MAWI


Otra vez localizando el post en Arequipa y de nuevo temas muy personales. El título corresponde al nombre que mis primos Echegaray Dávila, pusieron a un negocio de confección y venta de helados. Manolo y Willy (de allí el nombre) estuvieron muy cerca de la antigua fábrica de helados “Mercedes” que su padre, mi tío Domingo administraba y hacía funcionar. En el esfuerzo estaban mis tías Luisa y Juana, con un número muy pequeño de trabajadores. Luisa, la menor de los hermanos de mi padre tenía el conocimiento de la formulación de los diferentes tipos de helado y los preparaba. Finalmente la fábrica desapareció y mis primos, tiempo después decidieron abrir su pequeño negocio, con las “recetas” de Luisa para los sabores y el know how aprendido durante el tiempo en que estaban en la fábrica.

Tuvieron un verdadero éxito. Recuerdo haber ido a su local, cerca a Mercaderes y tenido que hacer cola para comprar un barquillo de helado. Tengo todavía en la memoria el sabor insuperable y mi desconcierto ante, en ese entonces, gran variedad de ellos.

Sé que crecieron y les fue muy bien. Hoy que mis dos primos partieron al más allá a reunirse con su padre, sus tíos, tías y algún primo,  me viene a la mente el nombre de su heladería y montones de recuerdos.

Por ejemplo, cuando me dio el primer infarto al corazón y llamó primero y vino a visitarme después una conocida locutora de TV y radio, que se desconcertó mucho cuando me vio, porque ella pensaba que yo era “el otro” Manolo Echegaray, es decir, mi primo, que había sido compañero de ella en un grupo parroquial en Barranco (en una época en que Manolo vivió en casa de nuestro tío Pancho). Su sorpresa fue grande, porque mi primo era un poco más moreno que yo y me llevaba fácilmente unos buenos centímetros de estatura y era “agarrado”, es decir bastante fuerte. Conversé con ella, aclaramos el incidente, yo conté una nueva amiga y ella sumó un nuevo Manolo Echegaray a su lista de amistades. Varias veces nos confundieron, porque los nombres lo hacían, pero al ver a cualquiera de los dos, las dudas se despejaban. A Willy lo vi mucho menos, pero recuerdo que a diferencia de su hermano, era rubio, como lo sería si viviese ahora mi hermano Lucho.

Manolo y Willy rondaban mi edad y por eso compartimos algunas cosas a pesar de la distancia que significaba vivir ellos en Arequipa y yo en Lima. De más chicos nos veíamos cada vez que yo iba en mis vacaciones a esa ciudad (es decir, por lo menos casi tres meses cada año), pero ya crecidos y tomados los caminos que la vida nos señalaba, el encuentro fue esporádico, pero no sus noticias y así, en la primera oportunidad que tuve fui a MAWI. Ahora sé que en Arequipa no encontraría ni los helados “Mercedes” ni la heladería “Mawi”, pero me sigue dando vueltas el buen sabor de la juventud.

 

 

MUELAS Y DIENTES SON ACCIDENTES


Mi tío Pancho, el hermano menor de mi padre, era dentista y durante un tiempo vivió y tuvo su consulta muy cerca a mi casa. Yo era un niño y me maravillaba con el sillón neumático y brillante que se podía regular pisando una palanca, donde me acomodaba para que me arreglara la dentadura. Siempre es bueno tener un médico, cualquiera que sea su especialidad en la familia, pero se vuelve contraproducente cuando este alguien es t tío, te quiere, trabaja cerca de tu casa y tú eres su paciente.

Además de maravillarme el sillón neumático y los diferentes instrumentos que usaba, también me aterraba el zumbido que emitía la “fresa” o taladro dental que giraba vertiginosamente, metiendo su cabecita brillante en mi boca. Para evitar que la fricción hiciera estragos, el agua que salía apenas empezaba a funcionar el aparato para enfriarlo, dejaba un sabor especial, que hasta hoy recuerdo. En realidad estoy seguro que no era solo el agua, sino que el gusto estaba compuesto por otras cosas, como algún fármaco, la anestesia (que ponía en el paladar o en la encía con una jeringa especial, muy fuerte y que alguna vez vi adornando una carátula de disco de jazz que se titulaba “Jazz, Volume I,Doctored for super stereo” o algo así.

