EL OLOR DEL RECUERDO


EL OLOR DEL RECUERDO

 

Los olores hacen que la memoria se active y empiece la película que trae las imágenes: todo puede empezar con el aroma de una torta recién sacada del horno que nos trae infancia, cariño maternal, el sabor insuperable a la vainilla, tardes de vacaciones y un estrujar del corazón que añora los pasados.

 

Puede también ser el olor de un libro, esa curiosa combinación de olor a papel, a tinta vieja, a goma y a guardado que nos trae piratas a la sala o instala Mompracem más allá del jardín y cerremos los ojos para que a esos olores se sume el de la pólvora, el del mar y eso que no parece tener olor alguno, que es el adiós.

 

Los olores son los efluvios que almacenamos de algún modo para recordar, por más explicaciones que nos den sobre que son moléculas que viajan por el aire y que el olfato percibe y se tornan en impulsos que llegan al cerebro que pone a funcionar determinados mecanismos donde la química y la electricidad confluyen, la magia se produce haciéndonos personajes centrales de esa historia nuestra que como un cobertor “patchwork” está hecha de retazos coloridos y abriga…

 

Los olores producen en nosotros eso que es tan extraño y se llama recuerdos.

 

Imagen: guelafoami.blogspot.com

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LE DECÍAMOS PANCHÍN


PANCHIN PISTOLERO0002

A mi hermano mayor (me llevaba 11 o 12 años, nunca fui bueno para los números exactos) y todos en la familia le decíamos Panchín porque se llamaba Francisco, Ignacio de segundo nombre y Panchín, diminutivo de Pancho, supongo que venía del cariño, de cuando era chiquito y seguramente para diferenciarlo del Pancho, hermano menor de mi padre y que vivió con ellos (yo no había nacido, para nada) una temporada larga en Trujillo -si no me equivoco-  donde mi padre era ingeniero departamental de caminos.

 

Como esto que escribo viene de recuerdos de lo que me contaron mis padres, hago salvedades para indicar que puedo errar (pero la intención es lo que vale); decía de donde creo que venía el apelativo familiar de mi hermano y todos los que conocí lo llamaban así, hasta que tuve uso de razón razonable y escuché a algunos de sus compañeros de colegio, los que tomaban lonche en casa y estudiaban a veces allí, llamarlo Pancho.

 

Es verdad que Pancho suena más serio que Panchín, pero después yo aprendería que pancho se les dice a aquellos a los que se les “pasea el alma” y que en otros lugares, un pancho es un hot dog,  es decir un pan con salchicha; a mi hermano de ninguna manera se le “paseaba el alma”, pero si era un poco lo que la traducción literal de hot dog es: perro caliente y no es que mi hermano fuera un “perro maldito”, pero tenía su genio y se “calentaba” (enojaba) con facilidad….

PANCHÍN Y SU AUTITO0002

 

Vamos a decir que ese “pancho”, hotdógico  le venía mejor…; claro, a mi cuñada no le gustaba (o no le gusta) que lo llamaran Panchín y lo nombraba Pancho: recuerdo que un día mi esposa dijo “Panchín” y ella reaccionó: “¡Es Pancho! ¿Te gustaría que a Manolo (o sea a mí) le dijera “Manolín…?”; largo silencio y lección aprendida.

 

Pero esas son minucias y Panchín siempre fue (falleció hace unos años) y será Panchín y así lo recuerdo con ese cariño cómodo que tiene zapatillas de levantase y toma café con leche; mi hermano ya no está aquí y nunca pudo hacerme comer verduras, ni se enteró- creo- que Lucho y yo le robábamos cajetillas de cigarrillos Chesterfield que cuando trabajaba en lo que fue el ministerio de gobierno, guardaba en un cajón de su ropero, en el mismo cartón en que venían (tal vez de contrabando); yo sacaba un par de paquetes de la fila de abajo y acomodando el resto para que no se notara nuestro hurto, dejaba a la vista las que estaban arriba, completas…

 

Fue abogado y se especializó en planificación urbana, enseñó en la universidad, trabajó muchos años para la OEA en Brasil y en Guatemala y una mañana, ya aquí, en Lima, durmiendo, no volvió a despertar…; tengo muchas historias sobre y con él: están las que contaba mi madre y las que vivimos como hermanos y amigos, con la distancia siempre de la edad que nos diferenciaba, el “Pancho”, como otros le llamaban y el Panchín que vivirá por siempre en mi memoria y en este corazón que ya lleva cuatro infartos encima.

LOS TRES

Fotos: “Panchín revolucionario mexicano”, “Panchín mecánico automotriz”,

“Los tres hermanos”.

EL JOVEN ENRIQUE


EL JOVEN ENRIQUE

Mi amigo Lucho le decía a mi padre “el Joven Enrique” y a mi madre “la Niña Tony”, tal vez porque en las películas de vaqueros que tanto nos gustaban y veíamos en el cine Balta de Barranco, siempre había un “joven” que se llevaba a la “chica” y él en vez de chica, cariñosamente, llamaba “niña”  a Tony; no lo sé con certeza, pero esa manera de nombrarlos definió siempre algo especial para mí.

