PARA ESCUCHAR EN UNA TARDE DE DOMINGO…


RAY CONNIFF NOS LLEVA A LOS SETENTAS…

 

 

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LOS NIÑOS CANTORES DE


los niÑos cantores de

Soy católico y creo verdaderamente que hay que dar gracias a Dios por su bondad que nos permite seguir viviendo, equivocarnos, meter la pata y que Él nos ayude a salir de apuros; creo que es loable sobre todo porque “nos deja ser” y es esa libertad la que nos ayuda para que asumamos responsabilidades y sepamos íntimamente cuando obramos bien o no lo hacemos así.

 

Creo que hay que alabar a Dios y si para “facilidad” de estos bípedos pensantes se programan momentos y fechas específicamente para hacerlo, se destinan lugares y se alienta las reuniones numerosas para alabarle en forma conjunta, el reconocimiento personal, “in pectore”, tiene el valor de la comunicación entre dos seres que podrán decirme que las catarsis multitudinarias superan, pero –perdónenme- no lo pienso así.

 

Y toda esta introducción viene a propósito, porque el domingo, a las diez de la mañana un grupo de niños y niñas que si no es numeroso sí hace el esfuerzo de sonar como si lo fuera, arranca a cantar canciones de alabanza a Dios, en algún departamento situado en uno de los edificios de esta etapa del condominio; cantan fuerte, supongo que sin saber que Dios todo lo oye y no es necesario que levanten tanto la voz.

Claro, es domingo, son ya las diez de la mañana y nadie se debería quejar de que no le dejen dormir, pero pienso en los departamentos que están pared de por medio con este lugar alabatorio que quién sabe en qué edificio estará, pero si aquí suena como si los cantores estuvieran frente a mi ventana…; no me parece que la fe de nadie ni sus creencias deban incomodar a alguien por el modo de manifestarse y finalmente todas las religiones que conozco, tienen lugares destinados al culto masivo, a la alabanza grupal de quien en verdad es un Dios único aunque tenga distintos nombres y haya quienes se sientan sus exclusivos poseedores.

 

Cantar alabanzas a Dios está perfecto, hacerlo en grupo, más, pero ¿no sería bueno que tuvieran un lugar aparente para hacerlo en grupo? A Dios se le alaba en cualquier parte, pero repito que Él oye hasta los pensamientos, entonces ¿¡Por qué…!?  ¿¡Por qué…!? ¿¡Por qué…!?

Imagen: http://www.atades.com

EL HOMBRE QUE SILBABA


 

 

Leí un artículo en un diario que me trajo de inmediato el recuerdo del hombre, sin piernas, que en una pequeña plataforma con rodajes a modo de ruedas, solicitaba la ayuda de los ocupantes de los automóviles en la avenida Wilson allá por los años setenta. Con habilidad se desplazaba por la vereda y recogía las monedas que le daban, extendiendo una lata. Para llamar la atención, silbaba. Lo hacia fuerte y melodiosamente. No era ninguna tonada específica, sino una larga sucesión de sonidos. Cuando el semáforo se ponía en rojo para los coches, él silbaba y haciéndolo, iba recogiendo las monedas que guardaba apenas el tránsito empezaba a moverse.  Al siguiente cambio de luz volvía a repetir la acción y así estaba todo el día. Muchas veces lo vi y puse monedas en su lata. Contaban que hacia la tarde-noche lo recogía un auto, lo ayudaban a subir para llevarlo al lugar donde vivía y regresarlo, a la mañana siguiente, muy temprano. Según algunos era un taxi el que lo transportaba. Según otros, el mendigo era millonario y lo recogía su automóvil particular con chofer y ayudante. Desapareció durante un tiempo y cuando volvió, vinieron las historias contadas por voces anónimas, que decían que había estado de vacaciones en Europa, porque claro, era millonario gracias a las limosnas que recibía y se daba sus gustos…

Nunca creí en esas historias y pensé cada vez que lo veía, lo duro que debía ser no tener piernas, vivir de la caridad pública y estar un día tras otro realizando el ejercicio de ir y volver por un pedazo de cuadra, impulsándose con las manos miles de veces, no poder enfermarse, soportar la garúa limeña del invierno y el sol veraniego. Duro de verdad, porque aún si tuviera dinero, este no le servía de nada, pues su condición de minusválido no varió hasta que dejé de verlo. No sé si cambió mi vida y la ruta que seguía diariamente o él falleció. Tiempo después los mismos comentarios anónimos explicaban su ausencia por un cambio de destino a una ciudad europea, donde el dinero ganado le pagaba cuidados y placeres.

Fue una leyenda urbana, que tuvo vigencia y se esparció en una época más inocente desde mi punto de vista. Una leyenda urbana como aquellas que hoy pueblan Internet y abarrotan los correos con llamados de precaución y castigos de hecatombes si no se hace caso y se difunden.

He pensado de nuevo en aquél hombre cuya mitad inferior era una plataforma con rodajes, que silbaba, decían también que gracias a un botón introducido en la boca y con ello llamaba la atención para reunir unas monedas que la caridad le daba. He pensado que el silbido que a veces es despreocupado y alegre, era su forma de ganarse la vida. Una vida, que aunque fueran verdad las habladurías sobre su riqueza, era una media vida, dependiente siempre de otros, a merced de que los demás quisieran.

Este recuerdo me ha suscitado el artículo periodístico sobre un mendigo, sin brazos y mudo, que irrumpe en la ventanilla de los autos que esperan el cambio de luz en una calle del centro de Lima.

Pienso en los miles de seres que hacen cualquier cosa con tal de comer y los que se aprovechan de la conmiseración humana, fingiendo lo que no son o explotando aquello que los hace diferentes. Y he pensado que la frase “El infierno es el otro” de Jean Paul Sartre es absolutamente válida.