PARECE QUE FUE AYER…


Mi padre murió un día como hoy, para tristeza mía, mientras estaba haciéndole masaje al corazón, alternando con el médico que le practicaba respiración boca a boca; hasta que pasado un tiempo y tas repetidos intentos del cardiólogo y míos, le pedí a mi madre que estaba a un costado, que rezara –lo que ella ya estaba haciendo, en silencio- y detuvimos los intentos de reanimación. Con las lágrimas corriéndole por las mejillas, su amigo, médico cardiólogo, me dijo que no lo hiciéramos más, porque ya el cerebro de Manuel Enrique no recibía oxígeno …

Ahí estaba mi padre, echado boca arriba, mirando al cielo, pero a ese con mayúscula, donde se dirigía. Recuerdo los ojos de sorpresa y el rictus de dolor de su boca, en el instante en que el doctor guardaba los implementos que había usado para hacer un electrocardiograma; recuerdo también el grito de su amigo médico: “¡Infarto…! ¡Hazle masaje al corazón, yo le hago respiración de boca a boca…!” Recuerdo los ojos brillantes de lágrimas de mi madre y el rezo musitado de Alicia …

Francamente ya no recuerdo más o tal vez he borrado de mi memoria esos momentos, en los que el hombre que yo soñaba de niño que viviría siempre, se iba, nos dejaba … para siempre.

Han pasado los años, pero esas escenas dolorosas han quedado grabadas en mi mente y hoy, nuevamente, me llevan a la incredulidad de esos momentos y a la curiosa confianza tranquila que siguió, porque supe que mi padre, el ingeniero constructor de los muchos caminos, había llegado con éxito a culminar el camino más importante, que era su vida misma, justo el día de la Santísima Cruz   …

Manuel Enrique, padre, ingeniero, hombre bueno, desde aquí, Manolo, el único que queda de esa nuestra pequeña familia, no solamente te recuerda, sino que te abraza cariñoso y contigo a Tony, a Teté, a Panchín y a Lucho, el hermano que me perdí de conocer …

EL GATO DE MI PADRE


Empezaré diciendo que, qué yo sepa, mi padre no tuvo un gato, o por lo menos nunca supe de ello. Lo que voy a contar es acerca de un sueño que tuve y como suele suceder mientras soñamos, el asunto era “real” …

Soñé que era de madrugada y unos maullidos y ruidos hicieron que saliera al patio (de una casa –mi casa- pero innominada) y viera acurrucado debajo de la escalera a un gato, que atemorizado, me miraba; seguramente sus maullidos se debían a que repartidos sobre los peldaños de la escalera había otros gatos, a los que traté de espantar diciendo: “¡Fuera gato…! ¡Fuera…!”, y me miraron sin hacer caso, por lo que volví a tratar de espantarlos. No recuerdo si los gatos se fueron, porque supongo que el sueño cambió a otra cosa …

En la mañana siguiente, Alicia me dijo que –como mi papá- había estado tratando de –totalmente dormido- seguramente de espantar a un gato, a la voz de “¡Fuera gato…! ¡Fuera…!” y que era lo mismo que le había contado mi madre, hace muchos años, sobre mi padre y su reacción   –totalmente dormido- para espantar a un gato en su sueño, con las mismas palabras que yo usé …

¿Soñé el sueño de mi padre? Dicen que soñar con gatos significa prosperidad y dinero, también libertad … Ojalá así fuera, no por la “libertad” –porque creo ser libre y estarlo de problemas mayores- pero sí por el dinero, que siempre hace falta, y por la prosperidad, que se muestra huidiza …  Dicen también que “soñar no cuesta nada” y don Pedro Calderón de la Barca, afirma que “los sueños, sueños son” …

