HABÍA UNA VEZ…


LUCHO Y MANOLO

Eran dos niños que se conocieron allá por 1952, en el siglo pasado, cuando empezaban la vida de colegio; se hicieron amigos desde kindergarten, vivían cerca, en un Barranco soñoliento y casi pueblerino compartiendo travesuras, aventuras y sueños.

 

Tenían la esperanza atada a los zapatos para andar por la infancia y por una adolescencia que vino con canciones, alguna que otra chica, bicicletas, veranos y esos dos amigos, “Chino” y Carlos, con los que desde siempre fueron inseparables.

 

El tiempo dividió el camino y se adentraron por parajes distintos pero se reunían y se reúnen todavía cuando un paisaje merece compartirse…

 

Los hijos –esa prolongación maravillosa- y los nietos, vinieron para hacer de la vida la Aventura Soñada que no estaba en los libros de Salgari ni en las películas del Far West a colores que el cine “Balta” ponía en matiné.

 

Han pasado los años y al ser 12 de octubre nuevamente es cumpleaños de Lucho, que por solo por unos meses resulta ser el mayor de los cuatro que corretearon juntos ese viejo Barranco que dejó de ser pueblo y que ellos dejaron a su vez para andar por la vida…

 

Hoy, una llamada telefónica, el abrazo virtual y este pequeño escrito llevarán el cariño del amigo al amigo que lo conoce tanto.

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RELOJ


RELOJ

Era el reloj que usó mi padre y que ahora tengo y uso yo; curioso, pero es como él: sobrio y sencillo, práctico.

 

Tiene la esfera de color azul metálico (un color serio), los números indicados por líneas blancas, igual que el centro de las manecillas, con otra manecilla pequeña plateada y que gira incansable indicando los segundos, la caja es de acero mate, la correa  negra y es de los de darles cuerda.

 

Es de marca Longines, modelo Admiral, que solamente se puede abrir por detrás para ver su interior usando una herramienta especial; no se me ha ocurrido hacerlo nunca porque ni tengo la herramienta ni la curiosidad por ver sus interiores.

 

En la esfera, debajo, en letra pequeñita dice SWISS MADE, como recordándonos que es un original helvético y no un japonés vistoso o un utilitario de moda que suma, resta, multiplica, divide, que saca porcentaje y raíces cuadradas, se conecta a  internet, mide la frecuencia cardíaca, viene con calendario “eterno”, tiene luz, montones de botones, zumba para avisar cuando se programa la alarma, permite ver la fecha y la temperatura y también da la hora, pero es de plástico con una luna del mismo material, la que que nunca se raya y una correa, de plástico también, que hace sudar muñecas.

 

Este reloj Longines que mi padre usó siempre y que yo recogí de su mesa de noche al día siguiente de su muerte, lo tuve guardado en un cajón mientras usaba otros relojes que aún tengo, porque los he coleccionado, llegando a combinar el color de la correa con el de mis zapatos y claro, con el de la correa que uso en el pantalón; dorados o plateados, alguno negro, pero ninguno de ese innombrable material (que ya nombré) y que se llama plástico.

 

Ahora todos los relojes (y son muchos, bastantes) duermen el sueño de los justos y han callado los que hacían tic-tac porque solo uso ese que es sencillo y sin complicaciones ni prestaciones raras como era el ingeniero al que confieso, extraño y recuerdo “puntual como un reloj”, cada vez que miro mi muñeca izquierda para ver qué hora es.

 

Nota: La foto la tomé yo y a diferencia de mi padre, como fotógrafo soy un verdadero desastre.

LE DECÍAMOS PANCHÍN


PANCHIN PISTOLERO0002

A mi hermano mayor (me llevaba 11 o 12 años, nunca fui bueno para los números exactos) y todos en la familia le decíamos Panchín porque se llamaba Francisco, Ignacio de segundo nombre y Panchín, diminutivo de Pancho, supongo que venía del cariño, de cuando era chiquito y seguramente para diferenciarlo del Pancho, hermano menor de mi padre y que vivió con ellos (yo no había nacido, para nada) una temporada larga en Trujillo -si no me equivoco-  donde mi padre era ingeniero departamental de caminos.

 

Como esto que escribo viene de recuerdos de lo que me contaron mis padres, hago salvedades para indicar que puedo errar (pero la intención es lo que vale); decía de donde creo que venía el apelativo familiar de mi hermano y todos los que conocí lo llamaban así, hasta que tuve uso de razón razonable y escuché a algunos de sus compañeros de colegio, los que tomaban lonche en casa y estudiaban a veces allí, llamarlo Pancho.

 

Es verdad que Pancho suena más serio que Panchín, pero después yo aprendería que pancho se les dice a aquellos a los que se les “pasea el alma” y que en otros lugares, un pancho es un hot dog,  es decir un pan con salchicha; a mi hermano de ninguna manera se le “paseaba el alma”, pero si era un poco lo que la traducción literal de hot dog es: perro caliente y no es que mi hermano fuera un “perro maldito”, pero tenía su genio y se “calentaba” (enojaba) con facilidad….

