ANTIPARRAS


Curiosa palabra que es otra forma de llamar a algo tan común y corriente como los anteojos, llamados también espejuelos o lentes…

Recuerdo que la primera vez que tuve conocimiento de su existencia, fue –cuando chico- leyendo algo sobre corredores de autos, haber leído que el piloto, “se ponía las antiparras” y por supuesto no entendí que era lo que el corredor se ponía…

A la hora de almorzar, en la pequeña sobremesa que hacíamos y mientras mi madre tomaba una manzanilla y mi padre un café, le pregunté a él qué cosa eran las antiparras… Me miró –recuerdo hasta ahora su sonrisa- y del bolsillo de la camisa sacó sus anteojos de leer (nunca necesitó usar lentes “para ver de lejos”) y me los enseñó… Supongo que yo pondría cara de desconcierto, porque me dijo: “Son los anteojos, es una palabra para llamarlos, aunque no se use mucho …”.

Supongo que entonces me imaginé a un corredor de autos corto de vista, pero con el tiempo comprendí que las famosas antiparras era lo que se ponían delante de los ojos, para protegerlos del viento, los corredores de autos, que, en esa época, cuando Juan Manuel Fangio ganaba todas las carreras en lo que hoy, elegantemente, se llama un “monoplaza”, usaban y que eran estos anteojos grandes que cubrían los ojos, bien pegados al rostro y se ajustaban a la cabeza con un elástico o algo parecido.

Recuerdo que mi padre, a partir de entonces, me pedía que buscara o le pasara sus “antiparras”, haciéndome el guiño cómplice de quien usa una palabra clave.

Imágenes: Manuel Enrique, riendo.

Juan Manuel Fangio/ motorbit.com

EL CAMINO MÁS LARGO COMIENZA CON UN PASO


Se pierde entre los cerros que hubo que ir cortando para que las piedras le abrieran paso. El camino hace eses, sube y baja, a veces perforando nubes y siempre asombrándose ante el paisaje, que parece extraído de un sueño.

La Libertad, al norte de un Perú que es muy grande y variado, con montañas, con selvas, con desiertos, mar oceánico y el más alto mar interior del planeta… Y allí, en La Libertad, el camino que va de Otuzco a Usquil, la pequeña ciudad que está empinada sobre los tres mil metros.

Un Otuzco y Usquil que conozco por los relatos de mi padre y las fotografías que tomó hace ya muchos años, tal vez allá por 1938, cuando, ingeniero civil, construía caminos en la sierra de La Libertad.

Ingeniero, de esos, de casco, botas altas, mulas, campamento, frío, tierra y piedras. Ingeniero, que daba el primer paso, empezando caminos que, como las culebras, serpenteaban entre los matorrales y se abrían espacio desafiando montañas.

Ingeniero de teodolito y mira, de ésos, de los de antes, que hablaban castellano, quechua, aimara y también el inglés, para entenderse con los gringos; domador de los cerros, arador de desiertos, desbrozador de selvas… Solo guardo el recuerdo de lo que nos contabas en las noches limeñas y las fotografías, las que, en blanco y negro, registraron andares y aventuras suyas, las que hoy están en descansando en mi memoria.

Imagen: Carretera de Otuzco a Usquil, La Libertad, Perú, fotografía por Enrique Echegaray, 1938.