Imagen: https://genial.guru

ESCALÍMETRO, REGLA DE CÁLCULO, TEODOLITO, BRÚJULA, COMPÁS, TIRALÍNEAS, REGLA T, WINCHA…


Mi padre era ingeniero y estas palabras “técnicas” eran comunes en su vocabulario y los objetos que ellas nombraban anduvieron presentes por la casa, guardados, es verdad, en cajas, cajitas y más de un cajón, porque no eran los únicos “implementos profesionales”, sino parte de toda una –para mí- parafernalia incomprensible que “delataría” a quien supiera ver, a su dueño, don Manuel Enrique, el ingeniero civil, el constructor de caminos, el ingeniero mecánico-electricista, para el que los problemas eran retos, resolvía –para mi asombro- raíces cúbicas de memoria …

En mi recuerdo está la caja azul, larga, con interior forrado en tela de seda también azul pero brillante, ribeteada con un cordoncillo rojo, donde “dormía” el más increíble juego de compases, tiralíneas y otros instrumentos de dibujo, de un metal extraño, que no se oxidaba y que me encantaba mirar, sin saber bien para qué servían; sólo había visto algunos en uso, cuando sobre la mesa del comedor, mi padre extendía   –lo que después supe era- un plano y trazaba líneas con tinta china, medía, hacía operaciones en la regla de cálculo “K & E”, apuntaba en un cuaderno, consultaba el librito de tapas de cuero, que estaba lleno de números y fórmulas                    – incomprensibles para un chico- de hojas muy delgadas y finas de “papel biblia” (libro que hasta ahora conservo y que es algo así como un manual del ingeniero civil); yo miraba, callaba y sabía que no debía ni siquiera preguntar, porque él estaba trabajando y en unos días más se iría de viaje para hacer realidad las líneas de tinta china, vestido con sus botas altas, su casco y el sacón de cuero de olor tan peculiar …

Yo, el menor de los hijos, viví las postrimerías de su carrera de constructor de caminos, antes que la UNI lo afincara definitivamente en Lima y le dedicara su tiempo a la enseñanza; pero en esa época, él era ante mis ojos, un aventurero como esos que salían en los libros de Julio Verne o Salgari, aunque claro, en la sierra del Perú no había malayos ni tampoco watusi …

A su regreso me contaba de paisajes hermosos, días de campamento, de cerros en apariencia impracticables, por donde con paciencia y días, el camino llegaba; precisamente ese que había dibujado en el papel del plano, extendido y sujeto por cuatro chinches metálicos de cabeza dorada, sobre la mesa del comedor, justo después de un desayuno, donde la que faltaba era Teté – mi hermana- que se había casado con Jorge y vivían en la calle Jerusalén, en Arequipa …

Imagen: https://libretecperu.com

«CADA UNO ES CADA UNO Y TIENE SUS CADAUNADAS»


Entre las frases que solía decir mi padre y que hasta ahora, algún amigo de mi infancia recuerda- hoy, 26 de diciembre, pegadito a la Navidad, a unos días del 31, que es el día del aniversario de matrimonio de Tony y Enrique (¡90 años…!), y con un pie ya en el nuevo año…- que mi padre cumpliría 118 años, esta, la del título, lo pinta de cuerpo entero, porque siempre pensó que cada ser humano es único y tiene sus peculiaridades. Lo importante es aceptarlas…

Si a esas ocasiones señeras sumamos que Alicia y yo nos casamos un 30 de diciembre, tendremos, desde hace tiempo, un fin de año lleno de recuerdos, festejos, alegrías, ausencias y agradecimiento, porque hemos tenido la fortuna de vivir la aventura de la vida, jalonada por fechas memorables…

Tal vez se pensaría que, entre el tráfago de fechas, festejos, obsequios, villancicos, arbolito, nacimiento, tarjetas de felicitación, pavos nuevañeros y demás, el 26 pasó un poco desapercibido, pero la sonrisa de Manuel Enrique, brilló siempre y su luz sigue marcando para mí este día, en el que el hombre bueno nació. El hombre que habría de ser ingeniero, constructor de caminos, lector empedernido, un ferviente, comprometido y alegre católico, esposo ejemplar, malgeniado, profesor universitario, padre y abuelo incomparable…

Siempre que lo recuerdo, es su sonrisa la que viene a mi mente –lo he dicho siempre- y hoy, más que nunca, es una especie de faro que me guía en este embravecido mar, ese mismo mar que un día navegamos juntos y del que él me enseñó los secretos, para hacer de mí un buen marinero y me preparó para que –en mi propia barca- desafiara las olas…

¡Gracias, Manuel Enrique, por ser mi padre, mi amigo, mi maestro! Ojalá que pronto nos abracemos como cada 26 de diciembre…

Te quiero. ¡Feliz cumpleaños!