Mis miedos de chico hacían que las maravillas se disolvieran en quejidos y Pancho, como vivía cerca, era su sobrino y me quería posponía la curación para otro día o aplazaba lo que debía ser una extracción. Me iba caminando a casa, con la cara todavía medio entumecida por la anestesia y con los bolsillos llenos de caramelos (golosinas que recibía agradecido y lloroso y que estoy seguro ningún dentista daría, pero Pancho era Pancho y yo su sobrino). Cuando me dolía de nuevo, volvía y continuábamos con los trabajos.

Cuantas veces he ido a su casita de techo a dos aguas, con piso de tablones de madera sabiendo que mis melindres de chico, detendrían por un momento el desagradable tratamiento. Pancho, paciente y complaciente me curaba “a plazos” de tiempo, que mucho después irían cobrando sus impuestos.  Luego crecí y Pancho se mudó con mi tía Gilda y sus hijos Juan, Javier y Coco, a la calle Tumbes, también en Barranco, al lado del colegio “San Luis”  que tenía un uniforme exacto al mío de “La Inmaculada” diferenciándose solo por el escudo, colocado en el bolsillo superior del saco azul. En la casa de la calle Tumbes, un nombre que siempre me sonó exótico para Barranco, no solo me atendía sino que como ya estaba más grande, “Lolo” –así me decían él y Gilda- se quedaba a conversar, a escuchar música y claro, a fumar. Ellos fumaban y yo empezaba a hacerlo.

Recuerdo claramente que tenían como mascotas unos hámsteres que un buen día escaparon y desaparecieron. Se los buscó sin suerte hasta que un mal día, la radiola que tenían en la sala, se malogró. El técnico que vino a repararla, encontró electrocutado el cadáver de un hámster, que seguramente se había refugiado allí y tuvo la mala idea de morder un cable y morir creando un corto circuito. De los otros, nunca se supo nada: seguramente se las ingeniaron para ganar la calle.

Pero mis historias de dientes no terminan aquí. Estando en Colombia, se me hinchó la cara en medio de una reunión, al extremo que el cliente, me recomendó de inmediato ir a un dentista. Fui a la dirección indicada y después de verme me recetó unas pastillas para bajar la inflamación y me dio una cita para extraer la muela. Un par de días después mi muela daba paso a una prótesis con tornillo de titanio, que me salió carísima. Era un dentista que atendía según su tarjeta, también en Washington DC a la comunidad colombiana residente. Lo que me cobró era de seguro lo que cobraba en USA. Tiempo después, ya en el Perú, fui a un almuerzo y en un momento sentí algo extraño en la boca: como si faltara algo. ¡Faltaban la muela y su tornillo de titanio! Me los había tragado sin darme cuenta: Fue el almuerzo más caro de mi historia.

Volviendo a Pancho, pienso en como sufriría conmigo como paciente, porque otra vez, un dentista que me curaba cuando mi tío ya no ejercía, al terminar de hacerme una radiografía dental y verla, le dijo a su secretaria: “Señorita, anule todas las citas que tengo en la tarde”. En ese instante no comprendí sino que el problema era yo. Luego me lo explicó contándome que tenía las raíces de una muela, cruzadas y como era justo la que debía extraerme, para hacerlo tenía que partir a la enferma en dos y sacar por separado las mitades: Estaba bastante oscuro cuando salí.

Ahora sé que en algún momento deberé volver a que un dentista se ocupe de mí. Voy a extrañar a Pancho cuando vaya porque aunque hayan pasado los años, todavía para mí la odontología es una ciencia infusa, que me asusta con sus herramientas y accesorios que parecen a mis ojos, los de alguna mazmorra inquisitorial.