DOS AÑOS


TETÉ EN LA VENTANA DE EL BOSQUE0002.jpg

Hoy, hace dos años que mi hermana Teté partió, pero nos ha dejado en compañía de su sonrisa única y su alegría contagiosa.

 

SOLTERITO


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Hay un plato famoso de la cocina arequipeña, que se llama SOLTERITO; sus ingredientes son: habas frescas, choclos,  azúcar, cebolla, queso fresco, aceitunas verdes, tomate, zanahoria, lechuga, rocoto, además de una cucharadita de anís, aceite, vinagre, sal, pimienta y perejil picado…

 

El solterito es muy popular y no hay picantería arequipeña que no lo ofrezca con verdadero orgullo, pero lo que me intrigó siempre es el nombre que tiene el plato y si miramos los ingredientes veremos que no hay carne de ningún tipo…; digo ¿no será que se le llama así por una broma misógina y vulgarona sobre la falta de “carne” para los solteros?

 

Imagen: quericavida.com

 

 

EL ABUELO FRANCISCO.


ABUELO FRANCISCO.

Como ya lo he dicho en un antiguo escrito, “Conocí a mi abuelo Francisco en el color de los ojos de mi madre”, porque falleció en 1938, bastante antes de que yo naciera y todo lo que he sabido de él ha sido por intermedio de María Antonieta, “Tony”, para nosotros, historias de familia, los escritos de él o sobre él y las fotografías.

 

Vuelvo a escribir sobre mi abuelo Francisco porque cuanto más ahondo en este conocimiento póstumo, siento tremendamente no haberlo conocido en persona, para poder preguntarle y aprender de él directamente, esas cosas que los nietos quieren saber de los abuelos y que estos, quitándose los anteojos, cuentan…

 

Cuando miro la fotos veo a un hombre que debió ser bajito, serio, que muy rara vez aparece riendo, aunque sea una instantánea la que lo muestre (y eran raras esas fotografías tan populares hoy, en una época en que se pensaba estar posando para la posteridad); con anteojos redondos, calvo y con bigote, siempre de saco y corbata.

 

Cuando leo sobre él, lo único que veo y conservo son palabras de homenaje, de agradecimiento; que hablan de un hombre extraordinario, que se pagó los estudios universitarios de Derecho dando para ser abogado, dictando clases en un colegio; que fue maestro universitario, rector tres veces de la misma universidad donde estudió su carrera en Arequipa, profesional reconocido, condecorado con la Orden del Sol por el Estado.

LIBRO HOMENAJE ABUELO FRANCISCO. (2)

 

Leo asombrado sus poesías y la prosa suya que encontré en hojas sueltas;  recuerdo que mi madre me contaba de su puntualidad, que los escritos sobre él corroboran, de cómo se levantaba al alba y se acostaba temprano cada día, sin importar que fuera lunes o domingo; que leía muchísimo y que yo nunca pude ver su biblioteca fabulosa que alguno de mis primos mayores vendió en su provecho…

 

No conocí a mi abuelo Francisco, el de la prole numerosa, que tenía la imagen del patriarca, del hombre justo; el que por sus ideas de avanzada supo ganarse el respeto de muchos y la inquina de algunos, pero hubiera sido muy feliz de conocerlo y que con mi abuela Margarita tomáramos el té un sábado, en el gran comedor, para después, al piano, escucharla tocar lo que ella quisiera, yo sentado en la alfombra y él en lo que de seguro era su sillón favorito.

REVISTA UNSA HOMENAJE ABUELO FRANCISCO.

 

Sí, tal vez me excedido en espacio, pero es que cuando pienso en mi abuelo Francisco es tanta la carga de recuerdos heredados que se desborda como el agua de un pozo y corre libremente haciendo que reviva unos días que nunca conocí, pero que intuyo.

BANQUETE PARA EL ABUELO FRANCISCO 1923. (2)

 

LA CAJITA.


CAJITA DE TETÉ

Pequeña, antigua, indudablemente fina, con quién sabe cuántos años, hecha de madera delgada, forrada por fuera con lo que parecía cuero de color guinda que mostraba arañazos de uso, y las iniciales “A. S”  grabadas en la tapa; le di vueltas y curioso, imaginé…

 

 

Las iniciales “A.S”  grabadas en la parte de afuera podrían corresponder a las de mi abuela paterna, Antonia del Solar, porque no sé si ella exactamente, pero sí su familia, había vivido en París, donde se fuera a radicar dejando el Cuzco y la hacienda inmensa cuya “capital” era lo que hoy es el pueblo de Lucre; estas son cavilaciones mías, hechas uniendo lo que mi padre me contaba, porque ciertamente la cajita no tenía más señas ni conozco su historia pasada; solo sé que la tenía mi hermana mayor, Teresa o Teté como le decíamos todos – sus hijos incluidos (con ese arequipeñísimo “la” antecediendo al nombre)- que falleció a los ochenta y cinco años, unos días antes de cumplir uno más hace solo unos meses.

 

 

Teté ya casi no salía, comía casi nada, era divertida, amable, aguda y caprichosa; mi hermana era de esas personas que uno encuentra una sola vez en la vida…

 

 

La cajita –porque de eso se trata esta historia- llegó a mis manos porque mi sobrina, que se encargó dolorosamente de ordenar todo lo que Teté tenía en casa, para repartir entre sus dos hermanos y ella misma los recuerdos de toda una vida, donar libros, muebles, electrodomésticos y menaje; la casa, por decisión de los tres hijos se cerraría para después venderse.

