LOS VOLVERES


Vuelvo, como lo prometí, ya desde la PC y con un poco más de facilidades, aunque el cambio trae siempre eso: cambios, que a veces no sentimos y algo que sucede nos hace entender que este es el “después” que sigue a un “antes” que nos dice adiós desde una curva del camino.

 

Vuelvo, porque quiero tratar, con mis escritos, de colaborar con la distracción del que lee, de esta monotonía covidiana que lo acapara todo.

 

 

No sé si logre conseguirlo, pero por lo menos hago el intento y este me sirve para pensar en otras cosas que existieron, existen, existirán o no.

 

 

La esperanza, que dicen es de color verde, como un brote minúsculo, pugna por poner una nota de luz en esta oscuridad y de veras espero que crezca un arbolito para que después tengamos el bosque de esperanzas donde cada uno pueda coger la fruta roja de un mañana mejor.

CABEZA A PÁJAROS


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Cuando le dije a mi amigo Lucho que recesaba por un tiempo el blog porque estaba “con la cabeza a pájaros”; me preguntó qué era eso y le contesté que era lo que a mí me pasaba y es que no tenía la suficiente tranquilidad para escribir coherentemente y prefería parar un poco hasta que se clarificaran algo las cosas, para no escribir tonterías (en realidad, le dije: “para no escribir cojudeces”).

 

Me “retó” a que mi primer escrito fuera sobre la famosa frase y es sobre ella y alrededor de ella que escribo esto, agradeciendo que los pájaros hayan volado.

 

Según el diccionario de frases, “Tener la cabeza a pájaros” es una de origen español y significa ser una persona poco juiciosa; es decir una especie de atolondrado.

 

En mi caso, digamos que he hecho una interpretación personal y los pájaros de marras lo que hacen es oscurecer mi razonamiento y sin perderlo (o sea volverme loco), provocan que no hile bien las cosas: problemas varios me tenían con la cabeza a pájaros.

 

Buscando, encontré un poema de Pablo Neruda que se titula “Cabeza a pájaros” y que transcribo porque creo que él lo explica bella y claramente:

 

El caballero Marcenac
vino a verme al final del día
con más blancura en la cabeza
llena de pájaros aún.

Tiene palomas amarillas
adentro de su noble cráneo,
estas palomas le circulan
durmiendo en el anfiteatro
de su palomar cerebelo,
y luego el ibis escarlata
pasea sobre su frente
una ballesta ensangrentada.

¡Ay qué opulento privilegio!

Llevar perdices, codornices,
proteger faisanes vistosos
plumajes de oro que rehúyen
la terrenal cohetería,
pero además gorriones, aves
azules, alondras, canarios,
y carpinteros, pechirrrojos,
bulbules, diucas, ruiseñores.

Adentro de su clara cabeza
que el tiempo ha cubierto de luz
el caballero Marcenac
con su celeste pajarera
va por las calles. Y de pronto
la gente cree haber oído
súbitos cánticos salvajes
o trinos del amanecer,
pero como él no lo sabe
sigue su paso transeúnte
y por donde pasa lo siguen
pálidos ojos asustados.

El caballero Marcenac
ya se ha dormido en Saint Denis:
hay un gran silencio en su casa
porque reposa su cabeza.

 

Claro, yo no creo estar “cucú” (¡otra vez los pájaros!) como parece estarlo el caballero Marcenac, pero sí, mi detención como escribidor que se debe a que los problemas, como pájaros, aletean, pían y distraen.

 

Agradezco a quienes me siguen leyendo después de esta pausa y espero que los pájaros no vuelvan a bajar de los árboles o a escapar de sus jaulas, para venir a hacer nido en mi cabeza.

 

Imagen: anrocala.blogspot.com

 

 

 

 

EL BARÓN DE MALAPATAENBURGO


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 Un comentario me trae a la memoria al “Barón de Malapataenburgo” personaje de mi infancia barranquina.

Su recuerdo, lo confieso, es borroso a pesar de que si trato consigo verlo entre la niebla de los años (han pasado más de sesenta): bajito, serio pero amable; con un bigotito a lo Adolfo Hitler y el pelo cortado “a cepillo”. Era profesor de inglés y apellidaba Telaya. Su nombre no lo supe nunca, pero me enteré por mi madre, que era arequipeño.

 

Era nuestro vecino, porque vivía muy cerca de “Villa Teresa”; en realidad únicamente había que bajar las escaleras que daban a la puerta de al lado en la calle y en el primer descanso estaba su departamento, donde vivía solo. Otra puerta daba al departamento de la familia Rivarola (que tenían lo que creo era un automóvil Standard-Vanguard, negro y pequeño que estacionaban fuera, en la calle Ayacucho). Tal vez había otro departamento allí, pero bajando el último tramo de escaleras se pasaba frente al de Anita Williams, costurera eximia y amiga de mi madre; el departamento de Anita se abría a una gran terraza de la que se veía el acantilado y por supuesto el mar.

