EL CABALLO


EL CABALLO

Puede  ser posible que un departamento de este condominio tengan un caballo, lo alojen en alguna cuadra fuera del recinto y que el dueño sea aficionado a la crianza y a las carreras de estos animales (a propósito nunca entendí porque el más popular “datero”, antiguamente, un periodiquito especializado, se llamaba “Estudie su polla”, cosa que para los hombres españoles significaría “mirársela con detenimiento”, además de que las pollas (aves) no tienen nada que ver con los caballos, salvo que se trate de las crías de los  “guardacaballos”, unos pájaros de color negro que rondan los lugares por donde los equinos andan).

 

He preferido poner punto aparte porque la digresión ha sido larga y lo más probable es que el lector se haya perdido; decía que es posible que aquí en el condominio alguien o más de uno, sea aficionado al turf y tenga ejemplares propios que compiten, pero resulta que en el segundo piso, justo encima del departamento donde vivo y sobre mi habitación, se aloja un caballo.

 

Lo digo porque el ruido que provoca con sus carreras (que deben ser cortas, porque si la habitación es como la mía, no es muy grande que digamos) o  cuando va a paso lento: “¡clop-clop-clop-clop!” es un poco insoportable,  pero de pronto, como el espacio es reducido lo que tienen arriba es un “pony”, pequeño caballito que podría acomodarse mejor; lo que pasa es que no he oído relincho alguno y –o se trata de educación- o el animal es mudo.

 

Ahora que pensándolo bien y reflexionando un poco podría tratarse de un niño que corre, juega, salta –y sí- trota; la pista puede darla algo que suena a veces al rebote de una pelota más bien dura (una bola de goma, diría) y su rodar por el piso de la habitación que queda inmediatamente encima de mi cuarto.

 

Tal vez el enigma no sea tal, no exista caballo alguno y la bulla provenga de un humano pequeño que, como está haciendo frío, no tiene permitido salir al parque, se aburre y se entretiene a costa del vecino, que soy yo.

 

Imagen: http://www.dibujoswiki.com

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EL SOPLISTA


EL SOPLISTA

O sea, el que sopla.

Por ejemplo, un trombón se sopla, un saxo se sopla, un clarinete también, lo mismo que una flauta; se soplan los instrumentos de viento para producir sonidos que son modulados por las llaves o por los dedos: sonidos que se convierten en música.

 

Afuera hay un soplista: un chico que sopla en una quena    – que es una flauta vertical de madera hueca, de caña o de hueso, originaria de los Andes- y parece no saber nada más que soplar, porque los agujeritos que se tapan y destapan sucesivamente con los dedos para producir notas (y música), están de puro adorno.

 

Supongo que todo músico ha empezado por probar el instrumento de su elección hasta, con el tiempo, dominarlo y tal vez fuera hay un músico en ciernes, un quenista ilustre, pero que por ahora es soplista nada más; la quena suena en sus manos como una especie de pito, tocando una sola nota – siempre la misma- tanto que dan ganas y decirle que si tapa los agujeritos uno por uno, obtendrá una especie de silbido distinto cada vez, pero ese es solo un pensamiento.

 

El sonido me recuerda al afilador de cuchillos y tijeras de mi infancia que pasaba por la calle Ayacucho en Barranco, soplando para decir que estaba ahí, un caramillo o flauta de Pan –de plástico por supuesto- monótonamente, soplando nada más y pasándose por los labios el instrumento ascendiendo y descendiendo por la escala musical una y otra vez, interminablemente:

Fuuuuuiiiiiii-fuuuuaaaaa-fuuuuiiiiii-fuuuuuaaaaa-fuuuuuiiiii-fuuuuaaaa…”; claro, era monótono, pero el afilador producía varias notas, por supuesto en secuencia, pero la misma secuencia siempre: para delante y para atrás.

 

El soplista del condominio está silencioso ahora, se me ocurre que se ha ido a almorzar y que la quena la lleva y la trae porque es en el colegio donde le deben estar enseñándole a usarla, pero por lo que escucho hace varios días, sin mucho éxito.

 

Si un flautista (además de economista, pianista y otras cosas más) llegó a ser presidente de la república del Perú, no veo por qué este soplista no puede ser en un futuro, digamos, astronauta.

 

Imagen: ebay.com

  

 

 

LOS NIÑOS CANTORES DE


los niÑos cantores de

Soy católico y creo verdaderamente que hay que dar gracias a Dios por su bondad que nos permite seguir viviendo, equivocarnos, meter la pata y que Él nos ayude a salir de apuros; creo que es loable sobre todo porque “nos deja ser” y es esa libertad la que nos ayuda para que asumamos responsabilidades y sepamos íntimamente cuando obramos bien o no lo hacemos así.

 

Creo que hay que alabar a Dios y si para “facilidad” de estos bípedos pensantes se programan momentos y fechas específicamente para hacerlo, se destinan lugares y se alienta las reuniones numerosas para alabarle en forma conjunta, el reconocimiento personal, “in pectore”, tiene el valor de la comunicación entre dos seres que podrán decirme que las catarsis multitudinarias superan, pero –perdónenme- no lo pienso así.

