LA PALABRA


Se apellidaba igual, pero no sabía de ningún pariente que viviera al otro lado del mar, tan lejos hasta del idioma que se adivinaba al pronunciarlo…

Se enteró porque un amigo le comentó: “¿Viste la tele? Hay alguien que de pronto es tu pariente, porque tiene el mismo nombre y apellido…, en Japón… Lo acusan de ser un asesino en serie…”

Parpadeó y negó con la cabeza: “Es una coincidencia, porque yo no tengo más parientes que mi tía viuda, mi primo, su hijo, que todavía está chiquito y viven a tres cuadras de la casa…”.

Japón…, pariente…, asesino…, mismo nombre y apellido… La palabra era “colombroño”, pero como era antigua, él no la conocía y su amigo tampoco…

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LOS DESAYUNEROS


Se reunían temprano, en una de las mesas que estaban en el exterior del café, sobre la vereda; generalmente primero eran dos, a los que poco a poco se iban uniendo otros y el mozo acercaba sillas, o una mesa más, si fuera necesario. Ya sabía que de lunes a viernes se reunían lo que él llamaba “Los Desayuneros”, que conversaban, comentaban noticias oídas en la radio, mostraban un periódico, compartían silencios y fumaban…

¿Desayuno…? ¡Nada! Solamente café; litros de café y algún vasito de agua para alguien. Podían haber sido “Los Tempraneros”, o “Los Converseros”, o tal vez mejor, “Los Cafeteros”. Pero les llamaban “Los Desayuneros” y ese nombre era adivinado a la llegada de los dos primeros, cinco días en la semana, por el mozo inventor, que se sentía parte de ellos.

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ENSEÑAR… ¿LOS DIENTES?


A veces se piensa que el profesor es “buena gente”, sonríe mucho y de pronto, a la hora del examen resulta ser “un maldito desconsiderado” uno que sí, sonríe, pero la sonrisa es malévola y seguro que se frota las manos …

Sucede que el examen es “bien difícil” y no concuerda para nada con la imagen de “patita bonachón” del profe, el que se ríe con las bromas de los estudiantes y las festeja …

El profe “amigo” se convierte en una especie de verdugo traicionero, que con cinco preguntas va a ajusticiar a la clase entera …

Seguro que estará gozando”, piensa la mayoría, esa mayoría que no se da cuenta de que el profesor puede ser buena persona, pero que su misión es enseñar y si de paso hace amigos, mejor que mejor …

Se suele confundir la amistad con la permisividad y claro, cuando llega “la hora de los loros”, las sonrisas estudiantiles se transforman en crujir de dientes, murmullos de desaprobación y miradas de odio …

Desde entonces, la percepción cambia, las notas confirman ese cambio y después de la amable “charla post notas” del profesor (ya no el “profe”) en el aula, la mayoría se hace, a regañadientes, el firme propósito de estudiar, salvo claro, los dos o tres a los que les decían “chancones” y que sabían que a la universidad se va a hacer amigos, claro, pero que el principal quehacer, es estudiar …

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EL HIJO DEL VIENTO


Era de todas partes y de ninguna.

Venía no se sabe de dónde y no se sabía dónde iría.

Libre, despreocupado, sin ningún compromiso ni atadura, se sabía dueño del pasado, disfrutaba el presente y el futuro le tenía sin cuidado…

Su único quehacer era vivir, existir, ser.

El problema era que no sabía quién o qué era, empujado al azar por el soplo del viento.

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UN DÍA DESPUÉS…


Ayer, catorce de setiembre, se cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento de mi padre y, francamente, no pude escribir nada al respecto, como hubiera querido, porque como le dije a un amigo, los recuerdos se agolparon y el tumulto me bloqueó…

No importa cuántos años hace de su partida, pero lo que nunca olvidaré es que su vida se extinguía, mientras yo le hacía masajes y presión en el pecho, turnándome con su médico cardiólogo y amigo, que le daba respiración boca a boca; todo vuelve como una película y estoy viendo al médico terminar de tomarle la presión, empezar a guardar el aparato, cuando mi padre, echado, tira un poco su cabeza hacia atrás, abre la boca y balbucea, como queriendo decir algo. El médico de inmediato me pide que con las dos manos entrelazadas me apoye sobre el pecho de Manuel Enrique y haga presión fuerte, una y otra vez. Él, a su turno, le practica respiración boca a boca. Esto se repite cuatro, cinco, seis…, incontables veces, hasta que, llorando, el médico, su amigo, me dice que ya nos detengamos, porque no está recibiendo oxígeno… Mi padre se ha ido y sobre la cama queda el envoltorio, que es su cuerpo. En la habitación estamos mi madre, mi esposa, el médico y yo. Llorando, en silencio, creo que todos rezamos…

Ahora que lo he escrito, pienso que la vida de mi padre se fue de entre mis manos y que tal vez el último contacto que sintió fue el mío, desesperado y lleno de cariño, diciéndole: “¡Por favor, no te vayas…!”.

Han pasado los años –no importan cuántos, como dije- y de vez en cuando me pongo a mirar las fotos donde aparece él, casi siempre sonriendo … Veo la única foto que tengo del matrimonio de mis padres, en lo que podría ser la casa de los abuelos Gómez de la Torre, en la calle Santo Domingo, en Arequipa: es el último día del año 1931…

Otra vez se agolpan los recuerdos y prefiero no seguir escribiendo… Sólo quisiera que sepas Manuel Enrique, que los quise y los quiero mucho a Tony y a ti…

EN BUSCA DE LA PAZ


Toda su vida fue una pelea constante.

Peleó contra la situación, contra un presente maligno y anticipándose a un futuro que avizoraba negativo …

Sentía que era una lucha sin final, porque cuando creía conseguir una pausa, se daba cuenta de inmediato de que era solamente el tránsito a hacia un escalón más de esa bajada mareante y al parecer interminable…

Como suele sucederles a quienes pelean, lo que ansiaba era la paz, la tranquilidad, el que nada ni nadie interviniera sus horas, molestándole con pequeñas o grandes cosas…

Un día encontró verdaderamente lo que había buscado porque se murió y entonces, descansó en paz. En lo que comúnmente se llama “la paz del cementerio”.

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