En la terraza había una sombrilla rígida,  pintada de colores rojo y amarillo tal vez y sí, muy descolorida por el sol de innumerables veranos…

La terraza era un territorio donde soñar con aventuras que tenían al mar como escenario y a los barcos piratas como protagonistas, mientras a mi madre le probaban un vestido que había llevado para que “lo arreglaran”.

 

¡Personajes y años barranquinos que pasaron!… La memoria es un reloj cucú al que hay que darle cuerda, esperar que su mecanismo no se haya estropeado con el tiempo y nos sorprenda con el pajarito que sale para anunciar las horas; esas que ya no volverán.

 

Imagen: http://www.solostocks.com

 

 

 

 

 

BARRANCO: TIEMPO DE AMAR


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  Hay muchas historias en mi infancia.

Vivíamos en una casa grande, llena de rincones oscuros y con vidrios de colores. De muchos colores.

A través de los rojos se veía porque eran transparentes, pero los otros eran “catedral” y solo dejaban pasar la luz.

En la terraza de abajo poníamos una colchoneta y nos tirábamos a leer chistes: El Pájaro Loco, El Conejo Oswaldo, El Capitán Marvel.

También leíamos “El Chico de las Dunas”, que tenía una cita se San Agustín pegada en la parte de atrás. Entonces nos sentíamos en la hacienda, durmiendo bajo los árboles y pescando en el río.

A la hora de almorzar, dejábamos abierta la ventana del comedor para que entrara el aire de mar. El comedor. Con su mesa de mantel de hule: la mesa tenía diversos crujidos.

Nosotros escondíamos las espinacas, tratando de que no nos vieran, en el borde de debajo de la mesa.

-o-o-o-o-o-

Quizá tú te acuerdes de esos días largos de vacaciones en los que bajábamos a la playa y nos poníamos las zapatillas (las de básquet nomás hermano, mi mamá no me compra de las otras) para que las piedras no nos aplastaran los pies.

¡Y los erizos! ¿Te acuerdas?

La señora gorda que se metía de a poquitos, bien agarrada de la soga y las olitas que hacía.

Las escaleras de madera y los rieles oxidados, llenos de musgo y pequeños choros…

¡Vacaciones! Tiempo de sol y playa. Tiempo de los amores nuevos que se iban cada tarde en el pico de una gaviota.

Tiempo de no ir al colegio y volver por la noche, pasadas las diez, a la casa.

-o-o-o-o-o-

Mi infancia tenía cerros azules y bosques del color de la tarde en mis juegos y los piratas navegaban desde la baranda de la terraza.

Éramos Sandokán y Mompracem quedaba al frente, casi pasando la quebrada.

Todas las tardes arribábamos con el botín preciado de los sueños. Todas las tardes los vidrios filtraban la realidad en verde, rojo, amarillo y azul.

Jugábamos solos y al caer la noche regresábamos cansados de vagar por entre las páginas del libro que estábamos leyendo. Yo era Phileas Fogg y daba la vuelta al mundo en un juego que tenía capítulos. “¿Dónde nos quedamos ayer?”: Ese era nuestro visitar a la fantasía diaria.

La casa de Lucho tenía una perezosa grande, de metal, con cojines floreados; allí en las noches de los catorce años, cantábamos y Lucho empezaba a tocar la guitarra.

“Noches de Ipacaraí” era la mejor. Era verano, claro: las mejores canciones se cantan en verano.

Adaptábamos letras y nos asombraba ser tan poetas.

Cada noche descubríamos que era mejor sentarse conversando de las chicas, que darse una vuelta en bicicleta tirando papelitos, con una liga, a los enamorados en la costanera.

Entonces yo me iba a la casa y Lucho me acompañaba. Yo volvía, lo acompañaba y él me acompañaba al regreso…

Y así, conversando, pasaba nuestra pequeña adolescencia.

Nos asombrábamos de todo y ver a las chicas en ropa de baño era como película para mayores de 18.

Así éramos los chicos entonces.

 

1° de setiembre 1972.

 

Nota: Este es el primer cuento que un diario, “Correo”, publicó, por la intermediación de don Jorge Donayre Belaunde, “El Cumpa”, notable periodista, guionista de televisión y director creativo de “Kunacc”, la segunda agencia de publicidad donde trabajé como redactor.

Como curiosidad, diré que la ilustración que realizó el dibujante del diario, no tenía nada que ver con el texto, porque era una pareja de jóvenes besándose con el fondo del “Puente de los Suspiros”.

A la narración  agregaron, a modo de presentación: “Un joven narrador inicia la que esperamos sea larga y fecunda colaboración con este diario, cordialmente abierto siempre a los nuevos valores”.

