DE LA PERSONALIDAD, DEFINIDA EN UNA PALABRA


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Se llamaba Fe y desde niña tuvo una manera de ser que llamaríamos perversa: les quitaba las alas a las mariposas que lograba atrapar,  amarraba latas a la cola del perro, que se asustaba y corría haciendo un estruendo terrible o “jugaba” viendo los desesperados intentos por escapar de la muerte, de dos moscas que estaban atrapadas en un frasco de vidrio con una araña.

 

Salvo sus padres, que le celebraban las “ocurrencias” el resto de la familia no la miraba con buenos ojos y les parecía que el comportamiento de la niña no era muy normal que digamos, hasta que la abuela resumió todo con una sola palabra, llamándola “mala”.

 

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EL CORREO DEL ZAR


 

Su abuelo, que era un viejo muy leído, le decía “El correo del Zar”, porque el chico tenía la manía de contárselo todo a su padre, siempre como una acusación. Así, don Miguel no podía ir a comer las galletas dulces con que se premiaba de tarde en tarde, sin que Miguelito o Micky lo espiara y después le dijera a su papá, a mitad de la comida, que el abuelo había estado robándose las galletas del frasco de tapa verde, desatando miradas de reprobación y el eterno “Papá, no puedes por tu diabetes…” además de una pequeña charla de su nuera, sobre lo mal que hacía el azúcar que tenían las galletas y los carbohidratos vacíos, que para cualquier organismo eran innecesarios pero para el suyo eran verdadero veneno; que el glaucoma era su destino si seguía así y que por gusto le preparaba las ensaladas especiales que, decía, solo eran para él…

 

 

Miguelito estaba atento e intervenía: “Es que yo cuido al abuelo, porque es mi abuelo y nos llamamos igual…”; la madre sonreía tierna y estiraba su brazo hacia él, por sobre la mesa, mientras el papá meneaba la cabeza y se levantaba para salir al patio y fumarse el cigarrillo de costumbre, el que el café final pedía…

 

Micky sonreía, la mamá sonreía y don Miguel callaba, maldiciendo en silencio a la diabetes, a la vejez, a la sordera que le impedía escuchar y darse cuenta de los pasitos sigilosos de su nieto, que andaba detrás de él “para cuidarlo”.

 

El apodo se lo dijo una vez y Miguel chico no lo entendió, el padre tampoco y su nuera recordó vagamente que algo había leído, una novela de un tal Verde, creía que era una en la que el personaje se apellidaba Strogonoff, como el lomo ése tan rico, o algo así…

 

Cuando no eran las galletas, Micky esperaba que su abuelo entrara al baño y denunciaba: “El abuelo estuvo como dos horas en el baño…” o miraba cómo dormía la siesta, para ir donde su madre a decirle que don Miguel se dormía en la sala, haciendo como si leyera el periódico, después del almuerzo y roncaba…

 

Pasaron los años, el abuelo quedó ciego y completamente sordo, al papá de Micky se lo llevó un cáncer al pulmón y el que fue niño, nunca dejó de acusar al viejo, pues siguió fiel a su apodo, secreteándole a su mamá sobre lo poco que don Miguel hacía y cómo era un cochino que no se dejaba bañar por ella como intentaba y la carga pesada que tenían que soportar cuidándolo y vigilando que no comiera porquerías y tomara sus pastillas…

 

Nada decía Miguel nieto acerca de que vivían gracias a la pensión del abuelo, porque su padre solamente dejó deudas; y que “a él no se le iba a ocurrir desperdiciar su talento en un trabajo cualquiera”, sobre todo si sabía que un día le ofrecerían algo digno de lo que había aprendido en el pre-universitario, que abandonó porque no era gente de su nivel la que iba allí; nada decía la madre, salvo “Yo se lo decía…”, refiriéndose a la ceguera de don Miguel, fruto de la diabetes, porque todo era cuidados, mimos y contemplaciones  para con Micky, que ya era un Miguelón creído, ocioso y engreído.

