106 AÑOS


Manuel Enrique  hubiera cumplido hoy 106 años. Poco más de un siglo.

Mi padre. En quien se hacía realidad perfectamente aquello de “Cusco me nace, Arequipa me cría y Lima me enseña la politiquería”.  Su recuerdo más antiguo, era el de las migas de pan que le picaban en los pies descalzos cuando lo subieron a la mesa del comedor para que viera pasar el cometa Halley.

Mi padre  trató como nadie que las matemáticas me fueran fáciles, sin lograrlo nunca. Respeté siempre su capacidad numérica, expresada en sacar raíz cuadrada de memoria o en resolver acertijos matemáticos. Me parecía de otro planeta que hubiera estudiado ingeniería electromecánica y civil a la vez: sólo de pensar la cantidad de fórmulas aprendidas y cifras escritas aún se me nubla la cabeza.

Mi padre, con su enore afición a la lectura me enseñó a leer. Ningún libro tenía secretos en su biblioteca, pero se preocupó siempre por comprar para mí  los libros adecuados y excitar la imaginación. Recuerdo aún los “cajones de libros” en los cuales llevaba a sus campamentos de ingeniero  (que duraban meses) los libros a leer. Tres cajones rectangulares, largos, muy fuertes y con asas de soga. Físicamente le servían como asiento y eran  contenedores de riqueza intelectual. Cuando terminaba uno, lo enviaba a Arequipa, donde mi madre lo llenaba con novedades y clásicos para devolvérselo donde estuviera. Leyó de todo y estoy seguro que me enseñó con el ejemplo.

Nunca pudimos viajar fuera del Perú, porque nuestra economía de clase media no lo permitía, pero me regaló el mundo a través de los libros. Me regaló la historia, la geografía y los paisajes descritos. Me regaló mucho más de lo que nunca pude soñar.

Desde 1985 lo extraño cada vez más. Le consulto antes de tomar una decisión y me pregunto qué hubiera hecho en mi lugar.  Me río pensando en su parecer sobre ciertas cosas e imagino su furia frente a las eternas desigualdades. No vivió el cambio de siglo y los milenarismos los leyó en retrospectiva. Él ha sido un hombre del siglo XX.

Hizo su tesis sobre los tubos de vacío cuando éstos eran una promesa; construyó carreteras de penetración en la sierra de La Libertad; hizo fotografía en placas de vidrio y reveló sus ropios negativos en una carpa ambulante que lo acompañaba en sus viajes. Vivió su fe católica como nadie y lo persiguieron por eso.  Era ingeniero departamental en Trujillo cuando el alzamiento aprista y fue condecorado con la Orden de San Silvestre por el Vaticano.

Son tantos los recuerdos que cada 26 de diciembre me llenan que a veces prefiero el silencio porque de ése modo sintonizo mejor con él.

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DÍA DEL PADRE


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Hoy es domingo aquí en Lima y en muchas partes del planeta.

Hoy se celebra el día del padre;  una fecha no tan popular como el día de la madre, pero que los comercios aprovechan para vender…

Hoy, día del padre quisiera escribir sobre Manuel Enrique: mi padre.

A estas alturas tendría ciento seis años. Era del año tres y vio pasar el cometa Halley, subido sobre la mesa del comedor allí en el Cuzco y lo que recordaba eran las migas de pan que le picaban en los pies descalzos.

Mi padre era ingeniero y nunca mejor aplicado el término, porque su ingenio era infinito aunque su paciencia fuera corta. Capaz de encontrar soluciones inverosímiles a problemas sencillos, podía arreglar casi cualquier cosa que le cayera en las manos.

Estudió ingeniería electromecánica e ingeniería civil; empezó a estudiar medicina a la vez, pero un surmenage lo regresó a las ingenierías nada más.  Se craduó en electromecánica y siempre ejerció como ingeniero civil. Recorrió el Perú, especialmente la sierra, construyendo carreteras. Escribió un libro sobre pavimentos y fundó el primer magister en Vías de Transporte en la UNI.

Fotógrafo fanático, llevaba a cuestas su cámara fotográfica y los implementos de revelado. En un tiempo en que los negativos de vidrio eran no sólo más fiables sino prácticamente únicos, su bagaje de aficionado era voluminoso y lo acompañaba en sus largos meses de campamento. Guardadas tengo placas de hermosos lugares;  de mis hermanos, mi madre y sus amigos. Placas que en la época de la efímera fotografía digital, permanecen como hermosos dinosaurios en el blanco y negro de un pasado siempre actual.

Manuel Enrique leía mucho y de todo. También lo acompañaban tres cajones con libros, que servían además como asiento debajo de la carpa.

Cajones largos con asas de soga que acomodaban libros profesionales, novelas,  filosofía y religión. Contenido que era renovado por mi madre cuando le llegaban, en Arequipa,  los cajones llenos de libros ya leídos.

Manuel Enrique era Católico. Con C mayúscula.

Vivió su fe desde estudiante, cuando integró la mítica JEC. Una fe inquebrantable, meditada y actuada en cada instante de su vida. Una fe ejemplar, envidiable y alegre.

Fue perseguido por su fe y perdió más de un puesto público por ella. Lo persiguieron porque no se permitía ser concesivo con los mediocres. Lo hicieron porque era un ingeniero que rezaba, que no tenía empacho en ponerse en las manos de Dios cuando trepaba en mula por las sierras de La Libertad o cuando soportaba en solitario los fríos de una puna hecha para el ichu y no para los que la cruzaban construyendo caminos que el hombre pudiera recorrer.

Mi padre se fue en 1985.  No conoció Internet ni esta magia que me permite ahora compartir los recuerdos. Él que hizo su tesis de ingeniero electromecánico sobre los tubos de vacío, que  eran una promesa en ése entonces,  ¡cómo hubiera disfrutado de éstas maravillas!

Se me haría corto este domigo para hablar de él. Como ahora me doy cuenta que fue corto el tiempo en que lo conocí y tan poco lo que conversamos…

Siempre sucede. El tiempo pasa y nos damos cuenta de todo lo que quisimos decir, escuchar, charlar o simplemente mirar. Y ya es tarde. Quedará para otra ocasión. Ésa que ocurrirá cuando le dé el encuentro y lo ponga al día.

Hasta entonces, feliz día del padre todos los días.