ESQUINAS HAY EN LA VIDA…


ESQUINA

Lo consideraban el “lunar” de la familia.

Siempre fue díscolo y no quería seguir las reglas; de chico lo castigaban y él rumiaba su rabia. Era rabia por no poder salir, por tenerse que quedar encerrado en su cuarto, porque sus amigos estaban afuera, jugando y lo llamaban y él espiaba impotente por la ventana, cuidando que no lo vieran de la calle.

 

Tuvo una adolescencia tumultuosa que recorrió hasta tres colegios de donde indefectiblemente lo botaron.

Su padre trataba de corregirlo a correazos y su madre sufría por el hijo “torcido” que en nada se parecía a los mellizos.

 

Lo que nunca supieron es que a él, de chico, le hubiera gustado ser mellizo y tener un hermano igualito al que poder echarle la culpa en caso necesario.

 

En vez de hermano mellizo tuvo amigos de barrio y de cuadra, que después se volvieron compañeros de esquina. Pensaban lo mismo que Guillermo, el audaz del grupito, porque les daba flojera pensar por cuenta de ellos mismos.

 

Pensaban que lo mejor era la esquina desde donde, en “mancha” podían hacer cosas que solos no se hubieran atrevido. El grupo los protegía y por fin encontraba a quienes, como él lo había deseado de niño, les echaban la culpa a otros en un “¡Yo no fui!” circular.

 

Hasta que un día el círculo que parecía interminable se rompió, precisamente en él, que se quedó solo, “monse”, frente al patrullero; y ni siquiera había arrebatado el celular.

 

Se lo llevaron y en la comisaría le dieron un buen susto, haciéndolo quedarse ocho horas. Cuando salió era entrada la noche, no tenía un centavo y tuvo que “patonear” como diez cuadras hasta su casa.

 

Lo esperaban su madre preocupada y su padre furioso; no dijo nada, sino que había estado “por ahí”…

 

Cuando al día siguiente llegó a la esquina, los amigos lo miraron como a un apestado. No se imaginó nunca que salir de la “cómica” lo convertiría en un paria.