 

Imagen: Barranco, Puente de los Suspiros.  http://www.pinterest.com

 

 

 

EL OLOR DEL RECUERDO


EL OLOR DEL RECUERDO

 

Los olores hacen que la memoria se active y empiece la película que trae las imágenes: todo puede empezar con el aroma de una torta recién sacada del horno que nos trae infancia, cariño maternal, el sabor insuperable a la vainilla, tardes de vacaciones y un estrujar del corazón que añora los pasados.

 

Puede también ser el olor de un libro, esa curiosa combinación de olor a papel, a tinta vieja, a goma y a guardado que nos trae piratas a la sala o instala Mompracem más allá del jardín y cerremos los ojos para que a esos olores se sume el de la pólvora, el del mar y eso que no parece tener olor alguno, que es el adiós.

 

Los olores son los efluvios que almacenamos de algún modo para recordar, por más explicaciones que nos den sobre que son moléculas que viajan por el aire y que el olfato percibe y se tornan en impulsos que llegan al cerebro que pone a funcionar determinados mecanismos donde la química y la electricidad confluyen, la magia se produce haciéndonos personajes centrales de esa historia nuestra que como un cobertor “patchwork” está hecha de retazos coloridos y abriga…

 

Los olores producen en nosotros eso que es tan extraño y se llama recuerdos.

 

Imagen: guelafoami.blogspot.com

LE DECÍAMOS PANCHÍN


PANCHIN PISTOLERO0002

A mi hermano mayor (me llevaba 11 o 12 años, nunca fui bueno para los números exactos) y todos en la familia le decíamos Panchín porque se llamaba Francisco, Ignacio de segundo nombre y Panchín, diminutivo de Pancho, supongo que venía del cariño, de cuando era chiquito y seguramente para diferenciarlo del Pancho, hermano menor de mi padre y que vivió con ellos (yo no había nacido, para nada) una temporada larga en Trujillo -si no me equivoco-  donde mi padre era ingeniero departamental de caminos.

 

Como esto que escribo viene de recuerdos de lo que me contaron mis padres, hago salvedades para indicar que puedo errar (pero la intención es lo que vale); decía de donde creo que venía el apelativo familiar de mi hermano y todos los que conocí lo llamaban así, hasta que tuve uso de razón razonable y escuché a algunos de sus compañeros de colegio, los que tomaban lonche en casa y estudiaban a veces allí, llamarlo Pancho.

 

Es verdad que Pancho suena más serio que Panchín, pero después yo aprendería que pancho se les dice a aquellos a los que se les “pasea el alma” y que en otros lugares, un pancho es un hot dog,  es decir un pan con salchicha; a mi hermano de ninguna manera se le “paseaba el alma”, pero si era un poco lo que la traducción literal de hot dog es: perro caliente y no es que mi hermano fuera un “perro maldito”, pero tenía su genio y se “calentaba” (enojaba) con facilidad….

PANCHÍN Y SU AUTITO0002

 

Vamos a decir que ese “pancho”, hotdógico  le venía mejor…; claro, a mi cuñada no le gustaba (o no le gusta) que lo llamaran Panchín y lo nombraba Pancho: recuerdo que un día mi esposa dijo “Panchín” y ella reaccionó: “¡Es Pancho! ¿Te gustaría que a Manolo (o sea a mí) le dijera “Manolín…?”; largo silencio y lección aprendida.

 

Pero esas son minucias y Panchín siempre fue (falleció hace unos años) y será Panchín y así lo recuerdo con ese cariño cómodo que tiene zapatillas de levantase y toma café con leche; mi hermano ya no está aquí y nunca pudo hacerme comer verduras, ni se enteró- creo- que Lucho y yo le robábamos cajetillas de cigarrillos Chesterfield que cuando trabajaba en lo que fue el ministerio de gobierno, guardaba en un cajón de su ropero, en el mismo cartón en que venían (tal vez de contrabando); yo sacaba un par de paquetes de la fila de abajo y acomodando el resto para que no se notara nuestro hurto, dejaba a la vista las que estaban arriba, completas…

 

Fue abogado y se especializó en planificación urbana, enseñó en la universidad, trabajó muchos años para la OEA en Brasil y en Guatemala y una mañana, ya aquí, en Lima, durmiendo, no volvió a despertar…; tengo muchas historias sobre y con él: están las que contaba mi madre y las que vivimos como hermanos y amigos, con la distancia siempre de la edad que nos diferenciaba, el “Pancho”, como otros le llamaban y el Panchín que vivirá por siempre en mi memoria y en este corazón que ya lleva cuatro infartos encima.

LOS TRES

Fotos: “Panchín revolucionario mexicano”, “Panchín mecánico automotriz”,

“Los tres hermanos”.