EL JOVEN ENRIQUE


EL JOVEN ENRIQUE

Mi amigo Lucho le decía a mi padre “el Joven Enrique” y a mi madre “la Niña Tony”, tal vez porque en las películas de vaqueros que tanto nos gustaban y veíamos en el cine Balta de Barranco, siempre había un “joven” que se llevaba a la “chica” y él en vez de chica, cariñosamente, llamaba “niña”  a Tony; no lo sé con certeza, pero esa manera de nombrarlos definió siempre algo especial para mí.

 

Hoy, 14 de setiembre, hace ya años, el Joven Enrique murió mientras yo le hacía masaje al corazón y su amigo de siempre, médico cardiólogo, le daba respiración boca a boca hasta que pasados unos minutos me dijo que lo dejara, porque la sangre ya no llegaba a su cerebro y se echó a llorar mientras mi madre rezaba…

 

Casi a fin de este año, el 26 de diciembre, el Joven Enrique hubiera cumplido 115 años y se fue un año que se ha borrado de mi memoria, como se borran de ella las muertes de quienes sigo queriendo aunque no estén conmigo porque prefiero recordarlos en la cotidianeidad de sus sonrisas…

 

Tener juntos en el corazón y en las cosas familiares al Joven Enrique y a la Niña Tony que cogidos de la mano caminaron su camino enseñándome con el ejemplo que el amor es lo que permite vivir, hace que cada día sea como ese ayer que aunque sé que se ha ido, está en los recuerdos que se quedan amables; por eso, hoy que es viernes, me desperté pensando en el Joven Enrique y en que se fue en el día de la Santísima Cruz, el nombre de la parroquia a la que perteneció en Barranco.

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CAJA DE CARTAS.


 

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Llegó una carta con mi nombre escrito a mano en el sobre y con estampillas; de inmediato recordé las cartas que mi madre guardaba en una caja y que descubrí al revisar sus cosas tiempo después que falleciera.

 

Eran las cartas que mi padre le escribía siempre que estaba de viaje, e inclusive cuando vivía en campamentos, dedicado a construir carreteras, en distantes lugares del país; yo lo imaginé enviando las cartas a la ciudad más cercana a donde él estaba para que desde allí, el correo le hiciera llegar sus palabras amorosas a María Antonieta, preguntándole cómo estaba, cómo estaban los hijos; cartas que no tendrían por lo general respuesta hasta que ella se lo contara todo a viva voz, cuando él retornara, generalmente, pasados varios meses.

 

Cartas donde él le contaría de sierras, de accidentes sufridos con la mula, de las sonrisas del cocinero al ver que les gustaban sus platos inventados y pobretones…

 

Una caja con cartas que no me atreví a abrir porque hubiera sido como si los espiara por el ojo de una cerradura; cartas de las que solamente repasé los sobres que llegaron de distintas ciudades, escritas al abrigo de una carpa, a la luz de una lámpara de petróleo, cuando la noche empezaba a caer y el día depositaba su cansancio.

 

Las cartas en que mi padre no contaba sus preocupaciones y sí que todo estaba bien, que avanzaban, que medían, que sacaban la tierra y las piedras; que a veces desenterraban huacos.

 

Era el tesoro de mi madre, que ella guardaba en una caja de cartón, trajinada de tanta mudanza por un Perú muy grande; rota y pegada muchas veces de tanto abrir y cerrar, de tanto hurgar en ella para rescatar las palabras, los recuerdos y los sueños; cuando la hallé, ya no estaba ninguno de los dos y seguramente mi madre siguió leyendo las cartas de mi padre después que él se fue una mañana triste, porque sabía que Manuel Enrique no podría entonces escribirle, ni enviar la carta al pueblo más cercano que tuviera correo, para que le llegara.