 

Cuando llegó el sobre con la carta notarial que notificaba del embargo de la casa, hecho por el padre difunto para meter el dinero en un negocio “seguro”, que resultó ser una estafa y de lo cual no dijo nada, madre e hijo, mudos, miraron al unísono al abuelo ciego pensando en que su dinero sería la solución y Miguel, Miguelito, Miguelón,  fue por el frasco de galletas, mientras la madre asentía, sin saber ambos que don Miguel que parecía dormir después del almuerzo y sin periódico que disimulara, estaba realmente dormido y para siempre.

 

Manolo.

 

 

DE LAS COSAS RARAS QUE SUCEDEN EN EL CIELO


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Era un día tranquilo y de pronto empezó a llover: venga a caer agua, tanta que parecía el diluvio universal. Las noticias, de inmediato, dieron cuenta de este fenómeno, que sucedía en todo el planeta, sin importar que fuera de día o de noche, sin importar cambios horarios ni estaciones vigentes en la zona. Fueron dos días de constante y tupido aguacero.

 

Lo que había pasado es que en el cielo decidieron exprimir las nubes, que estaban cargaditas de agua, para después ponerlas a secar al sol, que obedeciendo órdenes superiores, salió a brillar.

 

Imagen: sp.depositphotos.com

RADIO VERANO


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Hasta hace cerca de cuarenta años, todos los veranos iba a la playa, pero tal vez la época que más recuerdo es la de mi adolescencia, en la que el verano significaba la playa “La Herradura”, con su malecón, con “Las Gaviotas”, el único edificio playero de departamentos  del que yo supe por mucho tiempo, el antiguo y famoso bar “El Nacional” con su rokola muicaly por supuesto la arena y el maravilloso mar.

 

En la playa, mientras tomábamos el sol, prolegómeno obligado antes de una zambullida, había música, que nunca supe (ni me interesó saber) de dónde venía y que seguramente era transmitida a través de parlantes. Para mí, era tan natural como el sol, el mar y la arena que hacían de “La Herradura”, LA PLAYA, tan distinta a la cercana y populosa “Agua Dulce” o al también cercano y familiar “Establecimiento Municipal  de baños de Barranco”, con su pérgola, orquesta dominical, mesas, funicular  y playa de piedras…

 

La Cajita de Música” era el programa que conducía el disc-jockey Emilio Peláez Rioja y que forma parte integrante, indesligable, de esos veranos memorables, donde las preocupaciones se reducían a lo que habría en casa para almorzar y que hubieran tapado el plato con la comida, para que conservara un poco de calorcito (ni se soñaba entonces con el horno de microondas).

 

Verano, sol, playa y música… ¿Se puede pedir más?

 

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CALIENTASIENTOS


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Está ocurriendo que en la mayor parte del mundo, una generación de calientasientos florece. Generación además de mirapantallas, de apretabotones y de tundeteclas.

 

Todos estos nombrecitos definen a una generación poco móvil, amante de la molicie, del mínimo esfuerzo y del desgano.

 

Horas frente al televisor (que mientras más grande más “neat”), mando a distancia para no levantarse ni para apagar el aparato, concentración absoluta  – con el riesgo de correr accidentes como un atropello, un choque o una caída- al teléfono celular que se tiene en la mano mientras se camina o que se usa en el automóvil aunque se esté manejando se han vuelto algo común, además de no intentar saber el por qué sucede algo sino que basta apretar el botón indicado para que suceda eso que no se sabe cómo y porqué ocurre, siendo la respuesta más corriente -y lógica, en la “lógica” de un apretabotones:     “porque apreté el botón”.

 

De pronto esto que digo resulta chocante, pero es que yo vengo de una época en que no había o era incipiente, ese “ocio tecnológico” que ahora existe y ahorra esfuerzo, movimiento y trabajo, dejando en teoría espacio para que uno se ocupe de cosas realmente valiosas, espacio que solemos dedicar al entretenimiento y distracción, a ese “pasar el tiempo” con el que llenamos las “horas muertas” que cada vez son más.

