EL OLOR DEL RECUERDO


EL OLOR DEL RECUERDO

 

Los olores hacen que la memoria se active y empiece la película que trae las imágenes: todo puede empezar con el aroma de una torta recién sacada del horno que nos trae infancia, cariño maternal, el sabor insuperable a la vainilla, tardes de vacaciones y un estrujar del corazón que añora los pasados.

 

Puede también ser el olor de un libro, esa curiosa combinación de olor a papel, a tinta vieja, a goma y a guardado que nos trae piratas a la sala o instala Mompracem más allá del jardín y cerremos los ojos para que a esos olores se sume el de la pólvora, el del mar y eso que no parece tener olor alguno, que es el adiós.

 

Los olores son los efluvios que almacenamos de algún modo para recordar, por más explicaciones que nos den sobre que son moléculas que viajan por el aire y que el olfato percibe y se tornan en impulsos que llegan al cerebro que pone a funcionar determinados mecanismos donde la química y la electricidad confluyen, la magia se produce haciéndonos personajes centrales de esa historia nuestra que como un cobertor “patchwork” está hecha de retazos coloridos y abriga…

 

Los olores producen en nosotros eso que es tan extraño y se llama recuerdos.

 

Imagen: guelafoami.blogspot.com

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HOY


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Hay fechas que están marcadas no solo en calendarios que año tras año revisamos sino aquellas que están impresas en el corazón, a las que tenemos siempre presentes y el día señalado producen esa mezcla hermosa de alegría y cariño a las que se agrega la nostalgia cuando se trata de alguien que se fue.

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Hoy es uno de esos días especiales en los que estos tres sentimientos brincan en mi corazón porque el 3 de marzo era cumpleaños –“santo” le decimos en familia- de mi hermano Francisco, Ignacio de segundo nombre, “Panchín”, familiarmente y “Pancho” para los amigos, que cumpliría 83 años; y el recuerdo del hermano mayor a quien siempre admiré secretamente (y detesté las veces que quería hacerme comer verduras) sé que va a llenarme de imágenes, de momentos, de palabras y frases.

 

Mi celebración y homenaje será como fue siempre: muy mío y callado, porque sé que en el silencio escucho tu voz inconfundible (aunque en algún momento fueron tan parecidas que tu hija Marisa me escuchó llamarla desde la calle y abrir presurosa la puerta diciendo: “¡Papá….! ¡Imbécil!” al ver que era yo y no tú que estabas de viaje y ella te pensó de regreso sorpresa) y te veo enojarte, mover la cabeza y sonreír después al descubrir  el “robo” de cajetillas de “Chesterfield” que guardabas ordenaditas en el cartón original en tu ropero, con la “técnica” de sacar una o dos de la fila de abajo y poner transversales las otras para que las de encima taparan, sin “desbalancearse”, los huecos que quedaban en la fila producidos por la “palomillada”; esos “Chester” que fumábamos a escondidas en algún barranco la avenida Costanera, con Lucho, mi amigo-amigo, compañero de aventuras y cómplice, por supuesto, de esos “latrocinios”.

Sí, ya sé que esta anécdota la he contado muchas veces, pero siempre que lo hago pienso en que, a pesar de tu mal genio (que ahora yo comparto), no me decías nada y que en el fondo te alegraban esas pequeñas pillerías mías…

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Hoy, 3 de marzo, te pensaré como siempre, como todos los días, pero un poco más porque creo que nos faltó tiempo para conversar y tomarnos unos whiskies en tu casa, en ese plan de “arreglar el mundo” que tanto nos gustaba: chau hermano, feliz cumpleaños y te debo el abrazo, ése grande y demorado que te voy a dar cuando llegue y encuentre que estás esperándome en la entrada del barrio eterno.

Manolo.

