¡BLOGUEROS UNIDOS JAMÁS SERÁN VENCIDOS!


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Esto es lo que me gusta de los blogs y sus autores, porque gracias a amigos internáuticos que viven al otro lado del charco, puedo volver a publicar sin hacerme un lío ni ser licenciado en ingeniería electrónica con especialidad en informática, cursos de redes y específicamente sobre el apartado “Blogs”…

 

Apenas conseguí publicar la entrada “Parece que hay problemas…”,  ellos (ustedes, pues) respondieron solidarizándose y dándome consejos; me decían desde que no me desesperara hasta comentarme que eran una “nulidad electrónica” y me comprendían.

 

Franizquierdo me dio la solución simple de asociar dos teclas, copiar y pegar, lo que fue confirmado de inmediato por Alejandro Montero III y otros amables blogueros más, que por la premura en escribir omito nombrar.

 

La entrada que publiqué fue la que estaba destinada a hoy mismo y no pude “subir”, o sea que probé hacerlo siguiendo el consejoblog recibido y… ¡funcionó!; como le decía a mi esposa que espectaba mis afanes: “A los setenta años, hoy, he aprendido algo nuevo y se lo debo a quienes son amigos de tecla y pantalla”…

 

Puede parecer excesivo mi entusiasmo o un poquito ridículo hacer bulla por algo que en verdadparece tan sencillo; pero lo que sucede es que pocas veces -muy pocas-  alguien tan negado para la mecánica y la electrónica, con una motora fina que es más corriente que el plomo, producto de un infarto cerebral, puede solucionar algo que es como hacer que un conector de enchufe cuadrado, entre y quepa bien en un tomacorriente de agujeros redondos y el artefacto, al otro extremo del cable, funcione a la perfección…

 

¡Gracias por preocuparse, por alentarme, por desearme buena suerte, por solidarizarse y por ayudarme! ¡Gracias por hacerme sentir que de veras tengo una familia electrónica, que no conoce de fronteras!; no importa si creen que exagero, porque en realidad mi corazón está muy alegre y agradecido.

 

MANOLO ECHEGARAY (blog “manologo”).

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REGRESO SANADOR.


 

INFANTIL

La primera autoridad de la que tuve consciencia, fuera del ámbito familiar, se llamaba Ceferina.

 

Ceferina Marco, monja, era la superiora de las Siervas de San José y yo tenía cinco años. Las Siervas de San José era la congregación religiosa que tenía a su cargo la sección infantil (de kindergarten a tercer año de primaria) del colegio de la Inmaculada.

 

De ella recuerdo solamente que era de rostro colorado (hoy diríamos “sanguíneo), no sé si usaba anteojos (de pronto para leer) y que proyectaba una imagen que para mí era lejana, pero seguramente afable.

 

No vi mucho a la madre Ceferina y sin embargo a Eladia Garayoa, la madre que creo que la sucedió en el puesto, la tengo claramente identificada: muy blanca, con anteojos y risa sonora cuando rompía la seriedad que supongo le confería el cargo.

 

Eladia Garayoa Zabaleta, me entero ahora, fue la primera monja de la orden en llegar al Perú, en agosto de 1948. Vino al país a trabajar en Amazonas cuando yo tenía un año cuatro meses…

 

Española y definitivamente del país vasco, fue junto con las madres Leticia, Teresa, Silvina y de la otra de quien recuerdo nombre y apellido, Carmen Calvo, quienes guiaron los primeros pasos colegiales, junto con las señoritas Silvia Frisancho, Dalia y Rosa María a quienes llamábamos “miss”, de chicos que se harían amigos para toda la vida, allá por el año 1952.

 

Si recordar es volver a vivir, yo regreso al overol verde agua, a las clases en el “colegito” de la venida Petit Thouars, a las medias blancas y guantes blancos que usábamos cuando había algo que celebrar y al aviso que nos daban para que al día siguiente los lleváramos y fuéramos “sin gorra”.

 

Regresaría a la góndola 3 y a Josamel su chofer, el que nos dejaba sentar a su lado, sobre la caja verde que contenía la batería del ómnibus.

 

Volvería a esos años que se pierden en el tiempo, pero que saltan de inmediato con recuerdos simples de pantalón corto, trompo, bolitas y lonchera.

 

Volvería porque fui –fuimos felices- con días que no acababan nunca, en los que jugar con los amigos era casi lo único importante.

 

Volvería a esperar el ómnibus azul oscuro, en “el pastito” de Barranco a una cuadra de la casa, mojándome con la garúa mañanera.

 

Sí, volvería: gracias a mis recuerdos lo hago y me siento muy bien.

 

 

LA CARTUCHERA


 CARTUCHERA

En Argentina, Costa Rica, Perú, Uruguay, Venezuela y el sur de Andalucía, caja o estuche utilizado para guardar los útiles escolares.

