EEPA


Hoy es tu santo y sé que te gusta que te feliciten. ¿A quién no…? Por eso, lo primero que hago es hacerlo: ¡Feliz día Alicia!

En realidad, a quien debería felicitar es a mí mismo, por tenerte. No cabe en palabras mi alegría, no esa alegría saltarina sino la tranquila: la alegría profunda que produce el diario maravillarse ante las cosas que haces que sucedan. Esos miles de pequeñas cosas que a veces, en el momento, no se toman en cuenta, hasta que la sorpresa nos hace notar su existencia.

Cada día que pasa aprendo más y lo hago, porque calladamente me enseñas que la vida merece vivirse y es un hermoso regalo que nunca agradecemos bastante. Cada instante es nuevo, tiene brillo propio e ilumina lo que podría ser el desgranar rutinario de las horas, dándole un sentido distinto y valioso. Valioso, porque los dos decidimos un día enfrentar juntos las mañanas, las tardes y las noches: desde entonces hemos caminado por caminos de todo tipo, pero sabiendo hacia dónde vamos.

Hoy, que es tu santo, sólo puedo darte como regalo, mi cariño, renovado, pero sé que tú sabes que es lo mejor que tengo.