DEBERÍA SER POR LA FUERZA DE LA PAZ…


El Gobierno peruano decretó el estado de emergencia en Espinar, en el Cusco, con el fin de calmar un poco los ánimos y ante el desborde total de desmanes que con motivos varios se han cometido en los últimos días. Otra vez el tema minero, pero en esta ocasión la decisión de los promotores de emplear la fuerza y no aceptar el diálogo ha puesto, no solo al Gobierno, sino al país entero entre la espada y  la pared.

Estamos ante algo que parece claramente decir: “si no me haces caso, te pego y aunque me hagas caso, te pego igual

Llegamos pues a un nivel en el que todo se resuelve con la ley de la selva. De nada valen intenciones de diálogo ni razonamientos. La violencia es el argumento de quienes piden lo que se podría alcanzar mediante una conciliación.

Se necesitan muertos y heridos, vandalismo, piedras, bloqueo de carreteras y todo tipo de tropelías para decir “no nos oyen” y así ocultar la propia sordera.

En una conciliación, ceden algo las partes: no en el enfrentamiento. Parecen haber motivos subalternos, subterráneos, para resistirse a razonar y “cerrarse en banda”.

El Perú, decía, está contra la espada y la pared con esto. Si llegaran a ganar, sería aparentemente el triunfo de la sinrazón. Se niega toda posibilidad de diálogo en un país que necesita hablar para ir zanjando sus problemas. Se opta por las piedras y los gritos en lugar de las palabras. Mientras tanto, en el medio, una población desconcertada y mal informada es víctima de los que quieren pescar a río revuelto, apareciendo, curiosamente, allí donde se agitan las aguas. Aguas que ellos empezaron a mover para sacar tajada del poder: político o económico. Un pedazo propio conseguido sin importar muertos, heridos o destrucción. Sin tener en cuenta que el chantaje de los secuestros es señal de criminalidad: se esconden bajo el manto de la “justicia popular” que produjo también los linchamientos en todo el mundo. Creo que el Perú se merece mucho más que heridos, muertos, piedras, secuestros y desmanes. Es la hora de detenerse a hablar, de usar la razón antes que la fuerza.

 

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NO HAY TREGUA NI PAUSA


Un fin de semana sin escribir hace que se acumulen los sucesos y las noticias ofreciendo un panorama amplio… ¡de desgracias! Tratar de hablar sobre la coyuntura parece que nos diera un panorama sombrío al qué referirse. Entiendo que nadie lee para revolcarse sobre las heridas y menos en el inicio de una semana. Muchas cosas buenas han de estar sucediendo en el mundo, sin embargo el comentario no puede dejar atrás tintas oscuras.

Como el caso minero de Conga, que no parece dejar satisfecha a la población cajamarquina, por más modificaciones que se hagan a un plan original que amenazaba la ecología al extremo de tener que optar por el oro o por el agua.

Aquí, en Lima, a kilómetros y kilómetros del terreno, el tema se conoce sólo por lo que se lee, se escucha y se ve. De un lado y de otro las razones tiran, pero me da la impresión que en medios de comunicación la minera tiene una posibilidad más amplia de dar las suyas. Los cajamarquinos, por más agrupados que estén solo pueden aspirar a ser noticia y ya se sabe cómo se dan las noticias…