PANCHÍN Y SU AUTITO0002

 

Vamos a decir que ese “pancho”, hotdógico  le venía mejor…; claro, a mi cuñada no le gustaba (o no le gusta) que lo llamaran Panchín y lo nombraba Pancho: recuerdo que un día mi esposa dijo “Panchín” y ella reaccionó: “¡Es Pancho! ¿Te gustaría que a Manolo (o sea a mí) le dijera “Manolín…?”; largo silencio y lección aprendida.

 

Pero esas son minucias y Panchín siempre fue (falleció hace unos años) y será Panchín y así lo recuerdo con ese cariño cómodo que tiene zapatillas de levantase y toma café con leche; mi hermano ya no está aquí y nunca pudo hacerme comer verduras, ni se enteró- creo- que Lucho y yo le robábamos cajetillas de cigarrillos Chesterfield que cuando trabajaba en lo que fue el ministerio de gobierno, guardaba en un cajón de su ropero, en el mismo cartón en que venían (tal vez de contrabando); yo sacaba un par de paquetes de la fila de abajo y acomodando el resto para que no se notara nuestro hurto, dejaba a la vista las que estaban arriba, completas…

 

Fue abogado y se especializó en planificación urbana, enseñó en la universidad, trabajó muchos años para la OEA en Brasil y en Guatemala y una mañana, ya aquí, en Lima, durmiendo, no volvió a despertar…; tengo muchas historias sobre y con él: están las que contaba mi madre y las que vivimos como hermanos y amigos, con la distancia siempre de la edad que nos diferenciaba, el “Pancho”, como otros le llamaban y el Panchín que vivirá por siempre en mi memoria y en este corazón que ya lleva cuatro infartos encima.

LOS TRES

Fotos: “Panchín revolucionario mexicano”, “Panchín mecánico automotriz”,

“Los tres hermanos”.

LA OLA


LA OLA

Tal vez noten que he cambiado la imagen de fondo de este blog, “manologo”, en la que Pierce, la gata que ya no está, tomaba de un vaso de leche, en la mesa del desayuno; ahora lo que hay es “LA OLA” del pintor japonés Hokusai (Edo, hoy Tokio, 1760 – 1849); es un cambio y todo cambio merece una explicación, si la tiene, y en este caso es así.

 

Me enteré por mi sobrina Teresa, que ha venido de visita a Lima, que ella y sus dos hijas se han hecho en la piel idéntico tatuaje, en homenaje y recuerdo de mi hermana, que fue su madre y abuela, respectivamente: es uno que representa al mar, que Teté amó tanto…; entonces me sentí maravillado y a la vez en “offside”, como se dice en el lenguaje del  fútbol, porque mis recuerdos de Teté son eso, recuerdos, fotografías, escritos, pero nada que diga a los que lo ven que eso que llevo allí es porque pienso siempre en ella…

 

A estas alturas de mi vida no me voy a hacer un tatuaje y nunca pensé en hacérmelo antes, lo confieso, pero en ese offside-maravillado, pensé que este blog debía tener una imagen permanente que me recordara aún más –si esto es posible- a mi hermana Teté; eso no significa, por supuesto, que Pierce desaparezca, porque sigue ocupando un lugar en mi corazón y conservo en este blog su imagen como logotipo, pero esta ola es mi homenaje a esa hermana que ahora tampoco está y me dejó siendo el único Echegaray Gómez de la Torre existente; no es la imagen del mar calmo, con rumor de agua arrastrando las piedras como el domesticado de los Baños de Barranco, sino ese mar más libre, amplio y de aguas movidas que mojaba la playa de La Herradura, donde con Teté íbamos cuando ella llegaba (estando ya casada) de Arequipa, los 26 de diciembre para celebrar en ese mismo día el cumpleaños de Manuel Enrique, nuestro padre;  yo siempre intuí que ese era su regalo mayor y estoy seguro que así era al recordar la sonrisa de mi padre.

 

Ciertamente la ola de Hokusai es agresiva, pero el mar puede serlo y lo hermoso es su constante cambio que va desde esa calma en la que parece una lámina de metal, hasta el torbellino líquido y poderoso que se eleva hacia el cielo en olas increíbles.

 

Queda pues aquí, plasmado, este homenaje a Teté como un tatuaje virtual porque el tatuaje verdadero, para mí, está grabado en la memoria.

 

Imagen: closetart.wordpress.com

EL JOVEN ENRIQUE


EL JOVEN ENRIQUE

Mi amigo Lucho le decía a mi padre “el Joven Enrique” y a mi madre “la Niña Tony”, tal vez porque en las películas de vaqueros que tanto nos gustaban y veíamos en el cine Balta de Barranco, siempre había un “joven” que se llevaba a la “chica” y él en vez de chica, cariñosamente, llamaba “niña”  a Tony; no lo sé con certeza, pero esa manera de nombrarlos definió siempre algo especial para mí.