 

Y toda esta introducción viene a propósito, porque el domingo, a las diez de la mañana un grupo de niños y niñas que si no es numeroso sí hace el esfuerzo de sonar como si lo fuera, arranca a cantar canciones de alabanza a Dios, en algún departamento situado en uno de los edificios de esta etapa del condominio; cantan fuerte, supongo que sin saber que Dios todo lo oye y no es necesario que levanten tanto la voz.

Claro, es domingo, son ya las diez de la mañana y nadie se debería quejar de que no le dejen dormir, pero pienso en los departamentos que están pared de por medio con este lugar alabatorio que quién sabe en qué edificio estará, pero si aquí suena como si los cantores estuvieran frente a mi ventana…; no me parece que la fe de nadie ni sus creencias deban incomodar a alguien por el modo de manifestarse y finalmente todas las religiones que conozco, tienen lugares destinados al culto masivo, a la alabanza grupal de quien en verdad es un Dios único aunque tenga distintos nombres y haya quienes se sientan sus exclusivos poseedores.

 

Cantar alabanzas a Dios está perfecto, hacerlo en grupo, más, pero ¿no sería bueno que tuvieran un lugar aparente para hacerlo en grupo? A Dios se le alaba en cualquier parte, pero repito que Él oye hasta los pensamientos, entonces ¿¡Por qué…!?  ¿¡Por qué…!? ¿¡Por qué…!?

Imagen: http://www.atades.com

EL HOMBRE QUE SILBABA


 

 

Leí un artículo en un diario que me trajo de inmediato el recuerdo del hombre, sin piernas, que en una pequeña plataforma con rodajes a modo de ruedas, solicitaba la ayuda de los ocupantes de los automóviles en la avenida Wilson allá por los años setenta. Con habilidad se desplazaba por la vereda y recogía las monedas que le daban, extendiendo una lata. Para llamar la atención, silbaba. Lo hacia fuerte y melodiosamente. No era ninguna tonada específica, sino una larga sucesión de sonidos. Cuando el semáforo se ponía en rojo para los coches, él silbaba y haciéndolo, iba recogiendo las monedas que guardaba apenas el tránsito empezaba a moverse.  Al siguiente cambio de luz volvía a repetir la acción y así estaba todo el día. Muchas veces lo vi y puse monedas en su lata. Contaban que hacia la tarde-noche lo recogía un auto, lo ayudaban a subir para llevarlo al lugar donde vivía y regresarlo, a la mañana siguiente, muy temprano. Según algunos era un taxi el que lo transportaba. Según otros, el mendigo era millonario y lo recogía su automóvil particular con chofer y ayudante. Desapareció durante un tiempo y cuando volvió, vinieron las historias contadas por voces anónimas, que decían que había estado de vacaciones en Europa, porque claro, era millonario gracias a las limosnas que recibía y se daba sus gustos…

Nunca creí en esas historias y pensé cada vez que lo veía, lo duro que debía ser no tener piernas, vivir de la caridad pública y estar un día tras otro realizando el ejercicio de ir y volver por un pedazo de cuadra, impulsándose con las manos miles de veces, no poder enfermarse, soportar la garúa limeña del invierno y el sol veraniego. Duro de verdad, porque aún si tuviera dinero, este no le servía de nada, pues su condición de minusválido no varió hasta que dejé de verlo. No sé si cambió mi vida y la ruta que seguía diariamente o él falleció. Tiempo después los mismos comentarios anónimos explicaban su ausencia por un cambio de destino a una ciudad europea, donde el dinero ganado le pagaba cuidados y placeres.

Fue una leyenda urbana, que tuvo vigencia y se esparció en una época más inocente desde mi punto de vista. Una leyenda urbana como aquellas que hoy pueblan Internet y abarrotan los correos con llamados de precaución y castigos de hecatombes si no se hace caso y se difunden.

He pensado de nuevo en aquél hombre cuya mitad inferior era una plataforma con rodajes, que silbaba, decían también que gracias a un botón introducido en la boca y con ello llamaba la atención para reunir unas monedas que la caridad le daba. He pensado que el silbido que a veces es despreocupado y alegre, era su forma de ganarse la vida. Una vida, que aunque fueran verdad las habladurías sobre su riqueza, era una media vida, dependiente siempre de otros, a merced de que los demás quisieran.

Este recuerdo me ha suscitado el artículo periodístico sobre un mendigo, sin brazos y mudo, que irrumpe en la ventanilla de los autos que esperan el cambio de luz en una calle del centro de Lima.

Pienso en los miles de seres que hacen cualquier cosa con tal de comer y los que se aprovechan de la conmiseración humana, fingiendo lo que no son o explotando aquello que los hace diferentes. Y he pensado que la frase “El infierno es el otro” de Jean Paul Sartre es absolutamente válida.