 

Hoy, 14 de setiembre, hace ya años, el Joven Enrique murió mientras yo le hacía masaje al corazón y su amigo de siempre, médico cardiólogo, le daba respiración boca a boca hasta que pasados unos minutos me dijo que lo dejara, porque la sangre ya no llegaba a su cerebro y se echó a llorar mientras mi madre rezaba…

 

Casi a fin de este año, el 26 de diciembre, el Joven Enrique hubiera cumplido 115 años y se fue un año que se ha borrado de mi memoria, como se borran de ella las muertes de quienes sigo queriendo aunque no estén conmigo porque prefiero recordarlos en la cotidianeidad de sus sonrisas…

 

Tener juntos en el corazón y en las cosas familiares al Joven Enrique y a la Niña Tony que cogidos de la mano caminaron su camino enseñándome con el ejemplo que el amor es lo que permite vivir, hace que cada día sea como ese ayer que aunque sé que se ha ido, está en los recuerdos que se quedan amables; por eso, hoy que es viernes, me desperté pensando en el Joven Enrique y en que se fue en el día de la Santísima Cruz, el nombre de la parroquia a la que perteneció en Barranco.

SONRISA PAPY0002

 

PRESENCIA DE TONY.


TONY EN LA PLAYA EN TRAJE DE BAÑO.

Si no me equivoco hay un cuento que se llama “Presencia de Inés” y recordé el título (aunque no me acuerde del autor, ni cuándo lo leí) al empezar a escribir este post, que subiré el viernes a “manologo”; estoy escuchando el Nocturno Opus 9. Número 2, de Chopin en una ejecución magistral del pianista lituano Vadim Chaimovich, que encontré en Youtube.

 

(https://www.youtube.com/watch?v=OvAQ0wdNFpM)

 

Dura 10 (diez) horas…; por supuesto que la pieza musical se repite una y otra vez, con un pequeñísimo intervalo entre cada una.

 

Puede parecer de locos o una tontería esto que hago, pero me siento como si fuera pequeño y mi madre hubiera puesto en el tocadiscos el disco de 33 rpm de funda azul celeste que tiene bandas negras, sobre las que está escrito, en inglés, con letras amarillas, lo que yo no sé leer aún…

 

 

Es que al encontrar esta versión repetida una y otra vez del tema favorito de Tony, que tocaba el piano aprendido de chica y nunca tuvimos en casa, decidí que sonara en la computadora el tiempo completo, mientras yo escribía, almorzábamos con Alicia y Paloma, lavaba la vajilla que usamos, regresaba a escribir, respondía correos y esperábamos que llegara Alicia María con la nieta Miranda para una visita que será reunión de familia.

 

Es mi manera de recordar a Tony, de tenerla presente, de que esté aquí, en mi memoria y en la música durante mucho tiempo; ahora ya sé que cada vez que coja uno de sus álbumes con fotografías de los años que ya se fueron, tomadas por mi padre, por mis tíos o por algún fotógrafo ocasional, donde hay personas que no tienen nombre para mí, porque se fue la memoria de todo, que era mi madre y se llevó con ella esos nombres que correspondían a quienes rieron, jugaron carnavales, se disfrazaron, fueron de excursión, viajaron a Tingo o estuvieron en Trujillo, vivieron en el Cusco y posaron para un lente que los perennizara…

 

Ahora escribo porque sé que tengo que hacerlo, como un pequeño homenaje de cariño con música de fondo, para esa mujer de la que aprendí tanto; que junto con mi padre me guiaron poniéndome en camino para después dejarme andar solo, asumiendo los errores y aciertos de la vida, observándome con amor mientras vivieron.

 

Podría escribir más, pero sé que no debo ser extenso, porque si alguien lee esto, lo cansaría y al fin, lo que menos quisiera es que suceda.

 

Seguiré con las cosas habituales, leeré, vendrá la hija mayor con la nieta menor; de fondo siempre estará Chopin y sentiré que Tony está aquí, acompañándonos.

EL BARÓN DE MALAPATAEMBURGO*


CUCÚ ANTIGUO

Un comentario me trae a la memoria al “Barón de Malapataemburgo” personaje de mi infancia barranquina.

Su recuerdo, lo confieso, es borroso a pesar de que si trato consigo verlo a través de la niebla de los años (han pasado más de sesenta): bajito, serio pero amable; con un bigotito a lo Adolfo Hitler y el pelo cortado “a cepillo“. Era profesor de inglés y se apellidaba Telaya. Su nombre no lo supe nunca, pero me enteré , por mi madre, que era arequipeño.