 

Hoy, 14 de setiembre, hace ya años, el Joven Enrique murió mientras yo le hacía masaje al corazón y su amigo de siempre, médico cardiólogo, le daba respiración boca a boca hasta que pasados unos minutos me dijo que lo dejara, porque la sangre ya no llegaba a su cerebro y se echó a llorar mientras mi madre rezaba…

 

Casi a fin de este año, el 26 de diciembre, el Joven Enrique hubiera cumplido 115 años y se fue un año que se ha borrado de mi memoria, como se borran de ella las muertes de quienes sigo queriendo aunque no estén conmigo porque prefiero recordarlos en la cotidianeidad de sus sonrisas…

 

Tener juntos en el corazón y en las cosas familiares al Joven Enrique y a la Niña Tony que cogidos de la mano caminaron su camino enseñándome con el ejemplo que el amor es lo que permite vivir, hace que cada día sea como ese ayer que aunque sé que se ha ido, está en los recuerdos que se quedan amables; por eso, hoy que es viernes, me desperté pensando en el Joven Enrique y en que se fue en el día de la Santísima Cruz, el nombre de la parroquia a la que perteneció en Barranco.

SONRISA PAPY0002

 

de la máquina de escribir de manolo echegaray


Hola!

Les invito a darse una vuelta por mi nuevo blog, que continúa esta aventura bloguística:  “de la máquina de escribir de manolo echegaray.wordpress.com“; larguito el nombre pero ya sabrán el por qué cuando lo visiten. Para nada sustituye a ninguno de los otros tres: ni a este ni a “eltigredepapel.wordpress.com” o

a “jacuzzimartinez.wordpress.com“.

Prometo escribir seguido en  él.

Hasta pronto y… ¡nos leemos!

Manolo.

 

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ARSÉNICO Y ENCAJE ANTIGUO


ARSÉNICO Y ENCAJE ANTIGUO

Cuando estábamos en el colegio, los jesuitas, nuestros profesores, además de impartirnos conocimientos (me gusta decir – en broma por supuesto- que el profesor de inglés, un año, fue el P. Alegría y que seguramente, como buen español, decía “zenquiu”) nos daban eso que se llama educación y que hoy se confunde con “saber”; agradezco que nos educaran, aunque muchos digan que la instrucción no era todo lo óptima que podría haber sido.

 

Llevábamos cursos como Educación Cívica” y había una famosa “academia” opcional (sin costo adicional alguno) de Geografía e Historia del Perú” donde el célebre Hno. Santos García S.J. hacía que amáramos más a nuestro país y lo conociéramos no solo teóricamente, sino en viajes especiales, donde los “académicos” podían ver in situ un Perú diferente; también se promocionaba el teatro, fomentando entre los alumnos la participación en puestas de escena, inopinadamente, a veces por el día del P. Rector, otras por 21 de junio (día de San Luis Gonzaga) o en las “actuaciones” –que solían incluir la “proclamación de dignidades y entrega de premios”.

 

En el “paraninfo” o salón de actos del colegio que tenía hasta localidad de “cazuela”, el escenario albergaba obras clásicas,  “juguetes cómicos”, “cuadros patrióticos”, sesiones de “teatro leído” u otras manifestaciones artísticas;  escenario, con foso para el apuntador, la tramoya correspondiente, el infaltable telón y un subsuelo donde se almacenaba de todo, desde decorados antiguos (telas pintadas) y utilería…

 

Recuerdo, por ejemplo, “Arsénico y Encaje Antiguo” la comedia de humor negro, escrita por el norteamericano Joseph Kesselring  o “El Divino Impaciente” de José María Pemán, totalmente en verso; tal vez sea porque en la primera actuaba haciendo el papel absolutamente memorable y gracioso de una tía vieja y asesina, Dante (que después fue nuestro profesor), hermano mayor de mi amigo Lucho o que en la otra, fuera actor mi hermano Pancho.

A mí me tocó también participar y tengo en la memoria una pieza cómica que se titulaba “Los Dos Jorobados” donde actuábamos Carlos, Quique, Percy, Tito, Alfredo y yo; igualmente tomé parte de un “teatro leído” con la obra de Ugo Betti “Corrupción en el Palacio de Justicia” en la que participaba también Pepe, mi compañero de clase que hoy es notable abogado, profesor universitario, cineasta, crítico de cine y autor literario….

 

Tal vez era diferente entonces y no nos dábamos cuenta entonces de cómo esa educación influiría para bien en nuestras vidas; creo que aún quienes renieguen un poco con el recuerdo de los años escolares no dejarán de reconocer que fueron decisivos para nuestra formación y para ese futuro que entonces se nos antojaba lejano y hoy estamos navegando.

 

Imagen: http://www.istockphoto.com