“YO LLAMO A DIOS”


Cuando éramos chicos y nos peleábamos con alguien en el colegio, las amenazas verbales iban subiendo de tono y en la escala de la importancia: “¡Yo llamo a mi hermano mayor, para que te pegue!” y la respuesta solía ser: “¡Y yo llamo a mi papá para que les pegue a los dos!”. Así, hasta que a uno se le ocurría: “¡Yo llamo a Dios!”. Zanjado el asunto.

Uno de los dos manifestaba tener de su parte al más fuerte y poderoso, aquél con el que nadie podía meterse.

Esto suele suceder de alguna manera en la sociedad: siempre se tiende a buscar el apoyo del más poderoso o decir de alguna manera que se lo tiene, para ganar en algo.

Estar cerca de la presidencia, por ejemplo, ya seaDios por amistad o ubicación, es para algunos una ventaja competitiva y si no se puede “llegar” la escala ofrece cantidad de posibilidades en las que “recostarse” e invocar en caso necesario. Como un conjuro mágico, se cree que mencionar cargos o personas con algún poder, puede ayudar a resolver las cosas. La costumbre hace que no se busque en uno mismo las fortalezas, sino que estas sean “prestadas” por alguien que “puede” y cuya sola mención tendría que hacer dudar a alguien.

La costumbre implica confiar no en lo propio sino en lo hipotéticamente prestado para demostrar una capacidad que realmente no se tiene.

Como los chicos de primaria de hace muchos años, decimos confiar en el “más” y creemos (porque a veces la experiencia lo dice) que el asunto funciona. Existen los “cucos” de uso personal, para “emergencias” y no nos damos cuenta que son eso y que, salvo excepciones, no son realidad.

El problema se genera cuando la verdad no deja lugar a dudas.

 

 

 

 

ESA PREGUNTA NI SE PREGUNTA


La pregunta inocente hecha por un niño es capaz de sacar de sus casillas al adulto; ponerlo tan contra la espada y la pared, que lo hace decir “y porque sí”, o “porque soy tu padre/madre” o “porque sé”. Contestaciones todas que enmascaran ignorancia, hastío, desconcierto, pero ninguna válida. Y el niño se guarda su pregunta hasta ocasión mejor y cuando puede buscará la respuesta en sus amigos, en ése vasto mundo que es la vida y tal vez lo que encuentre no será la verdad, sino “lo que le han dicho” y él tomará por cierto. Así sucede muchas veces con inquietudes múltiples y luego nos quejamos porque la sociedad no anda, de caminos torcidos, de conductas impropias con un “¿de donde vendrá eso?”, sin darnos cuenta que nosotros mismos hemos ido construyendo a base de preguntas sin respuesta, una casa que no tiene cimientos y que donde debió crecer un árbol solo medran arbustos que el menor aire lleva de un lado para otro.

Enfrentar las preguntas de un niño es enfrentar a la vida y en nuestras respuestas está su formación. Sin embargo a veces preferimos escabullirnos por desidia, flojera o temor a encontrarnos con lo que no nos gusta. Entonces nuestras contestaciones lo reflejan, mientras la duda sigue hasta que un día encuentra su respuesta desde donde nunca pensamos que vendría. Es cuando los “porqué” hacen su aparición y se prefiere reprimir para acallar,  oscurecer para no ver las cosas. Son respuestas que los adultos “entendemos” porque nos acostumbraron a ello desde chicos, cuando el origen de las cosas era desconocido y los mayores preferían “hablar de otras cosas” en lugar de contarnos la verdad.