos somos amigos, somos primos, parientes y llevamos el “Gómez de la Torre” con el orgullo de esos que se saben pertenecientes a la Historia, esa que a veces está en los libros y otras en lo que siempre nos creímos que era una leyenda.

CON TONY GT

 

 

Imagen: http://www.imagui.com

Fotografías de la reunión (ya se habían ido dos primos).