AVALANCHA.


AVALANCHA

Leer era su pasión. Además de comer, dormir e ir al baño era lo único que hacía porque una herencia de su abuelo que consistía en una inmensa biblioteca y una cuenta bancaria bien provista se lo permitía.

 

Leía siempre al pie de los estantes repletos, en un sillón muy cómodo y tenía a mano una mesita para el café y las galletitas que renovaba constantemente Antonia, la que fuera empleada de su abuelo y le decía “niño” aunque tuviera como treinta y cinco años.

 

Antonia estaba casada con Samuel, que era el jardinero, el que veía los asuntos de plata y del diario vivir. Entre Antonia y Samuel hacían funcionar la casa y él leía.

 

Un martes por la tarde estaba ensimismado con un libro que narraba las desventuras de un político de la antigua Roma, cuando un ruido sordo precedió al inmenso temblor; al terremoto que no le dio tiempo de levantase del sillón porque trajo abajo las estanterías y los miles de libros que en una avalancha literaria lo aplastaron.

 

Cuando todo pasó y Antonia seguía arrodillada en el jardín de adentro, Samuel trató de entrar a la biblioteca y desde la puerta vio que estantes y libros lo cubrían todo.

 

Antonia y Samuel limpiaron, lo enterraron, pusieron los libros en cajones y los fueron vendiendo hasta que desaparecieron.

 

Ahora viven bien, pero leen revistas, que son más ligeras y no las coleccionan.

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FLOP.


Mujer-esperando

Siempre fue un distraído.

Cuando encontró a la que creía la chica de sus sueños, conversaron y quedaron en ir juntos al cine el domingo siguiente. Era apenas lunes y para no olvidarse, cuando ella se fue, apuntó en un papel el día, la hora, puso Patricia y la palabra CINE en mayúsculas.

 

En casa, el miércoles le lavaron el blue jean con el papel guardado en el bolsillo; nunca fue a la cita el domingo siguiente porque no se acordó; de todos modos, ni siquiera había apuntado el nombre del cine.

¿UN INGREDIENTE “MÁGICO”?


CUCHARA

Hace dos años más o menos, escribí este texto. Ahora lo vuelvo a compartir, porque parece que la “magia” sigue.

 

Me ha sucedido varias veces, con diferentes productos: al mirar los componentes, leo “AQUA”. Supuse, como creo que la mayoría, que se trataba de un error de escritura. Esto fue con el primer producto, pero cuando vi repetido el término en otros, pensé que era un modo “sofisticado” de llamar a algo tan simple y desprovisto de magia como el AGUA. Y claro, si uno se pone a pensar, el componente líquido ese, debería serlo.

Tal vez ACQUA, que es agua en italiano suena mejor que el agua. Pero no, la “c” no existía y entonces se me prendió el foquito: AQUA es AGUA… ¡en latín!

Definitivamente una manera sofisticada de nombrar eso que cuando uno abre cualquier caño, sale.

Debe ser porque al consumidor no se le puede decir “así nomás” que lo que compra tiene agua si entre otros insumos contiene Sodiumlaureth sulfate y Guar hydroxipropyltrimonium, más otros con nombres complicados, difíciles de leer y pronunciar.

Poner AGUA solamente, no tiene ningún “glamour”.

 

¿Será que los ingredientes están en idioma inglés? En ese caso debería ponerse WATER. O sea que hay en las etiquetas de ciertos productos un plurilingüismo curioso y una sofisticada inventiva de palabras que transforma el agua en algo casi mágico. ¿No será, digo, que hay una nomenclatura química detrás?

Tal vez sea huachafería monda y lironda nada más.