Manolo.

UN DÍA DESPUÉS…


Ayer, catorce de setiembre, se cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento de mi padre y, francamente, no pude escribir nada al respecto, como hubiera querido, porque como le dije a un amigo, los recuerdos se agolparon y el tumulto me bloqueó…

No importa cuántos años hace de su partida, pero lo que nunca olvidaré es que su vida se extinguía, mientras yo le hacía masajes y presión en el pecho, turnándome con su médico cardiólogo y amigo, que le daba respiración boca a boca; todo vuelve como una película y estoy viendo al médico terminar de tomarle la presión, empezar a guardar el aparato, cuando mi padre, echado, tira un poco su cabeza hacia atrás, abre la boca y balbucea, como queriendo decir algo. El médico de inmediato me pide que con las dos manos entrelazadas me apoye sobre el pecho de Manuel Enrique y haga presión fuerte, una y otra vez. Él, a su turno, le practica respiración boca a boca. Esto se repite cuatro, cinco, seis…, incontables veces, hasta que, llorando, el médico, su amigo, me dice que ya nos detengamos, porque no está recibiendo oxígeno… Mi padre se ha ido y sobre la cama queda el envoltorio, que es su cuerpo. En la habitación estamos mi madre, mi esposa, el médico y yo. Llorando, en silencio, creo que todos rezamos…

Ahora que lo he escrito, pienso que la vida de mi padre se fue de entre mis manos y que tal vez el último contacto que sintió fue el mío, desesperado y lleno de cariño, diciéndole: “¡Por favor, no te vayas…!”.

Han pasado los años –no importan cuántos, como dije- y de vez en cuando me pongo a mirar las fotos donde aparece él, casi siempre sonriendo … Veo la única foto que tengo del matrimonio de mis padres, en lo que podría ser la casa de los abuelos Gómez de la Torre, en la calle Santo Domingo, en Arequipa: es el último día del año 1931…

Otra vez se agolpan los recuerdos y prefiero no seguir escribiendo… Sólo quisiera que sepas Manuel Enrique, que los quise y los quiero mucho a Tony y a ti…

ANTIPARRAS


Curiosa palabra que es otra forma de llamar a algo tan común y corriente como los anteojos, llamados también espejuelos o lentes…

Recuerdo que la primera vez que tuve conocimiento de su existencia, fue –cuando chico- leyendo algo sobre corredores de autos, haber leído que el piloto, “se ponía las antiparras” y por supuesto no entendí que era lo que el corredor se ponía…

A la hora de almorzar, en la pequeña sobremesa que hacíamos y mientras mi madre tomaba una manzanilla y mi padre un café, le pregunté a él qué cosa eran las antiparras… Me miró –recuerdo hasta ahora su sonrisa- y del bolsillo de la camisa sacó sus anteojos de leer (nunca necesitó usar lentes “para ver de lejos”) y me los enseñó… Supongo que yo pondría cara de desconcierto, porque me dijo: “Son los anteojos, es una palabra para llamarlos, aunque no se use mucho …”.

Supongo que entonces me imaginé a un corredor de autos corto de vista, pero con el tiempo comprendí que las famosas antiparras era lo que se ponían delante de los ojos, para protegerlos del viento, los corredores de autos, que, en esa época, cuando Juan Manuel Fangio ganaba todas las carreras en lo que hoy, elegantemente, se llama un “monoplaza”, usaban y que eran estos anteojos grandes que cubrían los ojos, bien pegados al rostro y se ajustaban a la cabeza con un elástico o algo parecido.

Recuerdo que mi padre, a partir de entonces, me pedía que buscara o le pasara sus “antiparras”, haciéndome el guiño cómplice de quien usa una palabra clave.

Imágenes: Manuel Enrique, riendo.

Juan Manuel Fangio/ motorbit.com