DINO


DINO

Mi nieta Miranda me regaló este dinosaurio y lo he puesto sobre mi escritorio, cerca de la computadora (en la que tecleo, escribiendo y haciendo honor al nombre del mueble); es amable, colorido y era herbívoro, o sea que en común tendríamos él y yo ser viejos pero no la comida…

 

Miranda, con sus seis años me asombra en cada visita que nos hace con sus conocimientos “dinosáuricos”; alguna vez en su casa me mostró su colección de muñecos fijos, articulados, de plástico, de peluche y creo que hasta algún disfraz.

 

Me mostró también, con orgullo, un libro, donde estaba ilustrada toda esa fauna fantástica que ahora está en museos, protagoniza películas y es desenterrada en lugares como la Patagonia o China; ella, que lee con la paciencia, dedicación y simpleza de quien empieza a unir letras, formar palabras y descifrar frases, me va informando sobre las explicaciones que el libro trae y me doy cuenta que es algo que yo no vi hasta que tuve muchos más años de los que ella tiene ahora.

 

Alguien me dijo que los dinosaurios están de moda y yo me reí, porque a los que ya tenemos cierta edad nos llaman “Dinosaurios de la publicidad”: francamente, se siente uno bien “estando de moda” a estas alturas de la vida cuando ir “cuesta arriba” cuesta y la tendencia es ir hacia una cómoda y más sencilla “cuesta abajo”.

 

Maliciando, de pronto lo que Miranda me ha querido decir es que soy viejo y me lo recuerda siempre con ese muñequito colorido y simpático, o de pronto yo, que en verdad tengo más de 70 años, malicio como ella no lo hace y es una de sus maneras de decirme que me quiere, haciéndome partícipe de su afición y desprendiéndose de algo que es de ella y valora.

 

Mientras escribo, el dinosaurio de colores verde, amarillo y anaranjado me mira y yo lo miro a él a ratos, para no desconcentrarme de la escritura de este post; finalmente, entre dinosaurios nos entendemos.

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BAUTIZO Y MAMBO


Capillo

El sábado se bautizó nuestra nieta, Miranda María.

La ceremonia religiosa, muy sencilla, la ofició mi buen amigo Rómulo, jesuita con quien nos conocimos cuando él iba a postular a la universidad, para que algunos años después mientras estudiaba, decidiera ingresar a la Compañía de Jesús.

El hecho me hace recordar una de las primeras anécdotas (es decir, de las que fui protagonista) que trata precisamente del bautismo. Nací en la clínica Maisón de Santé, en Lima y al enterarse, un amigo de mi padre vino a bautizarme: así, de improviso. El asunto es que ese amigo era Juan Gualberto Guevara, el entonces Cardenal de Lima y el primero es serlo. Según me contaba mi madre mucho después, riéndose, se armó un revuelo tremendo en la clínica, porque era una personalidad religiosa quien venía sin ningún aviso a las monjas, que colaboraban atendiendo.

Parece que también cogió de improviso a mi madre, que para bautizarme hubiese querido que yo vistiera “el traje de bautizo” que tejió mi abuela para Teté, la mayor de los hermanos y que habían usado ella y mis otros dos hermanos. Digamos que era una “tradición”, ya que Teté me lleva quince años.

Digo que la inmediatez cogió desprevenida a mi madre, porque me envolvieron en una camisa de dormir suya y así “vestido” me bautizaron. Pero la anécdota no para allí, pues el Cardenal, años después, prohibiría bailar el “Mambo”, por considerarlo pecaminoso.

O sea que entre mis primeros “títulos” está haber sido bautizado por el primer Cardenal del Perú (“Casi al finalizar dicho año de 1945 le fue anunciada su promoción a Cardenal de la Santa Iglesia Romana, que por primera vez en 400 años recaía en un prelado peruano. El 11 de enero de 1946 tomó posesión de la arquidiócesis de Lima por intermedio de un delegado, ya que debió viajar de urgencia a Roma a recibir el capelo cardenalicio. En esta ciudad se le confirió la dignidad cardenalicia con fecha 18 de febrero y el 28 de abril tomó posesión personalmente de su cargo, habiéndosele asignado el título presbiteral de San Eusebio y como miembro de la Reverenda Fábrica de San Pedro y de las Sagradas Congregaciones de Ritos y de la Iglesia Oriental. Wikipedia) y la persona que enfrentó a las críticas por amenazar a los católicos con La excomunión si “mambeaban”.

El “vestido de bautizo” de Miranda, es el que yo no pude usar y que aún hoy, más de ochenta años después, sigue intacto. Ahora sí se cumplió la “tradición”, porque la tataranieta de mi abuela, usó el vestido tejido para su tía abuela.