30 GATOS


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En realidad, lo que me motiva a escribir esto es el Censo Nacional.

Me dirán  “¿qué es lo que tienen que ver los gatos en esto?”.

Muy sencillo: la señora que nos vino a censar cuando asomó Pierce, la gata, para ver quién había venido, nos contó que en un momento tuvo… ¡30 gatos!

Con Pierce acomodada, hizo las preguntas que tenía que hacer y se quedó un rato conversando luego; en la charla dijo que recogía algunos animales abandonados al principio y luego fueron dejándole gatos de todas las edades.

Era una persona bastante joven, alegre y muy cordial. Entonces comprendí que tenía sentada en mi sala a una de las personas que hacen la diferencia. Que piensan de otro modo y creen que la caridad es mucho más que las palabras.

Estaba recorriendo las casas, censando y le pedían un mínimo de doce visitas diarias. Tocar puertas, lograr ser recibida, vencer las resistencias, entrar y preguntar; ir llenando la ficha y después ir donde otro vecino o vecina y repetir el ciclo. Muchos no estarán, no querrán recibirla o dudarán de plano en confiar los pocos datos que  pide; sin embargo, ha de cumplir su “cuota” de entrevistas dejando la constancia en cada casa censada y un “sticker” azul pegado en la puerta que indica: “VIVIENDA CENSADA”.

En la conversación que sostuvimos, nos contó que era ama de casa, que tenía dos hijos que ya iban a la universidad, que su esposo estaba en las Fuerzas Armadas y que ella había trabajado dejando casa por casa las constancias de los miembros de mesa, que la ONPE enviaba. Su esposo le dijo que esto iba a ser bravo, que de pronto, era mejor que no lo hiciera. Pero ella, treja, tomó el reto y se fue a preguntar casa por casa. “Cansa un poco” nos dijo, sonriendo, tal vez como una disculpa. Luego que ella se ha ido a censar otras casas, me he quedado pensando que hay hombres y mujeres que se están repartiendo por todo este Perú, tocando timbres, puertas; siendo bien recibidos, echados o ignorados quizá, pero están trabajando y es un trabajo que parece sencillo pero es duro: el país tiene calles y casas pero también hay cerros, hay ríos y nuestra gente vive también en lugares perdidos.

Ahora nuestra ¿“censista”, censadora”? dice que ya no tiene 30 gatos recogidos, sino tan solo cuatro: le hacían lío en el lugar donde vive, a pesar que siempre se ocupó de que estuviera limpio, de botar desperdicios y mantener el orden. Pero claro, treinta gastos maúllan y para el vecindario el concierto debe ser insoportable.  “Los fui colocando poco a poco” nos dice y lo hizo con personas que amaban a los gatos.

Ella vino a censarnos, se quedó conversando, hizo migas con Pierce, nos contó de los gatos y se fue para cumplir las encuestas del día. Me dejó un “sticker”  azul, la constancia del censo y una inmensa alegría de encontrar a una de esas personas que hacen fácil y feliz lo difícil y siguen su camino sonriendo sin pensar que ayudan a construir el país que queremos. ¡Ella vale un Perú!

 

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SIN ARGUMENTOS


Vuelvo a decirlo: aunque lo quiera no puedo dejar de escuchar los tonos imperiosos, casi gritados, con los que una vecina exige a su hijo deberes, orden y atención. El otro día el niño le decía a su madre que porqué se desquitaba con él y al final rompió en llanto, mientras lo seguían increpando y le pedían que se callara: “¡Tú cállate! ¿Me has oído? ¡No llores y cállate!”

El niño ya no decía nada, solo lloraba. Finalmente hubo un portazo y silencio, punteado por los esporádicos sollozos de la criatura.

No sé que drama familiar se esconde en esta demostración de “pedagogía”, pero no me parece que gritar e imponerse por el poder sea un método educativo. Es cierto que muchos adultos pierden la paciencia frente a situaciones dadas, pero normalmente sucede cuando sienten que ellas se escapan de sus manos, o ven amenazada una equívoca autoridad.

Parece ser que gritar es el modo de discutir de algunas personas que no conciben que se les lleve la contraria o que se cuestione su actitud. Las muestras de esta conducta nos ofrecen niños con caracteres ariscos, modos de ser huraños y comportamientos agresivos. ¿Qué puede pensar un niño si ve que los argumentos de su padre o su madre son los gritos, las amenazas y los golpes? ¿Cómo puede pedirse reflexión a un adulto que ha sido abusado verbal o físicamente por quienes le dieron la vida y deberían guiarlo hacia algo mejor que el resentimiento? Es verdad que hay niños capaces de hacer perder los estribos, pero la culpa suele ser de una pésima educación, esa que se entiende por obediencia ciega y punición en casos de falta.

Vuelvo a decir que no sé cual es la verdad que se esconde detrás de los gritos y el llanto de mi vecindad, pero me da la impresión que la carga emocional diaria se vacía en el que no puede defenderse, por edad, posición o situación.

Las frustraciones personales encuentran un desahogo en los gritos y órdenes imperiosas, a veces en las amenazas o los golpes. Me subleva tal hecho, porque el miedo del vencido se transforma en la ira desatada del déspota. No hay nada peor que la persona que se “desquita” con sus hijos de un mal día de oficina.

Mis padres siempre razonaron conmigo sin dejar de ser por eso rigurosos. De ellos aprendí y no creo en las inútiles bravatas de quien no tiene argumentos y no quiere darse cuenta que su posición es equivocada. “La letra con sangre entra” es un dicho que con el tiempo genera venganza, revancha contra todo aquello que signifique autoridad, a la que se ve como impositiva y ciega.

La Ley del Talión no creo que sea la más adecuada.