Un ejemplo simplísimo es el de los relojes: cuando eran de arena, había que darles vuelta para que el contenido, pasando de un lado a otro, marcara un tiempo determinado. Si el reloj era solar, había que saber leer su indicación, si es que el sol era propicio. Luego vinieron relojes donde el agua era el elemento principal de medición, y hasta ahí saber la hora implicaba cálculo y algo de participación; la participación siguió con los relojes a los que había que dar cuerda, porque se suponía que el que tenía un reloj “sabía leer” la hora que este indicaba, pero que había que “poner en hora”. La cosa se personalizó con los relojes de bolsillo y pulsera, a los que también había que dar cuerda y ajustar a la hora si fuera necesario. Un invento permitió que los relojes de pulsera se  “auto-dieran” cuerda de forma automática con el mínimo movimiento del brazo. Después vinieron los relojes a pilas, los relojes que recargaban la pila con la luz del sol (los “solares”) y hasta aquí, manecillas, números arábigos o romanos y “saber ver la hora” (digámosles analógicos). Entonces irrumpieron los relojes digitales, electrónicos, con numeritos para “ver la hora” sin necesidad de otra interpretación que la de saber los números: nada por hacer. La hora (esa división humana del tiempo) a disposición, sin esfuerzo mayor que el de mirar a la muñeca.

 

Vida descomplicada porque ahora ya no necesitamos      “x pasos” para tener la hora con nosotros y basta una ojeada para saberla. Mínimo y tal vez burdo ejemplo de cómo lo que antes nos ocupaba mental y hasta físicamente, desaparece para dejarnos libres y me pregunto a veces ¿libres para qué?

 

Controles  remotos, hornos de microondas, vehículos automotores con cambios automáticos… ¡hasta Inteligencia artificial!

 

No es mi intención renegar del automatismo, sino que observo una generación con cada vez más tiempo libre, que hace esfuerzos mínimos cuando los hace y no parece pensar mucho…  Es que para no hacer nada, no es necesario pensar… ¡nada!

 

Imagen: jooinn.com

 

Manolo.

 

PREGUNTAR, PREGUNTAR HASTA OBTENER RESPUESTA Y CUANDO SE CREE SABER, PREGUNTAR NUEVAMENTE


Los niños aprenden preguntando y buscan respuestas para todo; los “por qué” de un chico, a veces fastidiosos, son su manera de expresar e intentar saciar esa curiosidad de quien va descubriendo poco a poco un mundo que es desconocido y llama su atención.

El niño crece y muchas veces se avergüenza de preguntar, porque reciba como respuesta algo así como “No lo vas a entender, eres muy chico todavía”, o lo que es peor, se queda esperando ante un silencio indiferente, confundido o culpable; el niño es mucho más perceptivo de lo que parece y a su afán preguntón, observa –sin que nadie lo note- todo y a su modo, relaciona, sorprendiendo y provocando un admirado “¿Cómo sabe eso…?”, y es que los adultos no se acuerdan que ayer, cuando eran pequeños, su cerebro trabajaba a mil por hora, porque estaba vacío de saberes y experiencias, lo mismo que el del niño de hoy.

 

Los adultos olvidamos y hacemos válido el icho aquél de “No se acuerda la vaca de cuando fue ternera”. Los adultos tenemos vergüenza o miedo de preguntar y nos llenamos de interrogantes que buscan respuesta y llegamos a creer lo que nos dicen y darlo por válido y lo que es peor, lo asumimos y repetimos sin darnos siquiera el trabajo de comprobar la veracidad de lo leído o escuchado; de allí el éxito de un “sabelotodo” como Internet, que puede estar absoluta y tendenciosamente errado a veces y que se toma por oráculo.

 

El niño aprende preguntando y si encuentra solamente silencio, buscará hasta encontrar respuestas en su entorno cercano y es ahí donde el saber, quizá deformado, de sus amiguitos que son un poco maliciosos, se transmite y se aloja en la mente. Al pequeño, le sucede lo que al adulto: cree a pie juntillas porque lo escuchó de alguien “que sabe”…

 

Crecemos, vamos perdiendo la curiosidad y dando por sentadas cosas que no son;  nos da pereza buscar respuestas diferentes, no comparamos y nos quedamos con lo primero que leemos o escuchamos…

 

Digo que así ¿cómo vamos a enfrentarnos a un futuro que está hecho solamente de preguntas?

 

Manolo.