COMPUTADORAS.


Basta echar una revisadita a una historia cualquiera de las computadoras, para convenir que este invento cambió al mundo. Mucho se ha escrito, se escribe y escribirá sobre ellas. Pasado, presente y futuro. Las computadoras que se encuentran hoy a cada paso, eran desconocidas cuando yo nací y hoy las uso todo el tiempo. Incluso tecleo en una que me alivia el trabajo y a veces me complica la vida. Y es de mi relación con ellas de lo que quiero escribir hoy.

La computadora, tal como la conocemos hoy no existía, ya lo dije al empezar, cuando yo nací. Incluso toda mi infancia y mi adolescencia transcurrieron sin ella. No sé si para bien o para mal. Lo único que sí reconozco es que mi fantasía fue mía y que aprendí a valerme por mí mismo para resolver cualquier problema. Hasta aquí no he dicho nada nuevo, ni aportado algo distinto. No creo que lo haga en este  artículo. Lo mío es insignificante. Historias de usuario tardío, no muy originales por cierto.

Había oído claro, sobre las computadoras, pero estaban tan lejanas que formaban parte de lo que llamamos desde hace un tiempo, ciencia-ficción. Las veía en historietas, leía algo sobre ellas, pero siempre como algo cerebral y complicado. Lejano, pues.

Hasta que los anuncios hicieron su trabajo de zapa. Yo, redactor publicitario de máquina de escribir no podía quedarme atrás. Mi primer escarceo fue con una PC primitiva (espero que los fanáticos no se mosqueen) marca “Commodore” que era un poco más que un juguete, comparado con lo que vemos ahora. La compré a un amigo argentino, cuando trabajaba en Interandina Publicidad. No la pude pagar a tiempo y me la quitaron. Fue una realidad de la que no he podido sustraerme, un vicio definido por mi profesión de publicitario creo. Siempre estuve por encima de mis posibilidades inmediatas.

La “Commodore” se fue y con ella mis esperanzas de aprender algo nuevo y que demostró ser útil.

Mi segunda compra, esta vez al contado, fue una “Casio” de bolsillo, que tenía una pantalla de cristal líquido de un par de líneas y múltiples funciones. Nunca supe ir más allá de mostrarla, porque su libro de instrucciones era complicadísimo y muy grueso para mi, absolutamente lego en la materia Era bien bonita la máquina y me daba un “caché” enorme, aunque en realidad fuera más un estorbo en mis manos, que otra cosa. Usaba un lenguaje que aún hoy no entiendo y de seguro su capacidad sería hoy comparable a la de… ¡nada!. La compré en Centro Comercial “Camino Real”, en un  donde vendían importaciones y supongo que novedades.

Luego vino un procesador de textos portátil marca “Canon”. A caballo entre la computadora y una máquina de escribir, me fue muy útil hasta que me la robaron en la misma oficina donde trabajaba. Intuí quien fue pero nunca lo pude probar.

Un buen día, mi amigo Juan decidió que toda la oficina de “Abril Publicidad” tendría computadoras personales y que él y yo seríamos los últimos en obtenerla. Mis textos seguían siendo escritos a máquina. Procesador de palabras o no, la “Canon” necesitaba cinta que venía en cartuchos y lo escrito era trasladado térmicamente al papel.

Finalmente tuve mi computadora. Allí escribiría y haría maravillas, contando, claro, que pudiera aprender. Porque una cosa era dominar las máquinas de escribir fueran mecánicas o eléctricas y otra muy diferente probar con una computadora que tenía otras funciones, almacenaba textos y demás. De ella decían que era facilísima de usar. La gente de medios lo hacía desde mucho tiempo atrás con total eficiencia y ahorro de tiempo. Pero claro, me decía, son números nada más, sin saber en realidad nada.

Mis historias con la computadora se pierden con el uso intensivo. Se convirtió en una herramienta indispensable y el tener una computadora en la oficina, pasó a ser cosa normal. Aprendí a usarla, aplicando reglas que hubiesen escandalizado a personas con reales conocimientos. Pero aprendí por el viejo método de acierto/error. Si me equivocaba y algo no salía o salía mal, ya sabía que las cosas no eran así y buscaba hasta encontrar la solución. En cosas simples, por supuesto. Cuando el tema era complicado, llamaba en mi auxilio a quien supiera más o al responsable del área informática. A patadas aprendí lo poco que sé de estos avatares.

Con el tiempo compré una “Compaq”  para la casa y todos nos pusimos al día.

El tiempo fue pasando y la computadora de casa fue también puesta al día con una nueva tarjeta que la hizo rápida y más eficiente. Hasta que cambiamos el monitor que era pequeño y no bastaba ya. Compramos uno de “pantalla plana” que yo creo fue un engaño, pues tenía delante de la pantalla un vidrio, plano eso sí, pero lo susodicha era curva en realidad. Allí estuvo el monitor, cuya marca me reservo, hasta que sólo tenía dos colores: rojo y verde. Murió de muerte natural y sin perspectivas de arreglo.

Para entonces las “laptop” habían entrado en mi vida y la primera personal, mía que tuve, fue una “Toshiba” que en su época era un balazo. Costó muchos dólares nueva y la vendí por muy poco, años después. Nunca me quejaré del modelo “Tecra” que llegó con novedades a mis manos y le saqué la mugre hasta que las letras de las teclas se borraron por el uso. Luego vino la “Alienware” una marca para mi desconocida, que la hija de de un amigo que vive en Miami, compró para mi, con las especificaciones claras. En realidad, por correo, yo había configurado la máquina e indicado con qué accesorios la quería. Llegó a Lima y resultó de lo más moderna. Es mi compañera hasta ahora, que ya está viejita y también fue sometida a uso intensivo. Mi compañera en casa y en la oficina, ha ido de aquí para allá, soportando viajes a la sierra, la selva y algún lugar del extranjero. La “Alien” tuvo una gemela en la máquina de mi amigo Hans que me inició en la marca. Su gemela salió mala y Hans cuyo trabajo de diseño exige mucho, la dio de baja muy rápidamente. No ocurrió así con la mía, a pesar que virus extraños hicieron que la reformateara varias veces. Hoy finalmente está en casa, dedicada a tareas menores, porque los años no pasan en vano y hay muchas cosas que fallan en ella y que me dejaron más de una vez colgado en el trabajo que realizaba. Lo que no ha variado es el cariño que tengo por mi “Alien”. Sé que puedo conseguir máquinas más modernas, veloces y seguramente mejores. Sin embargo la nostalgia que me llena al tocar sus gastadas teclas no se da con ninguna otra.

Finalmente, me llegó una “Notebook” que también vino de USA gracias a unos amigos. Chiquita, práctica y versátil, me ha acompañado a reuniones y servido para bajar correos en los sitios más insólitos. Su pantalla de diez pulgadas y su teclado pequeño hacen que ahora, que veo mucho menos, me sirva poco de ella. Sin embargo está aquí, prestando los mejores servicios cuando la necesito  o alguien como Cristian, mi yerno, o Paloma mi hija quieren comunicarse mediante “Skype” o la requieren para leer los diarios (tema casi imposible para mi, por la letra pequeñita) o navegar un poco.

Hay muchas historias más alrededor de las computadoras. Esas máquinas, que una vez que entran en tu vida, suelen convertirse en inseparables.

¿Y en qué escribo ahora? En una “Dell” portátil que funciona como máquina de casa, gracias a que es bastante versátil, como para aguantarme a mi y a Alicia, con ocasionales visitas de otros usuarios.