LOS “ZILLONES” DE UNA BIBLIOTECA MUNDIAL


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Leo entre diez “predicciones” elegidas por RPP de la revista americana “Popular Mechanics”, que en el futuro cercano se digitalizarán 130 millones de libros, para ocupar 124 discos de 3 terabytes: la biblioteca de la humanidad contenida en disquitos que caben en un espacio que los libros contenidos en ellos, ocuparían multiplicado y convertido en una cifra astronómica.

Utilidad de archivo, que le dicen. Facilidad de acceso a un preciado tesoro que no por multiplicarse dejará de serlo menos. En realidad, poseer esto, no hará otra cosa que poner a nuestro alcance la literatura universal, pero no nos proveerá del tiempo que necesitaríamos para disfrutarla.

De pronto contaremos con una maravilla así, pero habría de ser actualizada al segundo, lo cual es imposible, creo yo, porque se escribe en todo el mundo, cada instante que pasa. El sueño de la Biblioteca de Alejandría multiplicado por “ene” hasta alcanzar el rango de “Biblioteca de Babel”, por llamarla de alguna manera, es imposible, pues en el  momento de poseerla y revisarla algo, ya estará desactualizada con cientos de miles de libros nuevos haciendo una cola de “espera” interminable.

Prefiero los buenos, viejos libros de papel, donde la escala humana se respeta aún, que me permiten el placer de pasar las páginas, escribir en los márgenes de las hojas y subrayar lo interesante, lo valioso, con lo que coincido y con lo que discrepo.

Una biblioteca que se mide en terabytes o “zillones” es como tratar de contar las estrellas: lo siento como algo que no tiene sentido porque nunca el número nos dará la belleza. Tal vez nos asombre, pero será un asombro más de esos a los que la literatura nos tiene acostumbrados.

 

 

CON P DE PIURA Y PUBLICIDAD


Estuve repasando las fotos que una ex alumna que vino de visita, dejó para que viera. Primero, noté que los años pasaron y segundo, comprobé que los recuerdos se mantienen intactos. Fue hace bastante tiempo, cuando me propusieron ir a dictar unos cursos de publicidad a Piura, al Instituto “Pacífico Norte”. Estaba ubicado en una casona grande pintada de color claro, en la calle Lima número 463, si las imágenes no mienten y la memoria no falla.

Fue un reto el hacerlo y luego una alegría porque encontré que chicas y muchachos querían aprender y saber de aquello que me ha gustado tanto durante toda mi vida: la publicidad.

A pesar que yo iba esporádicamente, nos compenetramos tanto que terminaron haciéndome “padrino” de la promoción, cuando se graduaron y me obsequiaron un juego de lapiceros Cross de oro, que no solo conservo  sino que uso siempre. Mucho cariño sentí en las cálidas tierras del norte, no solo de los alumnos sino de profesores, con quienes conversábamos largamente, uno de los cuales es ahora ministro de Agricultura. Recuerdo que mi amigo, el dueño del Instituto poseía también una discoteca, que tenía en el centro una inmensa lámpara blanca colgada del techo, hecha con miles de conchas…

Las fotografías siguen avivando los recuerdos y solo puedo encontrar momentos gratos durante ese tiempo. Amistades hechas entonces, que ahora se manifiestan con esta visita, por ejemplo. Gracias a ella, nos reímos con las anécdotas, hicimos recuento de sucesos y en general fue muy hermoso volvernos a encontrar.

Tal vez sea porque me gusta la publicidad y me gusta enseñar, que cosas como esta van creando un tesoro invalorable. Que me recuerden después de tantos años me parece maravilloso, porque lo que siempre quise fue transmitirles mi entusiasmo y presiento que lo conseguí.