A MARTE SIN REGRESO


marte

Según las noticias ya hay diez mil voluntarios para viajar a Marte, dispuestos a vivir allí el resto de sus vidas. Lo que es igual: decidieron morir ahí si viajan, porque no habrá retorno.

Marte fascina siempre y los que levantaron la mano diciendo “yo” no sé si piensan inmolarse por la ciencia, buscar suerte, inmolarse nomás, vivir una aventura o demostrar que tienen el dinero para gastar y son excéntricos.

Ray Bradbury en sus “Crónicas Marcianas” muestra a nuestro vecino estelar colonizado por los seres humanos, que  llevan con ellos el recuerdo que tienen de la Tierra, tratando de reproducirlo en pueblos y actitudes. Llevan con ellos lo peor y lo mejor. Hurgan entre las ruinas de las ciudades muertas para encontrar vestigios de una civilización que los precedió superándolos. La fragilidad de esas ciudades, hace que se deshagan como sueños en polvo mientras comen hot dogs, van de camping y recorren los desiertos inmensos en busca de una vida que dejaron atrás.

Miran a esa estrella redonda que es la Tierra y por fin saben, cuando explota, que están abandonados a su suerte y no volverán más.

Fue Bradbury un poeta y visionario. Es cierto: el hombre aquí, en Marte o a donde vaya, no cambia. Lleva consigo las guerras, las pasiones y repite lo hecho sin importarle nada. En sus historias de marcianos y hombres la desgracia terrena viaja a Marte. Va con el ser que vuela años luz para hacer lo que siempre ha hecho: destruirse.

Ahora que el entusiasmo de los voluntarios calienta las noticias y Bradbury ha muerto, Marte sigue girando a la espera de los que llegarán para hacer eso que ellos creen saber y que en verdad no lo saben.

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SE HA IDO EL CRONISTA DE MARTE


 

Ahora Ray Bradbury está volando de verdad entre las estrellas. El hombre que me enseñó a amarlas y que transmitió en sus escritos el amor por la Tierra y la pasión por la fantasía ha decidido después de 91 años descansar.

Ayer me enteré de su partida en un vuelo sin retorno donde rencontrará marcianos, planetas diferentes, a la ballena blanca y al capitán Acab de su guión para Moby Dick, una calle tranquila de su infancia en un pueblo norteamericano, a la primavera subiendo como una sensación por sus pies descalzos. Pasará por el Sol, al que le tomó prestada una cucharada de brillante materia y seguirá eternamente hablándonos de esa magia sencilla, pero maravillosa, que su imaginación trasformó en historias.

Venus puso una mancha de luto en el Sol, sabiendo que así debía ser, porque el Cronista de Marte y las Estrellas no iba a estar más.

Se hablará mucho de él, pero yo quisiera desde estas torpes líneas agradecerle por los descubrimientos, el placer de leerlo y los estremecimientos que provocó en mi. Quisiera agradecerle en nombre de los miles de hombres y mujeres que encontraron en él, no solo al Cronista Marciano sino al intérprete de los sueños que hacen de la vida algo hermoso.

Como decía ayer en Facebook, ¡Feliz viaje Maestro!

ORDEÑANDO


Un divertimento en honor de Ray Bradbury y su cuento “Las doradas manzanas del sol”…

 

 

Leí esto en RPP Noticias  y me puse a escribir…

“Desde el pasado 11 de marzo, se difundió por YouTube un extraño video, en el que podía visualizarse una extraña esfera absorbiendo energía al Sol por medio de unos filamentos.

La esfera fue visible durante casi 80 horas, desde el 9 al 12 de marzo, y cuando desapareció dejó tras de si una serie de llamaradas solares que no se calmaron hasta casi seis horas después.

El video había sido obtenido por el Observatorio de Dinámica Solar (SDO) de la NASA, uno de los satélites con los que los científicos estudian el comportamiento del astro.

Aunque fue compartida hace poco en las redes sociales, el dispositivo ya tiene más de 1 millón de visitas.”

 

 

 

ORDEÑANDO

 

 

 

La nave era circular e inmensa.

Se movía girando lentamente por el espacio negro, donde trozos de piedra daban vueltas cumpliendo sus órbitas eternas. Más allá del más allá, donde solo la fantasía alcanzaba a llegar y a eones de distancia estaba el campo frío de donde habían salido en busca de ese poco de líquido que permitiría existir hasta que otra nave circular cruzara la eternidad para recoger otra dotación del maravilloso elemento.

Todo dentro de la nave estaba hecho a una escala inmensa si se comparaba con los seres que como partículas flotaban dentro de ella y se movían en direcciones determinadas a impulsos de haces de electrones.

Eran muchos y constituían lo que podríamos llamar una tripulación, con misiones aparentemente específicas. A ratos se unían varios y formaban hileras o pequeños conglomerados. Se reunían y luego volvían a flotar con instrucciones compartidas y correcciones a sus programaciones originales.

Mientras tanto los giros iban acercando poco a poco al objetivo; fuera la temperatura subía conforme llegaban a la fuente inmensa de líquido que borboteaba y saltaba sin producir sonido alguno.

Pronto las extensiones saldrían de sus cápsulas y se prepararían para absorber algo de ese líquido hirviente y transportarlo a los compartimentos interiores donde almacenarían la vida que estaba allí desde siempre y que habían descubierto. Vida que rebullía líquida despidiendo calores innombrables.

Poco a poco la nave se deslizó delante del inmenso globo brillante, deteniendo sus giros;  las compuertas que daban salida a las conexiones succionadoras se abrieron y desde la oscuridad emergieron como cilios inmensos, cientos de apéndices mecánicos que succionarían la reluciente sustancia, llevándola a un inmenso tanque que estaba en el corazón de la nave. Pasaría tiempo, para llenarlo y mientras tanto el vehículo estaba detenido, pareciendo flotar. A veces llamaradas como géiseres brotaban del globo candente, siempre en silencio, pero haciendo aún más brillante todo.

Dentro, ajenas a lo que no fuera dedicarse a extrañas actividades. Juntarse y separarse, los seres, como partículas, seguían flotando y moviéndose al impulso de haces que resultaban invisibles.

Nada, salvo el brillo cegador del contenedor de líquido y sus esporádicas erupciones rompía una monotonía que se había alterado con la llegada de la nave extractora. Era como si se estuviera ordeñando un gigantesco cuerpo, extrayendo vida líquida de él. Finalmente la operación terminó, las mangueras dejaron de succionar y poco a poco  fueron retrayéndose en sus habitáculos. Las compuertas se cerraron y el inmenso disco comenzó a rotar para iniciar un viaje de regreso que implicaría una sola parada de la cual saldría acelerando para girar sobre sí misma y cambiar de dimensión. La tarea había sido cumplida y podían atravesar las barreras velozmente para volver a su punto de partida y hacer su entrega de vida hirviente, que serviría para que el mundo siguiera funcionando. Allí, lejos de todo lo conocido se estaba preparando otra nave circular. Rotaría cruzando dimensiones hasta llegar al encuentro de la fuente de vida. Haría la misma operación y volvería. Así, las naves ordeñarían al sol hasta que se agotase. Entonces seguirían hasta otra constelación, encontrarían un sol y tendrían asegurada la vida un poco más.