 

Era nuestro vecino porque vivía muy cerca de “Villa Teresa“; en realidad únicamente había que bajar las escaleras que daban a la puerta de al lado en la calle y en el primer descanso estaba su departamento, donde vivía solo. Otra puerta daba al departamento de la familia Rivarola (que tenían lo que creo era un automóvil “Standard Vanguard” negro y pequeño, que estacionaban afuera en la calle Ayacucho. Tal vez había otro departamento allí, pero bajando el último tramo de escaleras se pasaba frente al de Anita Williams, costurera eximia y amiga de mi madre; el departamento de Anita se abría a una gran terraza de la que se veía el acantilado y por supuesto el mar.

 

En la terraza había una sombrilla rígida, pintada a colores rojo y amarillo tal vez; sí muy descolorida por el sol de innumerables veranos…

La terraza era un territorio donde soñar con aventuras que tenían al mar como escenario y a los barcos piratas como protagonistas, mientras a mi madre le probaban un vestido que había llevado para que “lo arreglaran“.

 

¡Personajes y años barranquinos que pasaron!… La memoria es un reloj cucú al que hay que darle cuerda, esperar que su mecanismo no se haya estropeado con el tiempo y nos sorprenda con el pajarito que sale para anunciar las horas; esas que ya no volverán.

 

*(Publicado hoy, miércoles 3.1.2018 en el blog  elpoderdelasletras.com).

 

LA NIÑA ROSADA DE LA CASA AZUL.


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Hoy que es 12 de noviembre, mi hermana Teté cumple años. Publico este artículo que forma parte del librito “El pasado se avecina” y lo hago, rompiendo una costumbre pocas veces alterada por mí, de no escribir ni publicar fines de semana. Pero hoy es un día especial y quiero, necesito, compartir esto.

 La fotografía en blanco y negro que ilustra el post, es de 1951 o antes. Ya la casa no era azul y estaba pintada de un color blanco cremoso…

 ¡Gracias por todo hermana! ¡Gracias Teté!

Manolo.

 

 

LA NIÑA ROSADA DE LA CASA AZUL.

 Ayacucho 263, nuestra casa en Barranco, donde viví desde 1947 hasta 1963 fue alquilada por mi padre a la señora René Pazos de Letona un poco antes de nacer yo.

 

Esta casa existe aún pero por lo que sé ha sido reformada y por supuesto, ha cambiado de color. Sólo queda el azul añil original en una pared de madera que está dividiendo la propiedad con una casa de al lado y que se puede ver desde  la zona de la Ermita.

Si uno se para de espaldas a la iglesia, mirando hacia el Puente de los Suspiros, se verá la casa, con sus dos terrazas, el mirador y el alto pozo de agua, refugio de gallinazos invernales y allí una solitaria pared azul añil que está a la derecha.

 

En esa casa, sobre unas letras que la nombran como “Villa Teresa”, hay dos ventanas que eran las del cuarto de mi hermana…Teresa.

 

Allí se asomaba ella y a decir de un amigo, el doctor Carlos Bambarén, hasta la calle Ayacucho venían desde Miraflores, para ver a “la niña rosada de la casa azul”, los amigos de mi hermana. Cuando Carlos me narró esto y me habló de la famosa Teté Echegaray, muchos años después de los sucesos, yo no tenía idea de que la hubiera conocido; ni tampoco que ella hubiera sido una de esas bellezas que a cierta edad uno se dedica a contemplar.

 

Hoy mi hermana que vive en Arequipa desde que se casó en 1952 y que ya tiene un biznieto, sigue igual de activa y bonita.

 

Los años no han hecho mayor mella en su carácter divertido, contestatario y socarrón. Es cierto que las enfermedades no han sido ajenas a su realidad – una encefalitis milagrosamente curada por ejemplo- pero todo lo sobrelleva con ése aire que hace que uno se pregunte cuál será su secreto.

 

Teté ha sido siempre una especie de mamá para mí. Cuando nací, ella estaba en cuarto o quinto de media y yo resultaba ser una especie de juguete animado. Me llevaba a la playa, me mostraba a sus amigos y era el engreído, hasta que se casó y heredé su cuarto en la casa;  ella se fue a vivir a Arequipa, con Jorge Ballón, mi cuñado, hombre maravilloso cuya muerte hace unos años la dejó prácticamente sola en su casa de “El Bosque” en la subida a Cayma.

 

Hablamos por teléfono semanalmente, porque yo ya no puedo volver a Arequipa, después del último infarto que me dio  precisamente allí, cuando la visitaba en octubre del 2008. Reconozco su estado de ánimo por el tono de la voz y a veces quisiera estar sentado en su sala para conversar largo y escuchar las historias que a veces sé y otras veces oigo por primera vez. El tiempo pasa, Panchín nuestro hermano intermedio ha muerto y poco a poco vamos cerrando el libro de la vida. Tal vez por eso escribo estas historias antes que los recuerdos se borren y queden las fotografías sin leyenda.