HIMNO “CHINO”


HIMNO CHINO

Es una broma o debe ser la versión del himno de la China de Chiang Kai Shek (¿?), porque la primera vez que lo escuché cantar creo que fue  fue allá por 1950, supongo, y los cantantes eran mi hermano y sus amigos, que en el club que tenían, cuyo local era el garaje de mi casa en Barranco, cantaban a voz en cuello; ese club que mis amigos y compañeros de colegio barranquinos decidimos continuar donde nuestros “mayores” lo dejaron, al ingresar a la universidad…

 

Al principio, como buen chico en una época en que no había televisión, computadoras, teléfonos celulares ni fax, aprendí con entusiasmo la letra y junto con Lucho, mi gran amigo, compañero de clase en el colegio, vecino de Barranco (esa “Ciudad de los molinos” –romántica apelación- aunque creo que el único que tenía era uno de viento, bastante feo, que giraba encima de una torre construida con varillas de fierro); Lucho tenía un montón de hermanas y hermanos (Manolo y Paco eran compañeros de clase de Pancho, mi hermano, en el colegio y por esa amistad nació la nuestra) y los dos “sabíamos” el “himno chino” que nuestros hermanos mayores habían aprendido en el colegio y cantaban en los campamentos al amor del fuego,  en el ómnibus escolar que los llevaba hacia  la “aventura”… ¡y nos lo “enseñaban”!

 

Inocente yo, como decía (hablo de mí, nada más), creía que cantaba en chino el himno de China:

 

Macacafú cla-cla chifú, cla-cla chifú, cla-cla chifú, cla-cla…;

Yangüímiri macau, Yangüímiri macau, Yangüímiri macau… ¡jau jau!

Túa, cuá-cuá túa, cuá-cuá túa cuá-cuá tú:

Yangüímiri macau, Yangüímiri macau, Yangüímiri macáu… ¡Jau jau…!

 

Canto de campamento, broma “musical” repetida a la saciedad, que no solo aprendí y canté sino que enseñé a mis hijas cuando chiquitas, asegurándoles que era el “himno chino” y se lo aprendieron… También se lo enseñé a mi nieta Mayor Daniela (que ahora se acerca a los 25); cuando mi nieto Manuel, que vive en Argentina, estuvo por aquí, también lo aprendió del abuelo y hace unos días, Miranda, la última de la “nietitud”, me miraba incrédula cuando le dije que sabía el “himno chino” y lo “canté” un par de veces para convencerla…: no creo haberla convencido y –o mis dotes de persuasor menguaron- o sus seis años ya la hicieron incrédula.

 

Bueno, seguiré tarareando el “himno chino”, pidiéndoles a los chinos que me perdonen y recordando que alguna vez, en ese Barranco de mi infancia, le pregunté al “chino Perico”, el que tenía la bodega cerca de casa, si el himno de su país era así, y “canté” (“Perico” ponía la bandera de China Nacionalista –la de Chiang Kai Shek- en un día específico del año, tal vez en el aniversario de la separación de China continental y la fundación de Taiwán): “Perico” me miró serio y me dijo entre fumada y fumada de su “Inca”, negro y sin filtro, en su castellano lacónico y mascado: “¡Claro! ¡Tú habla bien chino…! ¿Aprendiste colegio…?” y por un tiempo me convencí porque “Perico” era una autoridad…

 

 

Estoy seguro que si mi amigo chino no hubiera fallecido hace tantos años ya, al contarle esto se seguiría riendo como entonces de seguro lo hizo, a mis espaldas y calladamente, claro: los chinos son muy discretos.

 

LAS DULCERAS DE TONY


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Quedan cinco y seguramente fueron una docena; las siete restantes tal vez se rompieron o se perdieron en uno de los múltiples viajes del peregrinar que llevó a Tony y a Manuel Enrique por el territorio nacional o quizá el anillo de plata que tenían y abrazaba la parte inferior, fue motivo para que alguien decidiera llevárselas una a una.

 

Fueron “las dulceras de Tony”, hechas en vidrio transparente, grueso, con sencillas ornamentaciones y el anillo de plata de la base que falta en las que quedan…; recuerdo muy bien lo del anillo porque solamente una lo conservaba (las otras lo perdieron porque se despegó, supongo) y curiosamente aún queda la coloración del pegamento original, que no sale por más que se lave y se frote: es como si una huella de tinte, una especie de sombra indicase que allí hubo algo.

