EL COLOR


EL COLOR

 

Al abrir los ojos lo único que vio era un color crema.

Parpadeó pero el color seguía  allí y entonces no supo qué pasaba; no sabía si estaba dormido y ra un sueño o qué.

 

Sus  manos al  tantear, casi por instinto, tocaron lo que parecía ser un fierro: frío y delgado.

 

Entonces oyó la voz: “No se asuste. Tuvo un ACV y ahora no ve, está en la clínica; yo soy el médico, aquí están su madre y su esposa. Tranquilo. No ve, pero va a pasar…”

 

Se acordó del sonido de la sirena que fue lo último que escuchó antes de oír la voz. Todo era un solo color crema, como si mirara una pared: movió los ojos y la cabeza pero el color seguía allí, atrapándolo. Como si estuviese en un lugar donde sólo existiera el color crema.

 

Estaba en una cama, en un hospital o una clínica, no veía, había un médico y allí estaban su esposa y su madre, pero no veía o mejor dicho, la maldita barrera crema no lo dejaba ver.

 

Volvió a escuchar la voz, que ahora sabía era la del médico: “Tranquilo, descanse…”, y la voz conocida de su esposa: “Aquí estamos…”

 

Sí, estaban; él también estaba pero todo lo que veía era un color crema.

 

Estoy ciego…” pensó y algo se derrumbó de pronto dentro de él.

 

Imagen: sp.depositphotos.com

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TERAPIA.


Hoy me toca terapia de nuevo.

Ayer fui también, sabiendo que hoy especialmente y ayer al final del día, los dolores serían fuertes. Pero bien dicen que lo que no cuesta, no vale. Entonces encaro mis sesiones con Sandra, la terapista, juntando el máximo de valor y sabiendo que después las consecuencias serán dolorosas pero positivas.

Hace ya tiempo que soy un “caserito” en esto de las terapias. Al principio eran suaves, como para desentumecer los músculos dormidos y paralizados por la inmovilidad y el infarto cerebral. Fueron haciéndose cada vez un poco más exigentes y hoy salvo algunos problemas de equilibrio y fuerza, todo en mi, mejoró notablemente.

Perdón por volverme a referir a Sandra, pero es gracias a ella, su paciencia y buen genio que estoy ahora así. Sandra espera su primer hijo, que según me dijo será hija, para dentro de seis meses. Sigue las indicaciones de una doctora especializada y su “pequeña tortura” aplicada consciente y profesionalmente, han logrado operar, por lo menos en mi, el milagro diario de poder irme moviendo poco a poco.

Al principio no podía cerrar la mano derecha y hacer puño. Ahora, tras meses de ejercicio y lo repito, paciencia, casi lo hago. Cierro la mano y aunque no tengo la fuerza suficiente hago algo cercano a lo que antes hacía. He mejorado mucho en mi moviento motor fino de la mano a punta de recoger clips y hacer cosas que son tan fáciles en apariencia y que se vuelven a veces casi imposibles, como operar un cierre, abotonarme la camisa o comer solo sin regar comida por todas partes. Es cierto que pongo de mi parte, pero siento que sin esta ayuda no hubiera podido arribar.

Hoy tengo terapia nuevamente y sé que hasta el martes, que me toque, antes de dormir recurriré a un calmante, porque me figuro que es la mejor manera de pasar la noche, sin dolor.

Gracias a Dios por la doctora, por Sandra y la terapia. Están haciendo de la vida algo vivible.