El dictamen de los expertos contratados fue objetado sin conocerse y desautorizado por una población que siente una verdadera amenaza y no cree en las promesas de una compañía que al parecer no dijo la verdad e hizo lo que quiso. Quien falseó lo cierto una vez, puede, dicen, volver a hacerlo. Y cualquier falla por pequeña que pudieran tener, será magnificada y mostrada como ejemplo. Se repite el viejo dicho: “La mujer del César no solo tiene que ser honesta sino parecerlo”. Las buenas intenciones aparentes, no bastan y la disyuntiva continúa a pesar de todo: agua u oro. Sin embargo creo que se olvida que el oro no es la única solución, pero a los amigos cajamarquinos les costará mucho más alcanzar el desarrollo real, que no se mide en raudas camionetas mineras ni en fortunas hechas al amparo del brillante metal. Se mide en el trabajo productivo de los campos, en ese poner toda la energía y la creatividad a funcionar en una región que es rica. Rica en mineral y en mucho más. Pienso que se pide escoger, sin ni siquiera, por ambas partes, ceder un poco para admitir lo bueno. El que “sólo la minería salvará al país” es una mentira grande que ya trajo problemas desde que se nos vio como un terreno de donde había que sacar. No hemos pensado en poner. En mucho tiempo las industrias extractivas, muy rentables, han ido depredando el territorio sin dejar prácticamente nada: allí están el guano, el caucho y la anchoveta, muy notorios. Conga no debería ser una repetición de las desgracias. Los cajamarquinos no lo quieren. Supongo que el Perú tampoco. Parafraseando a la esposa del presidente peruano: “¿Es tan difícil hacer las cosas derechas, bien?”

 

 

 

MINAS


La frontera con Chile está minada y el agua descubrió el peligro.

Dentro tenemos otras minas, que no por conocidas son menos explosivas. Me estoy refiriendo al espinoso caso de la minería ilegal. Una minería que llamaríamos de sobrevivencia y que sin embargo ocupa a miles de hombres, mujeres y niños. Una fuerza capaz de cerrar carreteras y conseguir con ellolo que evidentemente nunca quisieron o pudieron: ser notados. De pronto (según algunos medios) aparecieron bloqueando accesos y poniendo en jaque la seguridad e integridad de por lo menos, los viajeros que transitan las vías por ellos tomadas. Exigen derogar una ley que los declara ilegales, mientras ocupan y trabajan en áreas protegidas. Su actividad es ilegal: son ilegales. Pero ahora se sienten “traicionados” por una ley que los hace ver como lo que son y quieren que desaparezca para seguir operando. Una especie de trabajadores en falsificaciones del jirón Azángaro, reclamando que lo que hacen es “para subsistir” y además, está bien.

La minería en nuestro país parece tener muchas divisiones: la formal, la informal, la ilegal y la bélica en la frontera sur. A su vez creo que ninguna es absolutamente limpia. Unas contaminan, otras además roban y depredan y la última mata.

El Perú es un país minero y esto es sabido desde mucho antes  del tiempo en que nuestro territorio era colonia española y se decía “Vale un Perú” para hablar de algo que valía mucho.

Las minas puntean el país, algunos ríos llevan mineral aurífero y los problemas internos graves son causados por minería, minas y mineros. También nuestro pujante desarrollo se nutre de una actividad que por desgracia presenta varias caras y provoca dicotomías como la de agua u oro, que son pretexto o para la inacción o para acciones violentas. Dicen que el dinero no trae la felicidad y las divisiones que provoca la minería, que es dinero, son fracturas que a veces se consideran insalvables.

La minería tiene que irse modernizando, ha de formalizarse  y debe estar al servicio de los hombres y no al revés. Lo que es inadmisible es la ilegalidad. Si ella fuera la norma, estaríamos sujetos a los dictados del más fuerte, el más numeroso, el mejor armado, el que más dinero tenga para que haga lo que quiera. Ser pobre no es ser ilegal. Los derechos de los demás no pueden ser pisoteados en nombre de una “justicia” que lo sea solo para unos cuantos.

Sé que el sistema no es absolutamente justo, pero la justicia no puede hacerse por mano propia. Hay leyes que deben respetarse para vivir en sociedad. Leyes que marcan linderos entre deberes y derechos.

El tema es complejo, pero creo que se están dando los pasos para caminar por un buen camino. La minería ilegal no está lejos: está allí donde se antepone de todas maneras, el bien personal antes que el bien común. El Perú es un país minero y las minas que depredan y matan deben desaparecer.