 

 

Teresa María, mi sobrina, me trajo de recuerdo la cajita y al abrirla,  encontré que tenía dentro una fotografía tamaño “carnet” en blanco y negro  de Teté…; luego de la sorpresa que me llenó de recuerdos que se agolpaban rápidos, vi  que la tapa estaba forrada por una especie de seda guinda con las palabras  “Ch. FONTANA  & Cie.   PALAIS ROYAL  96 a 98   PARIS” impresas en dorado y en la parte inferior con terciopelo, ligeramente levantado que tenía cuatro ranuras, para exhibir el contenido que habría sido un juego de tres joyas: anillo, aro y un par de aretes…

 

Guardo celosamente la cajita que en alguna época contuvo un juego de joyas que mi hermana heredó de nuestra abuela Antonia y que ahora guarda para siempre una joya mayor: el retrato de Teté.

 

 

 

LAS TÍAS DE ADENTRO Y LAS TÍAS DE AFUERA.


CON MANTÓN DE MANILA CIRCA 1929 TONY PRIMERA IZQ

La antigua casa de mis abuelos Gómez de la Torre en Arequipa, quedaba en la calle Santo Domingo y cuando la conocí, el cine “Real” era su vecino inmediato; muy grande con un portón de madera que a mí de chico me parecía impenetrable, guardaba todos los secretos imaginables que pudiera tejer la imaginación de un niño.

 

Un corto zaguán desembocaba en el patio principal que  estaba rodeado de habitaciones, un baño, la entrada al gran salón y al comedor y a la parte de adentro, donde mis tías, las primas de mi madre, vivían; Julita, Luisa, Alicia, Georgina y la Carmen Zegarra –“la Yayita”- que cosía maravillosamente y tenía un gorrión que la seguía como un perro donde ella fuera por la casa y estaba entrenado para cuando ella cogiera un hijo para ensartar la aguja, cogiera con su pico la hebra y la hiciera pasar por el ojo de la aguja, asombrándonos; esas eran “las tías de adentro” porque “las tías de afuera”, Graciela Y Carmela –hermanas de mi madre- tenían su feudo en la zona del patio, que incluía un cuartito debajo de la escalera que iba a la azotea y a la casita de madera donde estaba la biblioteca del abuelo Francisco a la que nunca me permitieron subir; en ese cuartito mis tías Carmela y Graciela preparaban dulces que me resultan memorables ahora y entonces tenían la magia final de una tarde repleta de hallazgos, historias y juegos de “whist”.

 

Los territorios –que así veíamos mis primos y yo- estaban divididos por el comedor con su gran mesa; allí, cuando mis abuelos vivían se reunía para las comidas una familia tan numerosa que lo hacían en dos tandas: primero los chicos y luego, por separado, los adultos; el mismo mecanismo repartidor se repetía en desayuno, almuerzo, lonche y cena.

 

Las muchas veces que fui a la casa de Santo Domingo, quienes nos recibían eran mis tías Carmela y Graciela, pero abría “la puerta chica” del portón principal, Agustina, una mujer mayor, bajita, sonriente, peinada con moño, que era la empleada para “todo servicio” de las “tías de afuera”; con muchísimos años viviendo en la casa (creo que desde que era joven), habitaba en la parte de adentro, donde había otro patio, una pequeña huerta, una poza (que llamábamos “piscina”  –pero nunca usamos como tal-) y más habitaciones, unas donde estaban “las tías de adentro” y al otro lado la cocina y las habitaciones de servicio (que en ése momento se reducía a “la” Agustina y a otra señora, “la” Alberta (que tenía bigote y usaba trenza) que venía ciertos días a lavar la ropa; más que seguramente habría otra empleada, pero no la recuerdo…

 

Al contrario de lo que sucedía mientras vivieron mis abuelos, en el comedor “las tías de afuera” comían a diferentes horas que “las tías de adentro” para no cruzarse, a pesar de que usaban el mismo (único) portón para salir a la calle y verse a veces en la misa del domingo de la iglesia de Santo Domingo o en alguna visita protocolar y esporádica de las unas a las otras o viceversa; eran dos terrenos marcados por una costumbre extraña que nunca pude averiguar por más que pregunté a mi madre. Supongo que sería algo derivado de que unas eran hijas de Francisco y las otras, sobrinas.

 

 

Tiempo después vino a vivir en una de las habitaciones que rodeaban el patio de afuera, René; pero esa es una historia diferente y que guardo para contar más tarde…

 

 

Fotografía: Circa 1929 “Con mantón de Manila”.  La primera por la izquierda es Antonieta mi madre, con sus hermanas Graciela y Carmela y sus primas Luisa, Julita y Georgina.

TETÉ.


 

TETÉ Y YO

No pensé escribir esto, pero es que mi hermana Teté ha fallecido ayer; a los 85 años y días antes de su cumpleaños ochenta y seis, fue a reunirse con Jorge, el amor de su vida, con nuestros papás y hermanos.

 

Tengo pena porque no volveré a escuchar su risa, salvo en mi memoria, pero sé que lo único que hizo fue tomar el camino; voy a extrañarla y como ella tenía quince años cuando nací, para mí los va a tener siempre.

 

Adiós hermana, ya no podremos hablar por teléfono los miércoles y los domingos a las nueve de la maña, pero sé que estás bien; saluda a todos y diles que cuando me toque voy a estar por allí, para que no nos separemos más.