 

Si estoy en lo cierto y por el tipo de objetos, deben haber sido un regalo de matrimonio que les alguien les hiciera allá por 1931; un regalo que viajó, que se usó, que “perdió prestancia” (pero no utilidad) y que de a pocos desapareció hasta “descompletar” el juego, como se dice; claro que lo más seguro es que todo esto no tenga mucho interés para el que lea mi historia, pero “las dulceras de Tony” acompañaron mi infancia, adolescencia y juventud para luego que ella falleciera, quedaran aquí en casa, como herencia y recuerdo de mazamorras moradas con guindones, pasas y membrillo; arroz con leche y arroz “zambito” memorables, con su clavo de olor y espolvoreados de canela; cremas de chirimoya deliciosas y realmente dulces o fresas en compota que eran un verdadero premio.

 

Ahora, esas cinco dulceras albergan gelatinas, alguna mazamorra morada de sobre y pudín de chocolate o vainilla también de sobre: no es que nos esmeremos mucho en los postres, pero las dulceras –sin su anillo de plata- siguen en uso y cuando necesitamos más, porque hay invitados, echamos mano de “las otras”, que también fueron de Tony, pero no tienen ninguna particularidad porque seguramente fueron compradas “para el diario” en la locería de Barranco,  que quedaba en la avenida Grau.

 

Tony dejó al irse gran cantidad de vajilla que se repartió entre los tres hermanos; de lo que Alicia y yo recibimos, parte la tiene nuestra hija Alicia y en casa guardamos lo de Paloma y entre lo poco que conservamos para nosotros, están esas dulceras y unos vasitos de cóctel, que están guardados porque nadie por aquí toma ni hace los cócteles que preparaba mi padre: algarrobina y “Biblia”, que constituían sus “agasajos alcohólicos”; nostalgia de tiempos idos, de eso que trae sonrisas y la impaciencia de la espera por terminar una comida para “entrarle” al postre, o el prolegómeno de un cóctel el domingo al almuerzo, antes de una palta rellena con pollo y unos humeantes tallarines a la boloñesa con harto queso parmesano rallado.

 

 

 

 

 

SUPLUC-SUPLUC


supluc supluc

Las onomatopeyas sirven para identificar algo por medio del sonido que produce; por lo menos yo lo interpreto así; es la imitación vocal de un sonido determinado para significar aquello que lo produce.

 

Sesuda introducción para escribir sobre algo –precisamente una onomatopeya- que me fue “revelada” cuando éramos chicos, creíamos casi ciegamente en lo que nos decían las personas cercanas y no nos complicábamos con todas esas cosas que fuimos aprendiendo mientras crecíamos; mi mejor amigo me dijo un día: “¿sabes cómo se conoce si un melón está maduro…?”, la pregunta me cogió de sorpresa y después de pensar que nunca me había preocupado por la madurez de los melones (ni de ninguna otra fruta, porque la que comía en casa no estaba verde y mi mamá me había dicho que si comía fruta verde me iba a doler la barriga), le dije lo que era evidente: ”no sé”.

 

Me instruyó diciendo: “Agarras el melón, te lo pones junto a la oreja, lo sacudes y si hace supluc-supluc, es que está maduro”; obviamente le creí porque me confesó que lo sabía porque se lo había dicho un peón del campo, que era alguien que sabía…; admito que nunca verifiqué la información y el “supluc-supluc: ¡maduro!” entró a formar parte de nuestras frases hechas, con un guiño a la complicidad; pero hoy, por esas cosas que la memoria tiene, saltó de su cajoncito de archivo la onomatopeya varias veces y decidí que era algo sobre lo que querría escribir y que a ustedes tal vez les daría curiosidad leer…

 

 Claro, cuando mi amigo lea esto, seguramente le va a pasar lo que a mí y es que es verano y el gran sillón-perezosa con cojines floreados aún está balanceándose suavemente  en el patio de su casa, con nosotros allí, conversando y comiendo uvas verdes, que por si acaso no es que no estuvieran maduras, sino que son de ese color verde clarito y que por aquí llamamos Italia.

Imagen: cuantas-calorias.org