De pronto me viene a la memoria la palabra y lo que asocio de inmediato es el estuche flexible, donde llevaba mis lápices, lapiceros, borrador, compás, una regla de chiquita, tajador y restos de tajaduras de lápiz; a veces uno o dos soles y alguna que otra chuchería.

Largo, como un sobre de “tamaño oficio” más o menos, e indispensable compañero de libros y cuadernos; mudo testigo de las horas de clase, que pasaba encima de la carpeta o guardado dentro de ella; que viajaba de la casa al colegio y viceversa en la maleta.

Cartuchera, sin embargo viene de cartuchos, que son las municiones para un arma de fuego. Curiosa coincidencia, porque de pronto lo que iba en la cartuchera escolar eran las municiones que nos servían y usábamos para el aprendizaje.

Tal vez sean disquisiciones bobas en torno a una palabra, pero a veces sucede que un timbre suena y se gatilla algo en el cerebro. Entonces es mejor hacer caso a esa llamada de atención y buscar (“investigar” suena pomposo) hasta encontrar respuesta a la pregunta que hizo sonar la alarma. Es una forma de aprender. No sé, “curiosidad” le dicen.

HONORABLE PELUQUERO


MÁQUINA CORTAR PELO

Cuando era chico, para que me durara el corte de pelo, me lo cortaban “estilo alemán”; es decir, prácticamente nada de pelo salvo algo en la parte de arriba y un poquito al frente. Sé que tengo alguna foto que lo testifique, pero debe estar guardada en alguna caja…

El pelo me lo cortaban en la peluquería que quedaba frente al Parque de Barranco, que era propiedad de Jorge Kishimoto, de origen japonés, impecable, con bigote y una enorme sonrisa.

Jorge tenía una paciencia única y para que la máquina que usaba no me produjera frío en la cabeza, antes de proceder la entibiaba, exponiéndola a un mechero de alcohol que encendía ex profeso; operación que siempre me fascinó. Como el sillón de la peluquería no era adecuado para mi tamaño, sobre los brazos ponía una tabla pintada de blanco, en la que me sentaba muy ufano, con el protector inmaculado sobre la ropa, anudado en el cuello.

Al frente estaba el gran espejo donde podía ver como Jorge me rapaba y también las sillas “estilo vienés” en fila, contra la pared, para la espera de los clientes. Si mal no recuerdo había un peluquero más, al que le decíamos “el borrao”, y tenía en la cara marcas de lo que ahora supongo, eran rastros de una viruela. Pero mi peluquero era Jorge Kishimoto, y lo fue siempre, hasta que un día no lo vi más. Pasaron muchos, muchos, muchos años y mi amigo Carlos, que también había sido cliente de Jorge, me contó que se lo había encontrado en el Cuzco, como guía turístico. Carlos era entonces Ministro de Justicia.

Podrán pasar los años, pero el recuerdo de Jorge Kishimoto no se me va a ir nunca. No se me va a borrar porque fue el amigo peluquero que supo hacer de algo tan sencillo como el corte de pelo un rito; un agradable rito que incluía la lectura de “chistes”, conversaciones breves y un poquito de talco en la nuca al terminar.

RECUERDOS DE COLEGIO


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A vece me quedo pensando en esa pregunta que suelen hacer: “¿volverías al colegio?” y entonces entre imágenes que van apareciendo como las de una película silente, veo los mandiles ondeando en el recreo, en medio de un partido de fulbito; veo las carpetas de madera en filas ordenadas; las escaleras de mármol por las que se sube al paraninfo; el cine de los sábados, las bancas de la iglesia.

Veo los rostros de mis amigos riendo, el azul de las góndolas; las banderas de Roma y de Cartago; la leche chocolatada -“el ladrillo”- en botellas de Coca-Cola y chancay para desayunar. Veo la piscina vacía y el puesto de “El Gordo” con sus sánguches; veo la formación de todos los alumnos con uniforme pre-militar; veo las sotanas negras y familiares de nuestros profesores…

Veo el trompo, los libros, los concursos-exámenes; veo al hermano Arándiga tomando fotos, al padre Macías frente a su micro de radio aficionado y al hermano García –“Pajarote”- poniendo el disco con el himno nacional para el Saludo a la Bandera.

Veo cosas que sé que nada significan para quien no vivió el tiempo ese; recuerdos que surgen al azar y entiendo que mi respuesta sea un “¡sí, volvería al colegio!”.

PERDONEN LA INMODESTIA


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Hoy, 15 de abril, cumplo años; es mi “santo” y por eso les pido que perdonen si en este post hago un balance que será chiquitito, lo prometo.

El balance es sencillo: lo bueno supera largamente a lo malo. Tengo, familia, amigos y las limitaciones de salud lo que hacen es que agradezca cada día el estar vivo. Este es mi balance; es positivo y me alegro por ello y doy gracias a Dios que sea así. ¡Japi berdi tu mí!